Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

2 oct 2013

"¡Tápese, presidenta!"

"¡Tápese, presidenta!" La moda, esa arma arrojadiza en la política

Desde los 'leggings' de Kirchner, al escotazo de Merkel o el esmoquin de Chacón, las mujeres en el poder sufren un escrutinio más duro que el de los hombres

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Merkel y Kirchner, con dos de sus atuendos más polémicos: el escote para la Ópera de Oslo y las 'calzas' que revolucionaron la prensa argentina hace unos días

Es un hecho. Si los medios de comunicación mencionan el atuendo o cómo va vestida una aspirante política, su campaña electoral se verá pejudicada y tendrá menos oportunidades de conseguir el triunfo. Da igual si se hace un comentario neutro y simplemente se describe lo que lleva puesto, si se alaba su buen gusto o se critica su indumentaria. El impacto siempre será negativo en la mente de los votantes. Estas son las conclusiones del estudio que inició el pasado mes de abril la plataforma Name It Change It, el proyecto del Women's Media Center y She Should Run contra el sexismo y la misoginia periodística sobre las mujeres en política, que simuló frente cuatros grupos distintos una campaña entre dos candidatos imaginarios –mujer y hombre– a los que les hacían visionar noticias en los que se mencionaba la vestimenta de la candidata, no se mencionaba, se alababa su look o se criticaba su ropa. El resultado: la aspirante siempre perdía apoyo de los votantes en el momento que se destacaba su uniforme (pasaba del 69% cuando no se mencionaba su ropa al 58% cuando se criticaba su vestimenta).
En un mundo periodístico en el que la regla de reversibilidad –no mencionces cómo viste ella si no vas a mencionar qué traje viste él– brilla por su ausencia, no son pocos los ejemplos en los que la moda se ha utilizado como arma arrojadiza para devaluar la imagen de las mujeres que habitan en las filas gubernamentales. Hace unos días, la sección de política del diario Clarín, el de mayor difusión en Argentina, sufrió un extraño viraje hacia el paternalismo y machismo más rancio en forma de consultorio de estilo, recomendando a la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, abandonar la idea de volver a ponerse unos 'leggings' en un acto público: "¿En lugar de una calza tan al cuerpo no sería más coherente un chupín, en su variante más holgada ¿Y si en lugar de una camisa corta elijo una que tape adecuadamente la cadera? Porque si bien la moda no incomoda y ya casi no tiene edad, hay una regla que se mantiene, la prudencia", relataban en el texto. El caso de la presidenta y sus controvertidas 'calzas' en la prensa argentina es el último de muchos en los que las políticas sufren un escrutinio que no suelen padecer (por no decir que no padecen nunca) sus compañeros de gremio. Hagamos memoria:
Marcadas por la portada: el caso de Soraya Saénz de Santamaría y Rachida Dati

