Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

5 oct 2019

¿Qué fue de Susanna Clarke?............................ Laura Fernández


Susanna Clarke, en una fotografía promocional.
Susanna Clarke, en una fotografía promocional.

Bloomsbury anuncia la vuelta de la gran dama del postvictorianismo desaparecida del panorama literario mundial hace 16 años después de publicar una única novela.

La portentosa Mary Margaret O'Hara publicó en 1988 un álbum, Miss America, que tendía a aparecer entre lo mejor de la década – y hasta del siglo, o, siendo menos ambiciosos, el final de ese mismo siglo, el XX – cada vez que a alguien le daba por publicar una de esas listas que el tiempo acaba moldeando y de las que nunca se extraía el álbum en cuestión.
 En parte, no solo porque sigue resultando tan fascinante como único fue en su momento —anticipó incluso a Jeff Buckley—, sino también porque la tal Mary Margaret decidió que aquello era todo lo que iba a decirle al mundo.
 Que no iba a empañar lo epatante de aquel primer disparo con ningún disparo más.
 Que iba a desaparecer sin llegar nunca a ocultarse, como un J.D. Salinger sin rancho ni escopeta que, de vez en cuando, salía de su apartamento para grabar unas voces aquí —en la November Spawned a Monster de Morrissey—, una banda sonora allá —la de Apartment Hunting es lo más parecido a un segundo álbum que O'Hara grabará jamás—.
Algo parecido había ocurrido, literariamente hablando, con la también portentosa Susanna Clarke. Susanna Clarke nació en 1959, en Nottingham, Ingaterra.
 Cuando era niña vivió en un montón de sitios porque sus padres tendían a mudarse a menudo. 
Luego creció y siguió mudándose por su cuenta.
 Pasó un tiempo en Turín y otro en Bilbao.
 De hecho, fue en Bilbao donde se le ocurrió, allá por 1993, la idea para la novela que finalmente publicaría en 2004 —el año en que se publicó el 2666 de Roberto Bolaño— y que fue su primera y, hasta la fecha, única novela, una monumental obra magna sobre una muy victoriana y extremadamente apasionante sociedad de magos que podría considerarse la primera Gran Novela Inglesa del Siglo XXI si existiera algo parecido —¿por qué los norteamericanos son los únicos con derecho a perseguir, sin descanso, e ir entregando, cada cierto tiempo, una Gran Novela Americana?—, y que sin duda debería otorgarle el título de gran dama del postvictorianismo.
 La novela llevaba por título Jonathan Strange y el señor Norrell y aquí la publicó, sin la fortuna que merece, Salamandra.
Ambientada a principios del siglo XIX, la novela resucita la magia, a partir de una descreída sociedad de magos —integrada por, únicamente, caballeros magos— en la que aterriza un tal John Segundus que se niega a creer que los grandes prodigios de la magia solo existan en las páginas de los libros.
 A tal John Segundus les gustaría verlos en los titulares de los periódicos.
 ¿Por qué no eran los magos modernos capaces de practicar la magia que decían estudiar?, se pregunta.
 Muy sencillo, le responde uno de ellos, porque no era ese ya su cometido, de la misma manera que no era el de los botánicos, “crear flores nuevas”, ni el de los astrónomos “modificar la posición de los astros”.
 Pero entonces aparece el singular señor Norrell y consigue hacer hablar a las piedras de la catedral de York y la cosa cambia por completo. Decidido a limpiar el buen nombre del oficio, con la ayuda de su fiel y siempre asombrado discípulo (el Strange del título),
 Norrell devuelve literalmente la magia a Inglaterra y al hacerlo, se la devuelve también al mundo. "Había estado leyendo a Tolkien otra vez y me había dicho que quería hacer algo fantástico, y entonces tuve ese sueño, en Bilbao. 
Soñé con una especie de mago en Venecia, atendiendo a unos turistas", contó, en una ocasión, la escritora, amante también de Charles Dickens y Jane Austen. 

