Así comían, bebían y hacían sus necesidades los astronautas que pisaron el satélite.
Edwin
Aldrin abandona el módulo lunar en una imagen en la que se pueden
observar las dimensiones del mismo. En vídeo, 50 aniversario de la
llegada a la Luna.Foto: NASA | Vídeo: EPV
Comparado con las cápsulas utilizadas anteriormente (las Mercury y Gemini), los Apolo
resultaban casi palaciegos. Al menos, los astronautas podían soltarse
los cinturones de seguridad, flotar por la cabina e incluso dar alguna
voltereta. Tan solo cuatro años antes, los dos ocupantes del Gemini 6
habían tenido que sufrir 15 días encerrados en un cubículo del tamaño
de un coche pequeño –un Smart, por ejemplo- sin poder abandonar sus
asientos. Ni para comer, ni para dormir, ni siquiera para atender a sus
necesidades fisiológicas.
Lejos ya la época de la comida envasada en tubos como pasta de dientes, los astronautas del Apolo disponían de una variedad de platos seleccionados a medida de sus gustos.
Para ahorrar peso, toda la comida a bordo iba en forma deshidratada y
envasada al vacío. O cortada en porciones que pudieran tomarse en una
cucharada. Pavo en salsa, coctel de gambas (el favorito de Aldrin),
espaguetis, pastel de chocolate... Otra cosa eran los espartanos menús
para consumir una vez en la Luna: Sopa de pollo, estofado, fruta seca y
varias clases de zumos. Y por si los astronautas querían “picar” algo
entre horas, tenían a su disposición pan y ensalada de jamón (esta sí,
en tubo para esparcirla fácilmente sobre la tostada).
Edwin E. Aldrin, en el interior del módulo lunar.NASA
Todos los platos iban en bolsas de plástico provistas de una boquilla
donde ajustar el caño de una pistola dispensadora de agua. Fría o
caliente, a gusto. El contenido tenía que mezclarse durante tres minutos
y, a continuación, cortar un extremo de la bolsa y sorberlo
directamente por la boca. A bordo del Apolo
no se embarcaba agua potable. Toda la que consumían los astronautas era
un subproducto de las pilas de combustible en las que se generaba
electricidad haciendo reaccionar hidrógeno y oxígeno. El resultado era
una líquido tan inocuo como insípido, próximo al agua destilada pero,
eso sí, lleno de burbujas de gas. Se probó todo lo imaginable para eliminar las molestas burbujas:
presionar las bolsas de plástico para confinarlas en un extremo,
centrifugarlas, utilizar filtros... Todo fue inútil. Los astronautas
sufrieron de gases en el estómago durante todo el viaje. Solo más
adelante se encontró una solución, mediante unos catalizadores de plata y
paladio que absorbían los gases con bastante eficacia. Es legendario el episodio de los tripulantes del Apolo 10,
quienes mientras sobrevolaban la cara oculta descubrieron una masa
flotante de inconfundible aspecto. Tras una breve inspección ocular
ninguno de los tres aceptó su paternidad. Aparte de la repugnancia que
provocaba, un residuo así resultaba peligroso porque podía acabar pegado
en el panel de mandos o escabullirse en cualquier rincón de los equipos
de la nave. Una vez utilizada, los astronautas debían echar una pastilla
germicida en cada bolsa de heces y amasar bien su contenido. Otro
procedimiento poco popular. El paquete se guardaba en un cajón
hermético, en la confianza de que su contenido no fermentase y produjese
gases que podían reventarlo . Si esto sucedía, el compartimento disponía
de un sencillo sistema de alarma: una válvula que se abría al superar
la presión cierto límite y esparcía el olor por toda la cabina. El manejo de la orina era más simple. Una manguera provista de un
adaptador intercambiable para cada astronauta. El líquido se expulsaba
directamente al exterior a través de una válvula y un tubo de descarga. Como en el espacio la orina podía congelarse y obstruir la tobera de
salida, esta iba calefactada. Y para garantizar un buen flujo del calor,
estaba recubierta con el mejor conductor disponible: una fina capa de
oro. Otro peligro muy real eran los vómitos. Aproximadamente la mitad de
los astronautas sufrían náuseas y mareos durante sus primeras horas en
el espacio, con los restos de su última comida flotando en el interior
del estómago. Las arcadas podían sobrevenir de repente. La cosa podía
ser grave puesto que durante el lanzamiento y fases iniciales del vuelo,
era obligatorio llevar puesto el casco “de pecera”. La ingravidez puede jugar otras malas pasadas. El sudor, por ejemplo. En ausencia de peso, se acumula sobre la piel, sin llegar a evaporarse del todo. Durante el programa Gemini,
varios astronautas tuvieron que hacer grandes esfuerzos para
evolucionar por el espacio, lo que resultó en arritmias, estrés e
intensa sudoración. En el caso de Eugene Cernan, copiloto del Gemini 9, el sudor se acumuló en los ojos y empañó el visor de tal forma que hubo de regresar al interior de la nave a tientas.
