Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

22 jul 2019

“Lo siento, cariño. No puedo hablar más porque ya está mi pareja en casa”

Los transcriptores que trabajan para Google desvelan algunas de las conversaciones íntimas que escuchan para mejorar el asistente de voz.

 

 

Una usuaria consulta su móvil junto al logotipo de Google.
Una usuaria consulta su móvil junto al logotipo de Google. REUTERS
“Llego cinco minutos tarde.
 Espérame que estoy en camino”; “Abre el garaje”;
 “¿Cuál es la mejor web de porno?”; “Ir a calle de la Rosa [nombre ficticio]”; “Disminuye el brillo de la luz del salón al 50% y enciende el aire acondicionado”; “Noticias sobre el caso Neymar”;
 “Comparación entre teléfonos iOS y Android”, o, entre susurros: “Lo siento, cariño. No puedo hablar más porque ya está mi pareja en casa”. 
Estos son algunos ejemplos de los miles de audios que escuchan los revisores de grabaciones para Google en diferentes idiomas, entre ellos español y portugués.
 Una práctica que se realiza desde hace años, como afirman los transcriptores consultados.
Si es la que más se realiza y la finalidad es la misma;Sexo clandestino, amantes y más cosas.
Escuchar, escribir y revisar grabaciones privadas de usuarios, tanto meras búsquedas como conversaciones muy íntimas. 
Ese era el día para muchos de los revisores por todo el mundo, contratados por una empresa tecnológica que trabaja para Google. Cualquier persona con su móvil en la mano tiene algo más que un teléfono. 
Es su conexión con todo el mundo online y desde hace unos años ya no necesita escribir todo lo que quiere buscar.
 Lo puede ordenar con la voz. Por eso, la revisión de las grabaciones se realiza, según la multinacional, para mejorar el funcionamiento de su asistente virtual.
 Esto es, para que el software sea capaz de entender mejor lo que le dicen los usuarios.
Los audios que tenían que transcribir no tenían un desfase temporal muy grande.
 “Las búsquedas sobre temas de actualidad se solían escuchar con un mes de atraso.
 De esto me di cuenta, por ejemplo, en casos de elecciones”, confirman los revisores. 
 Entre los proyectos —van cambiando en el tiempo— los hay de búsquedas a través de la plataforma de Google, en Google Maps, mensajes de texto y peticiones a Google Home, entre otros. “Nosotros preferimos los más cortos para tardar menos [cobran por audio realizado].
 Los peores eran los de mensajes de texto con conversaciones”, explican los expertos en idiomas, que añaden: “Solían ser largos… desde charlas entre familiares hasta una discusión de pareja. Te encuentras de todo”.

Entre los proyectos había algunos que se denominaban de categorización.
 En este caso, los revisores tenían que escuchar y transcribir el audio desde cero y, además, categorizarlo. 
“Teníamos que señalar si la persona que habla era un niño o un adulto hombre o mujer. 
Además, teníamos que indicar si se trataba de un mensaje ofensivo o no. 
 Se denominaban ofensivos si contenían insultos o contenido sexual, por ejemplo”, explican.

Y es que un denominador común de las grabaciones eran los mensajes sexuales. 
Son tantos audios los que tienen que realizar por minuto, que la mayoría de los mensajes caen en el olvido. 
Aunque hay ciertas peticiones al asistente que es difícil de olvidar: “Había muchas búsquedas sobre sexo.
 Incluso algunas personas buscaban vídeos sexuales de niños de corta edad. Era muy desagradable”, reconocen.
Las grabaciones revisadas eran aquellas que los usuarios le dicen a Google Assistant.
 La compañía admitió cuando saltó el escándalo que se escucha el 0,2% de todos los audios en el mundo.
 “Los expertos en idiomas revisan y transcriben un pequeño conjunto de consultas para ayudarnos a comprender mejor esos idiomas. 
Esta es una parte crítica del proceso de creación de tecnología de voz, y es necesaria para crear productos como el Asistente de Google”, aseguraba la compañía en un comunicado oficial.
 Entre los empleados consultados desconocen cuántos hay contratados, cuántos proyectos había al mismo tiempo —sí saben que varios porque no solían coincidir en el mismo— ni cuantas grabaciones se escuchan en total al día.
 Solo conocen su trabajo: “Cada uno de los transcriptores realiza una media de 6.000 audios a la semana”.

