Si Coco Chanel
logró transformar la moda para siempre fue porque supo leer el signo de
los tiempos. Ella entendió antes y mejor que nadie que las mujeres
necesitaban un nuevo guardarropa con el que ser activas, independientes y libres. “Una mujer ocupada necesita sentirse cómoda con su ropa. Tienes que ser
capaz de subirte las mangas”, declaró en la década de los años 20. Su
capacidad para absorber ideas y su talento para adaptarlas a sus diseños
solo era comparable a su don para rodearse de las personas apropiadas:
una mezcla imposible de artistas y aristócratas que le ayudaron a
estimular su creatividad y, en los inicios de su carrera, también a
financiarla. Con
muchos mantuvo relaciones amorosas, pero la mayoría, sencillamente,
solo disfrutaban de tenerla cerca. Ahora, una biografía recién publicada
en Reino Unido, Living with Coco Chanel. The homes and landscapes that shaped the designer,
añade nuevos datos. Escrito por la escocesa Caroline Young, el libro
recorre los lugares y casas que frecuentó Coco —unas veces, en calidad
de amante de sus dueños; otras, como en el caso de La Pausa, su villa
cerca de Montecarlo, como su orgullosa propietaria—, y explora cómo la moldeó e inspiró cada entorno.
Si Coco Chanel
logró transformar la moda para siempre fue porque supo leer el signo de
los tiempos. Ella entendió antes y mejor que nadie que las mujeres
necesitaban un nuevo guardarropa con el que ser activas, independientes y libres.
“Una mujer ocupada necesita sentirse cómoda con su ropa. Tienes que ser
capaz de subirte las mangas”, declaró en la década de los años 20. Su
capacidad para absorber ideas y su talento para adaptarlas a sus diseños
solo era comparable a su don para rodearse de las personas apropiadas:
una mezcla imposible de artistas y aristócratas que le ayudaron a
estimular su creatividad y, en los inicios de su carrera, también a
financiarla. Con
muchos mantuvo relaciones amorosas, pero la mayoría, sencillamente,
solo disfrutaban de tenerla cerca. Ahora, una biografía recién publicada
en Reino Unido, Living with Coco Chanel. The homes and landscapes that shaped the designer,
añade nuevos datos. Escrito por la escocesa Caroline Young, el libro
recorre los lugares y casas que frecuentó Coco —unas veces, en calidad
de amante de sus dueños; otras, como en el caso de La Pausa, su villa
cerca de Montecarlo, como su orgullosa propietaria—, y explora cómo la moldeó e inspiró cada entorno. Hasta en el convento de Aubazine, donde la dejó su padre de niña,
halló Young elementos que luego Coco referenciaría en su firma. “Fui a
Aubazine, la abadía donde se crió después de haber sido abandonada a la
edad de doce años. Es un lugar muy remoto, tranquilo, en lo alto de una
meseta, rodeado de bosque, y descubrí que ahí es donde comienza la
leyenda de Chanel”, cuenta la autora a EL PAÍS. Pero Living with Coco Chanel no es un mero compendio de datos de interiorismo; son las experiencias junto a los hombres de su vida —de esa vida sentimental tan intensa y azarosa— las que protagonizan gran parte de la obra. Coco Chanel, en Francia, en 1937.LipnitzkiRoger Viollet via Getty Images El primero fue el oficial de caballería y heredero textil Etienne
Balsan, que se fijó en ella cuando solo era una joven costurera. Balsan
la convirtió en su segunda amante, la instaló en su castillo y acabó
prestándole un apartamento en París donde Coco empezó a vender sus
sombreros. “Él era un inconformista al que le gustaba rodearse de gente
de fuera de su círculo, e incluyó a Chanel en su mundo porque era
diferente y única. Esto fue alrededor de 1905 o 1906 y en esos tiempos
las mujeres no tenían poder; Chanel sabía que, sin familia ni riqueza,
necesitaría crearse su suerte”, explica Young. Estando con Balsan, Coco conoció al empresario y playboy Arthur Boy Capel, su gran amor, que le ayudó a financiar su primera boutique,
aunque después le rompería el corazón dos veces: al casarse con otra
mujer y al matarse en un accidente de coche en 1919. También fue sonado
su affaire con el gran duque Dmitri Pavlovich, nieto del zar
Alejandro II, que había huido de Rusia tras la revolución bolchevique y
que, según la autora, le regaló las perlas que ella convertiría en un
accesorio emblemático de su look. O su larga relación con Hugh Grosvenor, segundo duque de Westminster, de quien Chanel tomaba prestadas las chaquetas de tweed que hoy son seña de identidad de la marca, y con quien vivió en una mansión en las Highlands.
