Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

2 jul 2019

Se vende el refugio de Jackie Kennedy

Su hija Caroline quiere deshacerse de la mansión de la isla de Martha’s Vineyard, por la que pide 57 millones.

Jackie Kennedy, en un retrato de los años 60
Jackie Kennedy, en un retrato de los años 60 Getty Images
La granja de la cancela roja vuelve a abrir sus puertas, que estaban prácticamente cerradas desde 1994. Red Gate Farm, la finca y casa que compró y construyó Jacqueline Kennedy Onassis, sale a la venta. 
Así lo ha dado a conocer su hija, Caroline Kennedy, que ha realizado un vídeo para explicar los motivos por los que la propiedad ha salido a la venta y por nada menos que 65 millones de dólares (57,3 millones de euros).
La ex primera dama de Estados Unidos compró la finca en 1979 por 1,1 millones de dólares del momento, cuando era simplemente una granja de ovejas y su única construcción era una cabaña de cazadores.
 Lo hizo tratando de construirse su propio refugio "y protegiendo el lugar de su potencial desarrollo", según cuenta la Vineyard Gazette, la publicación local de la isla, que la califica como "una propiedad ecológicamente singular". 

Desde niña, Jackie era una apasionada del mar y siempre quiso vivir cerca de él.
 Por eso, cuando ya era viuda y trabajaba como editora en Nueva York se decidió por esta propiedad, entonces casi vacía.
 El prestigioso arquitecto Hugh Newell Jacobson le construyó una casa de dos plantas y 600 metros cuadrados con cinco dormitorios, tres chimeneas, cinco baños, cuatro habitaciones de invitados, dos garajes, casa para el guardés, embarcadero, piscina y pista de tenis que estuvo acabada en 1981. 
Los jardines fueron creados por Bunny Mellon, que ya había diseñado el jardín de rosas de la Casa Blanca cuando ella la ocupaba. 
 Ella decidió cómo dar forma a los interiores de forma minuciosa, y dio indicaciones precisas al servicio de todos los detalles e incluso de donde tenían que colocarse las flores frescas.
La piscina de la casa de Jackie Kennedy Onassis en Martha's Vineyard. 
La piscina de la casa de Jackie Kennedy Onassis en Martha's Vineyard. CHRISTIE'S REAL ESTATE
Jackie se hizo con la finca cuatro años después de la muerte de su último marido, el magnate griego de las navieras Aristoteles Onassis. 
 Pero ya conocía la zona de su primera matrimonio con el expresidente Kennedy, cuya familia tenía una residencia en Hyannis Port, en las costas de Massachussets, frente a la isla. "Mi madre se enamoró de Martha's Vineyard", explica Caroline Kennedy en ese vídeo
 "Le encantaba explorar el cabo, navegar por Nantucket con mi padre y participar de las actividades familiares de Hyannis Port. Pero cuando mi hermano y yo crecimos, quería un sitio para ella misma".
 Fue entonces cuando decidió hacerse con el lugar, de 1,2 kilómetros cuadrados, dos estanques y dunas que llevaban hasta la playa.
Como cuenta Caroline, a su madre "le encantaban las paredes de piedra vieja, la garza azul que vivía en el estanque de las dunas, colocar cestas para langostas en Menemsha Pond, las leyendas del lugar, construir una casa en el árbol para sus nietos". 
Pero ella misma confiesa: "Ahora esos nietos ya han crecido y ha llegado el momento de seguir el ejemplo de mi madre y crear nuestros propios mundos. 
Esperamos que otra familia atesore este lugar como lo hemos hecho nosotros. 
Todavía es el lugar más bello de la tierra". De ahí que, ya en 2005, reorganizaran la propiedad y, en 2013, decidieran ceder parte del terreno a una sociedad de conservación de la isla.
 Y por eso ahora han decidido sacar la casa a la venta a través de la casa Christie's.
 
Vista de Red Gate Farm, la casa de Jackie Kennedy Onassis. 
Vista de Red Gate Farm, la casa de Jackie Kennedy Onassis. CHRISTIE'S REAL ESTATE

 Las playas de Massachussets y la propia Martha's Vineyard tienen un sabor agridulce para los Kennedy. Frente a las costas de esa pequeña isla del estado de Massachussets murieron John John Kennedy —el hijo de JFK y Jackie— en julio de 1999, tras sufrir un accidente con una avioneta en la que pilotaba él y en la que viaja con su esposa Carolyn Bessette y su Lauren. 
De ahí que, como afirme Caroline Kennedy, "nuestra familia siempre volverá a Martha's Vineyard, pero es momento de descubrir nuevos puertos".


 

La princesa Haya se enfrenta a su esposo, el emir de Dubái, en un tribunal de Londres

La mujer más joven de Mohamed Bin Rashid huyó de Emiratos la semana pasada.

