Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 jul 2019

Todo en ti fue naufragio..................Juan Jose Millas

Todo en ti fue naufragio.

 

 Juan José Millás

Todo en ti fue naufragio
SI UN MARCIANO enviado a nuestro planeta tuviera que volver a su nave con una representación gráfica de nuestra cultura, podría elegir esta. 
 Parece diseñada para serigrafiarla en las camisetas de verano.  
Ya conocen la historia: el padre llevó a la niña a nado hasta la orilla de la prosperidad, le dijo que no se moviera y regresó a la orilla del infortunio para ayudar a su mujer.
 La cría, al verse sola, se lanzó al agua tras la estela del padre, quien, al ver cómo era engullida por la corriente, acudió a socorrerla.
 No sabemos si fue iniciativa de la niña esconderse bajo la camiseta del hombre, sacando un brazo, el derecho, por la abertura del cuello, o si fue el hombre, al ver el terror de la niña, quien la invitó a cobijarse bajo su prenda para que expirara sintiéndose protegida. 
No tenemos ni idea de lo que ocurrió en aquellas aguas del río Bravo, que separan México de Estados Unidos.
Ignoramos qué se dijeron o dejaron de decir el padre y la hija o si les dio tiempo a mirarse a los ojos mientras la esposa del hombre y madre de la pequeña asistía, espantada, al espectáculo desde el lado del infortunio. Debieron darse unos instantes de afecto y de pavor bajo la indiferencia del mundo, que siguió su curso con la naturalidad con la que las aguas del río seguían el suyo.
 Ya cadáveres, la corriente los arrojó a la orilla transformados en un extraño ser de dos cuerpos y varios brazos de diferentes tamaños.
 Si se fijan ustedes, advertirán que junto a la pareja hay varios botes de refrescos abandonados, como si se tratara de un vertedero. Todo en ti fue naufragio.  

Consuelo y milagro.................Rosa Montero......

¿Qué habría sido de la humanidad sin el alfabeto y la capacidad que nos confiere para comunicarnos a distancia y registrar y reinventar la realidad?.

El primer alfabeto lo crearon los trabajadores semitas en Egipto hace 4.000 años. 
Ese protoalfabeto fue desarrollado después por los fenicios y refinado por los romanos: las manchitas de tinta que hoy depositamos alegremente sobre el papel tienen detrás una larga historia.
 Aprender a escribir es algo formidable.
 Es una de esas cosas dificilísimas que hacemos sin darnos cuenta de su complejidad (otra es andar). 
Y la escritura está tan íntimamente relacionada con lo que somos, es algo tan personal y tan ligado a todos los rasgos y accidentes de nuestra vida, que no hay dos letras iguales.
 El prestigioso Laboratorio del Servicio Postal de Estados Unidos realizó un estudio durante varios años sobre 500 parejas de gemelos y mellizos, y descubrió que, pese a compartir genes y biografías, la letra de los hermanos no se parecía más entre sí que la de cualquier pareja de individuos. 
La escritura es tan única como una huella digital, pero, a diferencia de ésta, se ve alterada por las circunstancias (como, por ejemplo, una noche sin dormir) y puede cambiar mucho a lo largo de los años. 
Nuestra letra es un espejo de nuestra existencia.
 Pensaba en todo esto en París, hace unas semanas, mientras visitaba una preciosa exposición de la Biblioteca Nacional de Francia: Manuscrits de l’extrême, Manuscritos de lo extremo, una colección de textos redactados en circunstancias críticas.
 Divididos en cuatro apartados (Prisión, Pasión, Posesión y Peligro), la muestra exponía diarios de duelo, verdaderos sollozos atrapados por la punta de la pluma; billetes amorosos con dibujos obscenos que parecían temblar de deseo; textos agónicos y apresurados escritos en la tenebrosa antesala de la ejecución; diminutas tiras de papel cubiertas con una letra microscópica, sólo visible con lupa, anotadas clandestina y heroicamente desde la indefensión del prisionero. 
Había autores famosos y otros anónimos, pero todos los mensajes nacían de la urgencia más absoluta, casi diría de la necesidad de expresarse o morir. 
La escritura como salvación hasta de lo insalvable.
Algunos de los textos redactados en la cárcel estaban hechos con la propia sangre y sobre pedazos de camisas, porque no disponían de otra cosa:
 si se exponían a tanto para garrapatear esas palabras ansiosas, ¡qué importante tenía que ser para ellos! 
Me impresionó un pequeño libro de horas de María Antonieta; en una hoja en blanco había una nota fechada a las 4.30 del 16 de octubre de 1793, es decir, del día en que iba a ser guillotinada a los 37 años de edad: 
“Dios mío, tened piedad de mí, mis ojos no tienen más lágrimas para llorar por vosotros, mis pobres niños. Adiós, adiós”, escribió en francés. 
Y después, la firma, grande, entintada, temblorosa. 
Un último mensaje para sus hijos que escondió entre las páginas de su librito de rezos.
Me estremecieron especialmente los textos de enfermos mentales, abigarrados, alienígenas, heridos por el negro terror del dolor psíquico.
 Y también una impactante frase escrita a toda prisa bajo el asiento de una silla de madera utilizada en los interrogatorios de la Gestapo: “Con todo el afecto a mis camaradas femeninas y masculinos que me han precedido y que me seguirán en esta célula. Que conserven su fe. Que Dios evite este calvario a mi amada novia”.
 Imagino al miembro de la Resistencia anónimo o anónima que garabateó estas palabras entre torturas y se me encoge el ánimo.
 Y al mismo tiempo, ¡qué hermosa, qué conmovedora esa esperanza en la escritura como instrumento de supervivencia! Más allá de la muerte y del infierno en vida están el consuelo y el milagro de la palabra.
 En el tranquilo placer de las lecturas de este agosto, pensaré en el poder que nos otorga la escritura.
 Feliz verano y hasta septiembre.  