Cuando Rachida Dati posó para París Match en 2007 los titulares periodísticos de medio planeta destacaron que la 'coqueta' ministra de Justicia francesa iba vestida de Dior y con taconazos y tacharon a su posado de "frívolo". Tampoco pasó desapercibido el polémico posado de Soraya Sáenz de Santamaría para el Magazine de El Mundo en 2009. A la por aquel entonces portavoz del PP le aseguraron que la sesión de fotos era para el suplemento, pero su instantánea acabó en la portada del periódico. El director de El Mundo, con un videoeditorial en su web, buscó inhabilitar Saenz de Santamaría tildando a su actitud de "femme fatale" y alegando que "puesto que Zaplana nunca se fotografió en tanga, y no se recuerdan posados de ministros, es obvio que esto demuestra que las fantasías, las aspiraciones, de muchas mujeres son distintas que las de la mayoría de los varones". Tal y como recuerda Pilar Portero, que ya reflexionó sobre este caso en Soitu y ahora analiza la actualidad política española en Tudosis, Saénz de Santamaría sufrió "un engaño" y se utilizó su imagen como la de una "presa fácil" para "otros intereses" del rotativo. Y no olvidemos el escrutinio que tuvo el posado para Vogue de las ministras de Zapatero.
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Dos portadas en las que se increpó a sus protagonistas por su vestimenta.
Foto: Paris Match/ El Mundo
Escotes pasados los 50 y esmoquins 'copatitulares': Angela Merkel y Carme Chacón.
"No esperaba provocar tal furor con el traje de noche, que no era más que un intento de salir de la rigidez del vestuario de un jefe de Gobierno en una noche de ópera". El portavoz del gobierno alemán tuvo que salir al paso del amarillismo que poblaba en los rotativos alemanes. Con frases como "Merkel saca pecho" o "Merkel enseña escote", la prensa quiso destacar que lo de enseñar canalillo pasados los 50 no era para Angela Merkel. La dirigente escogió un vestido de tafetán para ir a la Ópera de Oslo en 2008 y montó, sin ella pretenderlo, un buen revuelo. En España no fue por enseñar carne, sino por un enfundarse un esmoquin de Purficación García. Ríos de tinta provocó la por entonces ministra de Defensa, Carme Chacón, cuando acudió con un traje de corte masculino a la Pascual Militar. Hasta Esperanza Aguirre criticó el absurdo bombo mediático en torno a Chacón. "Como mujer que se dedica a la política me indigna que sea motivo de discusión lo que nos ponemos, cómo nos peinamos y cómo nos cortamos el pelo, eso no pasa con los hombres".
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Carme Chacón y su controvertido esmoquin en la Pascua MIlitar
Iba Genial un traje sobrio de calidad, y le quedaba estupendo no pensarian que se vistiera de Camuflaje....o si???
Foto: Gtres
¿Por qué vas a la moda? ¿Por qué te arreglas? ¿Por qué no te arreglas?

La primera ministra danessa, Helle Thorning-Schmidt, arrastra el apodo Gucci Helle, por el vestuario de firma que suele llevar.
 La presidenta del FMI, Christine Lagarde, también se ha llevado lo suyo por su afición a comprar Alta Costura de Chanel y a Michelle Obama le llovieron las críticas por llevar una zapatillas Lanvin a un banco de alimentos
. Pero las críticas también funcionan a la inversa. Hillary Clinton, siendo secretaria de Estado, protagonizó polémicas por llevar coleteros y por "parecer cansada y abatida" por ir sin maquillar en una visita a la India.
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MIchelle Obama, criticada por sus zapatillas Lanvin/ Christine Lagarde, por vestir de Chanel/ La primera ministra danesa, Helle Thorning-Schmidt, apodada Gucci Helle, por su vestuario de la firma
Foto: Getty
Rachel Larris, portavoz de Name it Change It destaca a S Moda que no sólo la moda desvía el discurso periodístico cuando hablamos de mujeres en la política.
 "A las candidatas se les trata (y se les pregunta) diferente que a los hombres.
 Por ejemplo, si una mujer se postula para un puesto en el gobierno, normalmente tiene que responder a preguntas como ¿Quién cuidará de sus hijos? o ¿no le gustaría a sus hijos que su madre pasase más tiempo en casa?
 Pero a los políticos nunca se les pregunta sobre este tema, se asume que sus hijos no dejarán de recibir atención parental porque se postulan para un puesto".
Desde Name it Change It (que publicará en 2014 la guía Unspinning the spin sobre los términos más sexistas que se utilizan en la cobertura periodística de la política femenina) apuestan por instaurar una norma simple y efectiva para evitar casos como éstos.
 "La norma del reverso, la que nos dice que si el término o pregunta no tiene sentido si lo usamos con un político, no se emplee con una mujer.
 Es asombroso cuánta cobertura informativa sobre las candidatas es absolutamente rídicula si se preguntase a un político. Por ejemplo: ¿Qué pasa con todos esos trajes, Senador? Sí, a las candidatas se les suele preguntar ¿por qué usa tantos trajes pantalón? La que más lo ha sufrido es Hillary Clinton, pero ella no ha sido la única".
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Fallece Juan José Linz, gran experto en sociología política

El Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1987 murió ayer a los 87 años en un hospital de New Haven (Connecticut).

