Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 jul 2019

El secreto de la creatividad o cómo Paul McCartney compuso ‘Yesterday’ tras un sueño

El neurocientífico Mariano Sigman explica en este capítulo de la serie 'Sé lo que estás pensando', de 'Materia' y EL PAÍS Vídeo, la asociación entre la imaginación y el descanso.

La nueva entrega de 'Sé lo que estás pensando' dedicada a la creatividad.

¿Cómo lograr que se nos ocurran estas ideas creativas que son tan difíciles de encontrar, pero que una vez encontradas parecen obvias, magnificas, claras, potentes?

 Es decir, ¿cómo hacer para ser creativo? 

Comencemos con una advertencia necesaria: no hay, por muchos que se encarguen de pregonarla una fórmula universal de la creatividad. 

Hay algunos elementos que, si bien no aseguran la creatividad, la hacen mucho más probable. 

Y en esta entrega de 'Sé lo que estás pensando' nos ocuparemos de uno de ellos, uno que hará muy feliz a los militantes de la pereza: el sueño. 

Mientras dormimos, el cerebro ni se apaga ni trabaja a media máquina. 

Al contrario, funciona a pleno consumiendo tanta energía como durante la vigilia.

 Y muchas historias sugieren que el sueño es de hecho una usina creativa.

 Quizás la más extraordinaria sea la de Paul McCartney que cuenta que despertó de un sueño con una melodía.

 Apurado, para no olvidarla, le puso una letra sobre unos huevos revueltos y solo un tiempo después, le dio la letra que hoy todos conocemos: Yesterday

La que quizás sea la canción más famosa del siglo XX, nació en un sueño.

Sé lo que estás pensando es una serie sobre los enigmas del cerebro. 

 Si has conocido a una persona que parece idónea y sin embargo algo te dice que desconfíes.

 O te enfadas mucho por cosas que, si las piensas en frío, no valen tanto la pena.

 Somos muchos en esta lista. La ciencia observa, indaga, pregunta, investiga, para descubrir estas formas que nos relacionan de maneras tan particulares. 

De eso trata Sé lo que estas pensando, de teñir de ciencia preguntas de todos los días, sobre cómo somos, sobre nuestras virtudes y nuestros demonios.

29 jul 2019

Renée Zellweger, de la toxicidad de Hollywood a su cirugía estética

La actriz regresa tras un tiempo alejada de los focos. "Sentí que estaba perdiendo mi identidad", asegura.

 

La actriz Renée Zellweger. En vídeo, el tráiler de 'Judy', la película que se estrena en septiembre donde Zellweger interpreta a Judy Garland.
Después de haber desaparecido durante varios años, Renée Zellweger regresa con la serie Dilema y explica los motivos de su ausencia de Hollywood en una entrevista a Closer. "Sentí que estaba perdiendo mi identidad.
 Ya no podía soportar ese entorno, ya no podía mantenerme. 
Hollywood es un universo en el que puedes perder rápidamente tu rumbo.
 Realmente me gustó el trabajo de ser actriz, pero no pude soportar nada de lo que le rodea. 
Tuve la suerte de darme cuenta de que una carrera no tiene importancia en relación con la vida en general", ha explicado la actriz, que en abril cumplió 50 años.
"Sentí que me había convertido en una especie de impostora", ha añadido.
 "Ya no podía mirarme más, pero tampoco escucharme hablar.
 Era hora de que me tomara un descanso.
 Sentí la necesidad de entrar en una especie de silencio para escuchar mejor a los demás y comprender mejor la vida. Dejando Hollywood, me hice más fuerte.
 Aprendí mucho de esta experiencia y me permitió volver a Hollywood con otro estado de ánimo", ha sostenido.
 Zellweger ha elegido la televisión para su regreso y no el cine. "Ya no hay distinción entre cine y televisión.
 Hemos llegado a un punto en que los programas de televisión pueden tener incluso mayor calidad que las películas", ha aclarado.
Renée Zellweger en una escena de 'Dilema'. En vídeo, el tráiler de la serie.
La actriz, tantas veces escrutada por sus cambios estéticos, también ha hablado de esta polémica.
 "Puede sorprender, pero no me han tocado esas críticas. Admito, sin embargo, que este periodo me resultó extremadamente violento, pero creo que me hizo aún más fuerte. 
De hecho, es bastante extraño, pero estos comentarios me hicieron sentirme mejor conmigo misma, aprendiendo más sobre quién era yo como mujer, como persona".
Lejos de Hollywood, la actriz pasó mucho tiempo con su familia, estudió y trabajó para organizaciones benéficas. "Hace mucho tiempo que quería dedicarme a asociaciones que luchan por la defensa y protección de las mujeres en todo el mundo. 
Por eso pasé un tiempo en Liberia desarrollando un programa escolar para mujeres jóvenes".

