Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

3 nov 2019

Ali MacGraw, una historia de amor entre dos mitos de Hollywood

Dos películas marcaron a la actriz: 'Love Story' por la que conoció a su segundo marido, el poderoso productor recientemente fallecido Robert Evans, y 'La huida', que la unió al tormentoso actor Steve McQueen.

Ali MacGraw en una imagen de 1983.
Ali MacGraw en una imagen de 1983. Getty

Hollywood, el mítico, se movió a golpe de pasiones, profesionales y sentimentales.

 En la vida de la actriz Ali MacGraw se entrelazan todas ellas: la pasión por el cine y la de experimentar el amor hasta el límite de las renuncias personales.

 En 1960, recién licenciada en la universidad llegó su primera pasión: la moda. 

Trabajó con Diana Vreeland, la poderosa editora de la revista Harper's Baazar y después como asistente del fotógrafo Melvin Sokolsky,

 Se casó con Robin Hoen en una unión que duró poco más de un año y en 1966 Chanel llamó a su puerta y utilizó su imagen para lanzar una línea de productos de baño que hizo visible su elegante belleza a los productores de cine.

 Su primer trabajo, Goodbye Columbus (Complicidad sexual) le valió un Globo de Oro y un Bafta como actriz revelación.

 Y, desde entonces, se instaló en ella una nueva pasión, el cine, de la que derivaron las dos historias de amor con dos mitos de Hollywood que marcaron su vida. 

Los guiones de películas no paraban de llegar a sus manos y ella encontró uno que le gustó y que, además, era de un amigo de su época como estudiante en Harvard. 

El guionista se llamaba Erich Segal y la historia que había escrito Love Story.

 Había que buscar un productor y uno de los nombres que no faltaban en las listas de la época era el de Robert Evans, un actor mediocre reconvertido en productor que en ese momento era quien estaba al frente de los estudios Paramount. 



