Ise
Gropius retrató en sus diarios la vida de las esposas de los profesores y
alumnos de la Bauhaus, la escuela de arquitectura más famosa del mundo.
Ise Gropius, en la casa de Lincoln, Massachusetts, proyectada por Walter Gropius. 1938.Harvard Art MuseumsNo está claro si fue Ise Gropius, la esposa del fundador de la
Bauhaus, la que posó ataviada con una máscara de Oskar Schlemmer sentada
en la silla del Club 13-3, que Marcel Breuer diseñó hacia 1926 y que
recibiría el nombre de uno de sus amigos de la Bauhaus: Kandinsky. La
nueva biografía de Walter Gropius: La vida del fundador de la Bauhaus (Turner) escrita por Fiona MacCarthy recuerda que la escuela siempre tuvo más mujeres que hombres. Más alumnas que alumnos. Muchos más profesores que profesoras. Durante este año, que se cumple
el centenario de la fundación de la escuela, ya se ha preguntado
cuántas de las alumnas encontraron un hueco en la historia del diseño. Es difícil pensar en alguien más que Marienne Brandt —y sus famosas
lámparas y teteras—, pero las composiciones textiles de Anni Albers han sido expuestas este año en la Tate Modern de Londres
consiguiendo un doble logro: reconocer el trabajo que merece la pena
difundirse y ampliar los hitos de la Bauhaus al terreno textil, un campo
en el que la escuela sobresalía.
¿Qué
era ser moderno? ¿Soñar con muebles fabricados en serie? ¿Vivir sin
ornamentos? ¿Vestirse con libertad? ¿Eliminar las mayúsculas? “Lo
escribimos todo en pequeño para ahorrar tiempo” dijo Ise. La unidad en
la diversidad era la esencia de la Bauhaus. “Ahora estamos progresando
en todas las direcciones”—escribió también Ise—. “Creo que podemos estar
viviendo el mejor momento de nuestra vida”. No fue fácil. Había ido a
escuchar una conferencia de Gropius cuando él tenía 40 años y ella 22. Se sentó en primera fila. Se visitó para llamar su atención: capa negra y
sombrero. Y lo hizo. Él pidió cenar con ella. Como no se lo
concedieron, al día siguiente envió a su sobrino a averiguar su
dirección. Gropius la cortejó. Ella dudó. Él dijo que no podía perder el
tiempo y ella dejó a su novio y llegó con una maletita a Weimar. Corría
el año 1923. Ise se hizo moderna con esa decisión. No vivió con él
hasta que no estuvieron casados. Fue él quien lo organizó: estaba
divorciándose de Alma, tenía relaciones con una alumna, con una poetisa y
con una bailarina. Ise se hizo con el puesto de la señora Gropius. Y a
Gropius le salió una biógrafa.
Marieke
Vervoort en su casa de la localidad flamenca de Diest, en agosto de
2016. En vídeo, entrevista con Vervoort para El País en 2016.Delmi Álvarez
Marieke Vervoort no quería morir, pero hacía tiempo que se preparaba
para ello. "He vivido cosas que la mayoría de la gente solo puede
soñar", decía resuelta frente a la compasión cuando alguien lamentaba el
infortunio de la tetraplejia progresiva que le paralizó la mitad
inferior del cuerpo y la dejó en una silla de ruedas desde los 20 años. Recordaba así la deportista paralímpica belga
un historial repleto de récords nacionales y europeos, victorias en
Mundiales y cuatro grandes metales: oro y plata en los 100 y 200 metros
de los Juegos de Londres 2012, y bronce y plata en el 100 y el 400 de
Río 2016, su adiós definitivo a la competición. Este martes, el
Ayuntamiento de su localidad natal, Diest, anunció su fallecimiento a
los 40 años de edad tras abandonar el tratamiento que recibía en un
hospital y someterse a una eutanasia.
El
diagnóstico a los 14 años, acompañado de un largo peregrinaje por
hospitales para identificar la enfermedad, fue un mazazo para una
adolescente inquieta que hasta entonces nadaba, montaba en bicicleta y
practicaba jiu-jitsu. Su padre, Joseph, la recuerda como una niña
activa, jugando con chicos y subiéndose a los árboles. En su nuevo
escenario vital, Vervoort se adaptó a las nuevas circunstancias con
fiereza. Empezó con el baloncesto en silla de ruedas, probó el triatlón y
finalmente eligió la explosividad de las distancias cortas en su silla
de ruedas, las disciplinas que le reportaron mayores éxitos y le
permitieron conocer la gloria olímpica. Entrenaba fuerte, sin recurrir a excusas. Ni una incómoda tormenta ni un
dolor más intenso de lo normal la convencían de no rodar a toda
velocidad por el tartán de la pista de Lovaina, a 30 kilómetros de su
casa, hasta donde la llevaba en su coche un matrimonio amigo. Su
entrenador, Rudi Voels, técnico también de otros grandes velocistas
belgas, tuvo que vencer su tozudez en alguno de esos días malos y
persuadirla en más de una ocasión de que nada pasaba por dejar una
sesión a medias. Incluso cuando las acababa, acompañaba las caricias a
su inseparable perro Zenn de alguna queja amarga. "Estúpidos dolores.
