Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

17 jul 2019

Por qué Susan Sontag dejó que su exmarido robase parte de su trabajo y obra


susan sontag
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins


susan sontag
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins

Una nueva biografía confirma que fue ella quien escribió, al menos en gran parte, una de las obras cumbre del sociólogo Philip Rieff. Si renunció a la autoría fue por un acuerdo de divorcio que se vio obligada a firmar para tener la custodia del hijo que compartían.

susan sontag
Sontag, en una imagen de 1972. Foto: Getty

La historia se remonta a 1949.
 Sontag tenía tan solo 17 años cuando recibió una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Chicago, donde empezaba a destacar el profesor Philip Rieff, una joven estrella interesada en Sigmund Freud y las nuevas teorías sociológicas de la cultura. 
Lo que hoy podemos leer es que un día, al finalizar la clase, Rieff se acercó a la joven y, atraído tanto por su timidez como por su belleza, la invitó a salir. 
 Disfrutaron de una velada juntos y, al día siguiente, él le propuso matrimonio durante el desayuno: a los diez días estaban casados y, unos meses después, Sontag daría a luz a su primer hijo, David Rieff
Con 19 años, Susan Sontag parecía haber cumplido ya con la mayoría de exigencias de la vida adulta, y lo cierto es que nunca se arrepintió de estas decisiones.
 Para ella fueron una forma de demostrar que no era, ni quería volver a ser nunca, una niña.
Tal y como cuenta el libro Agudas (Turner, 2019) de Michelle Dean, en esta etapa la pareja vivió en una especie de delirio académico: 
“Sontag nunca contó gran cosa sobre la atracción física entre los dos, pero el vínculo intelectual fue transformador”. 
Sin que podamos juzgar si la boda con Rieff fue una decisión práctica o motivada por el enamoramiento -los escasos ingresos de Sontag apuntan a lo primero- lo cierto es que ella siempre admitió que existía una enorme complicidad entre ambos.
 En un cuento autobiográfico describe la euforia y felicidad que sintió durante su matrimonio: “nos pasamos siete años hablando”; y lo confirmó también en sus cuadernos: “me caso con Philip con plena consciencia y por el miedo a mi tendencia a la autodestrucción”.

susan sontag
Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins

En una biografía anterior escrita por Daniel Schreiber se cuenta que entre los acuerdos de un divorcio (que él nunca deseó) se estipulaba que Rieff sería siempre nombrado como el único autor de Freud: The Mind of The Moralist
La contribución de Sontag al libro quedó reducida así a un “agradecimiento especial a Susan Rieff” en el prefacio de la primera edición. 
Se trataba de un detalle envenenado de paternalismo, puesto que Susan nunca quiso cambiar su apellido por el de su marido.