También le gusta mucho correr. "Me di cuenta de que esta actividad física me permitió eliminar mi estrés, mi fatiga y mis ansiedades", ha explicado.
Sobre su vida personal asegura que ser famosa no ha tenido un impacto negativo en su vida amorosa.
 "Creo que cada relación está influenciada por el trabajo y la vida en general. 
Es algo que es bastante humano. 
Sin embargo, está claro que es mejor en una relación alejarse de este entorno que puede ser muy tóxico".

Joan Baez entona en Madrid la canción del adiós

 

La neoyorquina escoge la capital española para el último concierto de sus 59 años de carrera y se muestra emotiva, serena, humilde y extraordinariamente generosa.

 

Joan Baez durante su concierto de despedida anoche en la V edición de Universal Music Festival. En vídeo, un fragmento de su interpretación del tema 'Llegó con tres heridas' de Joan Manuel Serrat. Vídeo: Atlas
“Este es mi último concierto de mi última gira”, anunció Joan Baez a la media hora justa de recital, por si quedaba algún despistado entre los 1.750 asistentes que habían agotado el papel en el Teatro Real madrileño.
 Lo dijo sin atisbo de dramatismo y con tanta naturalidad que aprovechó justo ese momento para deshacerse de las sandalias y pisar con los pies desnudos el último de sus más de 5.000 escenarios. 
Asumir el final no es el más dulce de los platos, pero la sabiduría ayuda a interiorizar los ciclos de la vida. Y esta vez asumíamos el inmenso honor de sentarnos frente a una mujer inmensamente sabia.
Si nada o nadie lo remedia, Baez se subió este domingo por última vez a unas tablas. 
No es el Real un mal sitio para despedirse, desde luego: hermoso, distinguido, con ringorrango y una acústica inmaculada.
 Joan sigue tan linda y estilosa como de costumbre, cabellera nívea a juego con la chaqueta, espléndida a sus 78 primaveras, cristalina en su timbre e inquebrantable en el compromiso con las causas justas, que a menudo coinciden también con las perdidas.
 No hay carencias o limitaciones que obliguen a esta retirada, más allá del legítimo anhelo de sosiego e introspección para encarar el último tramo del camino. 
Pero la ilustrísima Joan Chandos se hace a un lado sin que nadie pueda formularle un solo reproche de enjundia ni a su integridad ni a su expediente. 
La decisión del adiós está tomada y, parafraseando la canción que le servía de apertura, no tiene por qué pensárselo dos veces.
 Así está bien.