¿Conoces a alguien que necesite morfina para entrenar?".
Esa dedicación la catapultó a sus primeras medallas en Londres. "Fue muy
especial verlo y poder decir: ¡es mi hija!", rememora su padre
volviendo a aquel día del verano de 2012 en el estadio olímpico. Una
emoción que acabó algo más accidentada para su madre. "Recuerdo que me
puse de pie cuando llegaste a la meta en los Juegos de Londres. Estaba
eufórica. Después quise sentarme, pero con la euforia me olvidé de que
era una silla plegable. ¡Me caí al suelo! ¿No lo viste verdad?", le
decía a su hija el año pasado en neerlandés, las dos a punto de llorar
de risa y Marieke ávida por traducir la anécdota a sus visitantes en una
habitación de hospital en Diest.
Vervoort durante los Juegos Olímpicos de Río 2016.YASUYOSHI CHIBAAFP
Su celebridad trascendió con creces su Flandes natal, donde publicó
un libro en el que las peripecias deportivas convergen con la angustiosa
lucha contra una enfermedad degenerativa. Su historia atravesó las
fronteras de Bélgica cuando Vervoort hizo público en 2016 que había
solicitado los papeles de la eutanasia. La atleta buscaba así espantar
el fantasma del dolor terminal, un miedo que la perseguía en las noches
interminables donde apenas podía pegar ojo y tenía que pulsar el botón
para que una enfermera fuera a verla. También alejar, como ella misma
afirmaba, cualquier tentación de suicidio. Desde que obtuvo el permiso
—para lo cual en Bélgica es necesario la aprobación de dos médicos— la
certitud de poder elegir el momento del adiós le había devuelto el
sosiego. "Cuando quiera puedo coger mis papeles y decir ¡es suficiente! Quiero morir. Me da tranquilidad cuando tengo mucho dolor. No quiero
vivir como un vegetal", reconocía en una entrevista con este diario antes de los Juegos de Río. Había quien se sorprendía, y se molestaba, de que Vervoort diera a
conocer sus intenciones. Como si hiciera apología de un acto inmoral o
buscara aprovecharlo para ganar protagonismo. Pero la impresión que
transmitía es que hablaba de la muerte como de la vida, con naturalidad,
intercalando bromas y fechorías menores en una conversación que giraba a
menudo en torno al dolor y la mejor forma de sobrellevarlo.
Marieke Vervoort, durante un ingreso hospitalario en 2018.Delmi Álvarez
En alguno de esos desahogos amagó con tirar la toalla al insistir en que buscaba una fecha
para concretar la eutanasia, pero luego se sobreponía y aplazaba la
decisión una y otra vez, aferrándose a la vida. Enamorada de Lanzarote,
isla que visitaba habitualmente y donde dijo que le gustaría lanzaran
sus cenizas, visitó su particular paraíso este verano, aunque muy a su
pesar, su dolencia la obligó a adelantar la vuelta a Bélgica. Unas semanas después, con la decisión de poner fin a su vida ya
tomada, lejos de abandonarse a la introspección, subió como copiloto a
bordo de un Lamborghini para dar unas vueltas a un circuito con sus
padres y sus perros como testigos. "He cumplido muchos sueños en mi
vida. Este es el último", anunció. La última fotografía que compartió en Facebook, tres días antes de su
muerte, la muestra subida a su silla de competición en pleno esfuerzo,
cabeza gacha concentrada, los músculos tensos de los brazos formando una
uve, las tres ruedas congeladas sobre el tartán. Y una frase: "No puedo
olvidar los buenos recuerdos". Apartada del deporte y obligada a ser ingresada con frecuencia,
Vervoort siguió utilizando las redes sociales como solía para
comunicarse con sus seguidores, volcar frustraciones momentáneas, dar
las gracias a sus médicos y regresar a tiempos mejores publicando
imágenes de cuando todavía podía deslizar las ruedas de su silla como un
cohete sobre la pista.
La esposa
de Felipe VI luce en Japón por primera vez el collar de chatones, una de
las piezas más valiosas de las llamadas "joyas de pasar" de los
Borbones.
