LUIS SEVILLANOCada vez que veo este edificio desde la M-40 de Madrid me pregunto si me debe gustar.
—No es el gusto lo que está en juego —dice una voz en mi cabeza—, sino la función.
—¿Y funciona bien como edificio? —inquiero.
—Cabe suponer que sí, debe de haber costado un riñón.
—Pero estoy harto de ver viviendas caras —insisto— que funcionan como
viviendas, y que son un horror. No solo es la función, es la moral
también.
—¿A qué clase de moral crees que respondería esta obra? —pregunta
entonces la voz, mientras yo meto la tercera y piso el freno porque hay
un atasco: el de media tarde, que los conductores entretenemos
observando la mole del BBVA.
—A la peor —respondo yo—, a la del tamaño. No hay arquitectura suficientemente absurda si es lo suficientemente grande.
Desde mi posición veo las ventanas de las dos caras del inmueble porque
es muy estrecho en relación con su altura. Debe de estar construido,
pues, sobre un rectángulo pequeño del que se han obtenido esos
beneficios gigantescos. Intento imaginarme sus cimientos, sus
conducciones de agua y luz, sus túneles de aire acondicionado, los
huecos de sus ascensores. A veces, cuando paso de noche por la zona, con
las oficinas iluminadas, me parece ver hombrecillos golpeándose como
moscas contra los cristales de uno y otro lado y me pregunto cómo será
trabajar 8 o 10 horas diarias en un lugar tan expuesto. Ayer dejé el
coche en el taller y tuve que coger un taxi. Intenté arrancar al
conductor una opinión sobre el asunto.
—¿Qué quiere que le diga? —dijo.
Pues eso, que no sabemos nada.
¿Cómo es posible que este escalafón de abusadores haya sido tan común,
tan pertinaz? Aun teniendo noticias de sus actos, los demás no les
condenan.
Hace poco vi un chiste en Abc de un tipo que dice: “Soy un
don nadie, un fracasado. Cuarenta años en la empresa y a nadie nunca se
le ha pasado por la cabeza acusarme de acoso sexual”. Me rechinó tanto
como el cierre de apretadas filas en apoyo de Plácido Domingo, coronado por esos espectadores de Salzburgo y otras ciudades que le ovacionan con ardor,
y no por su magnífica carrera como tenor (ese mérito es monumental e
imborrable), sino como incomprensible cheque en blanco ante las
acusaciones de las mujeres.
El caso de Plácido me parece paradigmático. En su defensa han
utilizado dos tópicos que también se han usado en otras ocasiones. El
primero consiste en decir: “¿Y no podrían haberlo denunciado hace 30
años?”. Pues no. Claro que no podían. Incluso ahora, que los vientos son
mucho más favorables, miren la que se arma, y cómo todos los poderes se
lanzan a defender al implicado. El segundo argumento consiste en restar
credibilidad a los acusadores; en esta ocasión el acento está puesto en
que son ¡denuncias anónimas! Son fuentes de una periodista de un medio importante, AP,
que prefirieron no salir con su nombre por miedo a las represalias.
Plácido Domingo ostenta un enorme poder en el mundo de la música,
legítimamente ganado; y además de eso, ya se sabe, los poderosos
manifiestan una fastidiosa tendencia a protegerse los unos a los otros. Mantener el anonimato de una fuente es una práctica común en
periodismo y conlleva un trabajo de verificación antes de publicar el
tema. En el caso de Plácido, como indicaba Amaya Iríbar en su estupendo
artículo en EL PAÍS titulado Presunción de profesionalidad,
la periodista Jocelyn Gecker, además de reflejar las nueve denuncias
(la mezzosoprano Patricia Wulf dio su nombre, qué valiente, la han
vapuleado), habló con otras seis mujeres que denunciaron proposiciones
incómodas, y casi una treintena de trabajadores de la ópera dijeron
haber presenciado “comportamiento inadecuado de índole sexual” por parte
del tenor. Una inquietante suma de datos.
