Dos
películas marcaron a la actriz: 'Love Story' por la que conoció a su
segundo marido, el poderoso productor recientemente fallecido Robert
Evans, y 'La huida', que la unió al tormentoso actor Steve McQueen.
Ali MacGraw en una imagen de 1983. Getty
Hollywood, el mítico, se movió a golpe de pasiones, profesionales y
sentimentales.
En la vida de la actriz Ali MacGraw se entrelazan todas
ellas: la pasión por el cine y la de experimentar el amor hasta el
límite de las renuncias personales.
En 1960, recién licenciada en la
universidad llegó su primera pasión: la moda.
Se casó con Robin Hoen en una unión que duró poco más de un año y en 1966 Chanel llamó a su puerta y utilizó su imagen para lanzar una línea de productos de baño que hizo visible su elegante belleza a los productores de cine.
Su primer trabajo, Goodbye Columbus (Complicidad sexual)
le valió un Globo de Oro y un Bafta como actriz revelación.
Y, desde
entonces, se instaló en ella una nueva pasión, el cine, de la que
derivaron las dos historias de amor con dos mitos de Hollywood que
marcaron su vida.
Los guiones de películas no paraban de llegar a sus manos y ella
encontró uno que le gustó y que, además, era de un amigo de su época
como estudiante en Harvard.
El guionista se llamaba Erich Segal y la
historia que había escrito Love Story.
Había que buscar un productor y uno de los nombres que no faltaban en las listas de la época era el de Robert Evans, un actor mediocre reconvertido en productor que en ese momento era quien estaba al frente de los estudios Paramount.
Bob Evans era el prototipo del éxito y de hombre hecho a sí mismo. Lo
intentó primero como actor pero él mismo se dio cuenta que era tirando a
malo y que pese a su planta, sí quería ser astro de la pantalla debía
intentarlo por otros derroteros. El dinero que obtuvo de la venta de una
empresa textil le proporcionó la llave para seguir en el mundo del cine
como productor y su jugada consistió en comprar historias, lo que
consideraba la base para hacer buenas películas. Adquirió por 50.000
dólares los derechos de El Detective y negoció con Fox para
hacer varias películas con ellos. Él, que ya llevaba una intensa vida
amorosa a sus espaldas, creía en los golpes de suerte y llegó uno en
forma de entrevista. Era atractivo, ambicioso y perfecto para ser
erigido como el nuevo prototipo de productor que necesitaba la
industria. Evans consiguió un artículo en The New York Times
y de paso una oferta para convertirse en el jefe de producción de los
estudios Paramount que no vivía uno de sus mejores momentos.
Ali MacGraw y Bob Evans saliendo de una fiesta en Nueva York en 1970.Getty
Llegaron los éxitos –La extraña pareja, La semilla del diablo, Descalzos en el parque– y también Ali McGraw con su rostro etéreo y su guión de Love Story bajo el brazo. Hubo película y también una apasionada atracción sexual que comenzó en
Woodland, la casa llena de eucaliptos y rosales que había pertenecido a
Greta Garbo, y acabó en matrimonio el 24 de octubre de 1969 y en
borrachera de Dom Perignon en el jardín de los mismos juzgados donde se
habían casado. Se prometieron amor eterno mientras ella rodaba la
película romántica que hizo llorar a medio mundo. Pero que Paramount no
terminara de alzar el vuelo hizo que Bob Evans olvidara su promesa de no
dejarla nunca y se volcara en otro proyecto que partía de un borrador
de apenas 30 páginas de una novela titulada Mafia, de un tal Mario Puzo, y que acabó convirtiéndose en El Padrino. Love Story, según su productor no se estrenó, "estalló" en las
Navidades de 1970 y la pareja vivió su éxito esperando la llegada de su
único hijo en común, Joshua, que nació en enero de 1971. Evans estaba
exultante, se sentía el hombre con más suerte del mundo y de repente se
despistó y acabó su racha. Convenció a su esposa para aceptar el papel
de una película alejada de sus registros románticos cuando ella quería
seguir al lado de su hijo y Ali MacGraw comenzó el rodaje de La huida junto a otro mito, pero esta vez de los que levantaban pasiones en la gran pantalla: Steve McQueen. El matrimonio acudió unido al estreno de El Padrino en marzo de 1972 y ella volvió a Texas para seguir rodando La huida;
poco después, el romance de su esposa con McQueen explotó como lo había
hecho la película que había unido a la pareja. Evans se culpó de la
ruptura: "Texas estaba a una hora y cuarenta minutos de un vuelo que
nunca hice hasta que la infidelidad me hizo moverme. Fue mi culpa.
