Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

21 jul 2019

Letizia, entre el compromiso social y el destello de los flashes

La Reina aspira a que su faceta de defensora de la igualdad de género y las causas humanitarias marque decisivamente su perfil y predomine sobre cuestiones de imagen.

La reina Letizia en el palacio de La Zarzuela, en Madrid, este martes.
La reina Letizia en el palacio de La Zarzuela, en Madrid, este martes. Getty

Cambio de Tercio

Los Morancos, lazos de familia y humor de sociólogos de barrio.

Jorge y César Cadaval celebran 40 años sobre los escenarios y preparan un documental de tono personal sobre su infancia en Sevilla y anécdotas a la altura de sus parodias.

César (izquierda) y Jorge Cadaval, 'Los Morancos' la semana pasada en Sevilla.
César (izquierda) y Jorge Cadaval, 'Los Morancos' la semana pasada en Sevilla.
 
Jorge Cadaval llega a la entrevista cruzando de norte a sur dos de las calles más emblemáticas del barrio de Triana, en Sevilla, donde sigue viviendo a pesar de que su carrera artística junto a su hermano César le haya obligado a dar la vuelta al mundo. 
Ha pasado por varias obras: la edificación de una vivienda que está siendo criticada por los vecinos por ser “demasiado moderna” para el marco tradicional en el que se levanta; y unos saneamientos en la calzada que incomodan a todo el que pasa.
“Venir escuchando todo lo que dice la gente en la calle es una mina, es lo que llevamos haciendo desde que comenzamos: observar nuestro entorno, palpar el sentir popular y llevarlo a nuestros guiones.
 Somos los sociólogos de nuestro barrio”, asegura Jorge, cincuenta por ciento de Los Morancos, el dúo humorístico en activo más popular del país.

“Me encanta tener tan clara nuestra identidad”, le apostilla César, el hermano pequeño de los Cadaval, que celebra en este 2019 los 40 años de su carrera artística en Los Morancos junto con su reciente condición de abuelo, hitos vitales y profesionales que les sirven para para hacer balance y mirar hacia atrás en el tiempo. 
“Lo importante es que tanto en lo personal como en lo profesional, seguimos siendo dos niños con la misma ilusión”, asegura Jorge.
 Y se remonta a esos jóvenes criados en el pulmón artístico de Sevilla que fue Triana en la década de los 70, donde el flamenco más tradicional convivía con los experimentos del rock andaluz, y que fue escuela para estos hijos de una catalana de Tarragona que había conocido en el teatro a un sevillano de enorme personalidad que trabajaba como representante de Antonio Machín. 
“Somos lo que somos por culpa de papá”, reflexiona Jorge mirando de frente a César mientras relata cómo fueron sus orígenes. 

Cuarto y quinto de seis hermanos —la más pequeña, Maite, es la única que se ha unido en ocasiones a la trayectoria artística de la pareja—, César y Jorge crecieron entre risas y boleros de Machín. “Quizás los menos graciosos de mi casa fuéramos nosotros”, dicen humildemente estos cómicos para quienes, junto al barrio, han tenido en la familia un puntal imprescindible y que no creyeron, de jóvenes, estar predestinados para el espectáculo: 
“Mi hermano quería ser ganadero de reses bravas, fíjate; y yo iba a estudiar veterinaria… Pero nos quedamos en faranduleros”, bromea Jorge.
Todo sucedió de forma casual, empujado por ese entusiasmo juvenil que se traduce en “una gran irresponsabilidad y mucha poca vergüenza”. 

Fue César el primero en subirse, de manera amateur, a los escenarios de festivales benéficos y otros saraos del barrio junto con un amigo del instituto, Curro Ruz, con el que hacía un número en el que aparecían “vestidos de moros”, de donde adoptaron el sobrenombre de Los Morancos.