En extremo brillante fresco de la época —una época victoriana con la textura y el plástico hacer del siglo XXI –, con sus costumbres y hasta sus menús— Clarke fue, durante los años en que estuvo escribiendo la novela, editora de libros de cocina, y nada le gusta más, dijo en una de las pocas entrevistas que concedió, que documentarse a partir de lo cotidiano, pues solo así es posible, aseguraba, “reconstruir el mundo” —de carácter fantástico, ucrónico— se da por hecho que la magia existe y puede cambiarlo todo. Jonathan Strange y el señor Norrell —que tuvo una dignísima adaptación televisiva que, lamentablemente, pasó tan desapercibida en España como la novela—, se llevó el año de su publicación el prestigioso Hugo, vendió más de cuatro millones de ejemplares y elevó a su autora —que en los diez años que tardó en escribir la historia y gracias a ella se enamoró y se casó con el escritor de ciencia ficción Colin Greenland— a categoría de clásico de culto en marcha.
Y entonces, como Mary Margaret O'Hara, Clarke desapareció. O, mejor dicho, se ocultó a simple vista.
 Publicó una pequeña antología de algo parecido a cuentos de hadas extraída del universo Norrell dos años después. 
Y aseguró estar trabajando en una secuela Jonathan Strange y el señor Norrell poco después.
 Luego, rumores de enfermedad —al parecer, padece fatiga crónica— y silencio —un silencio preñado de trabajo, la vida del escritor que vive por entero entregado a una obra que no le queda otro remedio que construir a ratos es complicada— hasta que esta semana, 16 años después y perdida toda esperanza de un regreso, Bloomsbury anunciaba que el año próximo Clarke estará de vuelta con una novela que no es la secuela esperada.
 Llevará por título Piranesi, el nombre de su protagonista, un tipo que vive, escribiendo en su diario, en una mansión de cientos, puede que miles, de habitaciones y pasillos, en cuyo centro hay algo parecido a un océano, un laberinto acuático en el que convive con un científico en busca de algún tipo de verdad absoluta.
 Así que no, Susanna Clarke no se había ido a ninguna parte, solo estaba tratando de edificar lo que podría ser —y sin duda será— otra totémica obra maestra de algún tipo de género ya propio que, esperemos, esta vez, sea juzgada aquí —como en el resto del mundo lo fue ya la anterior— como merece. 

 

Madres, hijas y viceversa.......................... Boris Izaguirre

La prensa insaciable hará lo imposible por ridiculizar a los duques de Sussex.

Los duques de Sussex, Meghan Markle y Enrique de Inglaterra, en Johannesburgo, el 23 de septiembre.
Los duques de Sussex, Meghan Markle y Enrique de Inglaterra, en Johannesburgo, el 23 de septiembre.
Entramos en el otoño, que se lleva las primeras hojas y también a Pasapalabra, un programa en el que, como decían en Paquita Salas, te invitaban a concursar y ganabas un poquito de presencia televisiva. 
 Participé en muchas ocasiones, me encantaba observar cómo Christian Gálvez no salivaba mientras detallaba las pruebas de El Rosco.
 Un fenómeno de la naturaleza. Y también me divertía comprobar que nunca fui bueno con la gramática rápida ni en el oído musical.
 Christian a veces se llevaba las manos a la cabeza cada vez que yo fallaba una terminación.
 Extrañaré todo eso aunque se me ocurre que la hora extra de Sálvame que sustituirá al concurso debería dedicarse de una vez por todas en exclusiva a Isabel Pantoja.
Ella, que está en todas partes, no acudió al bautizo musical de su hija, Isa Pi, que podría convertirse en la reina del reguetón light con sus gotitas de pop coreano.
 A Pantoja no le molesta la música de su hija sino que le disgusta la agitada vida sentimental de Isa Pi, con novios que terminan siempre en algún reality.
 Yo pienso que Pantoja tiene que respirar hondo y convencerse que Isa Pi necesita esa agitación sentimental para trasladarla a sus canciones.
 Aunque de momento solo tiene una, veremos en sus siguientes creaciones esas indirectas a golpe de perreo y tacón a sus exnovios.
 No es taaaan distinto de lo que la propia Pantoja lleva décadas haciendo con sus canciones y sus conciertos. ¡Qué sería de una reina, de la copla o del reguetón, sin tomar prestado los vaivenes de su propia vida para cualquiera que sea su arte! Pantoja ahora está irritada, quiere que Isa Pi deje de hablar de ella en Telecinco pero es probable que madre e hija generen unas sinergias dirigidas a ocupar el sitio de Pasapalabra con un nuevo programa que podría llamarse Madres, hijas y viceversa.