El sociólogo Juan José Linz.

Juan José Linz, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 1987, falleció ayer, a los 87 años.
 Tras una intensa trayectoria que lo llevó a ejercer como profesor en varias universidades estadounidenses y a convertirse en maestro de numerosos sociólogos y politólogos.
Según informa la Fundación Príncipe de Asturias, Linz murió en un hospital de New Haven, la ciudad del estado de Connecticut en la que residía desde hacía muchos años.
Hijo de padre alemán y madre española, Linz recibió el Príncipe de Asturias por sus aportación a la sociología política contemporánea, como demuestran sus publicaciones sobre "el estudio del funcionamiento y estabilidad de las democracias, los regímenes autoritarios y fascistas, la transición a las democracias, las actitudes electorales y los partidos políticos", según se afirmaba en el acta del jurado del citado galardón.
Nacido en Bonn, Alemania, en 1926, Linz estudió Derecho en la Universidad de Madrid y alternó esos estudios con los de Sociología y Ciencias Políticas. Gran parte de su carrera la desarrolló en Estados Unidos.
Tras completar su formación en la universidad de Columbia, en 1961 fue profesor de Stanford y Berkekey, para pasar, en 1968, a la de Yale, de la que fue catedrático durante muchos años
. Este último año ejerció también la docencia en la Universidad Autónoma de Madrid.
Enseñó, además, en las universidades alemanas de Heidelberg, Munich, la Humboldt de Berlín y en el Instituto Universitario Europeo de Florencia. En 1981 fue galardonado en Roma con el premio Europa-81 de ensayo por su libro La caída de los regímenes democráticos.
En 1992 el Nobel de Medicina Severo Ochoa le hizo entrega del V Premio de la Fundación CEOE, concedido "por su contribución al desarrollo de la investigación sociológica sobre la economía y la empresa".
Linz fue miembro de la Academia Americana de las Ciencias y las Artes, de la Academia Europea y de la Academia Británica; presidente de la Asociacion Mundial para el Estudio de la Opinion Publica, miembro de la ejecutiva de la Asociación Internacional de Sociología y presidente del Comité de Sociología Política de la misma.
Fue también miembro de honor de la Federación Española de Sociología desde 1992. Perteneció al consejo de redacción de distintas revistas especializadas. Investido doctor honoris causa por las universidad de Granada, Georgetown, Marburgo, Aútónoma de Madrid y Oslo. En 1996 le fue otorgado en Uppsala el Premio Johan Skytte en Ciencia Política.
Sus investigaciones y publicaciones han versado sobre regímenes totalitarios y autoritarios, sociología comparada del fascismo, la quiebra de las democracias, las transiciones a la democracia, los tipos de regímenes democráticos especialmente el presidencialismo, los nacionalismos, religión y política, la sociología electoral, las élites políticas, locales, empresariales e intelectuales y la historia social de España.
Sus obras se han publicado en inglés, italiano, alemán, portugués, francés, ruso, turco, japonés y coreano. Destacan: An Authoritarian Regime: The case of Spain, Totalitarian and Authoritarian Regimes, Some notes Toward a Comparative Study of Fascism in Sociological Historial Perspective, La quiebra de las democracias, Political Space and Fascism as a Late-Comer, Problems of Democratic Transition and Consolidation.
También fue autor de Democracia presidencial o parlamentaria ¿qué diferencia implica?, El sistema de partidos en España, Informe sobre el cambio político en España 1975-1981, Élites locales y cambio social en la Andalucía rural, Conflicto en Euskadi, Early State Building and Late Peripheral Nationalism against the State".

 

1 oct 2013

Aquella brisa que fue huracán (Cuatro o cinco cosas sobre los Beatles)

Por: | 01 de octubre de 2013
Los Beatles, con lo puesto

1. Me piden un papel sobre el cincuentenario de los Beatles. ¿Cómo decir algo que no se haya dicho ya cincuenta mil veces? No esperen un gran resumen ni un perfecto análisis disco a disco: Manrique es el rey de ese negociado. Lo que viene a continuación son notas dispersas a pie de página, o un intento de meter el morro por una puerta un tanto esquinera. Digamos que si un marciano llegara a la tierra y, por un extraño azar, me preguntara por los Beatles, le guiaría hacia una imagen fundacional para mí: aquella secuencia de Qué noche la de aquel día en la que Ringo lleva una gorra y una gabardina y pasea por la orilla del Támesis. Los Beatles se tiran media película corriendo, pero en esa secuencia Ringo pasea. Y Richard Lester le filma, quizás para establecer un contrapunto. Eso me da igual. Para mí, en esa secuencia pasa la brisa, real y metafórica. Ahí tenemos a un joven inglés que en una película inglesa de los primeros sesenta no pone cara de angry young man sino, más bien, de mod somnoliento. La película es en blanco y negro pero juraría (por su cara feliz, por su andar indolente) que ese día hace sol. Un día para levantar cabeza de una vez, como quien dice. Como quien dice “Dejadme ir a mi aire”. En esa escena Ringo está anticipándose a su época, caminando ya por su futuro. Exactamente como los otros tres.

 
2. Eso fue lo que yo percibí, sin saberlo con claridad, la primera vez que vi esa escena. No en su día (o en la noche de aquel día), porque la vi más tarde. Por televisión, a finales de los sesenta: todo un regalo. Pongamos que vi eso y que noté la brisa. Una brisa nueva, fresca, limpia, que muy pronto se convertiría en huracán, si no empezaba a serlo ya. Para ser precisos: la película es un intento de documental, rodado en 1964, de la brisa creciente del 63.
Dicho esto, cogería de la manita al marciano y le llevaría en dos direcciones. Primero le mostraría un poema de Philip Larkin, Annus mirabilis, donde dice lo siguiente: “Sexual intercourse began / in 1963 /  between the end of Chatterley ban / and the Beatles first LP”. Le contaría al marciano que “the end of Chatterley ban” quería decir que ese año se levantó la prohibición de El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Y que lo del “sexual intercourse” es un poco figura retórica aunque no demasiado: claro que se follaba antes del 63, pero (según Larkin) costaba lo suyo. Mucho intercambio de anillos y mucha vergüenza, viene a decir. También es cierto que Larkin era feo con avaricia, pero comprendemos la situación general. Lo importante es que un poeta laureado, un hombre de posguerra (y no precisamente "moderno") coloca el levantamiento de la censura y la aparición del primer álbum de los Beatles en la misma línea y como señales inequívocas de que las cosas empezaban a cambiar en Inglaterra.
Luego le pondría al marciano algunas canciones de los Beatles que, a mi entender, brotan de la escena de Ringo junto al río o enlazan con ella. Esto es lo que llaman "pensamiento lateral", pero es que lateralmente he entrado. No son sus canciones más populares, no todas. Yo veo esa escena y pienso, por ejemplo, en Fixing a hole. Pienso en las canciones quizás más inesperadas de los Beatles, canciones que a muy pocos se les hubiera ocurrido escribir. La lista sería larga. Pienso también en Norwegian Wood, en I am the walrus, en A day in the life, en Eleanor Rigby. Vale, es muy posible que Eleanor Rigby hubiera podido escribirla Ray Davies. Y alguna otra. 