Los actores Jorge y César Cadaval, Los Morancos, caracterizados de Omaíta y Antonia, en Sevilla a finales de 2011. L
Los actores Jorge y César Cadaval, Los Morancos, caracterizados de Omaíta y Antonia, en Sevilla a finales de 2011. L GtresOnline
 
 Jorge se saltó una clase para ir a verlo actuar y se sumó al experimento.
 Era 1979, y el resto es historia: “Primero hacíamos BBC —bodas, bautizos y comuniones—, actuábamos en las casetas de la Feria de Sevilla en unas condiciones imposibles, y mi padre nos comprometía para hacer todas las galas benéficas del mundo hasta que Jorge se plantó porque no veíamos un duro”, rememora César. Hasta que les llegó la gran oportunidad: una actuación en el tablao Los Canasteros de Madrid en una noche que contaba con un espectador de excepción: el célebre humorista Eugenio. 
“Fue él quien nos vio allí y quiso proponernos a Chicho Ibáñez Serrador, que nos dio una oportunidad para aparecer en Un, dos, tres”. 
De ahí, al especial de Nochevieja de 1985, programas de televisión que, en esa España que salía del blanco y negro y reunía a toda la familia frente a la caja catódica de solo dos canales, eran vistos por más de 24 millones de personas.
 “Pensar en esas audiencias hoy en día es impensable”, reconoce Jorge. 
A partir de ahí, su trayectoria, marcada por la televisión, ha contado con hitos como sus primeros números caracterizados de mormones norteamericanos, sus parodias de videoclips musicales como el himno por la diversidad Pluma Gay en 2004 —escuchado y bailado en las discotecas de toda América Latina— y, cómo no, Los consejos de Antonia y Omaíta, que los apuntalaría para siempre en la historia del humor en España con dos personajes “que resumen nuestros orígenes y nuestra idiosincrasia”, asegura Jorge: 
“Nosotros hemos mirado en nuestro barrio para construir a estos personajes, pero si te das cuenta, todo lo que ha venido después es lo mismo, pero sin nuestro acento, como la serie Aída”, reflexiona el mayor de Los Morancos.
Precisamente, Antonia y Omaíta son el letimotiv que soporta su último espectáculo, Por 40 más, con el que celebran sus cuatro décadas en el mundo del humor y que les mantendrá un par de años más sobre los escenarios de todo el país. 
“Después de haber hecho tanta televisión, el contacto directo con el público es mágico”, aseguran.
 Sin embargo, Los Morancos también se han subido a los escenarios virtuales, con un canal de Youtube que mueve más de dos millones de seguidores.
 Sus parodias musicales en las redes sociales tienen cientos de miles de visualizaciones y les sirven “para entrar en contacto con un público más joven”.

Pero cuando se bajan del escenario, los Cadaval desarman por su humanidad y esa frescura intacta de los que siguen siendo los niños del barrio que jugaban en las mismas calles que Isabel Pantoja o Chiquetete.
 “Siempre hemos hecho la vida en Triana, no sabríamos hacerla en otro lado”, asegura César. 
Aquí ha visto el menor de los Cadaval crecer a sus hijos, hoy todos vinculados al mundo del arte: César, el mayor, es actor y trabaja en la serie de televisión Amar es para siempre; Alfonso pelea por hacerse un hueco como matador de toros y Marta, periodista, es la responsable de la oficina de Los Morancos.
 Tan sólo la pequeña, Patricia, tiene aún la carrera por definir mientras termina sus estudios de Periodismo. Jorge, por su parte, lleva “felizmente casado” doce años —dice a boca llena— con el actor norteamericano Ken Appledorn, al que hemos podido ver en series como Arde Madrid (Movistar Plus) y que mantiene una simbiosis perfecta con su nuevo entorno, como dejó de manifiesto en su libro De Detroit a Triana (Planeta).

De todo ello dará cuenta un documental que preparan actualmente sobre su historia personal forjada en este pequeño universo que se asoma al río Guadalquivir. 
“Estamos aún en la fase de guion, porque queremos que ahí esté toda nuestra verdad”, confiesan.
 Una película que estará plagada de anécdotas que les hacen sonreír, como cuando conocieron al hoy rey emérito Juan Carlos I durante un almuerzo en el que Jorge tuvo que confesarle al monarca que la comida le había producido una gastroenteritis, el caso único de “nuestro amigo Jesús Vázquez llamándonos desde Argentina mientras bailaba el Pluma Gay en una discoteca donde por lo visto éramos el hit del verano”, recuerda Jorge; o cómo César estuvo a punto de ser fichado por el Sevilla Fútbol Club “pero le tiraba más la calle, era poco disciplinado”, le acusa entre bromas su hermano.