Cierto, puede haber denuncias falsas. Es más, estoy segura de que dentro del ingente movimiento mundial del MeToo
las ha habido y las habrá. Somos humanos. Pero también estoy segura de
que se trata de un porcentaje mínimo e inevitable en la búsqueda de la
justicia. De hecho, sucede en todos los campos. Nuestro sistema
judicial, por ejemplo, también se equivoca y condena a inocentes. No lo
sabemos hacer mejor. Por eso, para intentar paliar los errores, creo
que, si no hay sentencia, no se debe anular contratos o despedir a los
denunciados. Pero otra cosa es la opinión que podemos tener de ellos. La
gran cineasta argentina Lucrecia Martel, presidenta del jurado del festival de Venecia, lo acaba de expresar muy bien con respecto a Roman Polanski,
otro personaje controvertido: “No voy a asistir a la proyección de gala
del señor Polanski porque (…) no querría levantarme para aplaudirle. Pero me parece acertado que su película esté en el festival, que haya
diálogo y se debatan estos asuntos”. Exacto. Hay que airear e iluminar
esas sombras. Con más inteligencia y más elegancia que la mayoría de sus
cacareantes defensores, Domingo declaró que “las reglas y valores por
los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo
eran en el pasado”.
Pues sí, pero no. Porque muchos, muchísimos hombres de ese mismo pasado
nunca se propasaron ni incomodaron a una mujer. Hay un amplio abanico de
tropelías que van desde lo nimio, el pelmazo guarro que hace todo el
rato comentarios procaces, hasta los criminales violadores de menores tipo Epstein.
¿Y cómo es posible que este escalafón de abusadores haya sido tan
común, tan pertinaz? Verán, lo hacen porque pueden. Porque, aun teniendo
noticias de sus actos, los demás no condenan. Porque ostentan el poder,
se creen guapos y magníficos, piensan que las chicas a las que ellos
escogen les deberían estar agradecidas. Por eso, si alguna les rechaza,
incluso la apartan (“esta tonta, qué se creerá”) sin apenas darse cuenta
de que eso es chantaje. Sí, lo hacen porque pueden. Y mientras haya
gente dispuesta a aplaudir ciegamente, seguirán haciéndolo.
Sin dar la cara, cualquiera puede atribuirle a otro una vileza,
impunemente. Pero hoy, los Estados, la prensa, la policía, alientan una
sociedad de delatores.
ME GUSTARÍA SABER desde cuándo y por qué las denuncias anónimas
tienen valor y merecen crédito, o la prensa “seria” se hace eco de ellas
y las aumenta y acaba por elevarlas a la categoría de “verdad”. Una
denuncia anónima ha sido siempre algo ruin y cobarde, a lo que se solía
hacer caso omiso. Sin dar la cara ni el nombre, cualquiera puede
atribuirle a otro una vileza, impunemente: no se arriesga a ser
desmentido, a que se le afee el infundio, a que el calumniado lo demande
por difamación. Hoy, lejos de condenarse, esas denuncias se fomentan, y
los Estados, la prensa, la policía, alientan una sociedad de delatores,
con todas las garantías para el delator. Se invita a la gente a que
denuncie a sus parientes, vecinos y conocidos, y a la vez nos
horrorizamos de esa misma práctica cuando la llevaba a cabo la Stasi. Lo que se mostraba en la película La vida de los otros
es lo que hoy propician nuestras democracias. Hay quienes sostienen que
esto está bien según el delito: abuso de menores, narcotráfico,
terrorismo, fechorías eclesiásticas, medioambientales o de corrupción. abuso de menores, narcotráfico, terrorismo, fechorías eclesiásticas,
medioambientales o de corrupción. Puede ser, pero es muy fácil que la
justificación de unos casos lleve rápidamente a la de todos. La línea es
tan delgada que más vale no intentar convertir a los ciudadanos en
soplones anónimos y arbitrarios, porque, si todos lo son, entonces
ninguno estamos a salvo. Cualquiera que nos tenga ojeriza o envidia, o
se sienta ofendido por nuestra existencia, nos la puede arruinar con
unas declaraciones a la prensa o unos tuits anónimos.
Hace poco este periódico dio una cobertura exagerada (dos páginas enteras el primer día) a los supuestos acosos de Plácido Domingo.
Uno iba leyendo la prolija información y se encontraba con que: 1) de
las nueve denunciantes sólo una daba su nombre; 2) ninguna había acudido
a la policía ni a un juez; 3) los hechos hoy aireados se remontaban a
veinte o treinta años atrás; 4) no se presentaban pruebas ni testimonios
imparciales, sólo las afirmaciones anónimas y las de la cantante
Patricia Wulf. La fuente era Associated Press. Que ésta sea una agencia
fiable significa poco si no aporta pruebas. También el New York Times
ha incurrido en pifias en más de una ocasión. Cualquier periódico
debería saber que lo mal hecho, mal hecho está, venga de donde venga.