El enfrentamiento no quedó aquí. 
A pesar de que en el mismo acuerdo se establecía que ella se haría cargo de David sin recibir, por petición de la propia Sontag, ninguna pensión de su ex marido, Rieff trató de obtener la custodia del niño por demanda judicial. 
La alegación argumentaba que Sontag, debido a sus relaciones lesbianas, no podía seguir ejerciendo de madre.
 Nunca llegó a conseguir su objetivo, pero este proceso la dejó marcada el resto de su vida.
 A Rieff, por su parte, le costó 40 años mostrar su arrepentimiento en una carta: “Susan, amor de mi vida, madre de mi hijo. Coautora de este libro: perdóname. Por favor. Philip”.
En un intento por rebajar el daño, los artículos que abordan la obra y biografía de Philip Rieff se afanan en señalar que, más tarde, Susan Sontag se convirtió en una figura mucho más reconocida.
 Y es cierto. Solo hace falta pisar una librería –en la que sería imposible encontrar ningún libro de Rieff traducido al castellano– para entender que Sontag –celebrada incluso por las hermanas Kardashian, Katy Perry o Lady Gaga en la Met Gala– es hoy una escritora mucho más evocada que su ex marido.
 Sin embargo, si descendemos a la sala de máquinas de la cultura académica de la última mitad del siglo XX, descubriremos que Philip Rieff es considerado para muchos el mejor sociólogo del siglo pasado, y que su notoriedad se fundamenta principalmente en dos obras: Freud: The Mind of The Moralist y The Triumph of The Therapeutic: Uses of Faith After Freud –que son, en cierto modo, el mismo libro escrito desde perspectivas diferentes–.
susan sontag
La intelectual, en una imagen de 2003 en el festival de Edimburgo. Foto: Getty
“Para el diagnóstico cultural de rango medio con un toque de teoría social, se leía a Foucault o a Bauman”, explica Charles Turner. “Rieff murió casi como un hombre olvidado”.
 Pero no es del todo cierto: aunque estuvo casi 30 años sin publicar, su interpretación de la obra de Freud marcó un antes y un después, especialmente porque su diagnóstico sobre el nacimiento de la “sociedad terapéutica” está en el origen de casi todas las teorías contemporáneas que asumen que el capitalismo tardío se ha aliado con el discurso de la psicología y la salud para conquistar el alma humana.
 Recurrentemente, Rieff aparece citado como una de las fuentes primarias sobre cultura de la autoayuda, ideología del bienestar obligatorio o nuevas industrias de la felicidad. 
Llegando hasta hoy, su interpretación de Freud -y de las consecuencias culturales de su pensamiento- se ha convertido en un referente para las nuevas corrientes de conservadores estadounidenses.
 En otras palabras: aunque el nombre de Philip Rieff no se haya filtrado a la cultura mainstream más allá de EEUU, su obra ha tenido una enorme influencia para el pensamiento contemporáneo.
La pregunta, entonces, es qué hubiera ocurrido si Sontag figurara como autora de este libro. 
Probablemente nada, más allá de que su nombre estuviera en las biografías de otros tantos trabajos académicos.
 Sin embargo, lo que constata esta historia, una vez más, son las enormes trabas que debía superar una mujer, más si era madre, para tener éxito; y que cuando lo conseguía debía enfrentarse a las voces que la señalaban por desviarse del camino.
 Que Susan Sontag fue unas de las mentes más espléndidas del s.XX ya lo sabíamos, pero que tuviera que renunciar a sus ideas para poder cuidar de su hijo, y demostrar después que ser lesbiana no le quitaba el derecho a su custodia, puede explicar por qué siempre se la recuerda como una mujer narcisista -”pocas autoras provocaban tanta admiración por su trabajo, pocas tanta decepción y amargura en la escena privada”. 
Deberíamos pensar ahora cómo de agotador debe ser que tu mente explique y calibre la realidad de una forma extraordinaria y además, tener que demostrarlo a diario.
 Un ejemplo que suele utilizarse para evidenciar este fuerte carácter es la elección que hizo meses antes de morir. 
Una vez diagnosticada con leucemia, una enfermedad que probablemente se originó por la radioterapia que tuvo que aplicarse tras su primer cáncer, se le ofrecieron dos opciones: recibir un tratamiento que le hiciera pasar los últimos meses de su vida de forma confortable o bien someterse a un trasplante de médula y agotar las pocas posibilidades de seguir con vida.
 A pesar de la dificultad del tratamiento, la tortura física que se le dijo que sufriría y las pocas perspectivas de éxito, Sontag, entre la muerte y el dolor, prefirió el dolor
 Pero es posible que no fuera tanto por la importancia que se daba a sí misma, como tantas veces se ha dicho después, sino porque la muerte significaba dejar de escribir, dejar de pensar.


16 jul 2019

https://elpais.com/elpais/2019/07/16/ciencia/1563295327_843921.html

https://elpais.com/elpais/2019/07/16/ciencia/1563295327_843921.html

Las incomodidades de viajar a la Luna................... Rafael Clemente

Así comían, bebían y hacían sus necesidades los astronautas que pisaron el satélite.