Incumplí la promesa de no dejarla nunca y me sumergí en El Padrino". Ali le eximió afirmando que el flechazo con McQueen fue inmediato.
Su madre le había abandonado varias
veces, había estado en un reformatorio a los 14 años, vivió como un
vagabundo y pasó por el ejército antes de encontrar en su camino la
interpretación.
Él era infiel, machista y con arranques violentos, pero
su atracción era tan fuerte que enseguida comenzaron a convivir junto
con Joshua, el hijo de Ali, y Chad, el de McQueen.
El actor consiguió
que ella abandonara su carrera y aunque nunca le fue infiel, los celos
de él, que sí lo era de forma compulsiva, la convirtieron en sumisa y
permisiva.
Para mayor desgracia el alcohol y las drogas también formaban
parte de su vida diaria.
Ali MacGraw tardó en reaccionar pero lo hizo.Cinco años después del flechazo que los unió decidió volver al cine con Convoy y Steve McQueen la echó de casa casi sin dinero propio
y con una carrera que debía reconstruir. Nunca volvió a coger la
velocidad de crucero que tenía cuando conoció al atormentado actor. Era
1978, el mismo año en el que pocos meses después McQueen recibió la
noticia de que estaba enfermo de cáncer. Murió en 1980 con 50 años.
Camisa
de cuadros de Gucci. Anillo en oro blanco con tanzania, zafiros azules y
diamantes hortus deliciarum, y pendientes de oro blanco y rosa,
espinelas azules y lilas con diamantes, ambos de Gucci. Sujetador
de Eres, pantalón negro de Prada y guantes negros bordados con flores
de Gucci. Tiara en oro blanco
de 18 quilates y diamantes talla brillante; colgante en oro blanco de 18
quilates, engarzado con una esmeralda de corte pera de 2,5 quilates y
diamantes de talla brillante, y brazalete con diamantes talla brillante. Las tres piezas pertenecen a la colección Joséphine Aigrette Impériale,
de Chaumet. La máscara de pestañas Monsieur Big, de Lancôme, aporta
volumen y larga duración.
Cárdigan
rojo de cachemir de Chanel. Pulsera Moisson de Perles en oro blanco de
18 quilates engastado con 239 diamantes,
4 diamantes talla pera y 32 perlas cultivadas japonesas, y collar Vol
Suspendu en oro blanco y diamantes . La modelo lleva el sérum activador
de la luminosidad de la piel Advanced Génifique, de Lancôme.
Chaqueta
con los puños abiertos de Alaïa. Collar Labyrinth realizado en oro
blanco con zafiro azul
de 35 quilates y diamantes talla brillante, y anillo perteneciente a la
colección Iqono realizado en oro blanco con diamante central talla
oval y orla de diamantes talla trapecio, ambos de Suarez. La máscara
Hypnôse, de Lancôme, aporta un extra de volumen de pestañas.
Camisa
en color verde lima de Coperni. Pendientes y anillo de la colección
Green Carpet, de Chopard, realizados con oro ético certificado y
esmeraldas talla pera. La modelo lleva Teint Idole Ultra Wear, de
Lancôme, base de maquillaje de alta cobertura y larga duración.
Americana
de cuadros de Celine. Anillo, pulsera y pendientes en oro blanco y de
diamantes de la colección Réflection, de Cartier.
La modelo lleva el delineador de ojos Le Crayon Khôl tono 01 Noir, de
Lancôme. 6Americana
de cuadros de Celine. Anillo, pulsera y pendientes en oro blanco y de
diamantes de la colección Réflection, de Cartier.
La modelo lleva el delineador de ojos Le Crayon Khôl tono 01 Noir, de
Lancôme.
Americana
de raya diplomática y pantalones de pana, ambos de Dior. Pendientes y
anillo de la colección Salon de Diane, en oro blanco y oro rosa, plata
envejecida, platino, diamantes y esmeraldas, de Dior. La modelo luce el
labial mate de larga duración L’Absolu Rouge Drama Matte en el tono 274
Sensualité, de Lancôme.