 

 

Instrucciones para pisar la luna


Instrucciones para
pisar la luna











Hace 50 años que el hombre holló el único satélite de la Tierra. Así fue posible el viaje








Índice

  1. 1. ¿Por qué la Luna?
  2. 2. Equipo y presupuesto
  3. 3. Definir el itinerario
  4. 4. Lanzamiento
  5. 5. Alunizaje
  6. 6. Paseo y toma de muestras
  7. Comunicación con la Tierra
  8. 7. Despegue de vuelta y ‘rendezvous’ en órbita lunar
  9. 8. Inyección trans-Tierra
  10. 9. Aterrizaje, recuperación y cuarentena

El 25 de mayo de 1961, el presidente John F. Kennedy declaró solemnemente ante el Congreso de EE UU su objetivo de enviar un estadounidense a la Luna antes del final de la década, un compromiso ratificado en septiembre de 1962 en la universidad William Marsh Rice (Houston, Texas) en un famoso discurso televisado (aquí vídeo del discurso).
 En plena Guerra Fría, la rivalidad entre los dos bloques se escenificaba en el ámbito aeroespacial.
 La Unión Soviética se había apuntado pocos meses antes el tanto de poner por primera vez a un hombre en el espacio, Yuri Gagarin, en abril de 1961.
“Elegimos ir a la Luna esta década y hacer otras cosas no porque sean fáciles, sino porque son difíciles”


Nunca como en aquella época se destinaron tantos fondos a la carrera espacial. Entre 1959 y 1973, la NASA gastó 23.600 millones de dólares (unos 105.700 millones de euros actuales). La mayor parte del presupuesto se fue en el programa Apolo

El equipo

Buzz Aldrin, Neil Armstrong, Michael Collins
Buzz Aldrin, Neil Armstrong, Michael Collins
Una vez fijado el objetivo por el presidente ("realizar un aterrizaje lunar tripulado y volver"), con recursos económicos asegurados y un puñado de misiones previas, lo siguiente fue designar a los protagonistas de la misión.
  • Edwin Buzz Aldrin. 39 años. Piloto del módulo lunar. Coronel del Ejército.
  •  Segundo vuelo espacial (fue piloto del Gemini 12).
  • Neil Armstrong. 38 años. Comandante del Apolo 11. Civil. Segundo vuelo espacial (fue comandante del Gemini 8).
  • Michael Collins. 38 años. Piloto del módulo de mando. Teniente del Ejército.
  •  Segundo vuelo espacial (fue piloto del Gemini 10 y del Apolo 8).
 Instrucciones para pisar la Luna

La nueva era de la carrera espacial: los millonarios quieren conquistar la Luna

hombre luna
Lanzamiento del cohete 'Falcon 9' de la compañía Space X desde Cabo cañaveral, el pasado 23 de mayo.


SON CASI las tres de la madrugada en la Costa del Espacio.
 La furgoneta circula solitaria por el bulevar de los Astronautas en dirección al que un día fue el corazón del orgullo americano.
 Pasa un control militar y se detiene junto a un prado al borde del agua.
 El fuerte viento sacude los letreros que avisan de la presencia de caimanes. 
Pero el teniente Walker, de la división encargada de la seguridad de los lanzamientos del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, que esta noche ejerce de mera contratista, explica que el aire en la superficie terrestre no es un problema. 
El joven oficial mira en su móvil la información en directo del lanzamiento. Lo ha visto ya muchas veces, pero apenas puede disimular la emoción.

—En 5 o 10 años, esta comunidad va a volver a explotar. Es un gran momento para estar aquí.
Al otro lado del río, las únicas luces de la noche cerrada iluminan la nube de vapor que rodea al cohete mientras se carga el combustible.
 Queda media hora para la cuenta atrás.
 El Falcon 9, bautizado en honor del Halcón Milenario de Han Solo, se yergue fantasmagórico amarrado a la lanzadera. 
Desde aquí despegó también el Apollo 11 que llevó al hombre a la Luna hace ahora 50 años.
Secuencia del lanzamiento del Apollo XI en Cabo Cañaveral (antiguo Cabo Kennedy), Florida, el 16 de julio de 1969.
Secuencia del lanzamiento del Apollo XI en Cabo Cañaveral (antiguo Cabo Kennedy), Florida, el 16 de julio de 1969. Getty Images
 
 
Todo parece igual, pero todo es distinto. 
El Falcon 9 que se prepara para volar no ha sido desarrollado por la NASA, sino por una compañía privada, SpaceX, propiedad de un joven multimillonario llamado Elon Musk, que ni siquiera había nacido cuando, aquel 20 de julio de 1969, Neil Armstrong dio “un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”. Aquel día, este pedazo de la costa de Florida ocupó el centro de la Tierra.
 Encarnó el símbolo de la superioridad del mundo libre en la Guerra Fría. 
Hasta que, de pronto, la conquista del espacio se convirtió en historia.