Bob Evans era el prototipo del éxito y de hombre hecho a sí mismo. Lo intentó primero como actor pero él mismo se dio cuenta que era tirando a malo y que pese a su planta, sí quería ser astro de la pantalla debía intentarlo por otros derroteros.
 El dinero que obtuvo de la venta de una empresa textil le proporcionó la llave para seguir en el mundo del cine como productor y su jugada consistió en comprar historias, lo que consideraba la base para hacer buenas películas. 
Adquirió por 50.000 dólares los derechos de El Detective y negoció con Fox para hacer varias películas con ellos.
 Él, que ya llevaba una intensa vida amorosa a sus espaldas, creía en los golpes de suerte y llegó uno en forma de entrevista.
 Era atractivo, ambicioso y perfecto para ser erigido como el nuevo prototipo de productor que necesitaba la industria. 
Evans consiguió un artículo en The New York Times y de paso una oferta para convertirse en el jefe de producción de los estudios Paramount que no vivía uno de sus mejores momentos.
Ali MacGraw y Bob Evans saliendo de una fiesta en Nueva York en 1970.
Ali MacGraw y Bob Evans saliendo de una fiesta en Nueva York en 1970. Getty
Llegaron los éxitos –La extraña pareja, La semilla del diablo, Descalzos en el parque– y también Ali McGraw con su rostro etéreo y su guión de Love Story bajo el brazo. 
 Hubo película y también una apasionada atracción sexual que comenzó en Woodland, la casa llena de eucaliptos y rosales que había pertenecido a Greta Garbo, y acabó en matrimonio el 24 de octubre de 1969 y en borrachera de Dom Perignon en el jardín de los mismos juzgados donde se habían casado. 
Se prometieron amor eterno mientras ella rodaba la película romántica que hizo llorar a medio mundo.
 Pero que Paramount no terminara de alzar el vuelo hizo que Bob Evans olvidara su promesa de no dejarla nunca y se volcara en otro proyecto que partía de un borrador de apenas 30 páginas de una novela titulada Mafia, de un tal Mario Puzo, y que acabó convirtiéndose en El Padrino
Love Story, según su productor no se estrenó, "estalló" en las Navidades de 1970 y la pareja vivió su éxito esperando la llegada de su único hijo en común, Joshua, que nació en enero de 1971. Evans estaba exultante, se sentía el hombre con más suerte del mundo y de repente se despistó y acabó su racha. 
Convenció a su esposa para aceptar el papel de una película alejada de sus registros románticos cuando ella quería seguir al lado de su hijo y Ali MacGraw comenzó el rodaje de La huida junto a otro mito, pero esta vez de los que levantaban pasiones en la gran pantalla: Steve McQueen.
 El matrimonio acudió unido al estreno de El Padrino en marzo de 1972 y ella volvió a Texas para seguir rodando La huida; poco después, el romance de su esposa con McQueen explotó como lo había hecho la película que había unido a la pareja. 
Evans se culpó de la ruptura: "Texas estaba a una hora y cuarenta minutos de un vuelo que nunca hice hasta que la infidelidad me hizo moverme.
 Fue mi culpa. Incumplí la promesa de no dejarla nunca y me sumergí en El Padrino".
 Ali le eximió afirmando que el flechazo con McQueen fue inmediato.
Steve McQueen y Ali MacGraw en 1974.
Steve McQueen y Ali MacGraw en 1974. Cordon Press
McQueen tenía éxito, era endiabladamente guapo y también un alma atormentada. 
Su madre le había abandonado varias veces, había estado en un reformatorio a los 14 años, vivió como un vagabundo y pasó por el ejército antes de encontrar en su camino la interpretación.
 Él era infiel, machista y con arranques violentos, pero su atracción era tan fuerte que enseguida comenzaron a convivir junto con Joshua, el hijo de Ali, y Chad, el de McQueen. 
El actor consiguió que ella abandonara su carrera y aunque nunca le fue infiel, los celos de él, que sí lo era de forma compulsiva, la convirtieron en sumisa y permisiva.
 Para mayor desgracia el alcohol y las drogas también formaban parte de su vida diaria. 
Ali MacGraw tardó en reaccionar pero lo hizo.Cinco años después del flechazo que los unió decidió volver al cine con Convoy y Steve McQueen la echó de casa casi sin dinero propio y con una carrera que debía reconstruir.
 Nunca volvió a coger la velocidad de crucero que tenía cuando conoció al atormentado actor. 
Era 1978, el mismo año en el que pocos meses después McQueen recibió la noticia de que estaba enfermo de cáncer. 
Murió en 1980 con 50 años. 

Ni vestidos de princesa, ni alfombras rojas. La evolución de la alta joyería

Camisa de cuadros de Gucci. Anillo en oro blanco con tanzania, zafiros azules y diamantes hortus deliciarum, y pendientes de oro blanco y rosa, espinelas azules y lilas con diamantes, ambos de Gucci. Camisa de cuadros de Gucci. Anillo en oro blanco con tanzania, zafiros azules y diamantes hortus deliciarum, y pendientes de oro blanco y rosa, espinelas azules y lilas con diamantes, ambos de Gucci.
  Sujetador de Eres, pantalón negro de Prada y guantes negros bordados con flores de Gucci. Tiara en oro blancornde 18 quilates y diamantes talla brillante; colgante en oro blanco de 18 quilates, engarzado con una esmeralda de corte pera de 2,5 quilates y diamantes de talla brillante, y brazalete con diamantes talla brillante. Las tres piezas pertenecen a la colección Joséphine Aigrette Impériale, de Chaumet. La máscara de pestañas Monsieur Big, de Lancôme, aporta volumen y larga duración.  Sujetador de Eres, pantalón negro de Prada y guantes negros bordados con flores de Gucci.
 Tiara en oro blanco de 18 quilates y diamantes talla brillante; colgante en oro blanco de 18 quilates, engarzado con una esmeralda de corte pera de 2,5 quilates y diamantes de talla brillante, y brazalete con diamantes talla brillante.
 Las tres piezas pertenecen a la colección Joséphine Aigrette Impériale, de Chaumet. La máscara de pestañas Monsieur Big, de Lancôme, aporta volumen y larga duración. 