No puedo seguir tanto como quisiera Gran Hermano VIP porque he regresado, con éxito, a MasterChef Celebrity y sinceramente no puedo someter a mi marido a vivir tanto talent y tanto reality.
 Pero he conseguido observar que Rocío Flores, la hija de Rocío Carrasco y Antonio David Flores, se está convirtiendo en la auténtica revelación del reality sin concursar, porque esta allí para defender a su padre.
 Rocío Flores es un poco como nuestra Carlota Casiraghi, nietísimas las dos, las hemos visto crecer y, quizás por eso, tienen esa naturalidad ante las cámaras.
 Y ante la vida. En ese mundo de Rocíos que es su dinastía, Rocío Flores ha insinuado que podría reunirse con su madre, de la que lleva distanciada desde 2012. 
Si sucediera ese reencuentro, podría coincidir con el único debate electoral de la campaña low cost que se nos viene encima.
 ¡Sería la bomba! Si madre e hija deciden darse el abrazo, nadie verá el debate refrito de unos candidatos que no se cansan de decirse lo mismo e incapaces de cualquier reconciliación.

La cantante Isabel Pantoja, en Madrid, el pasado julio. 
La cantante Isabel Pantoja, en Madrid, el pasado julio.
Otro enfrentamiento es el de los Sussex con la prensa. Enrique ha salido a la defensa de su esposa Meghan y juntos han iniciado una demanda contra The Mail On Sunday, el eterno tabloide británico. 
Los Sussex explican que Meghan ha sido sometida a un bullying sistemático por su raza, porque gasta mucho y porque tiene un padre impresentable que mantiene una relación peligrosa con los medios sensacionalistas. 
 Otro conflicto de padres e hijos delante de medios y cámaras.
 Para nuestro deleite, aunque este se manifieste en forma de debate serio, pienso que los duques tienen cierta razón y eso, junto a su poder, podría hacerles ganar la demanda.
 Lo que hará esa prensa insaciable, que para mí tuvo responsabilidad en la muerte de la madre de Enrique, Diana de Gales, también terminará por deleitarnos.
 Harán lo imposible por ridiculizarlos, reducirlos a pijos que posan como ambientalistas.
El ambiente entre Borja Thyssen y Francesca Thyssen, que son hermanastros, no puede ser mejor.
 ¿Estarán enviando un mensaje a Tita? Francesca y Borja, que no hablan el mismo idioma materno, son famosos desde que nacieron, igual que Kiko Rivera y sus hermanos Fran y Cayetano, arrastrando muchos años enfrentados a Pantoja, la madre de todos los conflictos. 
Los hermanastros Thyssen tienen algo que los distingue: pueden sentarse, a sus anchas, en la junta del museo Thyssen.
 Sospechamos que esos encuentros tan risueños persiguen alcanzar nuevas e inesperadas sinergias en esa junta. Esperemos que evitando dejar a mamá Tita sin programa.

 

Proust sale del armario con ocho cuentos inéditos

 

La publicación en Francia, la semana próxima, de unos relatos desconocidos del autor de 'En busca del tiempo perdido' es el gran acontecimiento de la ‘rentrée’.

Marcel Proust, en 1891-1892. 
Marcel Proust, en 1891-1892. Apic / Getty Images
Son textos muy fin de siècle, con el inconfundible aroma decadente y sensual del cre­púsculo del siglo XIX.
 Hay relatos policiacos, al estilo de Edgar Allan Poe, y uno que no ­desentonaría en una antología del género fantástico.
 En la manera de captar los movimientos del alma humana o en los esbozos de escenas y ­personajes se adivina el genio en estado de incubación. 
Pero todavía son eso, esbozos: algunos sin terminar, otros imprecisos y mal resueltos; ejercicios de estilo, experimentos de laboratorio juvenil.
 Y todo con un tema de fondo, más o menos explícito, que en su tiempo pudo desaconsejar su difusión: la homosexualidad.
La publicación en Francia, la semana próxima, de Le mystérieux correspondant et autres nouvelles inédites (El misterioso corresponsal y otros relatos inéditos) es el gran acontecimiento de la rentrée, el inicio de curso literario.
 El libro contiene nueve cuentos —ocho inéditos— de Marcel Proust (1871-1922), el autor de En busca del tiempo perdido. Publicado por Éditions de Fallois y editado por el profesor Luc Fraisse, permite asomarse a lo que Bernard de Fallois, fundador de la editorial fallecido en 2018, llamó en uno de sus ensayos “Proust antes de Proust”.
 Es decir, el escritor cuando todavía no lo era: el artista en pleno aprendizaje.
Los cuentos de El misterioso corresponsal… habrían podido encajar perfectamente en Los placeres y los días, libro publicado, con escaso eco, en 1896, 17 años antes del primer volumen de su monumental ciclo novelesco.
 ¿Por qué Proust no los incluyó? “Una razón es que quizá no estaba satisfecho de estos relatos y los dejó de lado”, dice Fraisse en la sede de Éditions de Fallois en París. 
“Otra razón es que la mitad de estos relatos ponen en juego su homosexualidad”, añade. Una tercera razón es “estética”: ya había textos que evocaban la homosexualidad en Los placeres y los días; añadir más lo habría desequilibrado.
El cuento que da título al nuevo libro es la historia de una mujer que requiere el amor de una amiga para curarse de una enfermedad mortal. Otros, como ‘La conciencia de amarlo’, no hablan directamente de la homosexualidad, pero presentan personajes que viven como una maldición su diferencia, sus “delicadezas incomprendidas”, su vida en la que “todo el mundo [le] hará daño, [le] herirá, aquellos a los que no amar[á] y todavía más a los que amar[á]”. “Los relatos muestran que, al contrario que uno de sus contemporáneos como André Gide, Proust lo vive como un drama”, apunta Fraisse.
Proust sale del armario con ocho cuentos inéditos
Hacía décadas que no se desvelaba una ficción inédita de Proust. La última se publicó en los años cincuenta.
 Fue el propio Fallois quien descubrió Jean Santeuil, la novela que prefiguraba En busca del tiempo perdido. 
 También el ensayo Contra Sainte-Beuve.
  Desde entonces se había publicado la correspondencia del escritor. Pero no las piezas de ficción que dormitaban en los archivos. 