La%20ciudad%20secreta%20de%20los%20libros

A punto de clavarme una bayoneta



 Uno procura esclarecer lo que se somete a su juicio, emite una opinión sólo si se le pregunta. Pero nada de esto acostumbra a darse en la verborrea actual.

 

UNA VEZ MÁS me disculpo por haber hablado de esto con anterioridad, no sé si aquí o en un sitio lejano.
 Vaya en mi descargo que esta es la última columna de la temporada, que todos llegamos sin gasolina a estas fechas y que los dejaré en paz todo el agosto y quién sabe si más.
 Lo cierto es que durante el periodo “límbico” del que hablé hace dos domingos (no han sido diez días, sino bastantes más), aún más mermado de facultades y defensas mentales de lo que suelo estarlo, me he visto expuesto a un fenómeno viejo como el mundo pero que cada año adquiere dimensiones mayores: la gente habla. 
Habla de manera incontenible y sin cesar.
 No toda la gente, claro, pero un elevado número de personas están poseídas por una verborrea irrefrenable y superior a su voluntad, con frecuencia sin propósito ni dirección.
 Si uno tiene un problema (y mi demorada estancia en un limbo indica que lo he tenido o lo tengo), sea la pérdida de alguien querido, el disgusto consiguiente a una decepción o traición, una cuestión de salud o una crisis laboral, tanto da…; tras la primera pregunta de rigor (“¿Qué te pasa?”), apenas empieza uno a responder tres palabras cuando toda esa gente bienintencionada decide no enterarse ni escuchar más y pasa, de inmediato, a contarle a uno lo que le sucedió años atrás (puede guardar cierta semejanza con lo que uno padece o en absoluto), o bien a una prima, o a una tía, o a un vecino. 
En modo alguno hay interés por conocer lo que a uno lo aqueja, en saber la índole de su desen­gaño o tristeza.
 Tras las tres palabras —en realidad preliminares—, esa gente “caza” la oportunidad al vuelo y se lanza a relatar vicisitudes remotas, es decir, su experiencia o la de algún conocido, y por supuesto a hacer recomendaciones de todo tipo: 
“Pues a mí lo que me funcionó fenomenal fue…”, o “A mi hermana la sacó del pozo pescar, o pintar…”, o “¿Y un psicólogo? ¿Y un nigromante muy bueno que conozco yo? 
¿Y un gurú que te hace abstraerte de todo, de ti mismo y del mundo y del tiempo, qué tal eso? 
Te deja en un estado semivegetativo muy dulce, te vacía la mente, te hace sobrevolar la situación hasta que se pierde de vista y ya está”.
 De nada sirve que uno, con su escasa voluntad, balbucee que no soporta a los psicólogos (en principio, y salvo a mi cuñada Marga),que no se fía un pelo de los nigromantes y detesta a los gurúes (a los que daría de tortas, siempre en principio y metafóricamente). 
Que ya tiene la mente medio vaciada por su actual malestar y no desea vaciarla más; ni abstraerse del mundo, ni quedar en estado semivegetativo ni semicanino siquiera; que odia volar y todavía más sobrevolar.
 Las personas insisten, y “No, gracias” es como si no se oyera.
 A uno lo van a convencer cueste lo que cueste.
 Me desconciertan los que sueltan: “No quiero ser pesado ni insistente, pero…” 
Pero “lo soy, porque sé lo mejor para ti”. Esto es sólo la primera parte.