Después de la era Apollo, aquí el sueño futurista por antonomasia se empezó a conjugar en pasado. La carrera espacial era un decadente patrimonio de hangares en desuso, pistas desiertas y enigmáticas estructuras de hormigón corroídas por el calor húmedo, la lluvia y la vegetación tropical. 
Ruinas de una civilización que ardió en las llamas del transbordador Challenger el 28 de enero de 1986, al explotar en el cielo ante los ojos del mundo con siete astronautas dentro a los 73 segundos de despegar.
 Volvió a arder en el Columbia —con otros siete tripulantes a bordo—, que se desintegró al reingresar en la atmósfera terrestre el 1 de febrero de 2003.  
Y se extinguió oficialmente cuando, con el lanzamiento del último transbordador Atlantis, el 8 de julio de 2011, se puso fin oficialmente al programa Shuttle y se renunció a enviar más seres humanos a la Luna desde suelo estadounidense. Desde entonces, los astronautas americanos viajan a la Estación Espacial Internacional con escala en Rusia a bordo del Soyuz, el programa espacial del que fuera el archienemigo galáctico a batir.

La Costa del Espacio, que Gay Talese describió en 1965 como un lugar “de garitos glamurosos con chicas jóvenes bailando el twist en las barras, jugadores apostando al póquer en el piso de arriba y ruido por todos lados”, se transformó entonces en símbolo de los sueños abandonados.
 Perdió más de 20.000 puestos de trabajo y, de paso, su identidad. 
Porque aquí los adolescentes estudian en el instituto Astronauta, las familias comen en el restaurante Apolo, los coches circulan por Venus, Saturno o Plutón, y los números de teléfono empiezan por 321, en honor a la cuenta atrás con que despegan los cohetes.
En este lugar de la Tierra, el espacio no se borra tan fácilmente. La zona intentó reinventarse. 
Se agasajó a nuevas empresas con ventajas fiscales.
 Se apostó por los cruceros, por el surf. 
Sobre las ruinas del espacio se levantó un reclamo para turistas aficionados a la historia.
Y, de repente, el espacio volvió a su costa.
“Después de 50 años, esto no ha hecho más que empezar”, dice hoy la publicidad de los autobuses del Kennedy Space Center, que llevan a los turistas a visitar las modernas lanzaderas y los impresionantes hangares, hoy llenos de nueva vida, donde los logos de la NASA compiten con los de las compañías privadas que han resucitado la carrera espacial. 
Entre ellas, SpaceX y Blue Origin, las empresas de Elon Musk y Jeff Bezos, dos soñadores que crecieron consumiendo ciencia-ficción y comprendieron que la misma tecnología que les hizo inmensamente ricos permitía cumplir sus sueños infantiles alimentados por las hazañas de la NASA.  
La competencia entre estos dos nuevos amos del universo, como en su día la de las dos potencias de la Guerra Fría, va camino de ser el impulso que lleve de nuevo al ser humano a la Luna.
Lanzamiento final del cohete Delta II desde la base aérea de Vandenberg, California, el 15 de septiembre de 2018.
Lanzamiento final del cohete Delta II desde la base aérea de Vandenberg, California, el 15 de septiembre de 2018.
“Nunca vamos a repetir el patrón de la era Apollo”, advierte Dale Ketcham, vicepresidente de Space Florida, agencia de desarrollo económico aeroespacial del Estado. 
“De hecho, uno de los problemas que ha habido desde entonces es que todos los programas posteriores se han juzgado frente al Apollo.
Y eso es injusto porque aquello fue un cheque en blanco del Gobierno: ‘No importa lo que hagáis, pero venced a los rusos’. 
Por eso nosotros hablamos ahora de un renacimiento.
 El modelo se está renovando, con nuevas ideas y nueva gente en la ecuación. 
Es el sector privado el que está aportando el negocio y la innovación”. El proyecto espacial de Jeff Bezos, hoy el hombre más rico del mundo, empezó con augurios no aptos para supersticiosos. 
El 6 de marzo de 2003, según recuerda Christian Davenport en su libro The Space Barons, el fundador de Amazon sobrevolaba la árida geografía del Texas occidental en un helicóptero, acompañado de un excéntrico cowboy, una abogada y un piloto apodado Tramposo.
“¡Mierda!”, gritó Tramposo, poco antes de que la hélice se hiciera añicos contra un arroyo premonitoriamente llamado Calamidad. Sobrevivieron todos.
 Bezos, cuya apretada agenda le había llevado a exigir realizar la visita en helicóptero y no a lomos de caballos como era costumbre, apenas sufrió unos rasguños.
 “Pensé que habría sido una forma muy tonta de morir”, admitiría después en la CNN.

