Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
16 jul 2019
Las incomodidades de viajar a la Luna................... Rafael Clemente
Así comían, bebían y hacían sus necesidades los astronautas que pisaron el satélite.
Edwin
Aldrin abandona el módulo lunar en una imagen en la que se pueden
observar las dimensiones del mismo. En vídeo, 50 aniversario de la
llegada a la Luna.Foto: NASA | Vídeo: EPV
Comparado con las cápsulas utilizadas anteriormente (las Mercury y Gemini), los Apolo
resultaban casi palaciegos. Al menos, los astronautas podían soltarse
los cinturones de seguridad, flotar por la cabina e incluso dar alguna
voltereta. Tan solo cuatro años antes, los dos ocupantes del Gemini 6
habían tenido que sufrir 15 días encerrados en un cubículo del tamaño
de un coche pequeño –un Smart, por ejemplo- sin poder abandonar sus
asientos. Ni para comer, ni para dormir, ni siquiera para atender a sus
necesidades fisiológicas.
Lejos ya la época de la comida envasada en tubos como pasta de dientes, los astronautas del Apolo disponían de una variedad de platos seleccionados a medida de sus gustos.
Para ahorrar peso, toda la comida a bordo iba en forma deshidratada y
envasada al vacío. O cortada en porciones que pudieran tomarse en una
cucharada. Pavo en salsa, coctel de gambas (el favorito de Aldrin),
espaguetis, pastel de chocolate... Otra cosa eran los espartanos menús
para consumir una vez en la Luna: Sopa de pollo, estofado, fruta seca y
varias clases de zumos. Y por si los astronautas querían “picar” algo
entre horas, tenían a su disposición pan y ensalada de jamón (esta sí,
en tubo para esparcirla fácilmente sobre la tostada).
Edwin E. Aldrin, en el interior del módulo lunar.NASA
Todos los platos iban en bolsas de plástico provistas de una boquilla
donde ajustar el caño de una pistola dispensadora de agua. Fría o
caliente, a gusto. El contenido tenía que mezclarse durante tres minutos
y, a continuación, cortar un extremo de la bolsa y sorberlo
directamente por la boca. A bordo del Apolo
no se embarcaba agua potable. Toda la que consumían los astronautas era
un subproducto de las pilas de combustible en las que se generaba
electricidad haciendo reaccionar hidrógeno y oxígeno. El resultado era
una líquido tan inocuo como insípido, próximo al agua destilada pero,
eso sí, lleno de burbujas de gas. Se probó todo lo imaginable para eliminar las molestas burbujas:
presionar las bolsas de plástico para confinarlas en un extremo,
centrifugarlas, utilizar filtros... Todo fue inútil. Los astronautas
sufrieron de gases en el estómago durante todo el viaje. Solo más
adelante se encontró una solución, mediante unos catalizadores de plata y
paladio que absorbían los gases con bastante eficacia. Es legendario el episodio de los tripulantes del Apolo 10,
quienes mientras sobrevolaban la cara oculta descubrieron una masa
flotante de inconfundible aspecto. Tras una breve inspección ocular
ninguno de los tres aceptó su paternidad. Aparte de la repugnancia que
provocaba, un residuo así resultaba peligroso porque podía acabar pegado
en el panel de mandos o escabullirse en cualquier rincón de los equipos
de la nave. Una vez utilizada, los astronautas debían echar una pastilla
germicida en cada bolsa de heces y amasar bien su contenido. Otro
procedimiento poco popular. El paquete se guardaba en un cajón
hermético, en la confianza de que su contenido no fermentase y produjese
gases que podían reventarlo . Si esto sucedía, el compartimento disponía
de un sencillo sistema de alarma: una válvula que se abría al superar
la presión cierto límite y esparcía el olor por toda la cabina. El manejo de la orina era más simple. Una manguera provista de un
adaptador intercambiable para cada astronauta. El líquido se expulsaba
directamente al exterior a través de una válvula y un tubo de descarga. Como en el espacio la orina podía congelarse y obstruir la tobera de
salida, esta iba calefactada. Y para garantizar un buen flujo del calor,
estaba recubierta con el mejor conductor disponible: una fina capa de
oro. Otro peligro muy real eran los vómitos. Aproximadamente la mitad de
los astronautas sufrían náuseas y mareos durante sus primeras horas en
el espacio, con los restos de su última comida flotando en el interior
del estómago. Las arcadas podían sobrevenir de repente. La cosa podía
ser grave puesto que durante el lanzamiento y fases iniciales del vuelo,
era obligatorio llevar puesto el casco “de pecera”. La ingravidez puede jugar otras malas pasadas. El sudor, por ejemplo. En ausencia de peso, se acumula sobre la piel, sin llegar a evaporarse del todo. Durante el programa Gemini,
varios astronautas tuvieron que hacer grandes esfuerzos para
evolucionar por el espacio, lo que resultó en arritmias, estrés e
intensa sudoración. En el caso de Eugene Cernan, copiloto del Gemini 9, el sudor se acumuló en los ojos y empañó el visor de tal forma que hubo de regresar al interior de la nave a tientas.
Preparar e ingerir la comida era una tarea relativamente rápida; el
proceso opuesto, no. Todos los astronautas, sin excepción, odiaban el
sistema de eliminación de residuos, en especial, los sólidos. Ir de
vientre en ingravidez podía suponer tres cuartos de hora de
preparaciones: abrir el culote del mono de vuelo, seleccionar una bolsa
de plástico adhesiva, adaptarla a las nalgas y utilizarla confiando en
que hubiese quedado bien sujeta, cosa que no siempre sucedía.
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