Edwin Aldrin abandona el módulo lunar en una imagen en la que se pueden observar las dimensiones del mismo. En vídeo, 50 aniversario de la llegada a la Luna. Foto: NASA | Vídeo: EPV
Comparado con las cápsulas utilizadas anteriormente (las Mercury y Gemini), los Apolo resultaban casi palaciegos.
 Al menos, los astronautas podían soltarse los cinturones de seguridad, flotar por la cabina e incluso dar alguna voltereta.
 Tan solo cuatro años antes, los dos ocupantes del Gemini 6 habían tenido que sufrir 15 días encerrados en un cubículo del tamaño de un coche pequeño –un Smart, por ejemplo- sin poder abandonar sus asientos. 
Ni para comer, ni para dormir, ni siquiera para atender a sus necesidades fisiológicas.


 Lejos ya la época de la comida envasada en tubos como pasta de dientes, los astronautas del Apolo disponían de una variedad de platos seleccionados a medida de sus gustos.
 

Para ahorrar peso, toda la comida a bordo iba en forma deshidratada y envasada al vacío.
 O cortada en porciones que pudieran tomarse en una cucharada. Pavo en salsa, coctel de gambas (el favorito de Aldrin), espaguetis, pastel de chocolate...
Otra cosa eran los espartanos menús para consumir una vez en la Luna: Sopa de pollo, estofado, fruta seca y varias clases de zumos. Y por si los astronautas querían “picar” algo entre horas, tenían a su disposición pan y ensalada de jamón (esta sí, en tubo para esparcirla fácilmente sobre la tostada).
Edwin E. Aldrin, en el interior del módulo lunar.
Edwin E. Aldrin, en el interior del módulo lunar.
Todos los platos iban en bolsas de plástico provistas de una boquilla donde ajustar el caño de una pistola dispensadora de agua. Fría o caliente, a gusto.
 El contenido tenía que mezclarse durante tres minutos y, a continuación, cortar un extremo de la bolsa y sorberlo directamente por la boca.
A bordo del Apolo no se embarcaba agua potable.
 Toda la que consumían los astronautas era un subproducto de las pilas de combustible en las que se generaba electricidad haciendo reaccionar hidrógeno y oxígeno. 
El resultado era una líquido tan inocuo como insípido, próximo al agua destilada pero, eso sí, lleno de burbujas de gas.
Se probó todo lo imaginable para eliminar las molestas burbujas: presionar las bolsas de plástico para confinarlas en un extremo, centrifugarlas, utilizar filtros... Todo fue inútil. 
Los astronautas sufrieron de gases en el estómago durante todo el viaje.
 Solo más adelante se encontró una solución, mediante unos catalizadores de plata y paladio que absorbían los gases con bastante eficacia.
Es legendario el episodio de los tripulantes del Apolo 10, quienes mientras sobrevolaban la cara oculta descubrieron una masa flotante de inconfundible aspecto.
 Tras una breve inspección ocular ninguno de los tres aceptó su paternidad.
 Aparte de la repugnancia que provocaba, un residuo así resultaba peligroso porque podía acabar pegado en el panel de mandos o escabullirse en cualquier rincón de los equipos de la nave.
Una vez utilizada, los astronautas debían echar una pastilla germicida en cada bolsa de heces y amasar bien su contenido.
 Otro procedimiento poco popular. El paquete se guardaba en un cajón hermético, en la confianza de que su contenido no fermentase y produjese gases que podían reventarlo
. Si esto sucedía, el compartimento disponía de un sencillo sistema de alarma: una válvula que se abría al superar la presión cierto límite y esparcía el olor por toda la cabina.
El manejo de la orina era más simple.
 Una manguera provista de un adaptador intercambiable para cada astronauta.
 El líquido se expulsaba directamente al exterior a través de una válvula y un tubo de descarga. 
Como en el espacio la orina podía congelarse y obstruir la tobera de salida, esta iba calefactada.
 Y para garantizar un buen flujo del calor, estaba recubierta con el mejor conductor disponible: una fina capa de oro.
Otro peligro muy real eran los vómitos. Aproximadamente la mitad de los astronautas sufrían náuseas y mareos durante sus primeras horas en el espacio, con los restos de su última comida flotando en el interior del estómago.
 Las arcadas podían sobrevenir de repente. La cosa podía ser grave puesto que durante el lanzamiento y fases iniciales del vuelo, era obligatorio llevar puesto el casco “de pecera”.
La ingravidez puede jugar otras malas pasadas
El sudor, por ejemplo. En ausencia de peso, se acumula sobre la piel, sin llegar a evaporarse del todo.
 Durante el programa Gemini, varios astronautas tuvieron que hacer grandes esfuerzos para evolucionar por el espacio, lo que resultó en arritmias, estrés e intensa sudoración.
 En el caso de Eugene Cernan, copiloto del Gemini 9, el sudor se acumuló en los ojos y empañó el visor de tal forma que hubo de regresar al interior de la nave a tientas.