Cárdigan rojo de cachemir de Chanel. Pulsera Moisson de Perles en oro blanco de 18 quilates engastado con 239 diamantes,rn4 diamantes talla pera y 32 perlas cultivadas japonesas, y collar Vol Suspendu en oro blanco y diamantes. La modelo lleva el sérum activadorrnde la luminosidad de la piel Advanced Génifique, de Lancôme. Cárdigan rojo de cachemir de Chanel. Pulsera Moisson de Perles en oro blanco de 18 quilates engastado con 239 diamantes, 4 diamantes talla pera y 32 perlas cultivadas japonesas, y collar Vol Suspendu en oro blanco y diamantes
. La modelo lleva el sérum activador de la luminosidad de la piel Advanced Génifique, de Lancôme. 


 
Chaqueta con los puños abiertos de Alaïa. Collar Labyrinth realizado en oro blanco con zafiro azulrnde 35 quilates y diamantes talla brillante, y anillo perteneciente a la colección Iqono realizado en oro blanco con diamante central tallarnoval y orla de diamantes talla trapecio, ambos de Suarez. La máscara Hypnôse, de Lancôme, aporta un extra de volumen de pestañas. Chaqueta con los puños abiertos de Alaïa. Collar Labyrinth realizado en oro blanco con zafiro azul de 35 quilates y diamantes talla brillante, y anillo perteneciente a la colección Iqono realizado en oro blanco con diamante central talla oval y orla de diamantes talla trapecio, ambos de Suarez.
 La máscara Hypnôse, de Lancôme, aporta un extra de volumen de pestañas.


Camisa en color verde lima de Coperni. Pendientes y anillo de la colección Green Carpet, de Chopard, realizados con oro ético certificado y esmeraldas talla pera. La modelo lleva Teint Idole Ultra Wear, de Lancôme, base de maquillaje de alta cobertura y larga duración.  Camisa en color verde lima de Coperni. Pendientes y anillo de la colección Green Carpet, de Chopard, realizados con oro ético certificado y esmeraldas talla pera.
 La modelo lleva Teint Idole Ultra Wear, de Lancôme, base de maquillaje de alta cobertura y larga duración.  


Americana de cuadros de Celine. Anillo, pulsera y pendientes en oro blanco y de diamantes de la colección Réflection, de Cartier.rnLa modelo lleva el delineador de ojos Le Crayon Khôl tono 01 Noir, de Lancôme. Americana de cuadros de Celine. Anillo, pulsera y pendientes en oro blanco y de diamantes de la colección Réflection, de Cartier. La modelo lleva el delineador de ojos Le Crayon Khôl tono 01 Noir, de Lancôme.
6Americana de cuadros de Celine. Anillo, pulsera y pendientes en oro blanco y de diamantes de la colección Réflection, de Cartier. La modelo lleva el delineador de ojos Le Crayon Khôl tono 01 Noir, de Lancôme. 
Americana de raya diplomática y pantalones de pana, ambos de Dior. Pendientes y anillo de la colección Salon de Diane, en oro blanco y oro rosa, plata envejecida, platino, diamantes y esmeraldas, de Dior. La modelo luce el labial mate de larga duración L’Absolu Rouge Drama Matte en el tono 274 Sensualité, de Lancôme.
 

¿Cómo llegaron las brujas a volar en escoba?

Su representación ha cambiado mucho, como podemos ver a través de una mirada a la historia del arte.

El grabado 'Linda maestra' de Francisco de Goya ya representó a una bruja encima de una escoba.

