Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 oct 2019

Queremos tanto a Marisol..................................... Diego A. Manrique

Un libro repasa el problemático legado musical de la actriz malagueña.

Queremos tanto a Marisol
Recordarán aquel relato de Julio Cortázar, Queremos tanto a Glenda,que dio título a su colección de cuentos de 1980. 
Imagina Cortázar a un grupo de seguidores de la actriz Glenda Jackson, seguidores militantes: si ella actúa en malas películas, culpan a los directores y —financiados por un millonario— retocan las cintas para hacerlas merecedoras de su ideal. 
Hasta que su favorita anuncia su retorno y deciden tomar una medida drástica: 
“Queríamos tanto a Glenda que le ofreceríamos una última perfección inviolable. 
En la altura intangible donde la habíamos exaltado, la preservaríamos de la caída, sus fieles podrían seguir adorándola sin mengua; no se baja viva de una cruz”.
Para bien y para mal, Marisol no ha tenido fans tan fatales.
 Hoy se encuentra mucho panegírico y poca investigación. Respecto a la música, su obra se ha diluido en el magma digital. En Spotify, su discografía aparece reciclada en dos docenas de recopilatorios, con los títulos previsibles:
 Lo mejor, Grandes éxitos, hasta surge un disco que empareja sus éxitos con, uh, los del bolerista Moncho. 
Aparte de que algunas grabaciones suenen aquí a cascajo (intenten escuchar su Hey Jude), están ausentes los temas de su LP más adulto, Galería de perpetuas, canciones para mujeres.
Un nuevo libro de Luis García Gil, Marisol-Pepa Flores. Corazón rebelde (Milenio), revisa la carrera de la malagueña, someramente en el caso de las películas y minuciosamente por lo que respecta a los discos. 
Lástima que el tomo no sirva para la consulta rápida, debido a esa misteriosa fobia de las editoriales españolas por los índices.
Portada del libro 'Marisol-Pepa Flores. Corazón rebelde'.
Portada del libro 'Marisol-Pepa Flores. Corazón rebelde'.
Marisol-Pepa Flores. Corazón rebelde analiza la aportación de los diferentes proveedores que construyeron su repertorio: 
Augusto Algueró (con Antonio Guijarro), Juan Pardo, Juan Carlos Calderón, Manuel Alejandro, Caco Senante, Luis Eduardo Aute.
 El libro cubre las reacciones de notables escritores y periodistas ante las sucesivas reencarnaciones de Marisol. 
No olviden que la farándula era un territorio en el que se podían discutir asuntos difíciles de tratar, primero por la censura franquista y luego por los prejuicios de la Transición.
 Su personaje propiciaba textos libidinosos (Umbral, Marsé) pero también aparecieron detractores: Maruja Torres, que como reportera cinematográfica ya había mostrado reticencias ante la estrella, estalló al verla en actos del PCPE de Ignacio Gallego, grupúsculo teledirigido desde Moscú.
Pero, me dirán, esto no tiene mucho que ver con la música.
 Ocurre que apenas fue analizada desde esa óptica: en esos tiempos, como ahora, se concedía más espacio a los conciertos que a los discos.
 Resulta que Marisol actuó poco y dejó muchas incógnitas. ¿Disfrutó con su profesión? ¿Era flamenca y fue empujada al pop? ¿Qué cantaba en su gira latinoamericana de 1969 con Los Sírex como acompañantes?
 ¿Cómo hubieran sonado aquellos poemas de Gil de Biedma que Aute empezó a adaptar?
Ella se retiró antes de que ese proyecto fructificara.
 Su desdicha fue trabajar para Zafiro, compañía caníbal que obligó —lo hizo con muchos de sus artistas— a que Marisol renunciara a sus royalties a cambio de la carta de libertad. 
Uno desearía que aquellos disqueros bandoleros terminen en el octavo círculo del infierno concebido por Dante.

 

 

Las mil y una vidas de Pepa Flores

La actriz, que lleva más de tres décadas retirada en Málaga, recibirá el Goya de Honor por su carrera el próximo enero con la incógnita de si acudirá a recogerlo.

La actriz Pepa Flores, en Málaga en 1998.
La actriz Pepa Flores, en Málaga en 1998. GTRESONLINE

La última vez que se vio en público a Pepa Flores fue sobre las tablas del Teatro Cervantes de Málaga. 