Contratos precarios

De entre los transcriptores consultados, varios de ellos en activo, se quedaron sin trabajo hace dos semanas.
 Justo cuando saltó el escándalo por la fuga de un millar de grabaciones a una televisión belga.
 Pese a que Google explica que no ha incumplido los términos legales y que el usuario da su consentimiento, ha paralizado sus proyectos. 
“Días antes de la publicación estaban pidiendo a más gente e incluyendo audios en la plataforma. 
Sin embargo, unos días más tarde se paralizó todo”, explican varios transcriptores.
Los revisores, empleados de una firma subcontratada por Google, tenían contratos por obra y servicio o como freelance y en su mayoría no llegaban a ganar el salario mínimo. 
Todo ello pese a que trabajen como expertos en idioma (con estudios superiores y, en la mayoría de casos, nativos del idioma en que trabajen) para una prestigiosa empresa.
 De media, ganaban unos 600 euros al mes.
 En cuanto a las horas cotizadas, los transcriptores podían elegir por cuantas se le daba de alta, aunque en cada caso tenían un objetivo mínimo que cumplir.
 Por cada hora que estuvieran contratados tenían que realizar unos 200 audios.

Así, si eran contratados a media jornada (20 horas semanales), tenían que ser capaces de hacer unos 4.000 audios.
 Esto es, ganar unos 120 euros a la semana y unos 480 euros al mes. “El problema es que para cumplir el objetivo tenías que dedicar más horas. 
En casi todos los proyectos necesitabas más de una hora para hacer los 200”, sostienen los transcriptores. 
“La mayoría prefería coger 5 o 10 horas semanales para tener un objetivo fácil de cumplir y que no nos echaran por no llegar al mínimo.
 Aunque siempre intentábamos hacer más grabaciones para que la nómina fuese lo mejor posible”, aseguran.

 

Carmen Martínez-Bordiú ya es oficialmente duquesa de Franco

La nieta del dictador ha pagado las últimas tasas que la acreditan, además, como Grande de España.

carmen martinez bordiu duquesa franco
Carmen Martínez-Bordiú, en junio de 2017 en Madrid. GTRESONLINE

¿Qué tienen en común la poesía y el calamar?

¿Qué tienen en común la poesía y el calamar? Benjamín Prado y Diego Guerrero te lo explican.

 

Prado, escritor, da forma a un poema mientras Guerrero, chef, elabora una de sus recetas más originales con el cefalópodo como único ingrediente.

Benjamín Prado cree que el poeta y el cocinero tienen mucho en común. “Él elige ingredientes, yo elijo palabras. 
Los dos tenemos la intención de cambiar las percepciones de quien come, de quien lee”, asegura el escritor. 
Pablo Neruda es, para el madrileño de 57 años, un autor que potencia esa conexión. 
“Descubrió que se pueden hacer grandes odas no al océano, no al crepúsculo, sino a una cebolla, a un caldo de congrio, a unas tijeras o a unos calcetines”, agrega
. Con esa misma convicción Prado se ha reunido con el chef vasco Diego Guerrero para escribir un poema mientras el cocinero guisa un calamar con una receta original en la que no usa más ingredientes que salmuera y aceite de oliva.
 Presentaron el resultado el pasado miércoles con una fiesta en Dspot, el estudio creativo de Guerrero en la capital.
“Él tenía que escribir un plato y yo tenía que construir un poema que hablara de esa relación entre la cocina y el taller del poeta”, explica Benjamín Prado. Esa creación, titulada Comer un poema o escribir un plato, es la primera de una serie de experiencias, en colaboración con Cervezas 1906, titulada Historias para una inmensa minoría, en las que el escritor dialogará con artistas de otras disciplinas.
¿Qué tienen en común la poesía y el calamar? Benjamín Prado y Diego Guerrero te lo explican
En la cocina de Guerrero dieron rienda suelta a su talento. 
“Hemos entendido que hay muchas cosas parecidas en nuestros procesos, sobre todo la creatividad, cómo intentamos llegar a la esencia de las cosas para provocar sensaciones. 
Conmover a las personas que quieren dejarse conmover”, relata Guerrero, que abrió su primer restaurante DSTAgE en Madrid en 2014,con dos estrellas Michelín, tras una década a cargo de la cocina del Club Allard, un referente gastronómico de la capital.
 