Los
reyes de España, Felipe VI y Letizia, a su llegada a la ceremonia de
entronización del emperador japonés Naruhito este martes, en Tokio
(Japón). En vídeo, imágenes de la entronización.BALLESTEROS (EFE) / atlas
La entronización de Naruhito, nuevo emperador de Japón, ha sido un acto solemne en el que el país nipón ha desplegado toda su pompa y ha hecho gala de su ancestral tradición. Pero
los invitados al mismo, mandatarios y figuras de toda índole venidos
desde 174 países, también han desplegado sus mayores galas en la que ha
sido una ocasión única. Los reyes de España han asistido a la ceremonia. Tras su paso por Asturias,
salieron el domingo por la tarde desde Madrid hasta Tokio, y la mañana
del martes (hora japonesa) han estado presentes en el acto. Don Felipe y doña Letizia han compartido palco con el emir de Qatar.
Los monarcas llegaron a la celebración cogidos de la mano, y allí
saludaron a miembros de otras casa reales presentes: besaron
afectuosamente a los reyes de Holanda y a Carlos Gustavo de Suecia y su hija y heredera, la princesa Victoria.
Para la ocasión, los reyes han lucido algunas de sus piezas y
condecoraciones más importantes. El rey Felipe llevó el collar del
Toisón de Oro, así como la banda azul clara de la Gran Cruz de la Orden
de Carlos III. Por su parte, sobre su vestido verde con flores y cinturón verde de la próxima temporada diseñado por Matilde Cano, que cuesta 339 euros (que ha acompañado con una diadema de terciopelo rosa palo de la sombrerera sevillana Nana Golmar), doña Letizia también llevó una banda, la que le fue otorgada en su visita de Estado a Japón en 2017,
y diversas condecoraciones. Sin embargo, la pieza más importante y
valiosa que lució era el gran collar de chatones de los Borbones. Dicho
collar (del que hay dos muy similares) es una de las llamadas "joyas de
pasar" —es decir, que pertenecen a la familia y pasan de unas reinas a
otras— más importantes del joyero real. Hasta el momento, la reina
Letizia no lo había lucido en ninguna ocasión. Los reyes Felipe y Letizia en la entronización del emperador japonés Naruhito.Chris JacksonGetty ImagesEl collar es una joya creada por la casa madrileña Ansorena. En ocasiones señaladas, el rey Alfonso XIII le fue regalando diamantes a su esposa, la reina Victoria Eugenia,
que fue formando con ellos un collar. Después de tantos regalos, la
pieza acabó siendo tan larga que a la reina le llegaba por la cintura o
la lucía en dos impresionantes vueltas. Así, se dividió en dos y se
hicieron, por tanto, dos collares. El rey Juan Carlos
recibió uno de ellos (el más largo) en herencia y la familia real se
hizo con el otro a través de una subasta a principios de los años
ochenta. Parece que la reina Letizia, en esta ocasión, ha llevado el más
corto de los dos. La reina Letizia sí que había lucido anteriormente los también llamados pendientes de chatones,
con diamantes del mismo corte que el collar. De hecho, los había
llevado en la entrega de los Premios Princesa de Asturias 2018. Dichos
premios es una de las ocasiones en las que la reina se atreve a lucir
más joyas; de hecho, en los celebrados el pasado viernes llevó unos grandes pendientes de diamantes y rubíes que no se le habían visto hasta la fecha. Esta no fue la única joya que la reina Letizia ha sacado del joyero
real. Para la entronización de Naruhito también ha llevado unos
pendientes largos de diamantes acabados en sendas esmeraldas, que
pertenecen a la reina Sofía. Los llevó en una gala en 2007, en otra
celebración en 2009 y en la visita de Estado que hizo a Portugal en
2016, entre otras ocasiones. Esos pendientes tienen una gargantilla a
juego, pero esta vez Letizia prefirió sacar la artillería y apostar,
finalmente, por los chatones.
Cameron
Douglas fue adicto a la cocaína y la heroína, vendió metanfetaminas y
llevó una vida de autodestrucción que en 2009 le llevó ocho años a la
cárcel.
Michael Douglas y su hijo Cameron en un estreno en Los Ángeles en junio de 2018.Cordon Press
La vida para los hijos de las estrellas de Hollywood no parece
sencilla a tenor de la cantidad de casos en los que los que fueron
niños, en ese mundo que se intuye dorado, terminan confesado las
secuelas que la vida de sus padres ha ido dejando en la suyas.