Los cuentos de El misterioso corresponsal… ­pertenecen a la misma época que Los placeres y los días, obra irregular de juventud.

 Proust fue el anti-Rimbaud, un caso ejemplar de autor que alcanzó su genio en la madurez, después de años de laborioso aprendizaje.

 Sólo con sus cuentos de finales del XIX, sería un autor olvidado. El misterioso corresponsal… lo confirma.

 

4 oct 2019

Paul Gauguin, el criollo se mira en el espejo del Londres del Brexit

“Era un narcisista con una autoestima exagerada. No hubiera pasado el filtro del #Me too”, dice el director de la National Gallery, que ofrece una gran muestra del artista.

  • Dos visitantes ante uno de los autorretratos de Paul Gauguin en el la exposición que le dedica la National Gallery de Londres.
    Dos visitantes ante uno de los autorretratos de Paul Gauguin en el la exposición que le dedica la National Gallery de Londres. AFP
    Paul Gauguin, el criollo se mira en el espejo del Londres del Brexit
    Paul Gauguin (París, 1848-Atuona, Islas Marquesas, 1903) mira de reojo hacia un espejo que el espectador imagina antes de plasmar en el óleo su propio rostro. 
  • A diferencia de otras ocasiones, aquí no se le ven las manos.
  •  Su vista está reforzada por unas pequeñas gafas y se le percibe muy cansado.
  • La mirada fiera y seductora ha desaparecido.
  •  La sífilis y sus problemas del corazón han destrozado sus fuerzas. 
  • Además, le espera una nueva condena de cárcel por defender a los nativos de la polinesia francesa y se le nota la desesperación y el cansancio.
  •  Sus colores puros son historia y el blusón que luce, blanco crema, destaca poco sobre el fondo morado de una tela que no ha terminado de cubrir de pintura.
  •  Es su último autorretrato conocido, fechado en 1903, y la obra con la que concluye la exposición Gauguin. Retratos, que la National Gallery de Londres dedica al más radical de los posimpresionistas franceses desde el 7 de octubre hasta el 26 de enero.
  •  La exposición incluye unas 50 obras que recorren sus diferentes etapas a partir de su revolucionario planteamiento sobre un género hasta entonces tan convencional como el retrato.
  •  Aunque con predominio de la pintura, hay también esculturas, grabados y dibujos.
  •  La mayor parte de los préstamos proceden de colecciones privadas y públicas como el Museo de Orsay de París, la Galería Nacional de Arte de Washington, el Instituto de Arte de Chicago, la Galería Nacional de Canadá, el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio y los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica.
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    Dos visitantes ante uno de los autorretratos de Paul Gauguin en el la exposición que le dedica la National Gallery de Londres.
    Dos visitantes ante uno de los autorretratos de Paul Gauguin en el la exposición que le dedica la National Gallery de Londres. AFP
    Paul Gauguin, el criollo se mira en el espejo del Londres del Brexit


