Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 nov 2019

Los poderosos que blindaron al pedófilo Jeffrey Epstein

Para poder cautivar a sus víctimas, el millonario se rodeó de famosos entre ellos Donald Trump, Bill Clinton, Woody Allen, Naomi Campbell y hasta Stephen Hawking.

Donald y Melania Trump, junto a Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, en Florida (EE UU), en 2000.
Donald y Melania Trump, junto a Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, en Florida (EE UU), en 2000. Getty Images

 


Jeffrey Epstein tenía el perfil perfecto para que la alta sociedad neoyorquina le abrazara sin hacer preguntas.
 Se ganó la reputación de ser un financiero de éxito, un filántropo comprometido y un pensador. 
Así le veían el expresidente Bill Clinton o el príncipe Andrés de Inglaterra
. Hacía funcionar el dinero y de esta manera estableció un poderoso círculo de conexiones que protegió su trama pedófila, mirando a otro lado.
Epstein apareció muerto en su celda el 10 de agosto. 
 El forense determinó que se ahorcó. Estaba solo y los guardias que le vigilaban no comprobaron su estado durante ocho horas. 
Tras el suicidio, la investigación se centró en identificar a los cómplices que le ayudaron a reclutar a decenas de menores de las que abusó en su mansión en el Upper East Side.
No son pocos los que ven en su muerte un incidente conveniente con el que se llevó sus secretos a la tumba.
 El primer nombre que emerge es el de Ghisleine Maxwell, como presunta madame.
 La hija del magnate británico Robert Maxwell salió con el financiero al poco de mudarse a Nueva York hace casi dos décadas. Los documentos judiciales alegan que tras romper empezó a captar a jóvenes para saciar su apetito sexual.
En la trama, en base al recuento hecho por los investigadores, se cita a Nadia Marcinkova.
 La antigua modelo yugoslava vivió con el financiero y participó en las orgías.
 También se menciona como asistentes personales a Sarah Kellen, Adriana Ross y Lesley Groff. 
Ninguna de las cuatro mujeres fue imputada por los fiscales.
El fiscal federal del distrito sur de Nueva York, Geoffrey Berman, anuncia los cargos contra Jeffery Epstein, en julio.
El fiscal federal del distrito sur de Nueva York, Geoffrey Berman, anuncia los cargos contra Jeffery Epstein, en julio. Getty Images
 
 
Tampoco Ghisleine Maxwell. Fue ella quien le presentó al duque de York
 Los dos se hicieron buenos amigos. No era la única conexión que tenía con la realeza británica.
 La lista incluye a Sarah Ferguson, entonces mujer del príncipe Andrés, y a Charles Althrop, hermano de la princesa Diana.
 Los tres nombres aparecen en su agenda personal y en el registro de vuelo del Lolita Express, su avión privado.
Epstein era educado y carismático.
 Solía celebrar fiestas para políticos, empresarios y celebridades en sus mansiones en Manhattan, Palm Beach y Nuevo México.
 Para probar su influencia, exhibía las fotos de figuras como Woody Allen, Naomi Campbell y Jean-Luc Brunel. Montó incluso conferencias científicas en su isla privada en el Caribe a la que asistieron personalidades como Stephen Hawking.
Jeffrey Epstein debía su fortuna a Les Wexner, el patrón del grupo que controla Victoria´s Secret y Pink.
 El empresario le confió todo su patrimonio.
 La mansión donde residía, escenario de los abusos, perteneció antes al magnate de la moda y este le transfirió la propiedad en 2011 sin que tuviera que pagar un dólar. Wexner acabó rompiendo los lazos con Epstein hace más de una década.
Su gusto por las adolescentes fue un secreto a voces durante años en Nueva York.
 Solía presentarse ante sus invitados acompañado por tres o cuatro jóvenes que parecían estar dentro del límite de edad tolerable. 
Donald Trump llegó a decir “es alguien con quien uno se divierte mucho” y al que le gustaban las mujeres guapas tanto como a él.
La última en denunciar los abusos es Mary Doe. Cuenta que el financiero hablaba de sus amistades para intimidarlas. 
“Me arrebató mi inocencia sexual frente a un muro lleno de fotografías enmarcadas de él dando la mano y sonriendo con celebridades y líderes políticos”, afirma. 
 Le prometió que utilizaría sus conexiones para ayudarle a abrirse camino como modelo y estudiar en Harvard.
Pero nadie hizo preguntas. Jeffrey Epstein tuvo la astucia de establecer relaciones con personas que le daban credibilidad, como la doctora Eva Andersson-Dubin. Bill Clinton usó varias veces su avión privado. 
El actor Kevin Spacey y el comediante Chris Tucker también formaron parte de ese estrecho círculo, hasta el punto de que viajaron juntos por África para un proyecto de la Fundación Clinton.