Preparar e ingerir la comida era una tarea relativamente rápida; el
proceso opuesto, no. Todos los astronautas, sin excepción, odiaban el
sistema de eliminación de residuos, en especial, los sólidos. Ir de
vientre en ingravidez podía suponer tres cuartos de hora de
preparaciones: abrir el culote del mono de vuelo, seleccionar una bolsa
de plástico adhesiva, adaptarla a las nalgas y utilizarla confiando en
que hubiese quedado bien sujeta, cosa que no siempre sucedía.
La joven,
que visita a su padre en la ciudad malagueña junto a un acompañante, ha
acudido al festival Starlite y se ha codeado de tú a tú con los famosos.
De
izquierda a derecha, Nicole Kimpel, Antonio Banderas, Stella del Carmen
junto a su acompañante y Bárbara Kimpel, este fin de semana en
Marbella.Cordon PressStella del Carmen Banderas-Griffith
fue una niña mediática nacida en un matrimonio mediático. Con una vida a
caballo entre Málaga y Los Ángeles, durante la adolescencia rebajó su
perfil y rehuyó a los medios. Este fin de semana, la hija de los actores
Antonio Banderas y Melanie Griffith ha acaparado todas las miradas en Marbella, donde ha acudido para pasar unos días en familia junto a su padre. La
joven, de 22 años, no ha viajado sola, sino que lo ha hecho con un
joven con quien Banderas parece mantener una buena relación. Los tres,
además de la pareja del actor, la financiera Nicole Kimpel, y la hermana de esta, Bárbara Kimpel,
han acudido este fin de semana al festival Starlite en Marbella para
asistir al concierto del grupo Il Divo, que presenciaron desde el palco
presidencial. Durante la actuación del grupo italiano, la familia estuvo
sentada a escasos metros de Paula Echevarría, quien se ha desplazado
hasta la localidad malagueña desde Chiclana de la Frontera antes de
retomar sus compromisos como actriz. "Fue una noche genial", escribió la
protagonista de Velveten su cuenta de Instagram,
donde también publicó una fotografía junto a Banderas, las hermanas
Kimple y Sandra García San Juan, organizadora del festival.