Preparar e ingerir la comida era una tarea relativamente rápida; el proceso opuesto, no. 
Todos los astronautas, sin excepción, odiaban el sistema de eliminación de residuos, en especial, los sólidos.
 Ir de vientre en ingravidez podía suponer tres cuartos de hora de preparaciones: abrir el culote del mono de vuelo, seleccionar una bolsa de plástico adhesiva, adaptarla a las nalgas y utilizarla confiando en que hubiese quedado bien sujeta, cosa que no siempre sucedía.

Muy escátologico todo


 

tella del Carmen, hija de Antonio Banderas, otra estrella en Marbella

La joven, que visita a su padre en la ciudad malagueña junto a un acompañante, ha acudido al festival Starlite y se ha codeado de tú a tú con los famosos.

antonio banderas malaga 

De izquierda a derecha, Nicole Kimpel, Antonio Banderas, Stella del Carmen junto a su acompañante y Bárbara Kimpel, este fin de semana en Marbella. Cordon Press
Stella del Carmen Banderas-Griffith fue una niña mediática nacida en un matrimonio mediático.
 Con una vida a caballo entre Málaga y Los Ángeles, durante la adolescencia rebajó su perfil y rehuyó a los medios.
 Este fin de semana, la hija de los actores Antonio Banderas y Melanie Griffith ha acaparado todas las miradas en Marbella, donde ha acudido para pasar unos días en familia junto a su padre. 
La joven, de 22 años, no ha viajado sola, sino que lo ha hecho con un joven con quien Banderas parece mantener una buena relación. Los tres, además de la pareja del actor, la financiera Nicole Kimpel, y la hermana de esta, Bárbara Kimpel, han acudido este fin de semana al festival Starlite en Marbella para asistir al concierto del grupo Il Divo, que presenciaron desde el palco presidencial. Durante la actuación del grupo italiano, la familia estuvo sentada a escasos metros de Paula Echevarría, quien se ha desplazado hasta la localidad malagueña desde Chiclana de la Frontera antes de retomar sus compromisos como actriz.
 "Fue una noche genial", escribió la protagonista de Velvet en su cuenta de Instagram, donde también publicó una fotografía junto a Banderas, las hermanas Kimple y Sandra García San Juan, organizadora del festival. 