El entorno de Trump y Clinton se apresuró a decirtras su arresto el pasado julio que hacía más de una década que no se hablaban ni se veían con Epstein.
 La justificación coincide con el momento que fue condenado por prostituir a una menor.
 El pedófilo convicto logró, tras salir la primera vez de prisión que se borrara la idea de que era un depredador sexual y su reputación, de hecho, parecía ir al alza al volver a Nueva York.
Aunque solía ser discreto sobre sus amistades, alardeó de su relación con el príncipe saudí Mohammed bin Salman, hizo de facilitador de donaciones de Bill Gates al MIT Media Lab y proclamó que aconsejó a Elon Musk cuando tuvo problemas por sus tuits.
 Pero pese a describirse como un multimillonario, nunca llegó a estar a la altura de la gente con la que se codeaba y el dinero que donaba era de otros.
Los abogados de Maxwell tratan ahora de impedir que se publiquen documentos en el marco de una demanda por difamación que citan cientos de nombres relacionados con Epstein. 
Mientras, las víctimas piden a los que se cruzaron en la vida del pedófilo que cooperen para poder desvelar los secretos que se llevó a la tumba y poder depurar así responsabilidades entre sus más inmediatos colaboradores.
 
El príncipe Andrés habla en una entrevista de la BBC sobre Epstein.

¡Qué difícil es ser príncipe!...................Boris Izaguirre

Olvidamos pronto, pero Charlene de Mónaco intentó fugarse la víspera de su boda,

El príncipe Andrés, en Alemania en 2014.
El príncipe Andrés, en Alemania en 2014. AFP

 

El príncipe Andrés de Inglaterra es también duque de York, yo a veces pienso que tener dos títulos puede provocar doble personalidad.
 De otra manera no puedo explicarme cómo la familia real inglesa le ha consentido tanto.
 Desde los años ochenta hasta hoy, Andrés de Inglaterra no ha dejado de acumular momentos embarazosos, de sorprendente egoísmo o de escaso respeto hacia los demás.
 El más reciente, su caótica huida hacia adelante por el cerco de la justicia sobre su inconveniente amistad con Jeffrey Epstein, el millonario pedófilo que se suicidó en su celda
Seguramente, Andrés actúa como príncipe ante su madre para pedir apoyo y perdón por las equivocaciones del duque.
Duque o príncipe, Andrés de Inglaterra es ese fenómeno que pasa, más que nada, en familias ricas, el tarambana orgulloso que nadie puede enderezar. 
Lo curioso es que se le perdonen tantas jugarretas. Todavía se recuerda cuando lo fotografiaron correteando por las playas de Mustique, una paradisíaca islita caribeña, con Koo Stark, una bellísima actriz del cine erótico.
 Los tabloides de entonces escribieron “porno” pero en realidad Koo había hecho poco más de una simpática escena lésbica en la ducha cuando tenía 17 años y se movía con soltura entre cierta clase alta británica.
 Muchos quedamos fascinados por Stark, más que bella era sexy y atrevida, muy años ochenta.
 Luego, Andrés fue piloto durante la Guerra de las Malvinas y en mi círculo empezó a caer mal, porque si bien esa guerra precipitó la caída de la dictadura argentina (y siempre dimos las gracias por ello), en Latinoamérica se vivió como una bravuconada de los británicos y una alianza innecesaria entre Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
 Andrés explotó después su participación en el brevísimo conflicto. Hasta hoy mismo: una de las defensas que empleó en la nefasta entrevista que concedió la semana pasada a BBC fue que él no sudaba a causa del shock sufrido en las Malvinas.
 Con ello pretendía desmontar el testimonio de su principal acusadora, Virginia Giuffre, que alega que en una ocasión, siendo ella parte de la red de esclavas sexuales de Epstein, el príncipe sudaba tanto que ella se sintió asqueada. 