Los médicos de emergencias no tardaron en llegar al lugar en una ranchera. 
Y uno de ellos reconoció a Bezos de una portada del número de la persona del año de la revista Time de 1999.
El cohete Falcon de SpaceX, el más potente del mundo, es lanzado desde el Centro Espacial Kennedy, el 6 de febrero de 2018.
El cohete Falcon de SpaceX, el más potente del mundo, es lanzado desde el Centro Espacial Kennedy, el 6 de febrero de 2018.
Los rumores empezaron a circular. 
Se ataron cabos y se dedujo que podría ser Bezos el misterioso comprador que llevaba meses adquiriendo ranchos colindantes por la zona, oculto detrás de empresas bautizadas con nombres de míticos exploradores, todas vincu­ladas con una desconocida corporación con domicilio en Seattle y un nombre que, descubrirían después, ofrecía ya pistas sobre sus intenciones: Zefram Sociedad Limitada, como Zefram Cochrane, el personaje de Star Trek que creó el primer motor capaz de superar la velocidad de la luz.
Un lunes de enero de 2005, Jeff Bezos se presentó en la redacción de The Van Horn Advocate, un diario del condado de Culberson con una circulación de mil ejemplares, para proporcionarle a su director la exclusiva de su vida. 
 Estaba comprando todos esos terrenos para instalar ahí su compañía de viajes galácticos, Blue Origin, fundada cinco años antes y cuyas andanzas Bezos había mantenido en el más absoluto secreto.
Elon Musk, muy al contrario, nunca ocultó sus sueños futuristas.
 La NASA no se tomaba en serio a aquel arrogante niño rico. Pero el fundador de PayPal y Tesla, cuya infancia transcurrió entre abusos de sus compañeros de clase en una dura escuela de Sudáfrica, no se iba a dejar amedrentar por los abusadores ahora que se había convertido en un joven empresario de culto y había demostrado de lo que era capaz.
 Si la NASA no iba a Musk, Musk iría a la NASA.

El 4 de diciembre de 2003 Elon Musk se presentó en Washington con su cohete de 21 metros de largo, escoltado por la policía, que había atravesado el país en un tráiler desde la fábrica de SpaceX en el sur de California, y lo aparcó en la avenida de la Independencia.
 Justo enfrente del Museo Nacional del Aire y el Espacio, donde se preparaba un acto para conmemorar el centenario del primer vuelo de los hermanos Wright. 

Musk, entonces un joven de apenas 32 años, tenía un mensaje para Washington y la NASA. 
Eso que había aparcado delante de sus narices era un cohete capaz de volar al espacio.
 Su compañía lo había construido en menos de 18 meses desde su creación. 
La calculada puesta en escena, al más puro estilo Silicon Valley, subrayaba el contraste entre el pasado (las reliquias exhibidas en el interior del museo) y el futuro (el cohete barato y fiable de una nueva era).
 “La historia del desarrollo de los vehícu­los de lanzamiento no ha sido muy exitosa. 
Realmente no ha habido un éxito, si defines éxito como marcar una diferencia significativa, en coste o fiabilidad”, les dijo. 
“Tenemos un intento con SpaceX, yo creo, por primera vez en mucho tiempo”.