El último en confesar sus secretos ha sido Cameron Douglas, hijo de Michael y nieto de Kirk Douglas. En un libro que se publica este martes, Long Way Home,
cuenta que haber nacido en una de las familias que se considera como la
realeza de Hollywood no ha hecho que su vida haya sido un cuento de
hadas. Durante años, Cameron fue adicto a la cocaína y la heroína, se
convirtió en vendedor de metanfetaminas y su vida parecía abocada a la
autodestrucción, hasta el punto de que en 2009 fue condenado a ocho años
de prisión.
Cantidad de casos en los que los que fueron
niños, en ese mundo que se intuye dorado, terminan confesado las
secuelas que la vida de sus padres ha ido dejando en la suyas.El último en confesar sus secretos ha sido Cameron Douglas, hijo de Michael y nieto de Kirk Douglas. En un libro que se publica este martes, Long Way Home,
cuenta que haber nacido en una de las familias que se considera como la
realeza de Hollywood no ha hecho que su vida haya sido un cuento de
hadas. Durante años, Cameron fue adicto a la cocaína y la heroína, se
convirtió en vendedor de metanfetaminas y su vida parecía abocada a la
autodestrucción, hasta el punto de que en 2009 fue condenado a ocho años
de prisión. Ahora, rehabilitado de sus adicciones y proclamando a los
cuatro vientos que la culpa de su deriva fue exclusivamente suya,
también descubre detalles sobre la vida de un niño en las fiestas de su
famoso padre: "Cuando era un niño muy pequeño, recuerdo que mi padre me
hacía repartir porros entre los invitados a sus fiestas". Tampoco le
debió resultar sencillo asumir en su juventud la enorme fama de sus
familiares: "Es extraño crecer viendo a tu padre y a tu abuelo como
gigantes proyectados en pantallas y vallas publicitarias", escribe
Cameron Douglas en su libro. "¿Cómo compites con Kirk Douglas? ¿Cómo
vives a la sombra de Michael Douglas?".
Las memorias giran en torno a este tema, a la dinámica de una familia
no convencional en la que crece un niño y después un joven con un padre
acostumbrado a fiestas sin fin. "Mi padre me decía: 'oye, lleva esto a
tu tío', y yo lo hacía sin darme cuenta hasta años después de lo que
realmente había hecho. A medida que crecía iba de un lado a otro, subía a
los balcones [afirma en referencia a la mansión familiar] y veía más de
los que se suponía debía ver: A adultos haciendo las cosas que hacen
los adultos que viven vidas excesivas", dice Cameron Douglas
en sus memorias. Después esperaba a que amaneciera, a que los amigos de
su padre se retiraran a descansar a sus habitaciones y él revolvía
entre sus cosas para ir recogiendo las sobras de las sustancias que
habían dejado.
Cameron Douglas, con su padre y su abuelo, Michael y Kiri, y Catherine Zeta-Jones en Hollywood en 2018.Cordon Press
Cameron, que ha recuperado una cercana relación con su padre,
reconoce ahora que entonces su unión iba a saltos: "Explosiva cuando
estábamos juntos y largos períodos en los que estábamos separados".
Una
tensión en la que la carrera y las fiestas de su padre, tenían mucho que
ver.
Cuando la profesión de Michael Douglas
comenzó a exigir que pasara períodos más largos fuera de casa, encontró
una solución para remediarlo: durante un almuerzo con Diandra, la madre
de Cameron, se fijó en uno de los camareros que les atendían y tras una
breve conversación, le contrató para que viviera en su casa e hiciera
de canguro de su hijo para que tuviera una influencia masculina
permanente en su vida.
El camarero, de origen salvadoreño, se convirtió
en la sombra de Cameron que afirma que le rompieron el corazón cuando a
los 10 años, esta persona que se había convertido en su figura paterna, fue despedido porque encontraron botellas de vodka debajo de su cama y se negó a dejarlo de forma definitiva.
Después llegó la separación de sus padres,
el tratamiento por adicción al sexo de su progenitor a quien su madre
pilló en la cama con otra mujer y la imparable progresión del hijo en
sus adicciones. De adolescente comenzó a fumar marihuana y a beber en
exceso. Cuando tenía 20 años llevaba pistola y traficaba con
metanfetaminas para conseguir dinero. A los 25 años afirma que se
inyectaba cocaína hasta tres veces cada hora. "Odiaba lo que quedaba de
mi vida a causa de las drogas, pero no podía parar", afirma ahora que
tiene 40 años y ha recuperado el control después de pagar el precio de estar en la cárcel. Su padre, Michael Douglas, de 75 años también se ha manifestado sobre
esta dura etapa: "Hubo momentos en los que casi perdimos la
esperanza... La vida se convirtió en una serie de crisis. Pensé que lo
iba a perder".