—No es el gusto lo que está en juego —dice una voz en mi cabeza—, sino la función.
—¿Y funciona bien como edificio? —inquiero.
—Cabe suponer que sí, debe de haber costado un riñón.
—Pero estoy harto de ver viviendas caras —insisto— que funcionan como viviendas, y que son un horror. No solo es la función, es la moral también.
—¿A qué clase de moral crees que respondería esta obra? —pregunta entonces la voz, mientras yo meto la tercera y piso el freno porque hay un atasco: el de media tarde, que los conductores entretenemos observando la mole del BBVA.
—A la peor —respondo yo—, a la del tamaño. No hay arquitectura suficientemente absurda si es lo suficientemente grande.
Desde mi posición veo las ventanas de las dos caras del inmueble porque es muy estrecho en relación con su altura. Debe de estar construido, pues, sobre un rectángulo pequeño del que se han obtenido esos beneficios gigantescos.
—¿Qué quiere que le diga? —dijo.
Pues eso, que no sabemos nada.
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