Los Beatles estrenan galones

3. Otra pregunta marciana: ¿Por qué dejaron los Beatles la huella que dejaron?
Respuesta de terrícola hiperfan: porque fueron los mejores, los más completos, los más imaginativos, los más populares (es decir, los que comunicaron mejor). Llegaron cuando tenían que llegar, como si vinieran de otro planeta (y aquí sería yo el que le preguntaría al marciano). Casi todos los demás (y aquí me pongo puñetero) emergieron uno o dos años más tarde. Ellos abrieron la puerta: el primer grupo de rock británico realmente conocido en todo el mundo, desde Shepherd’s Bush hasta Tailandia.
Le haría advertir luego un hecho sorprendente: los Beatles hicieron todo lo que hicieron en solo siete años. Repito: en solo siete años. Desde Please Please Me (1963) a Let It Be (1970).
Decir "sorprendente" es quedarse muy corto. 
Lo de venir de otro planeta viene a cuento porque parece que tanta genialidad no puede salir de golpe, aunque no salió de golpe ni muchísimo menos. Llevaban varios años picando piedra intensamente, en Hamburgo, en el Cavern, y en doscientos diecisiete locales como el Cavern, en media Inglaterra: así se forjó el acero.
Lo de los siete años es un tanto extensible: en esos años brotan y dan también lo mejor de sí mismos los Stones, los Who, Burdon y los Animals, los Kinks, los Yardbirds y los Them (para citar solo a mis favoritos). Matizo, si quieren, lo de “lo mejor de sí mismos”, porque el vuelo de Van Morrison cubre varias décadas, y arranca cuando se separa de los Them, aunque esa es otra historia.


4. Ahora viene la pregunta del millón, de nuevo a cargo del marciano. ¿Por qué pegan tanto, tantísimo, los Beatles, y no alcanzan la misma cota los soberbios grupos que acabo de mencionar? Vuelvo a arriesgarme a que los fans de Stones y todos los citados pidan mi cabeza, pero ahí va: la palabra que antes estaba buscando para calificar a los Beatles era “idóneos”. A mi entender, el espíritu de esa época solo lo encarnan, a lo alto y a lo ancho, los Beatles y Dylan. Encarnan, oceánicamente, el cambio, los nuevos vientos en plenitud.
El resto son importantísimos pero un tanto sectoriales, injustamente o no, a decidir.
Los Stones son aceite de blues caliente, chulería y sexo, probablemente mucho más sexo del que jamás rezumaron los Beatles, pero me quedo con su alegría y con su ensueño. Los Who encarnan la furia juvenil pura y dura, sin etiquetas, y también con mucha alegría. Los Animals y los Them llevan con muchísimo merecimiento la antorcha del soul blanco. Los Kinks, Dios les bendiga, recrean con afecto e ironía una Inglaterra inventada, cuyos padres posibles serían el señor Pickwick y la señora Peel. Y los Yardbirds elevan las guitarras eléctricas a las alturas, juntan rock y rhythm & blues (vale, también los Stones) y sientan las bases de la psicodelia. Desde luego que las definiciones podrían ser más amplias: esquematizo para que el marciano lo entienda.
Los Beatles mezclarán todas las aguas, creando así ríos nuevos (o, para cerrar la metáfora de antes, el océano que lleva su nombre). Buddy Holly y Chuck Berry, music hall y música hindú, arreglos orquestales, vanguardia electrónica, el ciento y la madre. Aunque todo eso es admirable, quisiera que el marciano escuchara detenidamente sus primeros discos y reparase en la frescura, la fuerza, la belleza irrepetible de sus armonías vocales, la singularidad de sus baladas. Lo digo porque en seguida tendemos a saltar a Rubber Soul y nos olvidamos de esas joyas iniciales.

Quintaesencia británica


5. Volvamos a lo de la idoneidad, que yo veo como una forma de alquimia.
 A diferencia de otros grupos (los citados, vaya) eran un cuarteto y eran figuras individualizadas, y no sólo como intérpretes: cada uno tenía perfil e historia propia.
 Vale que así los lanzaron (recuerdo los cliches: John el gamberro, Paul el encantador, Ringo el adoptable, George el melancólico), pero podía no haber colado por mucho marketing que le echaran. Eso fue lo que más molestó a mucho listo: anda que no me harté yo de oír lo de “gustan a demasiada gente”. Como dijo el Cordobés en frase memorable y altamente alcohólica, “por algo tienen que quererlos, si no sería falso”.
Acepto que la peli del submarino rozó la caramelización de sus arquetipos si los criticones aceptan que los riesgos que corrieron fueron más abundantes de lo que parece. Para citar solo uno: en la cima de su carrera se atrevieron a perder literalmente a su público dejando de dar conciertos, hartos de que los aullidos cubrieran su música y sus voces, para encerrarse hasta el final en el estudio. Ahora que lo pienso, hay un precedente, en el mundo de lo clásico, y se llama Glenn Gould, que hizo lo propio en 1964. Ellos lo hicieron dos años más tarde, tras el concierto de San Francisco.

Abbey Road, primavera eterna


6. Para ir acabando, le digo al marciano que estamos hermanados: va a pasarle lo mismo que a mí. Yo entré en los Beatles por el final y fui remontando el río. El primer disco de ellos que pude comprarme fue Abbey Road, en 1969: hasta los doce años no tuve capacidad adquisitiva. Técnicamente es el último, porque aunque Let It Be sale en 1970 se grabó antes, parece ser (ya me lo aclarará Manrique).
 Si el paseo de Ringo es el comienzo de la brisa, Abbey Road es para mí sol de media tarde y primavera eterna, que les fija para siempre en el cruce de esa calle.
Así que entré por la puerta grande: para mí era la de entrada, para ellos la de salida.
Por supuesto que les había escuchado mucho antes. Era imposible no hacerlo: sonaban por todas partes, en todas las fiestas, en los chiringuitos de playa y, sobre todo, en todas las emisoras. ¡Tiempos aquellos en los que la mejor música era, realmente, la más popular!
Si ustedes son como el marciano, abaláncense sobre su música: qué inmensa fortuna, estar a punto de descubrirlos. Esa y no otra es la mejor manera de celebrar su cincuentenario.