El grabado 'Linda maestra' de Francisco de Goya ya representó a una bruja encima de una escoba.
En Halloween hay quienes optan por disfraces originales y quienes tiran de clásicos.
 Para estos últimos, el disfraz de bruja es uno de los más populares. Tenemos una imagen muy consolidada en torno a estas hechiceras: nos imaginamos una mujer malvada, probablemente fea, que vuela con su escoba y realiza pócimas de ingredientes extravagantes en un viejo y oxidado caldero, pero… ¿Esto ha sido siempre así? ¿Cómo surgió la imagen estereotipada de las brujas que ha llegado a nuestros días?
 La historia del arte nos puede ayudar a rastrearlo.
Basta con volver la vista atrás, a la antigüedad clásica, para comprobar que efectivamente la definición de bruja venía acompañada de connotaciones radicalmente distintas: las brujas no eran más que hechiceras, jóvenes que usaban su magia para hacer el bien.
 Las sibilas son un claro ejemplo de ello, mujeres con poderes adivinatorios, capaces de predecir el futuro.
 Y por ello siempre se han representado rollo en mano, junto a otros elementos propios de su adivinación, tal y como se pueden ver en la bóveda de la Capilla Sixtina del Vaticano.
La 'Sibila Délfica' (1509) es un fresco hecho por el pintor Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
La Edad Media trajo consigo el triunfo definitivo de la religión cristiana, que rechaza toda práctica mágica que no dependa directamente de su dios. 
Y ya que no existe el bien sin el mal, a raíz de esta idea surgiría la contraria: el culto a lo satánico, que se convertiría en una auténtica herejía de la que acusar a todo aquel que no cumpliera las normas. La cosa era más grave en el caso de las mujeres, teniendo en cuenta que la Iglesia las consideró seres débiles y proclives al pecado. Todo culminaría en los siglos XVI y XVII, época central de las grandes cazas de brujas, y es precisamente aquí donde podemos situar el origen del concepto de bruja tal como lo conocemos hoy.

Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas atrajo a numerosos artistas.
 Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero (1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de la iconografía actual de la bruja.
 Famoso por sus dibujos y grabados, algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada fealdad se vio reforzada  especialmente por los autores flamencos. Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven (1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras.
 El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos momentos de su vida.

Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas atrajo a numerosos artistas. Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero (1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de la iconografía actual de la bruja. Famoso por sus dibujos y grabados, algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada fealdad se vio reforzada  especialmente por los autores flamencos. Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven (1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras. El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos momentos de su vida.
Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a inmortalizar a las brujas en varias ocasiones. Ya sea basándose en obras literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas. En el siglo XIX, el grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para personificar la “femme fatale”, la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina. Los simbolistas también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político, ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos machistas. Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas junto a este elemento desde fechas tempranas. Algunos consideran la ilustración de Le Champion des Dames como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.
Los artistas más brujescos
Ya sea como las sabias hechiceras de época clásica o como las horribles compañeras de Satán, la representación de las brujas atrajo a numerosos artistas. Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba y muerte en la hoguera se convirtieron en temas recurrentes desde los primeros años de las persecuciones, siendo varios los virtuosos que contribuyeron a construir la imagen de la bruja que hoy protagoniza nuestros disfraces de Halloween.
Tal vez Alberto Durero (1471-1528) fue uno de los mayores responsables de la conformación de la iconografía actual de la bruja. Famoso por sus dibujos y grabados, algunos fueron protagonizados por estas hechiceras de dos formas posibles: bien como jóvenes que usan sus poderes de seducción para llevar a los hombres a la ruina, o bien como las feas y temibles brujas que se reúnen con el demonio y conjuran a todo aquel que cruza en su camino.
Grabado de Alberto Durero 'La bruja montando una cabra' (1500).
La imagen de la bruja como un ser maligno y de una marcada fealdad se vio reforzada  especialmente por los autores flamencos. 
 Artistas como Brueghel el Viejo (1525-1569) o Frans Francken el Joven (1581-1642), sintieron un enorme interés por la representación de estas mujeres, convirtiéndolas en protagonistas de sus obras y representándolas junto a algunos de sus elementos más distintivos.
Francisco de Goya (1746-1828) representó a las brujas en distintas etapas de su producción, tanto en sus grabados de Los Caprichos, como en los aquelarres que protagonizan algunas de sus Pinturas Negras.
 El pintor aragonés emplea la imagen de estas hechiceras para llevar a cabo una dura crítica social, aunque algunas de ellas parecen ser un fiel reflejo de los tormentos que le persiguieron en los últimos momentos de su vida.
Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a inmortalizar a las brujas en varias ocasiones. 
Ya sea basándose en obras literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas.
 En el siglo XIX, el grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para personificar la “femme fatale”, la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina
. Los simbolistas también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político, ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos machistas. 
Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas junto a este elemento desde fechas tempranas. Algunos consideran la ilustración de Le Champion des Dames como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.
'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas estuvieran prohibidas.
 En ocasiones para mitigar sus propios dolores, empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían alucinaciones y tenían la sensación de volar.
 Sin embargo, la ingesta de estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de ungüentos.
 Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba: la vagina.
 Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre otras partes de su cuerpo.
 En los juicios, algunas de las acusadas por brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es bastante común.
 Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero, representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre cabras. 
La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación de lo satánico contaba con este animal.