    En el comienzo, en el desarrollo y en el final, está el rostro de Paul Gauguin.
     Nada menos que una docena de autorretratos. Y cuando no lo está, su personalidad se hace presente en los cuadros de las personas que formaron su entorno.
     Incluso en los bodegones de flores se encuentra su personalidad atractiva y arrogante. G
    abriele Finaldi, director de la National Gallery cuenta que esta es una exposición dedicada a un artista muy narcisista, con una autoestima difícil de encontrar y un magnetismo personal incuestionable
     “El retrato es un aspecto de su obra nunca analizado antes. Junto a los investigadores de la National Gallery canadiense, hemos llegado a conclusiones tan novedosas como que pinte lo que pinte Gauguin, el tema de la obra siempre es él.
     Hay otros pintores anteriores, como Durero o Rembrandt de los que conservamos muchos autorretratos, pero ellos no son siempre el tema. 
    Tienen planteamientos diferentes”. 
    Y como ejemplo del narcisismo del artista francés, Finaldi señala el cuadro Cristo en el huerto de los olivos (1889), donde se compara con Jesucristo.

    Es rara la temporada en la que el gran maestro del postimpresionismo no protagoniza alguna de las grandes exposiciones en Europa o Estados Unidos
    . Finaldi opina que la muestra londinense será un éxito de público, pero más por la originalidad del planteamiento que por la popularidad de un artista hiperconocido. 
    Christopher Riopelle, uno de los dos comisarios de la exposición, explica durante el recorrido por las salas que el carácter novelesco de la vida de Gauguin ha tenido mucho que ver con su gran popularidad.

    Hijo de un periodista francés y de una peruana criolla, se quedó huérfano de padre con solo tres años.
     La madre decidió abandonar París y regresar con la familia a Perú, donde Gauguin vivió su niñez con escaso gusto por los estudios, pero con gran afición a los viajes.
     A grandes trazos, puede decirse que fue marino mercante y exitoso agente de bolsa mientras crecía su afición por la pintura. 
    En 1883 lo deja todo para dedicarse al arte y tres años después abandona también a su familia para trasladarse a Bretaña y unir su destino al de otros artistas.
     Las islas del océano Pacífico serán su destino final.
     La exposición va acompañada de un documental de una hora que se proyecta en el auditorio del museo.

    Después de la primera sala en la que se acumulan ocho autorretratos (otros cuatro salpicarán el recorrido), viene una sucesión de personajes a los que retrató de una manera muy alejada de los convencionalismos. 
    No importa el parecido ni la información sobre su estatus social. 
    Ante el cuadro Joven bretona (1889), único encargo conocido que desagradó a sus pagadores, el comisario aprovecha para incidir en que esta primera exposición dedicada a los retratos de Gauguin es, en realidad, un complejo y completo autorretrato del artista. 
    “No importa quien sea el modelo ni su procedencia porque Gauguin siempre se está pintando a sí mismo”, asegura Christopher Riopelle. 
    Habla de sus conflictos internos cuando retrata a Van Gogh y plasma su preocupación por la vida en las colonias cuando decide mutarse en El buen salvaje al trasladarse a los confines del poderío francés, a Papeete, la capital de Tahití.
    Pero en su etapa en Oceanía surge la cara más controvertida de Gauguin. 
    Tiene que ver con su relación amorosa y sexual con las adolescentes nativas, por más que llegara a casarse con alguna de ellas. “No pasaría el filtro del #MeToo", asegura sin dudar Gabriele Finaldi. 
    “Con los ojos de historiador del arte, hay que reconocerle su genialidad.
     En cambio, como persona, no tendría un pase. Además, él llega a las islas como un representante de los poderes coloniales y se aprovecha. 
    Acepta la costumbre local de que los padres regalen a sus hijas. Eso es inadmisible”.

    Reconoce Finaldi que el artista llega a sentir como propias las injusticias que sufren los nativos.
     Además de plasmar la belleza que ya había admirado en postales y reportajes.
     En Hiva Oa, isla del archipiélago de las Marquesas, esculpe una figura que resume sus tensiones con los poderes locales: la figura del Padre Paillard (1902), el obispo del pueblo caricaturizado como un demonio lascivo.
    Perseguido, arruinado y muy enfermo, murió de un infarto el 8 de mayo de 1903.
     Tres años después, en 1906, le llegó el reconocimiento a toda una vida de sufrimiento y desdén cuando el Salón de Otoño de París expuso 227 obras suyas.
     Desde entonces, su reputación, influencia y cotización no han parado de crecer.