 Una vez librada la agotadora escaramuza (lo que uno menos necesita), una vez derrotado en realidad, me encuentro a menudo con retahílas de historias, episodios, anécdotas, pormenores, a veces la vida completa, y mientras intercalo breves comentarios de cortesía (“Ya… Ya… Pues vaya… Qué raro… Pues no sé… Ya veo… Hay que ver… Qué cosa…”), me descubro pensando:
 “Pero ¿qué me están contando?” Y sobre todo: “¿Y por qué motivo?” 
Suelen ser historietas —ni siquiera desahogos de problemas— que ni me van ni me vienen, que no me atañen y sobre las que tampoco se me pide opinión ni consejo ni guía ni ayuda ni orientación.
Uno procura esclarecer lo que se somete a su juicio, Pero nada de esto acostumbra a darse en la verborrea actual. 
Son discursos divagatorios o plagados de detalles irrelevantes y superfluos, o ametralladoras modelo Colau-Iglesias-Montero. Pocos van al grano. 
Muchos olvidan lo que empezaron a contar y se extravían por las bocacalles en las que se adentran, que a su vez los conducen a otras menores y menores hasta el infinito.
 En esas ocasiones hago educadas tentativas de “reconducir” el relato: 
“Ya, pero me estabas contando lo de tu mujer, no lo de la cuñada de ese vecino tan desagradable que sólo saluda a su caniche y que no sé por qué se ha colado en el cuento hace diez minutos…” Raramente tengo éxito, o es efímero.
 He estado a punto de clavarme en un brazo alguno de los puñales o bayonetas que puntualmente me regala Pérez-Reverte en Reyes o Navidad. 
Menos mal que sus armas de fuego son réplicas inofensivas, porque siempre es más fácil un tiro rápido que una hoja de acero, así que me he librado de la tentación. 
Ignoro a qué se debe el incremento de soliloquios y monólogos. Quizá mucha gente esté muy sola pese a sus pléyades de primos, cuñados, vecinos y colegas.
 Quizá sea una prueba más del narcisismo desatado por las redes sociales en nuestra época,del egocentrismo exacerbado que nos afecta a todos en mayor o menor grado, y a nuestros políticos memos en el máximo.
 Cuidado, porque en verano vemos a más personas y disponemos de más tiempo “libre”, que en seguida nos ocupan los incontinentes sin compasión. 
Inerme ahora, sólo sé que no veo el momento de recuperar mis paupérrimas facultades y defensas mentales, a ver si así logro que mis oídos y mi cabeza descansen. 

27 jul 2019

El escondite de la duquesa de Franco

Carmen Martínez-Bordiú, que ya ha heredado el título familiar, vive apartada de los focos tras la muerte de su madre y pendiente de la resolución de la millonaria herencia.

Carmen Martínez-Bordiú.
Carmen Martínez-Bordiú. GTRES
Hace 19 meses que Carmen Franco, la única hija del dictador, moría en Madrid a los 91 años.
 El mismo tiempo que su hija mayor lleva alejada de los focos mediáticos.
 Un pacto entre los seis hermanos estableció una ley del silencio mientras se resuelve la testamentaría de la matriarca y se reparte la herencia millonaria, que algunos expertos fijan en 500 millones de euros.
 Carmen Martínez-Bordiú, de 68 años, la más mediática de la familia, ha cumplido el acuerdo a rajatabla. 
No se la ve en las fiestas, ni en los photocalls, tampoco en las portadas de ¡Hola!, la revista que, como ella misma contó, ha sido su sustento durante muchos años.
 A ella ha acudido cuando tenía problemas de liquidez.