El teniente Walker explica que la ventana para el lanzamiento del Falcon 9 esta noche en Florida es de cinco minutos. 
El tiempo preciso en que la órbita de la Estación Espacial Internacional la colocará a la distancia justa de este punto de la Tierra para que se acople con éxito la cápsula Dragon no tripulada que el cohete soltará en el espacio, cargada de experimentos científicos y víveres.
Cuesta creer que hace 50 años estos cálculos se hacían, básicamente, emborronando de ecuaciones una pizarra.
 En el museo del espacio de Cabo Cañaveral, el jubilado John Hilliard, que ejerce de guía voluntario, muestra una vieja computadora que pesa siete toneladas y ocupa toda una pared de una habitación que reproduce una antigua sala de control. 
Tiene 578 bytes. Cabrían 886 millones de ellas en un solo iPhone X.

Para un emprendedor de Silicon Valley como Elon Musk resultaba difícil aceptar que la tecnología de los cohetes que Estados Unidos y Rusia lanzaban al espacio en los primeros años del siglo XXI fuera tan parecida a la de la era del Apollo.
 “Casi cada sector de la tecnología ha mejorado. ¿Por qué este no?
 Así que empecé a estudiarlo”, explicó durante un discurso en la Universidad de Stanford en 2003.
La base del negocio espacial de Elon Musk y Jeff Bezos es la misma: la construcción y lanzamiento de cohetes reutilizables
Elon Musk y Jeff Bezos, el primero exhibiendo sus hallazgos y el segundo casi en la clandestinidad, llegaron a la misma solución técnica: cohetes reutilizables
Artefactos que después de colocar su carga en órbita, en vez de caer al océano, regresaban y aterrizaban de pie en un lugar predeterminado.
 “El mayor desarrollo en transporte espacial en más de una generación es la reusabilidad de los cohetes, que permite lanzamientos más baratos y frecuentes”, explica Ketcham, de Space Florida. “Musk y Bezos lo han perfeccionado y han construido sobre eso su plan de negocio”.
El teniente Walker explica que la ventana para el lanzamiento del Falcon 9 esta noche en Florida es de cinco minutos.
El hallazgo prendía de nuevo la mecha de la fiebre por mandar humanos al espacio.
 Entre noviembre y diciembre de 2015, un cohete de Blue Origin y otro de SpaceX caían del espacio y se posaban con precisión en Cabo Cañaveral, listos para el siguiente viaje. Bezos se adelantaba por 28 días a Musk.
Rivalidad, dinero y voluntad. Los tres motores de la carrera espacial.
 Las tres carencias que lastraban al programa espacial de la NASA después del Apollo.
 Pero Musk y Bezos tienen dinero a espuertas, voluntad forjada en colosales aventuras empresariales que les han enseñado que todo es posible y una rivalidad que, desde una mítica cena en 2004 en la que ambos magnates pusieron en común sus planes galácticos, ha desembocado en tensas disputas comerciales y hasta pleitos de propiedad intelectual.
Parte del atractivo de la rivalidad entre los dos millonarios, seguida a nivel fenómeno de fans por las legiones de nuevos aficionados al espacio, es que reproduce la esópica fábula de la liebre y la tortuga.
 Esta última es la mascota de la compañía de Bezos.
 Un hombre que el año pasado empezó a construir en el interior de una montaña de Texas el Reloj de los 10.000 Años, prodigio mecánico en el que ha invertido 42 millones de dólares, con una manecilla que cuenta los siglos y un cuco que canta los milenios.
Hasta la fecha, es innegable que Musk ha tenido más éxito.
 Blue Origin ha lanzado una docena de cohetes. SpaceX, mientras tanto, ha lanzado más de 70 y una quincena de ellos han llevado cargas a la Estación Espacial Internacional, dentro de un contrato que tiene con la NASA para hacerlo. La de Musk es además una de las dos compañías, junto con la United Launch Alliance (ULA), conglomerado de Lockheed Martin y Boeing, que firmaron en 2014 contratos con la agencia para llevar astronautas a la estación en el futuro. 
Blue Origin, por su parte, firmó un contrato con la ULA, contra la que Musk había pleiteado, para proporcionar motores a la alianza de dos compañías que juntas suman 100 años de experiencia espacial.
Huella lunar de Edwin Aldrin, el 20 de julio de 1969.
Huella lunar de Edwin Aldrin, el 20 de julio de 1969.