Don’t Think Twice, It’s Alright constituyó solo la primera incursión en el repertorio de Dylan, de quien nuestra protagonista fue pareja y musa. 
Se sucederían más tarde It Ain’t Me Babe (en una lectura particularmente hermosa, gracias a los sutiles arabescos de Dirk Powell con la guitarra eléctrica), y Forever Young, aunque a la nómina también podría de alguna manera añadirse Diamonds & Rust. 
 Un catálogo de fascinaciones, reproches y cicatrices sobre la relación con el bardo y la oportunidad magnífica para deleitarnos con la intersección entre las voces de Joan y Grace Stumberg, una de sus innumerables jóvenes herederas.
Es curioso que estos Diamantes fueran durante la única aportación de Baez en toda la noche como autora, otro detalle que refrenda su generosidad y talante humilde después de 59 años de trayectoria discográfica.
 La neoyorquina quiso dedicarle sus últimos 87 minutos de oficio a algunos de los hombres que han definido no solo su obra musical, sino su mirada hacia este mundo apasionante y turbulento que nos ha tocado en suerte,
 Y eso incluye a Leonard Cohen (Suzanne), Donovan (Catch the Wind), Kris Kristofferson (Be and Bobby McGee), Lennon (Imagine) o Paul Simon (The Boxer), pero también a luminarias menos populares como Earl Robinson, cuyo Joe Hill hizo fortuna entre la brigada Abraham Lincoln para la resistencia antifranquista.
Una debilidad absoluta para nuestra dama, que conste. 
“La canté en Woodstock; la he cantado en cualquier parte del mundo, con gobiernos de izquierdas o de derechas, y la sigo tarareando en la ducha”, enumeró.
 Y otro ejemplo de que el cancionero de Joan nunca consentiría un significante carente de significado.
 Ya había sucedido minutos antes con Deportees, de Woody Guthrie, tan vigente como parapeto frente a quienes con tanto desparpajo pregonan ahora su odio.
 “No es tiempo de construir muros”, anotó Baez, “sino de alimentar al hambriento y vestir a quien está desnudo“.
La generosidad de esta mujer admirable se reafirmó con la invitación a Amancio Prada para cantar en buen gallego Adiós ríos, adiós fontes, aquella despedida de Rosalía de Castro que en una ocasión como esta sonaba aún más ‘morriñenta’. 
Igual que era difícil no sentir esta vez un escalofrío con un verso particularmente conmovedor de The Boxer: 
 “Me estoy marchando, pero el fuego aún permanece”. 
Pero Joan Baez rehuyó el drama y el sentimentalismo.
 Solo dijo estar “alegre, pero triste” y Gracias a la vida, el clásico de Violeta Parra escogido como último título antes de los bises, sonó más grácil, amable y andino que elegíaco.
Ni siquiera quiso Baez hacer especial hincapié en que Gabriel Harris, el percusionista de su trío acompañante, fuese su propio hijo.
 No hubo ni una sola lágrima en esta página para la historia que se marca el Universal Music Festival; si acaso, algún que otro temblor.
 Llegó la última tanda de bises, con No nos moverán, Donna, donna y Dink’s Song, y el último estribillo, 
“Adiós, mis amigos, adiós”, quedó prendido en un viento esta vez más mesetario que dylanita. 
 Porque seguimos sin encontrar muchas respuestas decisivas, solo que a partir de hoy ni siquiera contaremos con la ayuda de Joan Baez para buscarlas.



 

Lastra: “Meritxell dice que Podemos pide un receso”. El presidente: “No, no”

EL PAÍS reconstruye los contactos, llamadas y reuniones entre dirigentes del PSOE y Podemos que desembocaron en el fracaso de la investidura.

Pedro Sánchez, junto a Carmen Calvo y Josep Borrell, esperan la intervención de Pablo Iglesias en el Congreso. En vídeo, los partidos emergentes capean las críticas internas y buscan su sitio tras la investidura fallida.
— Pablo, estamos aquí, ¿dónde estáis?
Son las 18.10 del sábado 20 de julio.
 Quedan menos de 48 horas para que empiece la investidura. Carmen Calvo está sentada en una sala discreta de un hotel cerca de San Sebastián de los Reyes.
 Ha elegido ese lugar porque tiene una cita en La Sexta Noche a las 21.30.
 En esta ciudad residencial, a 18 kilómetros al norte de Madrid, están los estudios de Atresmedia. 
Un lugar sin mística vivirá el arranque de la negociación para el primer Gobierno de coalición de la izquierda española desde la Segunda República.
 La acompañan Adriana Lastra y María Jesús Montero. 
Pero enfrente no hay nadie.
 Solo Pablo Echenique, el negociador de Podemos, al otro lado del teléfono. 
Han quedado a las 18.00. Pero ni él ni su compañera Ione Belarra aparecen.
— Vicepresidenta, estoy en mi casa. 
Ya te he dicho que si no nos dais garantías de que no habrá vetos y de que Irene Montero tendrá una vicepresidencia, no podemos empezar la negociación.
 
Ambos llevan toda la mañana discutiendo sobre este tema. Calvo le dice que quiere una negociación abierta, que se sienten a hablar de todo, sin líneas rojas. Él necesita garantías para saber que va en serio.
— De acuerdo, Pablo, no habrá vetos. Irene estará y tendrá una vicepresidencia social.