Para estos últimos, el disfraz de bruja es
uno de los más populares. Tenemos una imagen muy consolidada en torno a
estas hechiceras: nos imaginamos una mujer malvada, probablemente fea,
que vuela con su escoba y realiza pócimas de ingredientes extravagantes
en un viejo y oxidado caldero, pero… ¿Esto ha sido siempre así? ¿Cómo
surgió la imagen estereotipada de las brujas que ha llegado a nuestros
días?
La historia del arte nos puede ayudar a rastrearlo.
Basta
con volver la vista atrás, a la antigüedad clásica, para comprobar que
efectivamente la definición de bruja venía acompañada de connotaciones
radicalmente distintas: las brujas no eran más que hechiceras, jóvenes
que usaban su magia para hacer el bien. Las sibilas son un claro ejemplo
de ello, mujeres con poderes adivinatorios, capaces de predecir el
futuro. Y por ello siempre se han representado rollo en mano, junto a
otros elementos propios de su adivinación, tal y como se pueden ver en
la bóveda de la Capilla Sixtina del Vaticano.
La 'Sibila Délfica' (1509) es un fresco hecho por el pintor Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
La Edad Media trajo consigo el triunfo definitivo de la
religión cristiana, que rechaza toda práctica mágica que no dependa
directamente de su dios.
Y ya que no existe el bien sin el mal, a raíz
de esta idea surgiría la contraria: el culto a lo satánico, que se
convertiría en una auténtica herejía de la que acusar a todo aquel que
no cumpliera las normas. La cosa era más grave en el caso de las
mujeres, teniendo en cuenta que la Iglesia las consideró seres débiles y
proclives al pecado. Todo culminaría en los siglos XVI y XVII, época
central de las grandes cazas de brujas, y es precisamente aquí donde
podemos situar el origen del concepto de bruja tal como lo conocemos
hoy.
Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como
las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas
atrajo a numerosos artistas.
Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y
muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los
primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que
contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza
nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero
(1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de
la iconografía actual de la bruja.
Famoso por sus dibujos y grabados,
algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas
posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para
llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas
que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su
camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada
fealdad se vio reforzada especialmente por los autores flamencos.
Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven
(1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas
mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y
representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras.
El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a
cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un
fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos
momentos de su vida.
Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como
las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas
atrajo a numerosos artistas. Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y
muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los
primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que
contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza
nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero
(1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de
la iconografía actual de la bruja. Famoso por sus dibujos y grabados,
algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas
posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para
llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas
que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su
camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada
fealdad se vio reforzada especialmente por los autores flamencos.
Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven
(1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas
mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y
representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras.
El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a
cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un
fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos
momentos de su vida.
Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más
correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a
inmortalizar a las brujas en varias ocasiones. Ya sea basándose en obras
literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer
acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas
para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que
sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas. En el siglo XIX, el
grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo
hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John
William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos
mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para
personificar la “femme fatale”,
la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina. Los simbolistas
también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William
Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político,
ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos
machistas. Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas
junto a este elemento desde fechas tempranas. Algunos consideran la
ilustración de Le Champion des Dames como la primera
representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable
pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.
Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como
las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas
atrajo a numerosos artistas. Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y
muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los
primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que
contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza
nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero
(1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de
la iconografía actual de la bruja. Famoso por sus dibujos y grabados,
algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas
posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para
llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas
que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su
camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada
fealdad se vio reforzada especialmente por los autores flamencos.
Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven
(1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas
mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y
representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras.
El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a
cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un
fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos
momentos de su vida.
Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más
correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a
inmortalizar a las brujas en varias ocasiones.
Ya sea basándose en obras
literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer
acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas
para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que
sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas.
En el siglo XIX, el
grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo
hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John
William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos
mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para
personificar la “femme fatale”,
la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina
. Los simbolistas
también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William
Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político,
ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos
machistas.
Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas
junto a este elemento desde fechas tempranas. Algunos consideran la
ilustración de Le Champion des Dames como la primera
representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable
pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.
'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que
estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus
propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas
estuvieran prohibidas.
En ocasiones para mitigar sus propios dolores,
empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían
alucinaciones y tenían la sensación de volar.
Sin embargo, la ingesta de
estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente
vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que
los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de
ungüentos.
Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba:
la vagina.
Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató
de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos
la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para
posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre
otras partes de su cuerpo.
En los juicios, algunas de las acusadas por
brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las
sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es
bastante común.
Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron
este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero,
representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre
cabras.
La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación
de lo satánico contaba con este animal.
