HACE ALGUNOS MESES, en una cena con amigos, alguien preguntó cuál nos
parecía el mayor invento de la historia.
La electricidad, la imprenta,
la microelectrónica, empezaron a enumerar.
Yo dije: el alfabeto.
Porque
¿qué habría sido de la humanidad sin esa capacidad para comunicarnos
a distancia, para almacenar datos, para compartirlos, para registrar la
realidad, para reinventarla y embellecerla a través de la palabra
escrita?