— Entonces cojo un coche y vamos para allá.
Pero en el caso de Echenique, eso no es tan fácil. 
Primero tiene que movilizar a un compañero que le lleva en un coche adaptado.
 Al final llega a las 19.30. Belarra está allí antes.
Arranca todo muy mal. 
Y Calvo tiene que irse enseguida a la televisión, clave en la batalla por el relato que sobrevolará todas las negociaciones.
Pedro Sánchez nunca vio clara la coalición y Podemos nunca quiso que su líder se retirara.
 Ambos parten de un desgarro.
 La relación entre el presidente y Pablo Iglesias está muy deteriorada en ese momento.
 Los antecedentes de esta cita no pueden ser peores. 
Pero fuera hay mucha presión para que se pongan de acuerdo. 
Y con el paso al costado de Iglesias, el PSOE ya no tiene ninguna excusa para no negociar. Van forzados, pero empiezan a intentarlo

Cuando acaba su intervención en La Sexta. Calvo vuelve al hotel para seguir. Acaban a medianoche, sin muchos avances. 
No hay manera de concretar. 
Echenique envía entonces un documento, que el Gobierno hizo público el miércoles, cuando dio por rotas las negociaciones —cambiando desde un ordenador de vicepresidencia la palabra “propuestas” por “exigencias”, algo que indignó a Unidas Podemos— en el que plantean una vicepresidencia y cinco ministerios, entre ellos Hacienda, Trabajo y Transición Ecológica. Sánchez no piensa ceder ahí. 
Ni siquiera en Trabajo, que al final será el gran obstáculo.
I glesias se quedó con la idea de que había espacio para negociar. Y le dijo que renunciaba a los ministerios de Estado. 
Salió encantado. “Nos hemos puesto de acuerdo en que tenemos que ponernos de acuerdo”. Sánchez también quedó satisfecho.
 Los dirigentes socialistas empezaron a asumir la idea de que habría coalición blanda, con unos pocos ministerios para Podemos.
Todo cambió la noche de las municipales, el 26 de mayo. 
Podemos sufrió un batacazo muy superior a lo esperado y la izquierda perdió Madrid. Iglesias salió muy debilitado
. Íñigo Errejón, que pasó de ser su mejor amigo a su mayor rival, le ganó la partida claramente en la comunidad en que crecieron e inventaron Podemos.
El equipo de Sánchez vio enseguida esa debilidad. 
Y estuvo casi tres semanas sin llamarle, mientras se movían para ver si el PP y Ciudadanos estaban dispuestos a abstenerse.
 Sánchez e Iglesias no se volvieron a reunir hasta el 11 de junio. Ahí el presidente le dejó muy claro que no habría coalición. Pactaron un término ininteligible: 
Gobierno de cooperación.
 Era una patada hacia adelante. Iglesias ya amenazaba en ese momento con montar una consulta entres sus bases para plantear el “no” si Sánchez rechazaba de forma tajante la coalición. Ambos jugaban muy fuerte, y pasaban los días. 
Pero nadie podía permitirse el lujo de romper.

“Principal escollo”

El presidente explicaba entonces a su partido, en algunos casos inquieto ante la posibilidad de repetición electoral, que no veía la entrada de Podemos en el Gobierno.
 Y mucho menos de Iglesias.
 Pero a él nunca le dijo abiertamente: “Si te apartas aceptamos ministros tuyos”. 
 Hasta la recta final, cuando lo lanzó en televisión, a cuatro días de la investidura: “Iglesias es el principal escollo” para un Gobierno de coalición. 
Fue entonces cuando le acusó incluso de no defender la democracia por hablar de presos políticos en la crisis catalana. 
El líder de Podemos respondió con un movimiento que casi nadie esperaba. 
Aceptó el envite.
 Se apartó y decidió que el precio subía mucho con su retirada.
Lastra: “Meritxell dice que Podemos pide un receso”. El presidente: “No, no”



Todo indica que Iglesias tiene en su cabeza ese ministerio para Yolanda Díaz, histórica líder de IU en Galicia, de familia comunista, hija de un conocido dirigente sindicalista gallego, Suso Díaz, exsecretario general de CC OO en esa comunidad. Su tío Xosé también es otro histórico del sindicalismo.
 Ella se ha criado desde niña en la lucha sindical de los astilleros de Ferrol. Todo un símbolo. 
Iglesias cree que su retirada tiene que valer al menos eso.
Sánchez e Iglesias ya hablaron de Trabajo el 7 de mayo, en su primera cita tras las elecciones.
 El presidente parecía entonces más dispuesto a dar algunos ministerios menores.
 Pero avisó: nunca le dejaría los de Estado, tampoco Hacienda ni Trabajo. 
Entonces hablaron de Juventud, Industria y la presidencia del Congreso.
 Pero no se cerró nada.

