NUESTRO DESORDEN mental es el reflejo del caos en el que se
desenvuelve la realidad. Somos espejos involuntarios de las tinieblas
exteriores. Está uno tan tranquilo (o no) en su casa, pensando en el
futuro de este gran país en el que los ricos se hacen cada vez más ricos
a costa de las clases medias y las pobres, cuando tropieza con la noticia
de que un hijo de Isabel II de Inglaterra (el de la foto) tenía
relaciones de amistad con un pederasta que servía niñas a domicilio. A
ver: ¿cómo integro yo esta noticia en mi existencia? ¿Dónde la coloco?
¿En qué apartado de mis afanes diarios la archivo? ¿Serviría como
materia de conversación durante la comida familiar del domingo? ¿Qué
hace uno, en fin, con esa información suelta que le ha alcanzado como un
dardo mientras leía el periódico sin meterse con nadie?
(Por cierto, que el sujeto se llama Andrés y es duque de York, quede constancia).
Pues bien, no le encuentro el encaje.
Veo sin embargo The Crown,
la serie de televisión sobre la monarquía británica en la que este
hombre ni aparece (o yo no lo recuerdo) y tengo la impresión de que esa
serie (con altas dosis de ficción, supongo) me explica perfectamente el
mundo, el de ellos y el mío.
De hecho, la veo porque me lo explica.
He
devorado las tres temporadas emitidas como si me contaran mi vida tanto
como la de los Windsor, pues tal es el nombre de esta empresa de la que
viven un montón de botarates.
Por favor, no
me informen más sobre las atrocidades del mundo, ni sobre las de este
señor, me las sé todas.
Como últimamente me paso los días en
el AVE, en el ir y venir he sido testigo de dos escenas ejemplares.
La
primera: una pareja de ochenta y muchos años sube al vagón. Son
delgaditos, quebradizos; él lleva una bolsa de viaje que alza con
dificultad hasta la balda mientras la mujer le sujeta por detrás para
que no se desequilibre al levantar el peso: se nota que lo tienen muy
ensayado.
A continuación, se sientan y se ríen, visiblemente satisfechos
de haber salvado con suficiente pericia el difícil trámite de llegar a
la estación, subirse sin errores al maldito vagón, encontrar su sitio y
colocarlo todo.
Son un equipo.
Les contemplo a hurtadillas durante todo
el trayecto: se sonríen, se acarician la cara, se agarran a menudo de la
mano, mientras yo voy muriéndome de añoranza y envidia ante ese triunfo
final del amor longevo.
Segunda escena: otra
pareja heterosexual y octogenaria, aunque quizá más joven.
También más
rollizos, más enérgicos, sobre todo él, que avanza por el pasillo
empujando por delante su propia barriga y una maleta. Bufa, gruñe, habla
en voz muy alta
. Insulta a su mujer, que viene detrás, muy apurada,
arrastrando una bolsa:
“A ver, dame eso, es que eres una inútil, eres
idiota, ya te dije que no trajeras tanto peso”, proclama.
La mujer nos
sonríe con embarazo a todos, un pequeño gesto de disculpa que significa:
“Ya sé que es un borrico pero luego no es tan malo como parece”
. Al fin
se sientan y pasan el viaje sin hablarse, ella contemplando el paisaje
con ojos vacíos, su cabeza escarolada de peluquería como quien lleva una
corona de espinas.
Siempre abrigué,
supongo que como todos, el ensueño de envejecer con alguien.
Alcanzar el
final de mis días junto a una pareja muy veterana con quien pasearía de
la mano por largas alamedas que el sol motearía. En fin, ya no dispongo
de futuro suficiente para amasar a las espaldas tanta vida en común
(aunque no he renunciado a las manos amigas);pero lo que sí he ido aprendiendo con el tiempo es que esa longevidad
exige un esfuerzo descomunal.
Hace 25 años vino a España a presentar un
libro el famoso economista Kenneth Galbraith,
que por entonces tenía 86 años.
Su editor lo llevó a cenar con su
mujer, también octogenaria, diminuta y muy frágil.
En un momento de la
cena, la anciana se levantó para ir al baño. Ayudada de una garrota,
inestable y temblequeando, tardó una infinidad en llegar a la puerta, y
durante ese tiempo algo angustioso los dos hombres la contemplaron sin
hablar.
Pero cuando al fin desapareció, Galbraith exclamó, embelesado: “Isn’t she beautiful?”
(¿no es maravillosa?).
Esta conmovedora historia me ha acompañado en
las últimas décadas; pero estoy segura de que tanto en el caso de
Galbraith como en el de mi bella pareja del AVE, esa supervivencia se ha
ganado en mil batallas, superando quizá infidelidades, desencuentros,
incomprensiones.
Hay que ser muy valiente, muy comprometido y muy
generoso para luchar por un amor contra el desgaste del tiempo.
España está entre los países con más divorcios
de Europa.
En 2018 hubo 163.430 matrimonios (35.000 menos que 10 años
antes y sólo el 25% por la Iglesia) y 99.444 divorcios y separaciones,
lo que quiere decir que, de cada diez parejas, seis acaban mal.
Pues
bien, estoy convencida de que un puñado de esas parejas hubieran podido
salvarse luchando contra las inseguridades, la rutina, el egoísmo.
Pero,
por otra parte, también estoy segura de que en ese cómputo faltan
muchos divorcios que deberían haberse producido.
Porque otra cosa
esencial que he aprendido es que, cuando una convivencia es tóxica,
cuando quita más de lo que da, cuando hiere y raspa, sólo puede empeorar
con el tiempo.
Qué pena me dan esas parejas longevas que se odian y
maltratan pero siguen juntas, resignadas a una vida penosa porque se
sienten demasiado mayores para romper.
Yo creo que nadie es lo
suficientemente viejo como para no divorciarse; creo que cada año de
vida que nos quede, cada mes, cada hora, equivale a una existencia
entera.
Hay que morir viviendo plenamente.
En estos días navideños en
los que tanto se ensalza tópicamente a la familia, pensemos si esa
familia es de verdad un nido por el que luchar o una condena.
EN EL SUPLEMENTO Ideas de hace unos domingos, un artículo de Sara Mesa conmemoraba los cuarenta años de la defunción de la pionera revista Vindicación feminista,
que duró de 1976 a 1979, sacó 29 números y llegó a tener unas ventas de
25.000 ejemplares. Como se consignaba, la fundaron Lidia Falcón y
Carmen Alcalde y en ella sólo escribían mujeres, entre las cuales
estuvieron Ana María Moix, Nativel Preciado, Maruja Torres, Marta
Pessarrodona, Cristina Alberdi, Anna Estany y Rosa Montero, además de
otras de nombre más olvidado.
Una de ellas se llamaba Luisa Viella y en
realidad nunca existió, porque ese fue el pseudónimo que las directoras
me eligieron para una crónica o reportaje, ignorando que yo lo había
escrito.
Así que debo de ser el único varón que, clandestinamente,
colaboró en aquella revista, al parecer hoy venerada por las feministas
nuevas.
Yo mismo lo había olvidado, hasta leer el mencionado artículo.
No hubo
por mi parte ánimo de engaño, todo lo contrario: deseo de ayudar a una
conocida que sufría el permanente acoso de su marido, con alguna
agresión incluida (estaba separada de él, pero no hubo divorcio en
España hasta 1981).
Vivía yo entonces en Barcelona, donde nació Vindicación.
La mujer en cuestión era amiga de la mujer con la que yo convivía. La
acosada se llamaba Nati Lorenzo, y supe tiempo más tarde que había
muerto en un accidente (eso me dijeron) al resbalar desde un tejado.
Estaba tan desesperada, y tan desprotegida por la ley, que decidió
contar su historia a la revista, con la esperanza de que la airearan las
responsables.
Éstas dieron su visto bueno y le encomendaron un texto
con el relato de su caso en tercera persona.
Pero Nati no sabía hacer
eso, darle orden ni expresión ni escribirlo “desde fuera”.
Así que su
amiga me pidió a mí que le echara una mano (había ya publicado mis dos
primeras y juveniles novelas).
Nati me contó, tomé notas, y le entregué
una pieza que se publicó en número y fecha que desconozco, pues en el
recorte que guardo en mis viejas carpetas no figuran ni lo uno ni lo
otro.
Pero sí conservo el texto, debió de formar parte de una sección
fija, “El hecho flagrante”.
Se tituló “Una mujer al desamparo de la ley”
y comienza así:
El hecho
flagrante nos viene relatado hoy por Natividad Lorenzo, de 36 años.
Nati
es madre de tres hijos y lleva año y medio separada provisionalmente de
su marido Antonio, tras doce años de matrimonio, más que de vida en
común, con él”.
La crónica es bastante extensa, ocupa dos páginas
impresas en letra apretada y lleva dos ilustraciones: una foto en la que
se ve (poco) a Nati y a sus tres hijos, dos niños y una niña, y un
fragmento de una “Providencia” del juez Castro y Ancós, por la cual,
entre otras cosas, se prohíbe la entrada al domicilio conyugal de
cualquier persona “extraña al mismo”.
Recuerdo que cuando Nati presentó el escrito a las directoras de Vindicación feminista,
éstas le preguntaron quién se lo había hecho. Dado que mi abuelo se
apellidó Marías de Sistac, le sugerí que dijera:
“Una amiga, Maria
Sistac”, que sonaba suficientemente catalán. Así lo hizo, y la respuesta
fue:
“Bueno, deja que el nombre lo elijamos nosotras”.
El texto de
Luisa Viella, pues, termina con estos párrafos, según veo: Y, sin embargo, el padre y el hermano de Nati se han presentado en su
casa: tuvieron ese atrevimiento, y la osadía le ha costado a Nati que se
siga contra ella proceso criminal por desacato a la autoridad.Esto
quiere decir que Nati puede acabar con sus huesos en la cárcel
durante una temporada (pues a lo mejor para cuando tenga lugar el juicio
Antonio se ha retrasado varios meses en el pago de las mensualidades y
Nati no tiene con qué abonar una fianza) por haber sido visitada por su
padre y su hermano en el domicilio en el que habita.
¿Y por qué se
prohibió la entrada de cualquier persona ajena al domicilio conyugal?
El juez, por el mero hecho de ser Nati mujer, da esa orden.
¿Dónde
están las pruebas que demuestren que Nati lleva una vida desordenada? No
las hay, pero no importa:
Nati es mujer y, por lo tanto, siempre será culpable
hasta que no se demuestre lo contrario.
Pero nada de esto es
desacostumbrado…, porque estas leyes son así para todas las mujeres, la ley es moral y la moral es costumbre…
Nati vive encerrada, sin poder pasar una noche fuera o recibir a su
propio padre; vive en una especie de libertad provisional, casi
en un régimen de prisión atenuada, merced a las resoluciones judiciales
de un juez y unas leyes que, una vez más, atentan descaradamente contra
la mujer”.
Sería 1976 y tendría yo 24 o 25 años, calculo.
En mucho he cambiado,
pero podría suscribir las viejas palabras de Luisa Viella, a quien había
olvidado.
Entonces sí que eran aún atroces la desprotección y el
sometimiento de las españolas.
Sería de agradecer que no se fingiera que
nada ha variado desde aquellos días.
Y que no llamen machista,
“machirulo” y otros idiotas vocablos a quien fue colaborador oculto de
la mítica Vindicación feminista, en tiempos mucho más difíciles que estos para las mujeres.
Señalada
como «catedral gótica del lenguaje», este clásico del siglo XX es el
enorme y espléndido tapiz de la saga de la familia Buendía, en la mítica
aldea de Macondo.
Un referente imprescindible de la vida y la narrativa latinoamericana.