Sorprendió al salir a cantar Tómbola junto a su hija pequeña, Celia.

 Fue en diciembre de 2016, en el mismo lugar donde años antes el público se había puesto una careta con el rostro de Marisol en un homenaje liderado por Javier Ojeda

El 25 de enero de 2020 está invitada a volver a subir a un escenario para recoger el Goya de Honor.

 La Academia, que le otorga el premio por “sus inolvidables interpretaciones”, se lo ha puesto fácil: la gala se celebrará en Málaga.

 Pero su entorno dice que la actriz y cantante, uno de los personajes más idolatrados por el público español, no acudirá a la gala.

 Mantendría así la invisibilidad y el alejamiento del foco mediático por el que ella misma apostó. 

De niña prodigio a mito erótico de la Transición, de la música al cine, de estampa del franquismo a seguidora del comunismo, de Marisol a Pepa Flores, su biografía la componen mil vidas en una. 

Capítulos de lo que podría ser una atractiva serie para las plataformas digitales que tendría un giro inesperado en 1985 cuando, con apenas 38 años, se apartó de la vida pública. Comenzó entonces una etapa en la que ha ido fundiéndose con su Málaga natal. 

Allí da caminatas por el paseo marítimo, cuida de su huerto en una finca en La Axarquía y disfruta de sus dos nietos junto a su pareja, el italiano Massimo Stecchini.

 Como dijo el escritor Juan José Téllez, Marisol fue un accidente y Pepa Flores una conquista.

La vida de Josefa Flores González cambió cuando solo tenía 11 años. 
Como ella contaría más tarde, fue Manuel Goyanes quien la descubrió en 1959 en una actuación por verdiales en Televisión Española. 
Él mismo se desplazó hasta la capital malagueña para convencer a su madre. Entonces la pequeña Pepita Flores se alejó de Málaga y su familia. Dejó de ser una niña.
 “Soy una señorita que pasó toda su infancia cenando en compañía de hombres mayores, oyendo hablar de negocios, contratos, rodajes… mientras yo permanecía como un mueble”, decía en la revista Blanco y Negro en 1973.
 Jornadas laborales eternas, obligación de cantar ante Franco o falta de libertad son ingredientes de unos años sobre los que también han surgido sombras de abusos sexuales y físicos. 
Su entorno lo ha desmentido, aunque ella no se ha pronunciado.
Su debut en el cine fue en 1960, en Un rayo de luz, con la que obtuvo el premio a la mejor actriz infantil en la Mostra de Venecia. A partir de ahí llegaron títulos básicos de la cinematografía española: desde Ha llegado un ángel y Tómbola a La chica del molino rojo, Los días del pasado, Bodas de sangre o Carmen. Trabajó a las órdenes de Juan Antonio Bardem, Carlos Saura o Mario Camus, y por todo ello es “una de las actrices más queridas y recordadas por el gran público”, según explicó la Academia el pasado miércoles. 
Su último trabajo en la gran pantalla fue Caso cerrado, en 1985. Entonces decidió tomar definitivamente las riendas de su vida, algo que no siempre había podido hacer.
 Su intensa juventud le había pasado factura.

Pepa Flores acude a la exposición de fotografía de su hija, María Esteve, en Málaga, en 2012.
Pepa Flores acude a la exposición de fotografía de su hija, María Esteve, en Málaga, en 2012. Getty
Como recoge el libro Corazón rebelde, de Luis García Gil, en los años 60 la prensa le atribuía romances con Mel Ferrer, El Cordobés, el rejoneador Ángel Peralta o Palomo Linares. 
Pero Marisol se casó con Carlos Goyanes —hijo de su descubridor y con el que se había criado— en mayo de 1969 en la iglesia de San Agustín en Madrid.
 Eran dos jóvenes con ganas de rebelarse ante lo establecido, pero en menos de tres años se separaron. 
Goyanes contó que su mujer, un año después de la boda, le confesó que estaba enamorada de Joan Manuel Serrat 
. Con él vivió un romance con citas en Barcelona y Begur.
 Entre sus cerca de 500 canciones grabadas, aparecen temas del cantautor catalán como Tu nombre me sabe a hierba
Marisol se atrevió incluso a versionar el Hey Jude, de Los Beatles. Entre los compositores de sus letras están Juan Pardo, Manuel Alejandro, Aute, Augusto Algueró, Palito Ortega o Caco Senante.
Su gran amor fue Antonio Gades
La relación comenzó en 1973. “Es el compañero que, sin saberlo, había esperado toda mi vida”, decía ese año a Fotogramas.
 Se enriquecieron y fortalecieron mutuamente. 
Tres años después Marisol aparecía desnuda en una inolvidable portada de Interviú.
 La fotografía era de su fotógrafo de cabecera, César Lucas.
 De la unión con Gades nacieron sus tres hijas: María, Celia y Tamara. 
Fue un amor sincero que también estaba unido por lo artístico y lo político desde la izquierda. 
Se casaron en 1982 por lo civil en Cuba con Fidel Castro como padrino y se divorciaron cuatro años más tarde.
 Desde 1987, Pepa comparte su vida con Massimo Stecchini, a quien conoció en su barrio de La Malagueta.
Con él vive hoy apartada de los focos.
 Cuando no pasea junto a la playa —con gorra y gafas de sol— se acerca a Moclinejo, un pueblecito blanco donde posee una finca en la que cría gallinas y planta hortalizas.
 “Lo único que quiere es paz”, decía su hermana, Vicky Flores, este verano en el programa de televisión Lazos de sangre.
 Con esa tranquilidad ejerce de abuela de dos nietos, y mantiene una estrecha relación con sus hijas.
 María, con una larga carrera como actriz y dos veces nominada a los Goya; Celia, dedicada al mundo de la canción; y Tamara, que trabaja en una organización social, la Fundación Secretariado Gitano, y siempre ha querido permanecer ajena al mundo del espectáculo
. Quizás sea una de ellas la que acuda a recoger el Goya de Honor el próximo mes de enero.
 Habrá que esperar. Pepa Flores hace ahora lo que le da la gana.

 

El alto costo de ser mujer en el mundo en desarrollo



Los elevados precios de los productos de higiene femenina, así como la falta de instalaciones adecuadas en escuelas hacen de la menstruación un factor de desigualdad.

Niña alistándose en Sepecue, Costa Rica.
Niña alistándose en Sepecue, Costa Rica. Banco Mundial
En este momento, alrededor de 300 millones de mujeres y niñas están menstruando.
 En la mayoría de nuestras sociedades, esos días del mes se ven como algo sucio y perteneciente al plano íntimo.
 Pero romper con estos tabúes es clave para naturalizar la menstruación y comenzar a analizar el costo oculto detrás de ser mujer.
Se estima que en el mundo dos de cada cinco niñas en edad de menstruar pierden un promedio de cinco días escolares al mes por no tener las instalaciones necesarias en las escuelas.

El no tener acceso a baños adecuados o a productos de gestión menstrual son algunos de los agravantes detrás del absentismo en el trabajo o del abandono escolar en las niñas, jóvenes y mujeres.

Esta situación empuja o perpetua cada vez más a las mujeres hacia la pobreza.
"Invertir en una buena gestión de la higiene menstrual para permitir que las mujeres y las niñas alcancen su máximo potencial es una medida crítica para construir el capital humano de una nación a lo largo del tiempo", explica Jennifer Sara, directora sénior de la Práctica Global de Agua del Banco Mundial.

Falta de información

Las mujeres que terminan la escuela, en promedio, tienen menos hijos, son menos probables a casarse a temprana edad y a vivir en la pobreza.
 De acuerdo con Unicef, las niñas casadas o en pareja son más propensas a sufrir violencia física, sexual y psicológica. 
En América Latina y el Caribe, la tasa de matrimonio infantil y uniones tempranas es dos veces mayor entre las mujeres con menos años de escolaridad en comparación con las mujeres que terminaron la escuela secundaria (25% y 12%, respectivamente).
Diversas encuestas revelaron que, en zonas remotas de América Latina, las niñas no cuentan con información pertinente sobre la menstruación, acceso al saneamiento adecuado (en la región aún 106 millones de personas no cuentan con un baño digno en casa, la mayoría en zonas rurales) o a productos de gestión menstrual.
Por ejemplo, en las áreas rurales de Colombia, el 34,8% de las niñas encuestadas indicaron no saber nada sobre la menstruación antes de la menarquia (la primera menstruación), mientras que el 45% no sabe o no responde de dónde proviene el sangrado menstrual.
 En la Mosquitia, en Honduras, el 55% de las niñas consultadas reportaron no sentirse cómodas con ir a la escuela durante su menstruación.
 Y en la zona rural de Beni, Bolivia, las condiciones de los baños en sus escuelas (limpieza, disponibilidad de jabón, compresas, basureros y privacidad) generan restricciones para las niñas, tanto en sus comportamientos como en su asistencia escolar.
Las escuelas son muchas veces un lugar inadecuado para las niñas y jóvenes durante esta etapa, pero la falta de infraestructura es solo la punta del iceberg.
 Chris Bobel, autora del libro “El cuerpo gestionado: 
 El desarrollo de niñas y la salud menstrual en el hemisferio sur” expresó en una reciente entrevista que más allá de los programas para mejorar la infraestructura y el acceso a productos de higiene menstrual, “la educación y la lucha contra el estigma deberían ser las principales prioridades.”
Justamente, una de las prioridades del Plan de Acción de Género de Unicef se trata específicamente de promover el acceso a información e insumos para la gestión menstrual.
Pero ¿qué se necesita para gozar de este derecho?
1. Hablar de la menstruación en espacios seguros sobre qué significa, su relación con el embarazo y cómo manejarla bien.
2. Romper el estigma en familias, comunidades y escuelas, permitiendo superar los tabúes y prejuicios.