La explicación más probable, como bien señala Robert
Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en
el que el cristianismo se impuso como religión dominante.
Su triunfo
supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una
deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que
gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo
al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron
consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas.
Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no
mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los
pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas.
El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura
para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas
persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no
cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las
de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas.
Resulta
difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro
que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
* También puedes seguirnos en Instagram y Flipboard. ¡No te pierdas lo mejor de Verne!
'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que
estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus
propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas
estuvieran prohibidas. En ocasiones para mitigar sus propios dolores,
empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían
alucinaciones y tenían la sensación de volar. Sin embargo, la ingesta de
estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente
vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que
los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de
ungüentos. Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba:
la vagina. Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató
de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos
la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para
posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre
otras partes de su cuerpo. En los juicios, algunas de las acusadas por
brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las
sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es
bastante común. Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron
este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero,
representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre
cabras. La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación
de lo satánico contaba con este animal.
Francisco de Goya representó a la cabra presidiendo el cuadro 'El gran cabrón' (1823).
La explicación más probable, como bien señala Robert
Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en
el que el cristianismo se impuso como religión dominante. Su triunfo
supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una
deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que
gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo
al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron
consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas.
Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no
mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los
pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas. El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura
para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas
persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no
cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las
de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas. Resulta
difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro
que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
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Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más
correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a
inmortalizar a las brujas en varias ocasiones.
Ya sea basándose en obras
literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer
acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas
para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que
sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas.
En el siglo XIX, el
grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo
hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John
William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos
mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para
personificar la “femme fatale”,
la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina.
Los simbolistas
también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William
Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político,
ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos
machistas.
Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas
junto a este elemento desde fechas tempranas.
Algunos consideran la
ilustración de Le Champion des Dames como la primera
representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable
pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.
'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que
estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus
propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas
estuvieran prohibidas. En ocasiones para mitigar sus propios dolores,
empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían
alucinaciones y tenían la sensación de volar. Sin embargo, la ingesta de
estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente
vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que
los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de
ungüentos. Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba:
la vagina. Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató
de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos
la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para
posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre
otras partes de su cuerpo. En los juicios, algunas de las acusadas por
brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las
sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es
bastante común. Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron
este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero,
representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre
cabras. La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación
de lo satánico contaba con este animal.
Francisco de Goya representó a la cabra presidiendo el cuadro 'El gran cabrón' (1823).
La explicación más probable, como bien señala Robert
Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en
el que el cristianismo se impuso como religión dominante. Su triunfo
supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una
deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que
gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo
al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron
consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas.
Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no
mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los
pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas. El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura
para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas
persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no
cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las
de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas. Resulta
difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro
que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
* También puedes seguirnos en Instagram y Flipboard. ¡No te pierdas lo mejor de Verne!
SI LA VIDA fuera así, ¿no? Una pequeña tienda de delicatessen
y una chica de película asomada a su puerta tomando el primer café de
la mañana mientras observa con aire descuidado el movimiento de la
calle. Parece un fotograma de una película amable de Woody Allen,
pero creo que corresponde a la realidad, pues ilustraba de hecho una
información de este periódico sobre la pequeña y mediana empresa. No sé en cuántas pequeñas y medianas empresas se respira esta paz,
pero yo, si esa tienda existiera, me quedaría a vivir en su interior.
Tal es lo que pensé cuando abrí el periódico el día de autos y
tropecé con esta imagen de la que aprecié, en primer término, la calma
de la joven, cuya mano izquierda, prendida por el pulgar al borde del
bolsillo de la bata vaquera, armoniza perfectamente con la posición
indolente del pie de ese lado. Podría estar posando, claro, pero ¿posan
también las jardineras de la entrada del establecimiento? ¿Posan,
asimismo, los productos artísticamente distribuidos en el escaparate?
¿Posan los globos del interior de la tienda, parece que encendidos, y
las dos lámparas, prendidas igualmente, para acoger al visitante en ese
espacio que tiene algo de útero materno? El reportaje, titulado ‘La odisea del pequeño empresario’, hablaba de la
digitalización, del empleo, de la competitividad, de los problemas
prácticos, en fin, de cualquier negocio pequeño. Pero la fotografía,
¡ah!, transmitía la sensación de un mundo sin tensiones económicas. Si
la vida fuera así, me dije, y pasé de página como el que sale de un
callejón cordial para meterse en el lío.