Que muchas de sus parejas fueran hombres ricos y poderosos no significa, para Caroline Young, que ella los eligiera así ex profeso:
“No creo que los sedujera de forma deliberada; fue su pasión,
creatividad y fuerza lo que atraía a la gente hacia ella. Sus amantes
después de Boy Capel, incluyendo a Dmitri Pavlovich y Stravinsky, tenían
muy poco dinero, pero se sintió atraída por Dmitri porque era un
Romanov, y a ella le impresionaban los títulos. Cuando conoció al duque
de Westminster, Chanel era muy rica por derecho propio, y él encontró su
independencia refrescante”. Chanel nunca renunció a esa independencia.
“Se cree que se comprometió con Paul Iribe a mediados de los 30, pero él
murió de un ataque cardíaco en las canchas de tenis de La Pausa delante
de ella”, cuenta la biógrafa. “También pudo haber deseado casarse con
el duque, pero ella no podía quedarse embarazada. Para entonces, Chanel
podría haberse dado cuenta de que ser independiente y vivir de la manera
que quería era vital para ella”. La propia mademoiselle lo
resumió así: “Dios sabe que quería amor. Pero en el momento en el que
tuve que elegir entre el hombre que amaba y mis vestidos, elegí los
vestidos”.
Slavoj Zizek, el
gran provocador. Genial, paradójico, contradictorio, torrencial,
mediático. Las reflexiones sobre la actualidad de este filósofo esloveno
de 69 años, posmarxista, psicoanalítico, cinéfilo hasta el infinito y enamorado de los chistes como espejo cóncavo de la vida siguen provocando pasiones. Jamás deja a nadie indiferente. El autor del trepidante Problemas en el paraíso, entre otros muchos títulos, acaba de publicar dos libros: El coraje de la desesperanza (Anagrama) y una minisíntesis de su obra (“siempre me canibalizo, me autoplagio”, alega). La titula La vigencia de ‘El manifiesto comunista’,
aunque en ella sostiene que “hoy en día el comunismo no es el nombre de
una solución, sino el nombre de un problema”. Desmadejado y de verbo
seductor, nos recibe entre sus libros, en su casa de Liubliana. PREGUNTA.Usted dio la bienvenida a Donald Trump.
RESPUESTA. Porque Trump es una bendición, aunque
protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas. Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción. Lo
que hace Trump es una locura, pero antes ocurría lo mismo
paulatinamente. Con el medio ambiente, con todo. Algunos izquierdistas
hacen comparaciones erróneas. Si te disgusta Trump o el nuevo
autoritarismo, y eres vago para analizarlo, la analogía es cómoda: “¡Oh,
es fascismo!”. Esa
analogía con los años treinta es demasiado sencilla. Es más adecuado
remitirnos a la decadencia anterior a la Primera Guerra Mundial cuando,
igual que hoy, todos se preparaban para la guerra, pero nadie la creía
posible. P. La tesis leninista de “cuanto peor, mejor” nunca trajo nada bueno. R. Lenin sostuvo que la guerra era buena porque
traería la revolución. Dudo que ahora una guerra aportase nada. Mi
afirmación era específica para EE UU, no para otros casos. Ahora están
pasando cosas cruciales en el Partido Demócrata,
surgen los nuevos demócratas de izquierdas. Eso no habría ocurrido sin
Trump. Fue quien rompió el consenso liberal centrista. Las democracias
son homogéneas y funcionan muy bien; todas las luchas se producen
compartiendo un trasfondo de valores y procedimientos. Por eso cuando la
derecha llegó por primera vez al poder en Suecia, mantuvo el sistema
socialdemócrata. Republicanos y demócratas también compartían muchas
cosas. Ahora ese pacto se está quebrando. P. Mientras, mucha gente sufre más con Trump que sin él. Esa pretendida buena noticia cuesta cara a ciudadanos concretos. R. Sí, pero no idealice el estado de las cosas antes
de Trump. ¿Qué le llevó al poder? El abandono a la clase media y baja. Este proceso ya existía antes. No culpe de todo a Trump. ¿De dónde
llegó? ¿De la luna? P. Es al revés, la reforma sanitaria de Obama protegía a la clase media baja. R. Estoy de acuerdo en que la señal de Trump puede ser extremadamente peligrosa.