“No sudo, desde las Malvinas”, alegó el príncipe en la entrevista y para muchos esa fue la gota que colmó la paciencia con él.
Molesta, sin duda, la sensación de impunidad que le rodea. Al ser alguien tan privilegiado resulta más difícil que la justicia consiga interrogarle con propiedad. Eso también incomoda de la entrevista que, tras concederla, él asuma que ha cumplido con sus obligaciones ante la ley. La familia real no reaccionó hasta que la prensa empezó a sugerir que todo esto demostraba que la reina Isabel, a sus 93 años, ya no tenía control sobre su propia casa. Quizás ese eterno heredero, el príncipe Carlos, pensara que dejar hacer a su madre y su hermano le facilitaría las cosas y una abdicación al fin le acercara el trono.
 Pero Isabel II es muy espabilada, ya lo sabemos quienes vemos The Crown, y esta misma semana despojó a Andrés de todas sus obligaciones.
 Aún le quedan sus títulos. 

Mientras en España veíamos cómo la aristocracia del socialismo andaluz asumía el peso de la ley, en Mónaco se manifestaba algo casi igual de inquietante.
 Charlene, la esposa y madre de los hijos con título de Alberto de Mónaco (tiene otros dos que no pertenecen a la parte principesca), reapareció con una solemne cara de tristeza.
 ¿Será que Mónaco deprime? ¿Es un paraíso fiscal poco hospitalario? Cuando he estado allí ha sido divertido y glamuroso pero siempre queda esa sospecha de que el día a día debe ser como en Miami: al tercero descubres que es todo “mármol”: mar y mall (pronunciación de centro comercial en inglés). 
Pero lo cierto es que la cara de Charlene, como la de Chaves y Griñán, lo dice todo.
 Que no solo Mónaco es duro sino que el propio Alberto debe ser otro hueso, duro de pelar, como la juez Alaya.
 Olvidamos pronto, pero Charlene intentó fugarse la víspera de su boda. La “interceptaron” unos agentes en el aeropuerto de Niza y la devolvieron al principado.
 Desde entonces, es errática en todo menos en los Armani que escoge. 
Sabemos que esa relación la consiguió Corinna Zu-Wittgenstein, una princesa que seguro conoce a casi todos los que hemos nombrado en esta columna.
 Y que sabe diferenciar, desde lejos, cuando un hombre es príncipe, duque o rey.

Heroínas de nuestro tiempo.................................... Elvira Lindo..

Es inaceptable que ahora, con la coartada del feminismo, solo nos hagamos eco del clan de las ganadoras.

Virginia Woolf en junio de 1926.
Virginia Woolf en junio de 1926.
Nos sigue maravillando el mensaje de Virginia.
 La imperiosa necesidad de tener una habitación propia para poder crear, de contar con dinero para independizarse, la posibilidad de entrar en los círculos que históricamente han estado dominados por los hombres.
 No hay discusión sobre un anhelo expresado, además, de manera tan deslumbrante. 
Pero hay espíritus perspicaces que encuentran una segunda lectura tras lo que las demás consideramos incontestable.
 En 2007, la escritora Alison Light analizó la teoría de Woolf desde un ángulo original y necesario: atendiendo a la vida de sus sirvientas.
 En Mrs. Woolf and the Servants,Light estudia la situación de las criadas a tiempo completo de la escritora. 
 Virginia Woolf, eligiendo una vida más bohemia que la de sus padres, descartó el numeroso equipo de criados que solía servir en las casas burguesas y optó por quedarse solo con dos muchachas.