Stella del Carmen Banderas-Griffith
fue una niña mediática nacida en un matrimonio mediático. Con una vida a
caballo entre Málaga y Los Ángeles, durante la adolescencia rebajó su
perfil y rehuyó a los medios. Este fin de semana, la hija de los actores
Antonio Banderas y Melanie Griffith ha acaparado todas las miradas en Marbella, donde ha acudido para pasar unos días en familia junto a su padre. La
joven, de 22 años, no ha viajado sola, sino que lo ha hecho con un
joven con quien Banderas parece mantener una buena relación. Los tres,
además de la pareja del actor, la financiera Nicole Kimpel, y la hermana de esta, Bárbara Kimpel,
han acudido este fin de semana al festival Starlite en Marbella para
asistir al concierto del grupo Il Divo, que presenciaron desde el palco
presidencial. Durante la actuación del grupo italiano, la familia estuvo
sentada a escasos metros de Paula Echevarría, quien se ha desplazado
hasta la localidad malagueña desde Chiclana de la Frontera antes de
retomar sus compromisos como actriz. "Fue una noche genial", escribió la
protagonista de Velveten su cuenta de Instagram,
donde también publicó una fotografía junto a Banderas, las hermanas
Kimple y Sandra García San Juan, organizadora del festival. En junio del pasado año, cambió de opinión sobre su futuro
profesional. "Mi hija Stella está ahora estudiando Arte Dramático. Nos
ha sorprendido a todos porque ella no quería estar delante de las
cámaras y de repente quiere dar ese salto", desveló Banderas a la
revista ¡Hola! Hasta ese momento, estudiaba arte en la
Universidad del Sur de California y parecía dispuesta a seguir una vida
discreta alejada de los focos. Aún así, Stella sigue optando por
permanecer en un segundo planto como máxima. Su último gesto en este
sentido ha sido cerrar su cuenta de Instagram donde había acumulado más
de 92.000 seguidores con apenas 38 fotografías publicadas desde que la
inauguró.
Estudiosa, reflexiva, interesada por
la literatura y la poesía, quienes la conocen afirman que es una chica
madura, muy unida a su madre –a pesar de lo difícil que debió ser para
ella la época en la que la actriz permaneció ingresada en un centro de
desintoxicación– y acostumbrada a convivir y a querer a una familia
variopinta. También ha estado siempre muy unida a su padre, con quien la
joven mantiene un contacto muy estrecho.
Aunque la separación de sus
progenitores en 2014 hace que se vean menos de lo que ambos quisieran,
aprovechan los momentos que pueden estar juntos.
Stella del Carmen se ha instalado estos días en La Gaviota,
la casa que su padre posee en la Costa del Sol y que vio crecer a la
joven, quien nació a escasos metros, en el Hospital Costa del Sol de
Marbella. La vivienda es el refugio perfecto del actor, a donde acude
cada verano en compañía de familiares y amigos. Parece que la vida
sonríe a Antonio Banderas, de 58 años, tras cosechar varios éxitos en el
terreno profesional. Hace unas semanas recibió el premio CineMerit del
festival Internacional de Cine de Múnich. Poco antes, el pasado mayo,
recogió el galardón a mejor actor en el Festival de Cannes por su papel protagonista en Dolor y Gloria, de Pedro Almodóvar. Con los apellidos cinematográfcos que acumula parecía predestinada a
ser actriz, pero Stella del Carmen mantuvo durante mucho tiempo que lo
suyo no era la interpretación. La joven es la única hija en común del
actor español y la actriz estadounidense, quienes se conocieron en 1995
durante el rodaje de la película Two Much. Además es nieta de otro mito de Hollywood, Tippi Hedren, musa del director Alfred Hitchcock,
y su hermana Dakota Johnson, fruto del matrimonio entre Griffith y Don
Johnson, es protagonista de la versión cinematográfica del éxito
literario 50 sombras de Grey. Es la única hija del actor, mientras que, por parte de madre, tiene un tercer hermano, Alexander Bauer, a quien la actriz tuvo con el actor Steven Bauer.
En junio del pasado año, cambió de opinión sobre su futuro
profesional. "Mi hija Stella está ahora estudiando Arte Dramático. Nos
ha sorprendido a todos porque ella no quería estar delante de las
cámaras y de repente quiere dar ese salto", desveló Banderas a la
revista ¡Hola! Hasta ese momento, estudiaba arte en la
Universidad del Sur de California y parecía dispuesta a seguir una vida
discreta alejada de los focos. Aún así, Stella sigue optando por
permanecer en un segundo planto como máxima. Su último gesto en este
sentido ha sido cerrar su cuenta de Instagram donde había acumulado más
de 92.000 seguidores con apenas 38 fotografías publicadas desde que la
inauguró.