EE UU atraviesa un estado de guerra civil fría interna. Las corrientes
políticas no hablan el mismo lenguaje. No pueden pactar. Eso no durará.
Habrá que ir hacia otro consenso, que será más radical, algo más a la
izquierda. Ya ocurre con Sanders y sus seguidores. O con el milagro de
Jeremy Corbyn. P. Usted sostiene que los problemas de la inmigración no son solo culpa nuestra, sino también de ella. R. Por decir esto, ¿sabe cuántos izquierdistas ya me tildan de neofascista?
El gran error de la izquierda no es pensar que no hay problemas, sino
que el único culpable es nuestro racismo, que nuestro colonialismo ha
provocado la desgracia en todo el mundo, por tanto, pase lo que pase,
somos culpables. Que no somos bastante abiertos para integrar a los
inmigrantes. ¿Por qué suponemos que quieren integrarse? Muchos no
quieren, prefieren mantener su estilo de vida. No forman un grupo único. En Alemania muchos jóvenes se vuelven más radicales que sus padres.
P. Entonces, ¿hay que cerrar fronteras?
“Abogaría por una cierta apertura de fronteras [a la inmigración]. Pero con condiciones”
P. ¡Vaya milagro! No es un heraldo del futuro, sino del pasado. R. Le entiendo, ni siquiera tiene grandes ideas. Pero es un milagro en el sentido de que nadie lo habría previsto hace 10
años. Vivimos una época extraña. Muchas socialdemocracias eran más
radicales hace medio siglo que los Sanders o Corbyn de hoy.
Slavoj Zizek, el
gran provocador. Genial, paradójico, contradictorio, torrencial,
mediático. Las reflexiones sobre la actualidad de este filósofo esloveno
de 69 años, posmarxista, psicoanalítico, cinéfilo hasta el infinito y enamorado de los chistes como espejo cóncavo de la vida siguen provocando pasiones. Jamás deja a nadie indiferente.
El autor del trepidante Problemas en el paraíso, entre otros muchos títulos, acaba de publicar dos libros: El coraje de la desesperanza (Anagrama) y una minisíntesis de su obra (“siempre me canibalizo, me autoplagio”, alega). La titula La vigencia de ‘El manifiesto comunista’,
aunque en ella sostiene que “hoy en día el comunismo no es el nombre de
una solución, sino el nombre de un problema”. Desmadejado y de verbo
seductor, nos recibe entre sus libros, en su casa de Liubliana. PREGUNTA.Usted dio la bienvenida a Donald Trump.
RESPUESTA. Porque Trump es una bendición, aunque
protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas.
Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción. Lo
que hace Trump es una locura, pero antes ocurría lo mismo
paulatinamente. Con el medio ambiente, con todo. Algunos izquierdistas
hacen comparaciones erróneas. Si te disgusta Trump o el nuevo
autoritarismo, y eres vago para analizarlo, la analogía es cómoda: “¡Oh,
es fascismo!”. Esa
analogía con los años treinta es demasiado sencilla. Es más adecuado
remitirnos a la decadencia anterior a la Primera Guerra Mundial cuando,
igual que hoy, todos se preparaban para la guerra, pero nadie la creía
posible. P. La tesis leninista de “cuanto peor, mejor” nunca trajo nada bueno. R. Lenin sostuvo que la guerra era buena porque
traería la revolución. Dudo que ahora una guerra aportase nada. Mi
afirmación era específica para EE UU, no para otros casos. Ahora están
pasando cosas cruciales en el Partido Demócrata,
surgen los nuevos demócratas de izquierdas. Eso no habría ocurrido sin
Trump. Fue quien rompió el consenso liberal centrista. Las democracias
son homogéneas y funcionan muy bien; todas las luchas se producen
compartiendo un trasfondo de valores y procedimientos. Por eso cuando la
derecha llegó por primera vez al poder en Suecia, mantuvo el sistema
socialdemócrata. Republicanos y demócratas también compartían muchas
cosas. Ahora ese pacto se está quebrando. P. Mientras, mucha gente sufre más con Trump que sin él. Esa pretendida buena noticia cuesta cara a ciudadanos concretos. R. Sí, pero no idealice el estado de las cosas antes
de Trump. ¿Qué le llevó al poder? El abandono a la clase media y baja.