 

La extraña y perturbadora intimidad de la radio

Cuando escribo sobre la radio siento que escribo sobre mí. Creo que muy poca gente es capaz de escribir sobre ella sin desnudarse un poco.

 
Un aparato de radio antiguo.
Un aparato de radio antiguo. GTRES
Se lamentaba Juan José Millás el otro día en una hermosa columna de que escribimos mucho sobre tele pero casi nada sobre radio, “porque la radio es metafísica allá donde solo interesa la física”. Otra explicación menos elegante tiene que ver con el pudor: la tele es pública, pero la radio es privada. 
Por eso es más fácil escribir en los periódicos sobre la primera.

Cuando escribo sobre la tele me llevo la escritura a cualquier terreno e hilar un discurso sobre la actualidad que puede debatirse con esa distancia con la que se manejan los asuntos públicos.
Esos que, en el fondo, no van con nosotros, sino con abstracciones lejanas como el gobierno, el país o el fin del mundo. Cuando escribo sobre la radio, en cambio, siento que escribo sobre mí, y creo que muy poca gente es capaz de escribir sobre la radio sin desnudarse un poco, porque los locutores no son para nosotros tribunos ni figuras públicas, sino voces de las que nos enamoramos y con las que mantenemos relaciones a veces tórridas, complicadas y vergonzosas.
Por eso no entiendo que, acomplejada por la televisión, la radio renuncie a ese superpoder de electrificar la intimidad del oyente. Los estudios, que antes eran covachas con una mesa, unos micros y unos individuos pálidos que exprimían sin apenas recursos todas las posibilidades expresivas de sus aparatos fonadores, se han convertido en platós con cámaras y escenografías luminosas y pirotécnicas que propician un ambiente mucho más dado a la predicación que a la confidencia, y si algo me han enseñado mis maestros, los que me han dejado boicotearles los guiones en directo y hacer todo tipo de gamberradas -Toni Garrido, Juan Carlos Ortega y Carlos Alsina-, es que la radio vive en ese segundo registro, que no se deja teorizar ni comprender del todo. 
El que solo se escucha.
 

 

Cuando Luis Buñuel enloqueció con ‘La ciudad y los perros’

 

El director manifestó su intención de filmar la novela, obra cumbre de Vargas Llosa.

 “Existía para nosotros un realismo mágico reconocible en su cine”, recuerda el Nobel

Un fotograma de la película de Luis Buñuel 'Los olvidados' (1950). En vídeo, tráiler de la película.
Cuando Mario Vargas Llosa comenzó a tientas La ciudad y los perros en una mesa solitaria del bar El Jute, lo hizo consciente de que necesitaba una estructura marcada por su fe en Sartre, su admiración hacia Faulkner y una disciplina flaubertiana.
 Así lo explicó en su prólogo de 1997 a lo que considera la edición definitiva de una de las obras cumbre del premio Nobel.
 Pero de lo que quizás no fue tan consciente en aquella taberna madrileña cercana al parque del Retiro era de que también echaría mano de la influencia de Luis Buñuel para construir atmósferas y personajes.
El cineasta, en cambio, sí debió reconocer algún aliento propio al leerla. 
Y con el tiempo, Vargas Llosa también:
 “Es posible”, admitía en una entrevista publicada en la revista francesa Positif en 1989.
 “Se trata de una película que me ha gustado enormemente.
 Los universos son muy semejantes. 
El Jaibo, personaje de Los olvidados, bien podría haber sido El Jaguar de mi novela”. 
El cruce entre director y escritor habría llegado a más de haber prosperado el deseo del primero adaptar al cine La ciudad y los perros.
 Durante algún tiempo fue su intención y así se lo confiaron Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco al autor hispano-peruano, según explica Vargas Llosa a EL PAÍS.
Escritor y cineasta se conocieron, fugazmente, en París. “Solo lo vi una vez en mi vida”, asegura el nobel. 
“Acompañé a quien era mi jefe entonces en Radio Francia Internacional, Jean Camp, a un hotel donde Buñuel siempre se hospedaba, cerca de Montparnasse.
 Debía ser el año 1964 o 1965. 
Recuerdo que se estaba despidiendo de forma muy efusiva de Rafael Alberti. 
Él conocía a Jean, era hijo de un hispanista”. 
También recuerda que Buñuel se mostró muy amable. 
“No vi en ningún momento a aquel artista que rompía sistemáticamente las convenciones y las normas, se mostró muy cariñoso con nosotros. 
Me impresionó su cordialidad”, añade Vargas Llosa en conversación telefónica.
 “Contó anécdotas muy divertidas, como que en sus películas procuraba meter a algún personaje que decía estar dispuesto a ceder en cualquier cosa menos en una. Y esa una representaba todo”.
La ciudad y los perros había sido publicada por Seix Barral en 1963 y había recibido el premio Biblioteca Breve en Barcelona un año antes.
 Aunque don Luis entonces no dio señales de haberla leído. “No me comentó nada”, afirma el autor.
 “Pero años después, Carlos Fuentes me dijo que quería llevarla al cine”.
 De nuevo, el escritor mexicano establecía un puente del maestro con autores del boom literario latinoamericano.
 Se lo reveló en una carta que data de 1964 y está en su archivo de Princeton, tal como indica Xavi Ayén en su libro Aquellos años del boom: 
 “Buñuel está enloquecido con La ciudad y los perros, aunque para llevarla al cine le ve problemas de censura casi insuperables”.
Ese aprecio era un viaje de ida y vuelta: “Todos éramos grandes admiradores de su cine”, dice Vargas Llosa. 
“En mi caso, sobre todo de la época mexicana. Lo que filmaba en muchos casos durante aquel periodo eran melodramas, pero siempre se las arreglaba para meter en ellos algo inusitado, fantástico con lo que los hacía trascender y los convertía en obras de arte.
 Existía para nosotros un realismo mágico reconocible en Buñuel, sin duda, que deja huella en nuestras novelas.
 Es un nexo fantástico y poco explorado”, añade.
Javier Herrera, experto en el trabajo del cineasta, sí lo ha estudiado. No tanto con Vargas Llosa, sino con otros autores que Buñuel quiso adaptar. 
“La principal referencia viene casi siempre a través de Carlos Fuentes”, explica Herrera.
 Fueron grandes amigos y lo estudió a fondo, de lo cual da prueba en libros de memorias como Diana o la cazadora solitaria y en obras recuperadas recientemente como La balsa de la medusa, estudio monográfico de Fuentes sobre su cine, descubierto por Herrera y publicado en la Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander en 2018..