Bezos y Musk no son los únicos emprendedores privados del espacio.
 Ni siquiera los primeros.
 De hecho, el honor del primer viaje espacial privado corresponde al Conestoga 1, un misil Minuteman modificado con el que la empresa Space Services realizó su primer vuelo suborbital en 1982, allanando el camino para que EE UU aprobara dos años más tarde la primera ley que regula la actividad espacial privada.
 El primer civil que viajó al espacio lo hizo en 2001 a bordo de un Soyuz.
 Y en 2018, Virgin Galactic, del también multimillonario Richard Branson, se convirtió en la única compañía que ha mandado a una persona al espacio en un cohete privado (aunque existe cierto debate sobre si la altura alcanzada es o no el límite de la atmósfera terrestre).
La interacción entre la experiencia de los actores tradicionales y la osadía de los recién llegados de Silicon Valley genera optimismo en el sector. “Siempre es bueno hablar con gente diferente y conocer distintas maneras de pensar, eso ayuda a la innovación”, opina el general Douglas Schiess, del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, en Cabo Cañaveral.
 “Pasamos un periodo de tiempo en que todo lo que había en este negocio era gente mayor de la primera etapa.
 Ahora ha entrado gente joven muy interesante, y la relación es buena. 
Este es un gran momento para estar en el negocio del espacio. 
Hay un resurgimiento y estoy emocionado por dónde estamos, por lo que estamos viviendo y por ser parte de ello”.
Pronto, los carteles que anuncian “lanzamientos cada mes” en las carreteras de la Costa del Espacio se quedarán cortos. 
“El año pasado lanzamos 24 cohetes y este año vamos camino de los 28.
 Tenemos una visión de llegar a los 48 al año, lo que significaría lanzar un cohete cada semana”, explica el general Schiess.
 No llega a los 206 que se lanzaron en 1960, año que ostenta el récord, pero recuerden: no vale comparar con la era Apollo.

El optimismo ha llegado a la Casa Blanca, que ha acortado en cuatro años, hasta 2024, su objetivo de mandar de nuevo astronautas a la Luna, quizá para dotar de un glorioso colofón a un eventual segundo mandato del presidente Trump.
 El republicano ha solicitado 1.600 millones de dólares más al Congreso este año para volver al espacio “a lo grande”.

La NASA ha bautizado el proyecto con el brillante nombre de Artemisa, hermana gemela de Apolo y diosa de la Luna en la mitología griega. 
Para desarrollarlo cuenta con las compañías privadas.
 Bezos se adelantó en una semana al anuncio de la NASA en mayo y presentó una maqueta de nave que asegura estará en condiciones de colocar astronautas en la Luna para 2024.
—Oh, deja de vacilar, Jeff —le respondió Elon Musk desde su cuenta de Twitter.
Quedan apenas 15 minutos para el lanzamiento del Falcon 9 en Cabo Cañaveral. SpaceX retransmite en streaming para sus miles de seguidores en todo el mundo.
 De pronto, el teniente Walker anuncia que el lanzamiento ha sido abortado. Esta noche no podrá ser. La misión se aplaza 24 horas.
 Es el tercer retraso que sufre. 
El motivo, se sabría después, es un problema eléctrico en el barco no tripulado, bautizado como Por Supuesto que te Sigo Queriendo en un guiño al autor de ciencia-ficción Iain Banks, sobre el que el cohete de más de 540 toneladas debía aterrizar de pie una vez colocada en órbita la cápsula Dragon Cargo.
Nada grave. 
El Falcon 9 saldría a la noche siguiente y cumpliría con éxito su misión.
 Más preocupante fue la destrucción, unas semanas antes, de una cápsula Dragon Crew, en la que SpaceX planea enviar a los astronautas. Ardió en la pista durante una prueba. 
El percance frustró el plan de Musk de enviar astronautas a la Estación Espacial Internacional antes del final de este año.
Hay quien dice que se vieron sonrisas en los despachos de la ULA, la otra contratista de la NASA para alcanzar el mismo objetivo, cuando se conoció la noticia.
 Jeff Bezos, por su parte, se mantuvo callado.
 Todo indica que será a mediados de la próxima década cuando se sepa si ha ganado la liebre o la tortuga.