Este proceso ya existía antes. No culpe de todo a Trump. ¿De dónde
llegó? ¿De la luna? P. Es al revés, la reforma sanitaria de Obama protegía a la clase media baja. R. Estoy de acuerdo en que la señal de Trump puede ser extremadamente peligrosa.
EE UU atraviesa un estado de guerra civil fría interna. Las corrientes
políticas no hablan el mismo lenguaje. No pueden pactar. Eso no durará.
Habrá que ir hacia otro consenso, que será más radical, algo más a la
izquierda. Ya ocurre con Sanders y sus seguidores. O con el milagro de
Jeremy Corbyn.
“Abogaría por una cierta apertura de fronteras [a la inmigración]. Pero con condiciones”
P. ¡Vaya milagro! No es un heraldo del futuro, sino del pasado. R. Le entiendo, ni siquiera tiene grandes ideas.
Pero es un milagro en el sentido de que nadie lo habría previsto hace 10
años. Vivimos una época extraña. Muchas socialdemocracias eran más
radicales hace medio siglo que los Sanders o Corbyn de hoy. P. Usted sostiene que los problemas de la inmigración no son solo culpa nuestra, sino también de ella. R. Por decir esto, ¿sabe cuántos izquierdistas ya me tildan de neofascista?
El gran error de la izquierda no es pensar que no hay problemas, sino
que el único culpable es nuestro racismo, que nuestro colonialismo ha
provocado la desgracia en todo el mundo, por tanto, pase lo que pase,
somos culpables. Que no somos bastante abiertos para integrar a los
inmigrantes. ¿Por qué suponemos que quieren integrarse? Muchos no
quieren, prefieren mantener su estilo de vida. No forman un grupo único.
En Alemania muchos jóvenes se vuelven más radicales que sus padres. P. Entonces, ¿hay que cerrar fronteras?
Slavoj Zizek.antonio olmos / eyevine / contacto
R. No. Yo abogaría por una cierta apertura. Pero con
condiciones. Primero, moralizar el problema de aceptar o no a los
inmigrantes es erróneo. Debemos pensar de una manera más estratégica:
¿por qué vienen? Repensemos nuestra política en Siria, Irak, Libia,
Yemen. Vienen. Forman parte del problema del mal funcionamiento del
capitalismo actual. No es solo un problema moral. Sino económico.
Segundo, asumamos que hay un conflicto entre estilos de vida. Deberíamos
admitir que hay un auge del fundamentalismo en todo el mundo. Que
explosiona como reacción al progreso occidental en los derechos de los
homosexuales, los transexuales…
P. También vienen por causas políticas, les atrae la libertad europea. R. Eso ya es más problemático. P. Huyen de la guerra, así que vienen por la libertad.
R. En principio, sí. Estoy de acuerdo…, pero ¿qué quiere decir con libertad? ¿Nuestra libertad?
“Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas sus imperfecciones”
P. Sí. Hablar con libertad, publicar como usted publica… R. Estoy de acuerdo, solo me pregunto si la mayoría…
Usted idealiza la situación. A la mayoría de la gente que viene, los
refugiados pobres, le preocupa la seguridad y el hambre, pero dudo hasta
qué punto viene por la libertad en nuestro sentido occidental. P. Hay muchos que quieren acogerse al derecho de
asilo, consagrado en la ley internacional. ¿Dónde colocar los límites
entre refugiados económicos y políticos? R. Mi argumento contrario es este: ¿por qué solo
hablamos de nuestros límites, si vivimos en un mundo global? ¿Qué hay
que cambiar en él? El error es que ya somos cómplices en su creación.