Stella del Carmen Banderas-Griffith fue una niña mediática nacida en un matrimonio mediático.
 Con una vida a caballo entre Málaga y Los Ángeles, durante la adolescencia rebajó su perfil y rehuyó a los medios.
 Este fin de semana, la hija de los actores Antonio Banderas y Melanie Griffith ha acaparado todas las miradas en Marbella, donde ha acudido para pasar unos días en familia junto a su padre. 
La joven, de 22 años, no ha viajado sola, sino que lo ha hecho con un joven con quien Banderas parece mantener una buena relación. Los tres, además de la pareja del actor, la financiera Nicole Kimpel, y la hermana de esta, Bárbara Kimpel, han acudido este fin de semana al festival Starlite en Marbella para asistir al concierto del grupo Il Divo, que presenciaron desde el palco presidencial. Durante la actuación del grupo italiano, la familia estuvo sentada a escasos metros de Paula Echevarría, quien se ha desplazado hasta la localidad malagueña desde Chiclana de la Frontera antes de retomar sus compromisos como actriz.
 "Fue una noche genial", escribió la protagonista de Velvet en su cuenta de Instagram, donde también publicó una fotografía junto a Banderas, las hermanas Kimple y Sandra García San Juan, organizadora del festival. 
En junio del pasado año, cambió de opinión sobre su futuro profesional. 
"Mi hija Stella está ahora estudiando Arte Dramático. Nos ha sorprendido a todos porque ella no quería estar delante de las cámaras y de repente quiere dar ese salto", desveló Banderas a la revista ¡Hola! 
 Hasta ese momento, estudiaba arte en la Universidad del Sur de California y parecía dispuesta a seguir una vida discreta alejada de los focos.
 Aún así, Stella sigue optando por permanecer en un segundo planto como máxima.
 Su último gesto en este sentido ha sido cerrar su cuenta de Instagram donde había acumulado más de 92.000 seguidores con apenas 38 fotografías publicadas desde que la inauguró. 
Estudiosa, reflexiva, interesada por la literatura y la poesía, quienes la conocen afirman que es una chica madura, muy unida a su madre –a pesar de lo difícil que debió ser para ella la época en la que la actriz permaneció ingresada en un centro de desintoxicación– y acostumbrada a convivir y a querer a una familia variopinta. También ha estado siempre muy unida a su padre, con quien la joven mantiene un contacto muy estrecho. 
Aunque la separación de sus progenitores en 2014 hace que se vean menos de lo que ambos quisieran, aprovechan los momentos que pueden estar juntos.

Stella del Carmen se ha instalado estos días en La Gaviota, la casa que su padre posee en la Costa del Sol y que vio crecer a la joven, quien nació a escasos metros, en el Hospital Costa del Sol de Marbella. 
La vivienda es el refugio perfecto del actor, a donde acude cada verano en compañía de familiares y amigos.
 Parece que la vida sonríe a Antonio Banderas, de 58 años, tras cosechar varios éxitos en el terreno profesional.
 Hace unas semanas recibió el premio CineMerit del festival Internacional de Cine de Múnich.
 Poco antes, el pasado mayo, recogió el galardón a mejor actor en el Festival de Cannes por su papel protagonista en Dolor y Gloria, de Pedro Almodóvar.
Con los apellidos cinematográfcos que acumula parecía predestinada a ser actriz, pero Stella del Carmen mantuvo durante mucho tiempo que lo suyo no era la interpretación.
 La joven es la única hija en común del actor español y la actriz estadounidense, quienes se conocieron en 1995 durante el rodaje de la película Two Much
Además es nieta de otro mito de Hollywood, Tippi Hedren, musa del director Alfred Hitchcock, y su hermana Dakota Johnson, fruto del matrimonio entre Griffith y Don Johnson, es protagonista de la versión cinematográfica del éxito literario 50 sombras de Grey.
 Es la única hija del actor, mientras que, por parte de madre, tiene un tercer hermano, Alexander Bauer, a quien la actriz tuvo con el actor Steven Bauer.
En junio del pasado año, cambió de opinión sobre su futuro profesional. 
"Mi hija Stella está ahora estudiando Arte Dramático. 
Nos ha sorprendido a todos porque ella no quería estar delante de las cámaras y de repente quiere dar ese salto", desveló Banderas a la revista ¡Hola! 
Hasta ese momento, estudiaba arte en la Universidad del Sur de California y parecía dispuesta a seguir una vida discreta alejada de los focos.
 Aún así, Stella sigue optando por permanecer en un segundo planto como máxima.
 Su último gesto en este sentido ha sido cerrar su cuenta de Instagram donde había acumulado más de 92.000 seguidores con apenas 38 fotografías publicadas desde que la inauguró. 
Estudiosa, reflexiva, interesada por la literatura y la poesía, quienes la conocen afirman que es una chica madura, muy unida a su madre –a pesar de lo difícil que debió ser para ella la época en la que la actriz permaneció ingresada en un centro de desintoxicación– y acostumbrada a convivir y a querer a una familia variopinta. También ha estado siempre muy unida a su padre, con quien la joven mantiene un contacto muy estrecho. 
Aunque la separación de sus progenitores en 2014 hace que se vean menos de lo que ambos quisieran, aprovechan los momentos que pueden estar juntos.