La explicación más probable, como bien señala Robert Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en el que el cristianismo se impuso como religión dominante. 
Su triunfo supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas. 
 Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas.
 El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas.
 Resulta difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
* También puedes seguirnos en Instagram y Flipboard. ¡No te pierdas lo mejor de Verne!
'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas estuvieran prohibidas. En ocasiones para mitigar sus propios dolores, empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían alucinaciones y tenían la sensación de volar. Sin embargo, la ingesta de estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de ungüentos. Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba: la vagina. Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre otras partes de su cuerpo. En los juicios, algunas de las acusadas por brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es bastante común. Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero, representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre cabras. La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación de lo satánico contaba con este animal.
Francisco de Goya representó a la cabra presidiendo el cuadro 'El gran cabrón' (1823).
La explicación más probable, como bien señala Robert Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en el que el cristianismo se impuso como religión dominante. Su triunfo supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas. Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas. El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas. Resulta difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
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Francisco de Goya utilizaba a las brujas para llevar a cabo una dura crítica social. En la imagen, 'El Aquelarre' (1787).
Henry Fuseli (1741-1825), pintor de los sueños (aunque más correcto sería llamarlo de las pesadillas), también se atrevió a inmortalizar a las brujas en varias ocasiones. 
Ya sea basándose en obras literarias o en pasaje reales, las brujas de sus obras suelen aparecer acompañadas de otros seres demoníacos, con intenciones poco beneficiosas para sus protagonistas, pero evitando ser muy explícito, dejando que sea el espectador quien complete la escena en su imaginación.
Pero no todos temieron a las brujas.
 En el siglo XIX, el grupo Prerrafaelita recuperó la representación de estas hechiceras y lo hizo bajo un halo sensual, más cercano al anhelo que al terror. John William Waterhouse (1849-1917) se decidió a representar los antiguos mitos clásicos, brujas sabias y bellas que le sirven de modelo para personificar la “femme fatale”, la mujer que con sus encantos te lleva a la ruina.
 Los simbolistas también siguieron este nuevo modelo, destacando las escenas de William Blake (1757-1827), obras que parecen sacadas de los cuentos de fantasía.
Volar en escoba
La escoba, además de ser un símbolo político, ha aparecido asociada a la mujer con connotaciones más o menos machistas.
 Y con las brujas, por supuesto, que han sido representadas junto a este elemento desde fechas tempranas. 
Algunos consideran la ilustración de Le Champion des Dames como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba y la irremediable pregunta que nos asalta es cómo surgió esta idea.