Miraba uno en qué consistían las acusaciones. No he visto a Domingo más
que en televisión y no tengo ni idea de cómo es. Dando por buenas esas
acusaciones (y ya es dar), sería lo que comúnmente se llama “un ligón”. “Que alguien te esté cogiendo la mano durante un almuerzo de negocios es
raro, o que te ponga la suya en la rodilla”, dice una voz anónima. Bueno, yo no lo veo raro: indica que quien lo hace pretende ligar o es
“tocón”, como Mercedes Milá,
que no paraba de tocar a sus entrevistados sin aparente intención. Otra
voz asegura que Domingo le pidió insistentemente salir con ella. Eso
significa que le gustaba, pero no veo delito ni cerdada ahí. Siete de
las mujeres aseveran que sus carreras se vieron afectadas “por los
avances no consentidos de Domingo”. Me temo que eso no hay forma de
saberlo a ciencia cierta, y ningún avance puede ser consentido hasta que
la persona “avanzada” da o deniega su consentimiento. La gente
“prueba”, tanto hombres como mujeres —muchas mujeres, sí—, y hasta
anteayer era la forma natural y aceptada de ligar. Dos de las
denunciantes “sucumbieron” a las proposiciones del tenor. “¿Cómo le dices no a Dios?”, se pregunta una de ellas.
Dan ganas de contestarle: “Pues diciéndole que no. Y además, nadie ha
visto nunca a Dios”. La otra alega: “Me quedé sin excusas”, lo cual es
una alegación extraña, porque siempre se puede dejar una de excusas y
decir: “Es que no quiero y ya está”. ¿Acaso Domingo las forzó o amenazó? No,
al parecer sus felonías van de proponer tomar una copa a besar a una
mujer en la cara y “apoyar una mano en un lado de su pecho” (luego no
“en su pecho”); de coger a otra por la cintura cuando se cruzaban y
besarla “muy cerca de la boca” (luego no “en la boca”) a preguntar
reiteradamente: “¿Te tienes que ir a casa?” Wulf, víctima de esta
ofensiva pregunta, reconoce que Domingo no llegó a tocarla, “pero no
había duda de sus intenciones”. Uno se asombra de que ahora se juzguen
las intenciones y además estén penadas. Domingo puede que fuera un
pelmazo, pero no un depredador sexual.
¿Merecía todo esto dos páginas enteras y el linchamiento
subsiguiente? Ya he leído aquí mismo un par de artículos en los que,
oportunistamente, se juntaba a Domingo con el nunca condenado Woody Allen, Michael Jackson y el millonario Epstein,
involucrado en una red de menores. ¿Es todo lo mismo? Para los
inquisidores actuales, sí. EL PAÍS no podía silenciar la “noticia” de
Associated Press, pero sí haberle dedicado una modesta columna, hasta
ver si las acusaciones eran menos insustanciales.
El daño ya está hecho, sin embargo, y Domingo no se quitará jamás el
sambenito de “acosador sexual”. Por ocho denuncias despreciablemente
anónimas y la de Wulf, a la que el cantante no llegó a tocar. Basta de
juicios populares precipitados y condenatorios, por favor.
El ex primer ministro francés contrae matrimonio con la heredera de Almirall, Susana Gallardo.
Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, a su llegada a la finca privada de Menorca donde contrae matrimonio Manuel Valls.DAVID ARQUIMBAU (EFE)
El ex primer ministro francés y actualmente concejal del Ayuntamiento de Barcelona, Manuel Valls, y la heredera de los laboratorios Almirall, Susana Gallardo, festejan este sábado en Menorca su matrimonio. El convite de la boda se celebra en la finca propiedad de Gallardo
ubicada en Binidalí, en Mahón. Anoche, ambos recibieron al centenar de
invitados a la celebración con un cóctel en las Bodegas Binifadet,
situadas en una zona rural del término municipal de Sant Lluís y
rodeadas deviñedos. Los asistentes, entre los que se encuentra el escritor Mario Vargas
Llosa, Isabel Preysler e importantes empresarios, como el propietario de
Naturhouse, Félix Revuelta, y el presidente del Grupo Planeta y
Atresmedia, José Creuheras, han accedido al recinto a través de una
entrada privada. Los distintos invitados han llegado en vehículos
particulares, de alquiler, minibuses e incluso en taxi. Desde un punto del exterior se ha podido observar las carpas
que se han instalado para celebrar la fiesta nupcial. Diferentes
empresas locales han acudido durante la mañana a la finca para ultimar
los preparativos. La fiesta de la boda se alargará hasta las 3:00 horas. El acto final del enlace llegará este domingo en un almuerzo informal
en el Club Náutico de Binisafua, Sant Lluís.