Estudiosa, reflexiva, interesada por
la literatura y la poesía, quienes la conocen afirman que es una chica
madura, muy unida a su madre –a pesar de lo difícil que debió ser para
ella la época en la que la actriz permaneció ingresada en un centro de
desintoxicación– y acostumbrada a convivir y a querer a una familia
variopinta. También ha estado siempre muy unida a su padre, con quien la
joven mantiene un contacto muy estrecho.
Aunque la separación de sus
progenitores en 2014 hace que se vean menos de lo que ambos quisieran,
aprovechan los momentos que pueden estar juntos.
Un nuevo
documental sobre el mito de la ópera y una entrevista con su viuda,
Nicoletta Mantovani, sacan a la luz facetas poco conocidas del cantante,
fallecido en 2007.
Nicoletta Mantovani, viuda de Luciano Pavarotti, en el estreno del documental 'Pavarotti', en Nueva York en mayo.Paul Bruinooge/Patrick McMullanGetty
Se conocieron en 1993, casi por casualidad. Se casaron en 2003 y la
muerte les separó cuatro años después. La historia de amor de Luciano Pavarotti,
el gran tenor italiano, y Nicoletta Mantovani, primero su asistente,
después su amante, más tarde su esposa y hoy su viuda, ha dado ya varias
vueltas al mundo. Sin embargo, cuando están a punto de cumplirse 12
años del fallecimiento del divo de Módena, a quien fue su mujer y madre
de su hija pequeña todavía le quedan páginas por escribir de la novela
de su romance.
Es la propia Mantovani quien está dispuesta a hacerlo. A seguir dando detalles de su vida junto a Big Luciano y a perfeccionar esa imagen idílica de la pareja que tan en duda se ha puesto durante los últimos años. Ella, sin quitarle hierro a lo que implicaban el talento, el genio y el
ego de un divo mundial de la lírica, no duda en decir que, pese a tener
poco en común dados sus orígenes y los 35 años que les separaban, su
amor fue puro y real. "Nos enamoramos con esa clase de amor tan fuerte que pasas
horas y horas juntos hablando de la nada, mirando las nubes, disfrutando
del hecho de estar juntos", cuenta ella ahora con rubor ni temor a caer
en la cursilería en una entrevista al diario británico The Times. Lo hace con motivo del estreno del documental Pavarotti, dirigido por Ron Howard (Una mente maravillosa, Apolo 13, El código Da Vinci)
y que ha hecho que muchos allegados a la vida del tenor hablen por
primera vez o relaten detalles olvidados o apenas contados. Mantovani no
produce el documental —que se estrena esta semana en buena parte de
Europa y que llegará a España en enero—, pero ha participado y
colaborado en él y ahora está promocionándolo. De ahí que en sus
entrevistas desvele detalles de su vida junto al astro de la lírica,
porque cree que el metraje logrará "hacer que una nueva generación
conozca a Luciano" y que se "descubra su parte más íntima". Aquel verano de 1993 ella fue a buscar trabajo a la feria ecuestre
que él organizaba en su Módena natal cada año. Pero acabó charlando con
él durante más de una hora y se convirtió en su asistente. Él le
pidió que le acompañara a un viaje, pero ella solo aceptó acudir a
despedirlo al aeropuerto. "Pero acabé cogiendo ese avión y nunca más
volví", cuenta hoy, rozando el tono de folletín.
Se conocieron en 1993, casi por casualidad. Se casaron en 2003 y la
muerte les separó cuatro años después. La historia de amor de Luciano Pavarotti,
el gran tenor italiano, y Nicoletta Mantovani, primero su asistente,
después su amante, más tarde su esposa y hoy su viuda, ha dado ya varias
vueltas al mundo. Sin embargo, cuando están a punto de cumplirse 12
años del fallecimiento del divo de Módena, a quien fue su mujer y madre
de su hija pequeña todavía le quedan páginas por escribir de la novela
de su romance.
Es la propia Mantovani quien está dispuesta a hacerlo. A seguir dando detalles de su vida junto a Big Luciano y a perfeccionar esa imagen idílica de la pareja que tan en duda se ha puesto durante los últimos años.