— Pablo, estamos aquí, ¿dónde estáis?
Son las 18.10 del sábado 20 de julio. Quedan menos de 48 horas para que empiece la investidura. Carmen Calvo está sentada en una sala discreta de un hotel cerca de San Sebastián de los Reyes. Ha elegido ese lugar porque tiene una cita en La Sexta Noche a las 21.30. En esta ciudad residencial, a 18 kilómetros al norte de Madrid, están los estudios de Atresmedia. Un lugar sin mística vivirá el arranque de la negociación para el primer Gobierno de coalición de la izquierda española desde la Segunda República. La acompañan Adriana Lastra y María Jesús Montero. Pero enfrente no hay nadie. Solo Pablo Echenique, el negociador de Podemos, al otro lado del teléfono. Han quedado a las 18.00. Pero ni él ni su compañera Ione Belarra aparecen.
— Vicepresidenta, estoy en mi casa. Ya te he dicho que si no nos dais garantías de que no habrá vetos y de que Irene Montero tendrá una vicepresidencia, no podemos empezar la negociación.
Ambos llevan toda la mañana discutiendo sobre este tema. Calvo le dice que quiere una negociación abierta, que se sienten a hablar de todo, sin líneas rojas. Él necesita garantías para saber que va en serio.
— De acuerdo, Pablo, no habrá vetos. Irene estará y tendrá una vicepresidencia social.
— Entonces cojo un coche y vamos para allá.
Pero en el caso de Echenique, eso no es tan fácil. Primero tiene que movilizar a un compañero que le lleva en un coche adaptado. Al final llega a las 19.30. Belarra está allí antes.
Arranca todo muy mal. Y Calvo tiene que irse enseguida a la televisión, clave en la batalla por el relato que sobrevolará todas las negociaciones.
Pedro Sánchez nunca vio clara la coalición y Podemos nunca quiso que su líder se retirara. Ambos parten de un desgarro. La relación entre el presidente y Pablo Iglesias está muy deteriorada en ese momento. Los antecedentes de esta cita no pueden ser peores. Pero fuera hay mucha presión para que se pongan de acuerdo. Y con el paso al costado de Iglesias, el PSOE ya no tiene ninguna excusa para no negociar. Van forzados, pero empiezan a intentarlo.
Cuando acaba su intervención en La Sexta. Calvo vuelve al hotel para seguir. Acaban a medianoche, sin muchos avances. No hay manera de concretar. Echenique envía entonces un documento, que el Gobierno hizo público el miércoles, cuando dio por rotas las negociaciones —cambiando desde un ordenador de vicepresidencia la palabra “propuestas” por “exigencias”, algo que indignó a Unidas Podemos— en el que plantean una vicepresidencia y cinco ministerios, entre ellos Hacienda, Trabajo y Transición Ecológica. Sánchez no piensa ceder ahí. Ni siquiera en Trabajo, que al final será el gran obstáculo.
Todo indica que Iglesias tiene en su cabeza ese ministerio para Yolanda Díaz, histórica líder de IU en Galicia, de familia comunista, hija de un conocido dirigente sindicalista gallego, Suso Díaz, exsecretario general de CC OO en esa comunidad. Su tío Xosé también es otro histórico del sindicalismo. Ella se ha criado desde niña en la lucha sindical de los astilleros de Ferrol. Todo un símbolo. Iglesias cree que su retirada tiene que valer al menos eso.
Sánchez e Iglesias ya hablaron de Trabajo el 7 de mayo, en su primera cita tras las elecciones. El presidente parecía entonces más dispuesto a dar algunos ministerios menores. Pero avisó: nunca le dejaría los de Estado, tampoco Hacienda ni Trabajo. Entonces hablaron de Juventud, Industria y la presidencia del Congreso. Pero no se cerró nada.
Iglesias se quedó con la idea de que había espacio para negociar. Y le dijo que renunciaba a los ministerios de Estado. Salió encantado. “Nos hemos puesto de acuerdo en que tenemos que ponernos de acuerdo”. Sánchez también quedó satisfecho. Los dirigentes socialistas empezaron a asumir la idea de que habría coalición blanda, con unos pocos ministerios para Podemos.
Todo cambió la noche de las municipales, el 26 de mayo. Podemos sufrió un batacazo muy superior a lo esperado y la izquierda perdió Madrid. Iglesias salió muy debilitado. Íñigo Errejón, que pasó de ser su mejor amigo a su mayor rival, le ganó la partida claramente en la comunidad en que crecieron e inventaron Podemos.
El equipo de Sánchez vio enseguida esa debilidad. Y estuvo casi tres semanas sin llamarle, mientras se movían para ver si el PP y Ciudadanos estaban dispuestos a abstenerse. Sánchez e Iglesias no se volvieron a reunir hasta el 11 de junio. Ahí el presidente le dejó muy claro que no habría coalición. Pactaron un término ininteligible: Gobierno de cooperación. Era una patada hacia adelante. Iglesias ya amenazaba en ese momento con montar una consulta entres sus bases para plantear el “no” si Sánchez rechazaba de forma tajante la coalición. Ambos jugaban muy fuerte, y pasaban los días. Pero nadie podía permitirse el lujo de romper.