Mire a Libia. La fastidiamos por el modo en que derrocamos a Gadafi. O
el Congo y otros países africanos. Serán un caos, pero están totalmente
integrados en el capitalismo mundial. ¿Dónde establecemos el estándar
para la coexistencia multicultural? El multiculturalismo es una noción
complicada. El primer estándar es la tolerancia hacia otras culturas. No
solo deberíamos tolerarlos a ellos, sino que ellos deberían tolerarnos a
nosotros incondicionalmente. ¿Y ante un conflicto en su comunidad? No
me preocupa que las musulmanas se cubran. Pero sí que obliguen a hacerlo a una chica que no quiere taparse. Es
una víctima por falta de libertad individual. Debemos protegerla.
P. Porque al final los derechos humanos son una ideología válida en todo el mundo. R. Aquí empiezan los problemas. Nos dirán: “Ustedes
imponen su colonialismo”. Nos culparán de que los derechos humanos
europeos dan demasiada preferencia al individuo, que ellos tienen
derechos colectivos. Los musulmanes quieren que respetemos su estilo de
vida. Pueden incluso respetar a un cristiano. Pero no a gente como yo,
que soy ateo. P. Las libertades y el Estado de bienestar siguen teniendo un inmenso poder de atracción. R. Aceptemos que la gente viene aquí porque, a pesar
de toda la corrupción, seguimos ofreciendo al mundo quizás el gran
modelo de bienestar relativo, un modelo único que combina bienestar y
libertad, el mejor hasta ahora en la historia mundial. Por tanto,
deberíamos estar orgullosos de nuestro destino europeo. Lo fantástico de nuestra tradición democrática
es que la imperfección está dentro del sistema, forma parte de la
capacidad de nuestra democracia para ser crítica consigo misma. Es un
sistema único que incluye la autocrítica. P. ¿Existe algo así como un capitalismo global? R. No en el ámbito político. Existe como mercado mundial.
P. El mercado no es el capitalismo. Hay muchas formas de capitalismo. R. Y coexisten. El asunto consiste en qué forma de capitalismo se
está volviendo predominante. El capitalismo socialdemócrata, con Estado
del bienestar, está amenazado. Se dice que el comunismo no funcionó.
Pero mire lo que ha pasado en China en el último medio siglo. ¿Ha habido
alguna vez en la historia de la humanidad un desarrollo económico tan
explosivo? Es impresionante. La figura que anunció nuestra época fue Lee Kuan Yew, el fallecido líder de Singapur.
Creó la fórmula de autoritarismo “de valores asiáticos”. China
demuestra, a nivel masivo, que funciona. El chino es el capitalismo bajo
dominio de un partido autoritario. Es una nueva combinación de
capitalismo mundial en la que el país participa en el mercado global,
pero ideológicamente funciona hacia adentro de una manera patriótica,
etnocéntrica. P. Inquietante. R. Lo que me preocupa es que Europa está perdiendo. Por eso apoyo el último llamamiento de Emmanuel Macron y Merkel para crear un Ejército europeo. Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas
sus imperfecciones y con su corrupción. Trump y Putin trabajan
sistemáticamente para desunir a Europa. Ese es su objetivo. Putin, de
una manera muy perversa, estaba a favor de la secesión de Cataluña. O del Brexit. Fue muy hipócrita. Siempre que la unidad europea muestra problemas…
P. Sí, y tiene problemas económicos con China, baja su demanda por las medidas proteccionistas de EE UU. R. La clave es el nuevo desarrollo de los coches eléctricos. El temor es que China intente desarrollar este tipo de coches. Pues no
es ya solo la cadena de ensamblaje de la economía mundial, sino que
desarrolla su propia economía. Los izquierdistas tradicionales odian dos
cosas del orden mundial actual: al mercado libre, loco, con su caos; y a
los Estados autoritarios. China aúna ambas cosas. Ahora instaura el
miedo. Los disidentes son marxistas, estudiantes que estudian marxismo y
proponen organizar a los trabajadores, tan explotados allí. Esto es lo
peor que puedes hacer en China hoy: proteger los derechos de los
trabajadores. Los “desaparecen” durante 15 días.