 

Prueba y error................... Antonio Ortuño...

Vivimos en una era en la que los hechos objetivos son ignorados o cuestionados por una multitud que prefiere las falsedades y las quimeras antes que la verdad.

Buzz Aldrin camina sobre la superficie de la luna.
Buzz Aldrin camina sobre la superficie de la luna. EFE

Las pruebas han dejado de convencer. 
Hay gente que descree de la existencia de un piano aunque acabe de caerle encima y le haya abierto una brecha en la cabeza.
 Y esto no es culpa de las pruebas, ni de quienes son capaces de entender el valor fundamental que tienen para comprender la realidad, sino de nuestra propia y asombrosa idiotez como especie.
Vivimos (y cualquiera puede verlo por sí mismo, si es que aún somos capaces de tomar en cuenta lo que nos informan nuestros ojos, oídos y mentes), en una era en la que los hechos objetivos son ignorados o cuestionados por una multitud que prefiere las falsedades y las quimeras antes que la verdad.
 Por eso abundan, ahora, tantas legiones de cándidos (usemos un adjetivo prudente) que sostienen que la Tierra es plana, que las vacunas provocan enfermedades, que los extraterrestres son los autores de las obras más preclaras en la arquitectura, el arte y la ciencia de la antigüedad, que los reptiles nos dominan de forma telepática…
Pensemos en un caso ejemplar al respecto. 
La Humanidad (o, mejor dicho, esa parte minúscula de la Humanidad que es la NASA) llegó a la Luna hace ya cincuenta años.
 Justo la semana pasada se cumplió el aniversario de la gesta espacial por excelencia.
 Lo curioso de la efeméride es que, cinco decenios después de que se produjo uno de los logros tecnológicos y científicos más destacados de la Historia, abunden como nunca los sujetos que niegan de plano que aquello sucediera.
 Poco les importa a estos amigos de las pararruchas el caudal inmenso de pruebas irrebatibles, los testimonios directos de las miles de personas involucradas en el proyecto, las grabaciones de audio e imagen de las diferentes etapas del vuelo del Apolo 11, incluido el alunizaje y la exploración de la superficie del satélite, el material lunar recolectado y traído a la Tierra por los astronautas para su análisis, etcétera. 
 Nada: estos remedos de escépticos (y digo remedo porque el mérito de una escéptico no es la negación por sí misma sino el cuestionamiento inteligente que busca, siempre, como meta final, llegar a la verdad) apilan algunos reparos y algunos sofismas aprendidos en un video de Youtube y lo dan por despachadoSostienen que una mentira no es una mentira (y que, como tal, carece de valor argumentativo), sino una opinión y que esta debe ser respetada forzosamente, aunque sea una rotunda tontería. Tontería, sí.
 Porque puede "opinarse" que la gravedad no existe, tal y como se opinan cientos de memeces todos los días, pero igual vamos a caernos si damos un paso más allá de la cornisa del tejado de una casa. 
Porque la gravedad no es un asunto de fe.
 Esa es la diferencia entre los hechos y las opiniones.
 Los hechos no dependen de nuestras posturas o ideas. 
Son objetivamente demostrables. 

Otra curiosidad, malsana esta: aquellos que no creen en los hechos y reniegan de las pruebas son, en el fondo, los seres más crédulos posibles.
 Porque el otro lado de la moneda de cerrar los ojos ante la realidad es obvio: el que no cree en lo demostrable cree, por consecuencia, solamente en lo indemostrable.
 En vibras, energías, espectros, duendes y otras oscuras divinidades. En "esencias" raciales o nacionales y en "destinos manifiestos".
 Y desde luego que de entre esa calaña salen los votantes de los más nocivos y crueles movimientos políticos: aquellos que deciden sus políticas basados en mentiras violentas y niegan pertinazmente la realidad.
 Y que citan sin saberlo a John Locke (pero no dominan su ironía) para concluir: "Si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad".