Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 oct 2019

Con ojos futuros........................................ Javier Marías

Con ojos futuros 

 

 No está de más imaginar qué se dirá de nuestra época “extraordinaria” dentro de veinte o treinta años, cuando le toque ser pasado.

 Da un poco de miedo.

ESTA IDEA se la debo a Bill Maher, que la esbozó en uno de sus programas. 

Si hay algo antipático del presente —de cualquier presente—, es que mira el pasado cercano con desdén y con aires de superioridad. 

Desde que tengo memoria, el actual se lleva la palma. 

La revolución tecnológica de las últimas décadas ha imbuido a la mayoría de los individuos de una soberbia injustificada, como si hubieran sido ellos, los usuarios, quienes inventaron Internet, Twitter, Instagram, los smartphones, Netflix y YouTube.

 En el mejor de los casos, se compadecen de sus padres y abuelos; en el peor (y más frecuente), se burlan de ellos despiadadamente: pobres sujetos ignorantes y atrasados.

 Los llamados millennials se consideran cuasi perfectos y dignos de admiración, y, como corresponde, se tronchan al ver imágenes de los años setenta y ochenta del siglo XX.

 Los pantalones acampanados, los cardados, los pelos fritos, las chaquetas de pana, las hombreras, los pijamas tipo ABBA, todo es objeto de justa mofa, que compartimos con buen humor quienes en su día sucumbimos a las modas de turno. 

(Durante un periodo de mi juventud llevé una larga melena estilo apache, y lo peor es que existe una fotografía en la edición original de mi segunda novela, de 1973.) 

Pero no está de más imaginar qué se dirá de nuestra época “extraordinaria” dentro de veinte o treinta años, cuando le toque ser pasado.

 Me temo que la hilaridad de nuestros hijos y nietos será inmisericorde. Cuando vean vídeos de ahora se troncharán y exclamarán: Fíjate, la gente andaba aferrada al móvil y no cesaba de mirarlo o teclearlo compulsivamente, sin atender a lo que sucedía a su alrededor.

 Se tropezaba, algunos eran atropellados por coches que no veían ni oían venir, y otros sufrieron accidentes mortales por hacerse un selfie idiota.

 Con el aparato lo fotografiaban todo, aunque no fuera bonito ni tuviera el menor interés. Martirizaban a sus conocidos enviándoles la incomprensible foto (platos de comida, baldosas, un mimo callejero), que jamás volvían a mirar.

 Muchos hombres se colocaban en la coronilla unos moñitos a lo samurái, o peinaban complicadas rastas difíciles de lavar. Había futbolistas que se ponían una mopa en la cabeza y así salían ufanos al campo.

 No escaseaban las mujeres que se pelaban al uno como hospicianas de Dickens o represaliadas tras las guerras. 

  Tanto ellas como los varones lucían tatuajes con ahínco, hasta el punto de ir en camiseta por la calle para exhibirlos. Abundaban los gordos fenomenales, que decidieron estar orgullosos de serlo, pese a que los médicos recomendaban eliminar grasas para mejorar la salud.

 Se generalizó el uso de pantalones justo por debajo de la rodilla, lo cual “cortaba” las piernas en dos. Se vestían horrorosas camisetas flojas y holgadas (y con lemas) que acentuaban las barrigas, al fin y al cabo eran motivo de inexplicable orgullo.

 Las deportivas eran ubicuas, y se conjuntaban estrafalariamente con smokings y fracs en las galas, o las mujeres con vestidos largos de fiesta. 

Había un gusto pésimo, en suma, pero las gentes creían ir de maravilla.


Se sometían gustosamente a las sevicias y humillaciones de las compañías aéreas y de los aeropuertos, se pasaban allí horas y horas, con el inútil propósito no de viajar, sino de desplazarse como locos de un sitio a otro. 
En realidad, a la mayoría, no les interesaba ningún lugar.
 Los recorrían rutinariamente según las instrucciones de alguna guía o web y se hacían retratos allí donde se les indicaba que había algo “importante”. 
Ni siquiera lo miraban, ese algo, o sólo con la cámara del móvil.
 Se agolpaban en rebaño delante del feo retrato de La Gioconda, dándose codazos para lograr tenerlo de fondo y taparlo luego con sus caras.
 Andaban por las calles en destructivos grupos de ochenta o más personas, comportándose como ganado al mando de un vaquero o pastor que los guiaban con una sombrilla de colores o una banderita.
 Se desplazaban por las aceras en patinetes que solían dejar tirados tras usarlos, para que alguien se desnucase luego. 
También en bicis y en unos aparatos de ruedas gordas y horrendas llamados segways, para perezosos.
 Las ciudades eran un caos y un peligro para las personas de edad, ya sin apenas reflejos para esquivar los vehículos pueriles.
 Los domingos se disfrazaban de atletas y corrían en masa por cualquier motivo “solidario”, eso decían. 
No lo hacían en espacios verdes, como habría sido normal, sino que se empeñaban en hollar el duro asfalto de los centros más céntricos, para imposibilitarles la vida y el tránsito a cuantos no participaban de sus maratones
y “perrotones”, que consistían en correr igualmente, pero con perro. Enloquecieron por estos animales, hasta el punto de que en 2019 había en España unos ocho millones de ellos.
 Se creían que eran niños y los mimaban como a tales, pero a menudo se cansaban y los abandonaban de mala manera, tras haberlos adorado durante un año o dos.
 Eran inclementes, aunque solían creerse, todos, buenísimas personas.
Da un poco de miedo mirarnos con ojos futuros.
 Pero más miedo dará un domingo próximo, cuando esos ojos se fijen en algunos asuntos más serios, y no sólo en aspectos costumbristas, que tampoco han de faltar, porque son tan inagotables como agotadores. 

 

25 oct 2019

Fiambre casero de pollo o pavo

Si haces esta receta, comparte el resultado en tus redes sociales con la etiqueta #RecetasComidista. Y si te sale mal, quéjate a la Defensora del Cocinero enviando un mail a defensoracomidista@gmail.com
Además de para bocadillos puedes usarlo en ensaladas, para picar o, cortado grueso, pasarlo por la plancha para acompañar una crema de verduras en una cena rápida. Si tienes una cazuela grande puedes preparar dos o tres rollitos a la vez, y congelarlos: sale del congelador exactamente como lo has metido (siempre que esté herméticamente cerrado).

 

La tercera autopsia de Mario Biondo confirma el suicidio

La familia del que fuera marido de la presentadora Raquel Sánchez Silva se mantiene en su teoría de que su muerte fue un homicidio.

autopsia mario biondo
Raquel Sánchez Silva y Mario Biondo, en Madrid, en 2013. GTRESONLINE

 

GENTE Lucía Bosé, sus amores, rebeldías y una vida de película

La actriz italiana, madre de Miguel Bosé, relata en una biografía su tormentoso matrimonio con el torero Luis Miguel Dominguín y su relación con los directores Visconti, Fellini o Buñuel.

lucia bose
Lucía Bosé durante la presentación de su biografía en Roma este miércoles. EFE

 

La segunda ceremonia se celebró en España, unos meses después, por la Iglesia y con banquete en una finca familiar. “Odio los espectáculos de bodas, bautizos, funerales, no van conmigo”, explica la artista en la misma entrevista.
 Las constantes infidelidades de él acabaron con el matrimonio. Lucía tomó la decisión de separarse en 1967, en una España que todavía no permitía el divorcio. 
“De la misma forma en la que tuve valentía para casarme con él, también la tuve para decirle vete a la mierda”, dice Bosé.
 Y cuenta que se sintió sola cuando “en España todos se pusieron de su parte”.
Cuando llegó a Madrid se encontró un país “50 años por detrás de Italia” y bajo el yugo del dictador Francisco Franco, a quien conoció en persona por su relación con Dominguín. 
“Mi marido era más franquista que Franco”, explicó en la presentación de sus memorias. Y añadió: “Franco era un hombre normal.
 No puedo hablar mal de él”. Y resaltó la fama de comunista que ella tenía entonces.
 Allí [en España], siendo italiana, me consideraban comunista y aquí todo lo contrario, por vivir bajo la dictadura franquista”, señaló.
También contó que la Segunda Guerra Mundial fue “la experiencia más dura” de su vida, entre bombardeos y desplazamientos forzosos. 
Ahí se forjó su carácter fuerte e independiente. Como contó la artista, cuando su familia trataba de huir de la ciudad a toda prisa, llevando todas sus pertenencias, se olvidó por un momento de ella, que estaba junto a un edificio en ruinas. 
“Corrí y conseguí aferrarme a la cuerda de uno de los carros que pasaban. Todavía sigo aferrada a esa cuerda”, explicó.
 Hasta llegó a ver con sus propios ojos al dictador Benito Mussolini y a su amante Clara Petacci colgados en la Plaza Loreto de Milán.

De ahí también sacó un aprendizaje: “Comprendí lo que es la vida y que hay que seguir adelante”. 
Un proceso que desde hace 60 años la ha ligado a España para siempre.