Un provocador profesional
Zizek quiso ser director de cine. Esa pasión la incorpora a todos sus
libros, plagados de pelis como parábolas. Y ocupa muchas tardes como
habitual en las salas de proyección de Liubliana. Pero no se vio con
talento suficiente para el séptimo arte. Optó por su segundo amor, la
filosofía. Y agradece a “la opresión comunista” no haber encontrado
empleo durante años. Solo apaños de traductor y tareas menores, para
acabar al fin en un pequeño instituto de investigación: “Por eso soy del
todo libre para investigar, no como un profesor de pueblo”. Eso le catapulta a afrontar “los nuevos retos”, que resume en el
ecológico, la renovación del Estado del bienestar, o la “digitalización
directa del cerebro humano” mediante la que el ordenador “detecta lo que
piensas” y resultas vulnerable a cualquier dominación sofisticada. “No
defiendo el viejo comunismo de ninguna manera”, se parapeta, sino un
nuevo comunalismo globalista, porque “nuestro cerebro es nuestra
herencia común”.
Reconoce ser un provocador profesional, para incomodar al público y
hacerle reaccionar. Considera que la gente está “drogada, dormida” y que
hay que “despertarla”. De modo que “la medida de la libertad de
expresión es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Sobre todo a la izquierda con la que sintoniza, y a aquella con la que
disiente: las libertades occidentales “serán falsas, pero las
estalinistas no eran siquiera falsas”; o “no creo en eso de escuchar a
la gente normal y corriente, como dice Pablo Iglesias, porque la gente
normal y corriente está atrapada por la ideología, está a favor de echar
a los inmigrantes”. Así que el pensamiento crítico “duele” y “trae malas noticias”. Pero
siempre “hay que provocar”. Aunque cuando profetiza males mayores, de
tan estentóreo, cuesta adivinarle la intención provocadora. Así, le
inquieta al máximo el “extraordinario progreso que está registrando la
industria del armamento”, por su cruce con la civilización digital. Nos
abocamos a “una guerra digital, cognitiva”, que “influirá en los
cerebros”. China puede ser el paradigma de la nueva tensión. Como lleva décadas
sin experimentar su armamento sobre el terreno, a diferencia de EEUU
“necesita probarlo, y la mejor forma de hacerlo es con una guerra”. Es
“la situación más peligrosa”, deletrea.
Respeta a Marx, pretende entroncar con sus preguntas fundacionales y
se ríe de quien le tacha de “leninista loco”: “Mis ideas”, dice, “son
hegelianas”. Su enfoque estriba en centrarse en cómo pueden salir mal
las cosas, y luego preguntarse hasta qué punto era necesario que fuese
así. “Por ejemplo”, aunque admira al vicepresidente de Evo Morales,
Álvaro García- Linera, tiene “el honor de no haber sido engañado por
Hugo Chávez”. Zizek advirtió durante años que el militar acabaría mal,
porque “no veía lo nuevo”, solo era “un Fidel con dinero, no resolvía
los problemas, echaba dinero a los problemas”.
Así que el pensamiento crítico “duele” y “trae malas noticias”. Pero
siempre “hay que provocar”. Aunque cuando profetiza males mayores, de
tan estentóreo, cuesta adivinarle la intención provocadora. Así, le
inquieta al máximo el “extraordinario progreso que está registrando la
industria del armamento”, por su cruce con la civilización digital. Nos
abocamos a “una guerra digital, cognitiva”, que “influirá en los
cerebros”. China puede ser el paradigma de la nueva tensión. Como lleva décadas
sin experimentar su armamento sobre el terreno, a diferencia de EEUU
“necesita probarlo, y la mejor forma de hacerlo es con una guerra”. Es
“la situación más peligrosa”, deletrea.
El
enfrentamiento en Salamanca el 12 de octubre de 1936 entre el
intelectual y el fundador de la Legión resucita en libros y películas
que aportan datos para esclarecer lo ocurrido.