3. Asegurar el acceso a infraestructura de agua y saneamiento, así como a insumos y materiales de higiene para hacer posible una buena promoción de prevención en las escuelas.
4. Mejorar las prácticas pedagógicas de las comunidades escolares para el abordaje integral de la salud sexual y reproductiva y la higiene menstrual, permitiendo adquirir y fortalecer habilidades para manejar la menstruación e higiene personal.
5. Repartir de manera equitativa las responsabilidades vinculadas a la recogida de agua y prácticas de higiene general en familia y comunidades entre hombres y mujeres, niños y niñas.
 Que el cuidado de la higiene familiar y personal no sea solo responsabilidad de mujeres y niñas.

No al impuesto al tampón

Lo que hasta ahora era considerado un tema de higiene íntimo ya no lo es.
 No es de higiene, porque las mujeres no están sucias cuando menstrúan (de allí que muchas expertas usan las palabras de “gestión” menstrual). Íntimo mucho menos.
 Cuando el problema implica que las mujeres comienzan a faltar a la escuela, a sus trabajos o enfrentan complicaciones de salud, el tema se vuelve un problema del ámbito público.
El costo también está relacionado con los altos precios de los productos de gestión menstrual que hacen que la menstruación, incluso en sociedades donde la infraestructura no es un problema, también se vuelve un factor de desigualdad. 
Un tema que no es menor teniendo en cuenta la disparidad a nivel salarial entre hombres y mujeres: de acuerdo con la Comisión de Estudios para América Latina (CEPAL), en América Latina las mujeres ganan un 84% de lo que ganan los hombres.
El sitio argentino Economía Femini(s)ta explica que no existe a nivel nacional ningún programa estatal que contemple la distribución gratuita de productos de gestión menstrual. 
 Justamente en Argentina hasta el momento se han presentado 12 proyectos de ley de alcance nacional y local (muchos de ellos bajo la campaña #Menstruacción) que contemplan tanto la provisión gratuita de estos bienes en establecimientos públicos (tales como escuelas, hospitales, cárceles, universidades o refugios, entre otros) como la eliminación del impuesto al valor agregado (conocido como IVA) de los mismos.

 Iniciativas de este tipo ya han sido aprobadas en otros países. En Nueva York, por ejemplo, se encuentra garantizada la entrega gratuita de toallitas y tampones en escuelas, cárceles y refugios de mujeres.

 Bajo el movimiento “Stop the Tampon Tax” (Detén el impuesto al tampón, en inglés), los tampones para residentes en Australia se venden sin impuestos, e Inglaterra se encuentra en un proceso similar.

 

27 oct 2019

¡Meghan, habla con Masako!................................... Boris Izaguirre...