Pero ahora ya no necesita esa ventana.
 La herencia de los Franco que se está liquidando le permite vivir de forma anónima y holgada en Portugal.
 Allí se ha comprado una casa a poca distancia de Lisboa pero en un punto que su entorno mantiene en secreto para no romper su deseado anonimato.
 Junto a ella está su pareja desde hace algo más de dos años, el neozelandés Timothy McKeague, coach emocional 34 años más joven que ella. 
Experto surfista, practica este deporte en las playas portuguesas. Si Martínez- Bordiú fija definitivamente su residencia en Portugal, podrá beneficiarse durante dos años de un régimen fiscal favorable permaneciendo seis meses en el país y teniendo una casa en propiedad.
Allí, en Portugal, Carmen Martínez-Bordiú supo que había concluido el expediente que le daba acceso al título nobiliario que el rey Juan Carlos otorgó a su madre.
 Su amiga y abogada Teresa Bueyes confirmó a este periódico que ya era duquesa de Franco. 
El otro título familiar, el señorío de Meirás, ha quedado en manos de su hermano Francis, que lleva también el apellido Franco en primer lugar por deseo de su abuela, Carmen Polo. 

Carmen Martínez-Bordiú y Timothy McKeague.
Carmen Martínez-Bordiú y Timothy McKeague. GTRESONLINE
Los dos hermanos mantienen desde hace años una tensa relación. Es Francis quien se está ocupando de liquidar la herencia y repartirla.
 Carmen está atenta a los movimientos que se producen, pero ha dado un paso al lado.
 A la venta están desde el edificio en la madrileña calle de los Hermanos Bécquer, residencia familiar, a otras importantes propiedades inmobiliarias. 
Pero es el pazo de Meirás el que está en el punto de mira.
El pasado 9 de julio la Abogacía del Estado presentó en el Juzgado de Primera Instancia número 1 de A Coruña una demanda civil contra los nietos de Francisco Franco —Carmen, Jaime, Aránzazu, Cristóbal, María del Mar y María de la O Martínez-Bordiú— y la sociedad mercantil Prístina SL, vinculada a la familia. 
El Gobierno reclama la devolución del pazo de Meirás
Después de un año rastreando la documentación histórica, la inmensa mayoría aportada por otras investigaciones que se llevaron a cabo en la Diputación de A Coruña y el Parlamento gallego, los letrados del Estado hallaron un acta notarial de 1938 hasta ahora desaparecida que según ellos demuestra que la compra de Meirás a cargo de Franco en 1941 fue “fraudulenta”.
Según la documentación que aportan al juzgado, la mansión ya había sido comprada el 3 de agosto de 1938 por la Junta pro-Pazo (que formaban los prohombres del régimen) por 406.346 pesetas (2.440 euros al cambio) a los herederos de Emilia Pardo Bazán y desde entonces adquirió carácter de residencia oficial. 
Era, defiende el Gobierno de Pedro Sánchez, una extensión vacacional del Palacio del Pardo, con personal propio y oficinas gubernamentales, donde se celebraban recepciones y consejos de ministros. 
La demanda considera imposible que la nuera de Pardo Bazán vendiera dos veces el inmueble, la primera a la Junta pro-Pazo y, la segunda, tres años después, directamente al propio Franco, por solo 85.000 pesetas (511 euros), que aprovechó este segundo contrato de compraventa para inscribir a su nombre el inmueble y su finca en el Registro de la Propiedad de Betanzos.
Meirás está a la venta desde hace más de un año en un portal inmobiliario de lujo con sede física en Cantabria, MiKeli, por ocho millones, aproximadamente la mitad del precio que podría llegar a alcanzar este edificio singular (BIC desde 2008) en el mercado.
Pero además de Meirás, los nietos de Franco tienen otras polémicas a las que hacer frente en Galicia. 
El Bloque Nacionalista Galego de A Coruña ha preparado una iniciativa para que el Ayuntamiento de la capital provincial inicie acciones legales con el fin de recobrar el Palacio de Cornide, también en manos de la familia del dictador. 
Y el tercer frente abierto es la reclamación, por parte del Ayuntamiento de Santiago de Compostela, de dos esculturas románicas del maestro Mateo que formaban parte de la primitiva fachada de la catedral.
Los Franco siguen estas disputas en la distancia. 
Tanto Carmen como sus hermanos ya no veranean en Galicia tras la muerte de su madre y en plena liquidación patrimonial.