Ella, sin quitarle hierro a lo que implicaban el talento, el genio y el
ego de un divo mundial de la lírica, no duda en decir que, pese a tener
poco en común dados sus orígenes y los 35 años que les separaban, su
amor fue puro y real.
"Nos enamoramos con esa clase de amor tan fuerte que pasas
horas y horas juntos hablando de la nada, mirando las nubes, disfrutando
del hecho de estar juntos", cuenta ella ahora con rubor ni temor a caer
en la cursilería en una entrevista al diario británico The Times. Lo hace con motivo del estreno del documental Pavarotti, dirigido por Ron Howard (Una mente maravillosa, Apolo 13, El código Da Vinci)
y que ha hecho que muchos allegados a la vida del tenor hablen por
primera vez o relaten detalles olvidados o apenas contados. Mantovani no
produce el documental —que se estrena esta semana en buena parte de
Europa y que llegará a España en enero—, pero ha participado y
colaborado en él y ahora está promocionándolo. De ahí que en sus
entrevistas desvele detalles de su vida junto al astro de la lírica,
porque cree que el metraje logrará "hacer que una nueva generación
conozca a Luciano" y que se "descubra su parte más íntima".
Aquel verano de 1993 ella fue a buscar trabajo a la feria
ecuestre que él organizaba en su Módena natal cada año. Pero acabó
charlando con él durante más de una hora y se convirtió en su
asistente. Él le pidió que le acompañara a un viaje, pero ella solo
aceptó acudir a despedirlo al aeropuerto. "Pero acabé cogiendo ese avión
y nunca más volví", cuenta hoy, rozando el tono de folletín.
Luciano Pavarotti y Nicoletta Mantovani, en 1998.Daniele VenturelliWireImage
Un tono que no omite, por otra parte, cómo ella misma le comunicó a la entonces esposa de Pavarotti su relación con él. "Luciano
me había dicho que ellos ya habían acabado, que no era mi culpa. Creo
que en realidad nunca hay un culpable. Nada puede empezar si lo anterior
no ha acabado". El tenor y Adua Veroni estuvieron casados 34 años y tuvieron tres hijas, pero fue Mantovani quien tuvo que contarle el affaire
que mantenía con él. "Bueno, no se puso muy contenta, pero creo que era
importante hablarlo. El diálogo siempre es bueno, es mejor encarar las
cosas que crear malentendidos", reconoce ahora. Veroni y Pavarotti se separaron en 1995; la boda con Mantovani
tuvo lugar en abril de 2003, cuatro meses después de la llegada de su
única hija, Alice (que tuvo un gemelo, Riccardo, que no sobrevivió al
nacer). Las dos mujeres mantuvieron caminos separados y hoy tienen una
relación cordial—Alice, de 16 años, es amiga de las nietas de Pavarotti—
aunque la prensa les atribuyó peleas tras las muerte del tenor, que
dejó varias versiones de su testamento,
un patrimonio de 200 millones de euros y una quincena de propiedades. "Si quieres jugar al juego, tienes que aceptar las normas", asume la
viuda sobre su relación con la prensa. Hoy sigue tratando de limpiar la imagen del músico. Asegura que, al
contrario de lo que se decía, sí que era capaz de leer una partitura. También explica la polémica sobre sus peleas
—"la pasión lo es todo, así que nos peleábamos", pero solo a gritos,
matiza— o su intención de hacer adelgazar a Pavarotti. "Sí, quería que
comiera menos, pero por su salud, no por su imagen, por supuesto. Quería
que caminara un poco más, que hiciera algo de ejercicio". Él no solía
cumplirlo, y también tenía sus restricciones con ella: le prohibió
cantarle nanas a su hija, para no malacostumbrar los oídos de la pequeña
a todo lo que no fuera su garganta. Ya lo dijo él mismo poco antes de
morir: "Quiero ser recordado por mi voz". Lo ha conseguido, pese a que, en ocasiones, su legado le haya sobrepasado.