La cuestión es que la escritora, en esa obra fundacional sobre la independencia creativa de las mujeres, expone sus tesis acerca de la pobreza de las esposas en comparación con la riqueza de sus maridos burgueses, pero en su arco de visión no aparecen esas otras mujeres gracias a las cuales ella podía entregarse a una vida literariamente productiva.

 ¿Desconsideración? Sería fácil calificarlo así con la perspectiva del presente; creo que más bien se trata de una idea de clase tan arraigada que las necesidades de quienes sirven eran invisibles.

Me viene a la memoria el libro sobre Woolf porque en los últimos tiempos es frecuente leer reportajes celebratorios de los avances de la igualdad en los que solo aparecen mujeres poderosas, competitivas, líderes, atesoradoras de grandes fortunas. 
Una oda permanente a las números 1: las que ganan más dinero en los conciertos, las que tienen más seguidores en Instagram, las que dirigen bancos, las tiburonas de las empresas privadas.
 Y como se trata de mujeres y de ese poder del hemos sido excluidas (y seguimos estando) no hay pudor en presumir descaradamente de lo que se gana o de lo que se manda. 
El mensaje que se deduce de ese empeño en relacionar por sistema feminismo con competitividad y logros económicos parece un conchabamiento descarado con la tendencia económica ultraliberal que es el signo de estos tiempos.
 Hay otras mujeres, otras, que son la mayoría. 
Hay mujeres que desean igualdad para que las traten decentemente en sus oficios de limpiadoras, de cuidadoras, de celadoras, de camareras.
 Hay mujeres que no desean mandar sino realizar un trabajo y ser remuneradas con justicia.
 Hay mujeres que necesitan dinero para pagar el alquiler o para permitirse el lujo de ser madres. 
Hay mujeres necesarias para nuestro bienestar, las que cuidan a nuestros ancianos, las que lavan a los enfermos, las que limpian la calle, las que nos hacen de canguros; hay maestras que enseñan en la escuela nociones de igualdad, hay mujeres con vocación de servicio público, y hay artistas, también, que no desean estar en listas de más vendidos sino poder entregarse con desahogo a su campo creativo.
Que Virginia Woolf se olvidara de sus sirvientas a la hora de exponer aquello que necesita una mujer para escribir novelas es comprensible, dado su época y su origen de clase, pero es inaceptable que ahora, con la coartada del feminismo, solo nos hagamos eco del clan de las ganadoras, sin atender a esas otras mujeres, las anónimas heroínas de nuestro tiempo.
A mi me aburren (ahora) sobremanera esas mujeres, no las que lucharon por algo tan obvio como el derecho al voto, sino esas ricas intelectuales como Virginia Wolf, debió tener muchas habitaciones propias, y cuando se sumerge en el mar no creo que quisiera ahogarse pero ni su padre ni su marido estaban alli y quizás ella esperaba que la salvaran. 
Tampoco me gusta ya Simone de Bu boir con su vida lastimosa pendiente de Sartre, y menos Frida Khalo que hizo de su desgracia un motivo de entusiasmar a hombres y mujeres, no ,ya no, las tres fueron unas privilegiadas, ahora las mujeres no pueden pintar leer ni ir a reuniones literarias, ahora solo pueden hacer poco para que no nos maten o violen, esa violencia de género masculina hace que nos tiemble la mano al coger un pincel , un libro o un traje mejicano, es posible que incluyamos a Gala la que mandó sobre un universo masculino rendido a sus pies. Y ya no me interesa nada.
 

 

Cosas que no le dije al señor Roth ........................Isabel Coixet.

Cosas que no le dije al señor Roth