'Le Champion des Dames' es considerado como la primera representación de una bruja volando sobre su escoba.
No olvidemos que las brujas eran en realidad mujeres que estudiaban las propiedades de las plantas, experimentando con sus propiedades curativas y alucinógenas a pesar de que estas prácticas estuvieran prohibidas. En ocasiones para mitigar sus propios dolores, empleaban pequeñas dosis de plantas venenosas que les producían alucinaciones y tenían la sensación de volar. Sin embargo, la ingesta de estas pócimas entrañaba terribles efectos secundarios, principalmente vómitos, mareos y dolores estomacales.
Con el tiempo, estas mujeres cayeron en la cuenta de que los efectos adversos podían evitarse aplicando la mezcla a través de ungüentos. Y había una zona en concreto donde el efecto se incrementaba: la vagina. Jordanes de Bergamo, un investigador del siglo XV que trató de cerca las persecuciones de brujas, señala en uno de sus manuscritos la costumbre de estas mujeres de aplicar la mezcla sobre una vara para posteriormente montar sobre ella, además de extender los ungüentos sobre otras partes de su cuerpo. En los juicios, algunas de las acusadas por brujería declararon sentirse levitar al entrar en contacto con las sustancias alucinógenas al frotarse con el palo de la escoba.
Las cabras, protagonistas de los aquelarres
La representación de la cabra junto a las brujas es bastante común. Algunos artistas, como Francisco de Goya, representaron este animal presidiendo los aquelarres; otros, como Luis Ricardo Falero, representaron a las brujas yendo a estas reuniones montadas sobre cabras. La realidad es que, llegados a cierto punto, toda representación de lo satánico contaba con este animal.
Francisco de Goya representó a la cabra presidiendo el cuadro 'El gran cabrón' (1823).
La explicación más probable, como bien señala Robert Muchembled, famoso historiador francés, la encontramos en el momento en el que el cristianismo se impuso como religión dominante. Su triunfo supuso el irremediable rechazo de lo pagano y, muy especialmente, de una deidad en concreto: el dios Pan, mitad hombre y mitad cabra, que gustaba de los placeres terrenales y, especialmente, de todo lo relativo al sexo. Esta y otras manifestaciones de deidades similares fueron consideradas malignas, y por ello muchas de ellas fueron destruidas. Además, la aparición de la cabra en la Biblia (Mateo 25:31-46) no mejoraba su posición: se usa como una metáfora para aludir a los pecadores, frente a las ovejas que son el rebaño del señor.
El renacer de la bruja
En los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas. El movimiento feminista ha decidido resucitar su figura para liderar sus reivindicaciones, ya que considera que las antiguas persecuciones fueron un ataque sin pretexto al modelo de mujer que no cumplía con las reglas sociales. Las “nuevas brujas” encuentran en las de antaño un motivo para empoderarse y luchar por sus causas. Resulta difícil saber cómo representaremos a las brujas del mañana, pero seguro que las de hoy se nos aparecen con menos miedo que nunca.
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Un callejón cordial........................................Juan José Millás...

Juan José Millás
Un callejón cordial
SI LA VIDA fuera así, ¿no?
 Una pequeña tienda de delicatessen y una chica de película asomada a su puerta tomando el primer café de la mañana mientras observa con aire descuidado el movimiento de la calle.
 Parece un fotograma de una película amable de Woody Allen, pero creo que corresponde a la realidad, pues ilustraba de hecho una información de este periódico sobre la pequeña y mediana empresa.
No sé en cuántas pequeñas y medianas empresas se respira esta paz, pero yo, si esa tienda existiera, me quedaría a vivir en su interior.

Tal es lo que pensé cuando abrí el periódico el día de autos y tropecé con esta imagen de la que aprecié, en primer término, la calma de la joven, cuya mano izquierda, prendida por el pulgar al borde del bolsillo de la bata vaquera, armoniza perfectamente con la posición indolente del pie de ese lado.
 Podría estar posando, claro, pero ¿posan también las jardineras de la entrada del establecimiento? ¿Posan, asimismo, los productos artísticamente distribuidos en el escaparate? ¿Posan los globos del interior de la tienda, parece que encendidos, y las dos lámparas, prendidas igualmente, para acoger al visitante en ese espacio que tiene algo de útero materno?
El reportaje, titulado ‘La odisea del pequeño empresario’, hablaba de la digitalización, del empleo, de la competitividad, de los problemas prácticos, en fin, de cualquier negocio pequeño. 
Pero la fotografía, ¡ah!, transmitía la sensación de un mundo sin tensiones económicas.
 Si la vida fuera así, me dije, y pasé de página como el que sale de un callejón cordial para meterse en el lío.