Algunas frustraciones

A través de Fuentes, el director muestra interés por rodar obras de Julio Cortázar y José Donoso. 
La atracción era mutua. Buñuel fue siempre un cineasta puro, inventor de vías absolutamente nuevas.
 Pero para eso bebía tanto de la literatura como de la pintura y, sobre todo, de su propio mundo interior, plagado de fantasmas y señales del inconsciente. 
Su surrealismo sembrado en la vanguardia europea conectó con el mundo que en la segunda parte del siglo XX espoleó a los autores latinoamericanos del boom y se dio en llamar realismo mágico.
Pero fue un interés plagado de frustraciones.
 Cuando García Márquez no se había consagrado por el éxito de Cien años de soledad y aún se buscaba la vida como articulista y guionista de cine en México, soñó con verse adaptado por el maestro y le entregó un guion titulado Es tan fácil que hasta los hombres pueden. Buñuel apenas le prestó atención.
Sí mostró más interés, en cambio, por Aura, de Fuentes o por Las ménades, cuento de Cortázar publicado en el volumen Final de juego.
 Para el autor argentino, aquello fue un chute de moral:
 “Nunca creí que tendría la suerte de poder escribirle personalmente para decirle lo que su cine ha significado para los argentinos de mi generación que alguna vez se acercaron en su juventud a la maravilla pura de La edad de oro y sintieron que no todo estaba perdido mientras hubiera poetas como usted, rebeldes como usted”, le escribe Cortázar en una carta que está en el legado de la Filmoteca Española y Herrera ha rescatado junto a otros documentos en su libro Buñuel y su archivo:
 “Por todo eso, usted es una de las pocas razones por la que estoy contento de haber vivido en este tiempo. Se lo digo así, sin vueltas, porque sé que usted me va a comprender”.
También Donoso anduvo en tratos por La ciudad sin límites, novela que finalmente llevaría al cine Arturo Ripstein, como homenaje a la primera intención de su maestro. 
Todo ello representa las pruebas documentales de un parentesco artístico cuya riqueza abarca mundos en apariencia alejados, pero ciertamente cercanos.

La obsesión por Juan Rulfo

Entre las pruebas que marcan la relación de Luis Buñuel con el Boom latinoamericano no sólo hay evidencia de las directas, también de las fronterizas. 
A la lista de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Donoso y Mario Vargas Llosa, puros representantes del movimiento literario, se une otra de sus influencias más marcadas: Juan Rulfo. 
Según Javier Herrera, estudioso de Buñuel, el maestro valoró meterse en su obra Pedro Páramo.
 “Existe en su archivo un ejemplar acotado y subrayado como para sacar de él un guion”, asegura Herrera. Nada más conectado al mundo del cineasta que el rumor de los muertos que tiñe todo el libro del autor mexicano. 
Una obra reconocida por García Márquez como inspiración determinante en sus atmósferas y escrituras.
 El misterio callado de la literatura de Rulfo se multiplicaba con la rica imaginería que exploró también como fotógrafo. 
  Sólo pensar en la fuerza que Buñuel hubiese impreso a ese universo con imágenes en movimiento multiplica las frustraciones.
 No sólo de ambos creadores, sobre todo de quienes podíamos haber disfrutado de ellas como espectadores.