La vida de Miguel de Unamuno fue algo más que unos minutos de desafío dialéctico con José Millán Astray
en la Universidad de Salamanca. En los últimos años, sin embargo, todo
parece arrinconarle ahí: en ese momento de osadía e integridad en un
paraninfo donde los jóvenes legionarios y falangistas voceaban más que
la treintena de catedráticos presentes aquel 12 de octubre de 1936, Día
de la Raza. Lo ocurrido en esos minutos adquirió tal carga simbólica —la
inteligencia frente a la sinrazón, el pacifismo frente a la violencia—
que, 83 años después, ha inspirado un pequeño boom unamuniano, espoleado por la película de Alejandro Amenábar (Mientras dure la guerra),
que se estrena en salas el 27 de septiembre. Amenábar se ciñe a esos
meses inciertos y violentos en los que Unamuno transita de la
celebración del golpe militar a la condena del mismo. El 12 de octubre
es el punto de no retorno. El momento en que los rebeldes se dan cuenta
de que aquel escritor decepcionado con la Segunda República es una mente
demasiado libre para callar lo que no comparte.
Portada del periódico 'Ahora' del 14 de abril de 1935 dedicada a Unamuno.
Aparte de las notas escuetas del propio Unamuno para su improvisada
intervención, no había apenas testimonios inmediatos de lo ocurrido sin
la contaminación de la propaganda o la censura (como las crónicas
periodísticas del día siguiente).
Hasta ahora. Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos de Unamuno,
desvelan en dos obras de inminente publicación la aparición de un
documento redactado por uno de los catedráticos presentes en el acto
pocas horas después de los hechos.
“Este testimonio da cuenta de que
Unamuno recordó que era vasco, que tanto las mujeres rojas como las del
bando nacional daban muestras de su falta de compasión, y pronunció
también el famoso ‘vencer no es convencer’ al mismo tiempo que rebatió
la noción de anti-España, y terminó haciendo el elogio de Rizal”,
escriben en su biografía Miguel de Unamuno (1864-1936). Convencer hasta la muerte,
que publica en los próximos días Galaxia Gutenberg y que es una versión
actualizada con nuevas aportaciones de la publicada en 2009 por Taurus.
Notas que tomó Unamuno para la intervención el 12 de octubre de 1936.Casa-Museo UnamunoUniversidad de Salamanca
El testigo, que no identifican, enjuicia a los dos
protagonistas del duelo verbal. “Critica ciertos términos pronunciados
por Unamuno, tachándolo de antipatriota, pero denuncia también la
violencia de Millán Astray, que terminó con vivas y mueras, y añade que
le pareció mal excitar a la juventud”. El documento, en opinión de los
biógrafos, corrobora “sin lugar a duda, que hubo un enfrentamiento
verbal entre dos hombres cuyo carácter, vivencias e ideología eran
totalmente dispares”. Los hispanistas han silenciado en esta biografía
la identidad del testigo, que será divulgada en un largometraje
documental de Manuel Menchón, que se estrenará en salas en diciembre o
enero, y que coincidirá con la publicación en Pre-Textos de El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y la guerra civil,
el último escrito de Unamuno, en una edición crítica de los Rabaté. En
los pasajes sobre el asunto en la biografía, Colette y Jean-Claude
Rabaté escriben: “Si bien Millán Astray debió pronunciar un ‘¡Viva la
muerte!’, grito habitual entre miembros de la Legión, precedido o
coreado por una parte del público, lo más polémico es el ‘¡Muera la
inteligencia!’ que los más de los comentaristas le atribuyen. Lo único
seguro es que el legionario se alzó en contra de los intelectuales,
actitud adoptada por la mayoría de los militares, sobre todo desde la
dictadura de Miguel Primo de Rivera”. La elogiosa mención de Unamuno a
José Rizal, héroe de la
independencia filipina fusilado por los españoles, se considera el
detonante que provocó al fundador de la Legión, que había tenido su
bautizo bélico en la colonia.