Hoteles ahuyentadores.....................Javier Marías

Ilustración de Sonia Pulido

El primer aviso fue hace un par de años. Hacía una gira de promoción de un libro por Alemania, y en Fráncfort (si no me confundo, los escritores somos a veces como viajantes de comercio) me metieron en un hotel “original y supermoderno”.
 Mi sorpresa fue tan grande como desagradable al descubrir que la habitación, cómoda y amplia, carecía de cuarto de baño propiamente dicho.
 Sólo había un minúsculo gabinete para los menesteres más prosaicos, a los que un caballero no debe referirse ni tampoco una dama; bien es verdad que ya no quedan apenas caballeros ni damas, ni siquiera en las columnas de opinión de los periódicos
. Como desde la infancia tengo por costumbre bañarme por las mañanas, y no ducharme (un baño rápido, no crean, necesito sumergirme entero para darme cuenta de que estoy vivo y despejarme), busqué con aprensión, como loco, una bañera, pero no la había.
 Sí, al menos, un lavabo en una esquina de la habitación misma, como si hubiéramos vuelto a los cuartos de pensión antigua, sólo que aquel hotel era más bien lujoso y “a la última”.
 Y luego, en medio de la estancia, muy cerca de la cama, se erigía una especie de cabina telefónica que era una ducha
. No sólo quedaba fatal allí plantada, sino que le hacía a uno temer que, de hacer uso de ella, acabaría mojándolo todo: suelo, muebles, sábanas, un desastre.
 Supuse que habría algún medio de cerrarla herméticamente, pero la mera idea me causaba claustrofobia. ¿Y si conseguía que no se saliese el agua pero luego era incapaz de salir yo mismo de la cabina?
 Llamé en seguida a recepción y solicité que me cambiaran a otra habitación, con cuarto de baño separado y bañera. Debí haber imaginado la respuesta: “No tenemos ninguna así.
Lo moderno es prescindir de esas cosas”. Si no recuerdo mal, a la mañana siguiente “fingí” que me daba mi imprescindible baño en la espantosa cabina telefónica que rozaba la cama, y desde luego, al salir de ella, y pese al cuidado que puse, empapé parte del suelo estupendo.
Es ridículo que un autodenominado hotel de lujo prohíba el lujo de fumar a quien tal vez va a pagar más de 300 euros por noche
Cada vez me encuentro con más dificultades para encontrar habitaciones –en hoteles buenos e incluso en alguno buenísimo– que reúnan las condiciones que antes ofrecían casi todos, hasta los regulares. Por un lado está lo del fumar, ya me conocen. Este verano, en España, he debido descartar no pocos por ese motivo, y algún empleado ha tenido la osadía de decirme: “Es que por ley no podemos”. Falso. La ley permite que los hoteles, si así lo deciden, dispongan de cuartos para fumadores.
 Pero como muchos son serviles con sus talibánicos turistas americanos, alemanes y nórdicos, han resuelto prescindir de ellos. Y claro, es ridículo que un autodenominado hotel de lujo prohíba el lujo de fumar a quien tal vez va a pagar más de 300 euros por noche. Lo de la ausencia de bañera empieza a extenderse. Algunos brindan un jacuzzi circular en medio de la habitación (no en el cuarto de baño, reducido siempre a la mínima expresión), que le roba espacio e indefectiblemente la afea, y con el que uno se tropieza en cuanto se mueve. Ya puestos a suprimir comodidades, también se sacrifica el bidet a menudo. Como ustedes saben, esa pieza es desconocida para los bárbaros del norte: no la hallarán en Alemania, en Gran Bretaña, en Holanda ni en los Estados Unidos. Es más, todos hemos visto películas de este último país en las que los personajes, al encontrarse con uno de esos refinados artilugios en Francia, Italia o España, se llevan las manos a la cabeza, se preguntan como paletos para qué diablos sirve e incluso se escandalizan suponiendo que su único uso posible es obsceno. “Some French perversion”, deducen esos personajes.
 Cierto que el bidet fue un invento francés, y que, si se quiere, es un lujo, por lo que no tiene sentido que los hoteles de lujo de nuestra área geográfica, más civilizada en lo relativo a la higiene, opten por no ofrecer a sus clientes dicho lujo. Tal vez piensan que los turistas septentrionales podrían abominar de su mera visión y largarse.
Es lo que hice yo este verano al llegar a un hotel “original” y costoso en el que no había nada de lo habitual y proponían, en cambio, una de esas grandes camas comunes, al aire libre, para disfrutarla en plan “chill out” en compañía de otros huéspedes.
 La verdad, no sé a quién le apetece echarse en un lecho ya ocupado por otros, con un vaso en la mano, y –como puede ocurrir– bajo un aguacero
. Cuando me largué de ese hotel y llamé a otro, me disculpé con quien me atendió por hacerle preguntas absurdas (pero ya necesarias en el futuro): a) ¿Hay habitaciones de fumador? b) ¿Hay cuarto de baño fuera de la habitación, o está mezclado con ella? c) En ese cuarto de baño, ¿hay bañera? d) ¿Hay bidet en él? e) ¿Hay espacio para el neceser o ha de dejarlo uno en el suelo? f) En la habitación, ¿hay un jacuzzi que le impida moverse? g) ¿Hay cama privada en ella o es de compartir? h) De hecho, ¿hay cama?
Los hoteleros se quejan de la crisis.
 Quizá lo primero que tendrían que hacer es volver a ofrecerlo todo, lo normal, lo habitual, además de lo superfluo y las “originalidades”.
 Lo que solían brindar hasta los de medio pelo. De otra manera, habrá muchos más clientes que seguirán mi ejemplo y se largarán al ver una cabina de ducha encima de la cama.
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