La emperatriz Masako, en la entronización del emperador Naruhito, el pasado martes, en Japón.
La emperatriz Masako, en la entronización del emperador Naruhito, el pasado martes, en Japón.
Hoy quiero confesar, emulando a la Pantoja, que estoy algo cansado con los duques de Sussex, Meghan y Enrique
De un tiempo a esta parte se han decantado por una campaña victimista que los ha vuelto cansinos.
 Aposté por ellos por ese aspecto de treintañeros ricos y felices que se casaban de una manera aparatosa pero con la mamá de Meghan aportando un elemento racial y periférico que no habríamos imaginado jamás entre los Windsor.
 El góspel en la catedral que rejuveneció a Camilla y, por favor, ese momentazo de empoderamiento femenino que fue ver a Meghan entrar sola a su propia boda.
 No dudé un instante que eran los duques del Cool. Y ahora, todo son lágrimas, quejas y Meghan semirota, declarando en un publirreportaje sobre su viaje a África, que nadie le pregunta cómo se siente
Meghan, mi amor, coge tus maletas y vete a Japón a hablar con la emperatriz Masako.
 Porque la recién entronizada emperatriz japonesa llevaba deprimida desde los años noventa, cuando entró a formar parte de la familia imperial. 
Afortunadamente, cada vez tomamos más conciencia de la gravedad de las enfermedades mentales, la mayoría de ellas silenciosas en su avance y daño, pero cuando Masako entró en esa espiral, no había redes sociales, ni siquiera móvil, y su familia hizo un esfuerzo homeopático para ayudarla. 
Las familias reales son poco transparentes incluso hasta en los cuentos de hadas, como demuestran en Maléfica.
 Pero este lunes, en esa fastuosa entronización, Masako se sacó ese peso de encima y estuvo radiante, avanzando perfecta detrás de su hija y dentro de doce kimonos que dejarían deprimido al diseñador de Gucci. 
Mientras la veía casi flotar, lo tuve claro: Masako tiene que abrir una consulta para ayudar a otras princesas y duquesas a superar ese terrible tránsito de la depresión hacia la entronización.
La duquesa de Sussex, Meghan Markle, en Johannesburgo, el pasado 1 de octubre. 
La duquesa de Sussex, Meghan Markle, en Johannesburgo, el pasado 1 de octubre. afp
En España, en vez de entronización tuvimos exhumación y fue como si Halloween se adelantara una semana. Lo del féretro en un helicóptero tuvo un cierto aire a Supervivientes pero sin chapuzón. 
Es probable que a Meghan la hayan convencido que la salida a su tristeza es vociferarla.
 Hacerla volar. Ya ocurrió eso recientemente con Cayetano, el duque de Arjona. 
La principal asesora del publirreportaje emitido en Estados Unidos fue Oprah Winfrey, nada más y nada menos.
 Y Oprah sabe muy bien lo que gusta ver llorar en la televisión.
 Pero se les nota forzados. Meghan quizás sea demasiado actriz de teleserie.
 Enrique, más emotivo, rehace el camino que recorrió su madre en Angola para denunciar las minas antipersonas y aprovecha para informar de que la relación con su hermano ahora está distanciada. O sea, los duques de Sussex tienen los mismos problemas que los habitantes de Cantora, donde todos parecen vivir con una mina antipersona debajo de la cama. Y luego Meghan reaparece para soltar eso de que sus amigos le dijeron que no se casara con Enrique porque la prensa sensacionalista acabaría con ella. Estuve a punto de apagar la tele porque me irritó esa manía de tenerlo todo y quejarse de lo difícil que es. Hay algo en esa ecuación que no funciona. Meghan tiene que hablar con Masako y no con Oprah en televisión.
Estuve grabando para Univisión en Miami y seguí, desde sus estudios, la presencia de la reina Letizia en la entronización
Había una calma inquietante, como si una mayoría silenciosa desaprobara los vestidos de la reina. “La diadema parece un homenaje al sashimi”, dijeron. Agregaron que esa tela era china.
 Luego vino la crítica al traje de noche hasta que espeté: “Para entender bien esos vestidos hay que estar allí, in situ”.
 Un poco como cuando se rumoreaba la homosexualidad de Ricky Martin y los que defendían lo contrario te decían: “¿Has estado con él para saberlo?”. 
Pues lo mismo con los trajes de la reina. Si no los ves en persona no puedes evaluarlos. 
Letizia, por cierto, sí sabe cómo tratar a una emperatriz con depresión y el poderoso abrazo que le dio a Masako también debería dárselo a Meghan. 
Fue como reiki pero a lo bestia, y surtió efecto. 
Solo falta que Enrique imite ese gesto del rey Felipe de llevarle el bolso a su esposa. 
Es algo que siempre me ha llamado la atención: ese momento en que la mujer le transfiere al marido su bolso y él se lo queda, casi entronizado, con esa naturalidad que solo puede explicar el amor real.