A la vista de dos testimonios presenciales recogidos en el libro Arqueología de un mito
(Sílex), que publicará el 25 de septiembre el historiador Severiano
Delgado y que recopila las cinco versiones del 12 de octubre conocidas
hasta hoy, el grito de Millán Astray es “¡Mueran los intelectuales!”. Esto es lo que afirmaron haber escuchado tanto el catedrático de
Medicina José Pérez-López Villamil como el falangista Felipe Ximénez de
Sandoval, presentes en el paraninfo. El psiquiatra Pérez-López Villamil
lo recordó años después con temor: “Aquel momento fue de un gran miedo,
había unos objetos reales que nos lo producían: las metralletas y las
pistolas amartilladas de los legionarios y falangistas que estaban
presentes en el claustro. Terrible, aquello fue tremendo”. Su relato, recogido en la revista de la Asociación Española de
Neuropsiquiatría en 1985, concuerda con el del testigo anónimo
encontrado por los Rabaté y las notas manuscritas del propio Unamuno,
que improvisó sus palabras movido por la irritación que le produjeron
las alusiones a la anti-España. Lo que él pensaba del asunto quedó
recogido con nitidez en esta cita de El resentimiento trágico de la vida: “No son unos españoles contra otros —no hay anti-España—, sino toda España, una, contra sí misma”.
“Este supuesto caudillo que no civiliza a los suyos”
A Unamuno le costó más desmarcarse de Franco que
de su bando. “¡Qué cándido anduve al adherirme al movimiento de Franco,
sin contar con los otros, y fiado —como sigo estándolo— en este
supuesto caudillo que no consigue civilizar y humanizar a sus
colaboradores!”, escribe en una carta citada por Colette y Jean-Claude
Rabaté. “Al contrario de otros intelectuales que muy pronto se fueron de
España, Unamuno careció de lucidez en ese momento preciso, y sobre todo
resulta incomprensible la indulgencia que demostró hacia el dictador,
como si hubiera olvidado la guerra de África o la represión de
Asturias”, sostienen los biógrafos.
Una observación que comparte el historiador Severiano Delgado:
“Incluso hasta el final de su vida mantuvo mucha fe en Franco, no sé por
qué, pero Unamuno creía que el impulsor de la represión era el general
Mola”. En diciembre de 1936, sin embargo, su opinión se ha endurecido:
“Me temo que bajo la dictadura de Franco lo que menos se permita sea la
franqueza. Lo que dominará será la molienda”. Unamuno sabe que han
asesinado a sus amigos Salvador Vila, rector en Granada; Atilano Coco,
pastor protestante, y Casto Prieto, alcalde de Salamanca. Digerida la
ira por estas muertes, acabará insistiendo en sus últimas notas en una
idea: “Hay que renunciar a la venganza”.
LUIS SEVILLANOCada vez que veo este edificio desde la M-40 de Madrid me pregunto si me debe gustar.
—No es el gusto lo que está en juego —dice una voz en mi cabeza—, sino la función.
—¿Y funciona bien como edificio? —inquiero.
—Cabe suponer que sí, debe de haber costado un riñón.
—Pero estoy harto de ver viviendas caras —insisto— que funcionan como
viviendas, y que son un horror. No solo es la función, es la moral
también.
—¿A qué clase de moral crees que respondería esta obra? —pregunta
entonces la voz, mientras yo meto la tercera y piso el freno porque hay
un atasco: el de media tarde, que los conductores entretenemos
observando la mole del BBVA.
—A la peor —respondo yo—, a la del tamaño. No hay arquitectura suficientemente absurda si es lo suficientemente grande.
Desde mi posición veo las ventanas de las dos caras del inmueble porque
es muy estrecho en relación con su altura. Debe de estar construido,
pues, sobre un rectángulo pequeño del que se han obtenido esos
beneficios gigantescos. Intento imaginarme sus cimientos, sus
conducciones de agua y luz, sus túneles de aire acondicionado, los
huecos de sus ascensores. A veces, cuando paso de noche por la zona, con
las oficinas iluminadas, me parece ver hombrecillos golpeándose como
moscas contra los cristales de uno y otro lado y me pregunto cómo será
trabajar 8 o 10 horas diarias en un lugar tan expuesto. Ayer dejé el
coche en el taller y tuve que coger un taxi. Intenté arrancar al
conductor una opinión sobre el asunto.
—¿Qué quiere que le diga? —dijo.
Pues eso, que no sabemos nada.