“Principal escollo”

El presidente explicaba entonces a su partido, en algunos casos inquieto ante la posibilidad de repetición electoral, que no veía la entrada de Podemos en el Gobierno. Y mucho menos de Iglesias. Pero a él nunca le dijo abiertamente: “Si te apartas aceptamos ministros tuyos”. Hasta la recta final, cuando lo lanzó en televisión, a cuatro días de la investidura: “Iglesias es el principal escollo” para un Gobierno de coalición. Fue entonces cuando le acusó incluso de no defender la democracia por hablar de presos políticos en la crisis catalana. El líder de Podemos respondió con un movimiento que casi nadie esperaba. Aceptó el envite. Se apartó y decidió que el precio subía mucho con su retirada.
Lastra: “Meritxell dice que Podemos pide un receso”. El presidente: “No, no”
Es domingo ya, y la negociación empieza a ponerse muy complicada.
 Y eso que llevan muy poco tiempo. 
En Alemania la CDU y el SPD estuvieron casi seis meses. En la Comunidad Valenciana o Andalucía, varias semanas.
 Pero aquí, después de 80 días de bloqueo, solo hay cinco días. Y tres de ellos con plenos. 
En total, los negociadores se ven 20 horas repartidas en cuatro reuniones.
 Una de ellas fue de solo 20 minutos. Iglesias y Sánchez jamás se citaron. Solo hablaron por teléfono y muy poco.
Mientras Calvo y Lastra pelean con Echenique por la estructura de Gobierno, María Jesús Montero y Belarra se concentran en la negociación programática, en la que no hay grandes obstáculos. Cuando todo se fue al garete, había más de 100 folios trabajados —aunque no cerrados— sobre la base del acuerdo presupuestario de 2018 que hicieron Montero, Echenique y Belarra sin tanto drama y con gran discreción.
El PSOE pone encima de la mesa ministerios, siempre por separado, siempre como opciones, uno u otro.
 El punto de acuerdo parece una vicepresidencia y tres ministerios para Podemos. 
Echenique, como buen científico, apela a los números.
 Dice que por votos, que fueron la mitad que los del PSOE, les correspondería un tercio del total de ministros. 
 “En proporcionalidad estricta tendríamos que tener 5.66 ministerios sobre los 17 que hay”, explica.
 Pero finalmente aceptan quedarse en cuatro, la vicepresidencia y otros tres.
 La discusión es cuáles, y sobre todo con qué competencias y margen de actuación política.

Da la impresión de niños caprichosos jugando a las chapas....y eso nos lo tenemos que tragar porque Iglesias quiere que Montero sea vicepresidenta......