Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

26 jun 2019

Brad Pitt: crónica de un icono devorado por sus demonios

El actor, que vuelve este verano con la nueva película de Tarantino, vive una paradoja esquizofrénica: a pesar de ser guapo, rico y famoso, no es feliz.

brad pitt
Brad Pitt, a su llegada al prestreno de 'Érase una vez... en Hollywood' en la última edición del Festival de Cannes, en mayo de 2019. Foto: Getty

 En una entrevista para Rolling Stone de 1994 Brad Pitt aseguraba, mientras vaciaba jarras de cerveza sin parar, que no quería que la gente supiera nada de él: 

“No quiero que me conozcan. Yo no sé nada sobre mis actores favoritos, de otro modo se convertirían en celebridades”.

 Su plan ha salido regular. En estos últimos 25 años, Shania Twain se ha reído del tamaño de su pene en una canción (That don't impress me much) tras publicarse unas fotos de Pitt desnudo con su entonces prometida Gwyneth Paltrow; su primer hijo con Angelina Jolie fue apodado 

“el bebé más esperado desde Jesucristo”, y durante el parto de sus gemelos los paparazi alquilaron la planta superior del hospital para deslizarse por la fachada.

 Hasta el propio Pitt ha llegado a confesar que le gustaría “dar de hostias a Brad Pitt”.

 Es un hombre cansado de sí mismo pero, para su desgracia, el mundo nunca parece tener suficiente de Brad Pitt.

 Tanto sus escaramuzas sentimentales como profesionales (la última película llega el 15 de agosto, Érase una vez... en Hollywood, donde él y Leonardo DiCaprio están dirigidos por Quentin Tarantino) son seguidas con pasión.

Chris Schudy era el mejor amigo de Brad Pitt (Oklahoma, Estados Unidos, 1963) en el instituto. 
Cuando le llevó a casa para cenar, su madre le preguntó:  "¿De dónde has sacado a este dios romano?”. Pitt ya era una estrella en Springfield (Missouri) antes de montarse en su Datsun con 325 dólares en el bolsillo, a solo un trabajo de redacción para licenciarse en periodismo, y conducir durante 23 horas hasta Hollywood.
 Los Simpson viven en Springfield porque es el pueblo más común en Estados Unidos (existen 69 localidades con ese nombre) y, por tanto, describe un lugar genérico donde nunca ocurre nada.
Pero en Springfield, Missouri, ocurrió Brad Pitt: el canon de la belleza masculina de los noventa.
 Le bastaron 10 minutos en Thelma y Louise (1991) para decretar que el hombre perfecto ahora debía tener cara de adolescente, cuerpo de deportista de élite y, por primera vez en la historia, predisposición para dejarse cosificar.
 Por la calle, las mujeres le paraban no para pedirle un autógrafo sino un beso.
Los diez minutos de Brad Pitt en 'Thelma y Louise' es la mayor cosificación de un hombre que vería el espectador en los noventa.
Los diez minutos de Brad Pitt en 'Thelma y Louise' es la mayor cosificación de un hombre que vería el espectador en los noventa.
Hollywood puso la maquinaria en marcha (y él obedeció explotando el tic de humedecerse los labios en cada contraplano): si la belleza de Helena de Troya hundió mil barcos, la de Pitt llevaría a perder la cabeza a toda la que se enamorase de él. 
En el caso de Seven, literalmente. Juliette Lewis en Kalifornia; Julia Ormond en Leyendas de pasión (donde Pitt se iba de la película tres veces solo para poder volver a caballo y con el pelo al viento cada vez más lustroso que la anterior); Antonio Banderas en Entrevista con el vampiro; Claire Forlani en ¿Conoces a Joe Black?; Helena Bonham-Carter en El club de la lucha, y, según la prensa sensacionalista, Jennifer Aniston en la vida real pagaban caro enamorarse de Pitt. 
Y cómo le ocurría a Geena Davis en Thelma y Louise cuando Pitt le robaba todo el dinero que tenía, el público se quedaba con la sensación de que había merecido completamente la pena.

“No puedo esperar a caminar hacia el altar, ponerme el anillo y besar a la novia”, aseguraba el actor en 1997 ante su compromiso con Gwyneth Paltrow, quien en los rodajes bebía de una taza con la cara de su novio, “porque solo voy a hacerlo una vez en la vida”.

 El romanticismo tradicional de Pitt chocaba con la imagen que el público se había formado de él, pero su existencia está plagada de contradicciones: un galán que solo es feliz tirado en el sofá en pijama fumando porros (Paltrow tenía que arrastrarle a un restaurante una vez a la semana); una estrella que se queja de que le quitaron todas las escenas interesantes en Entrevista con el vampiro para que solo Tom Cruise se luciese (cuando le preguntaban por Cruise, Pitt evadía la respuesta asegurando que “Antonio Banderas es un tipo genial”), y una cara bonita con las inquietudes de un actor de carácter.

Durante uno de sus rodajes en los noventa, Pitt tuvo un ataque de pánico.
 Uno de los operarios se le acercó y le dijo: “Levanta la cabeza, deja de quejarte, eres el puto Brad Pitt; ya me gustaría a mí ser el puto Brad Pitt”. 
“Necesitaba escuchar eso”, recuerda hoy el actor en una entrevista para Esquire, “aquel día brillé gracias a eso”. 
Si Brad Pitt (el hombre) odia a Brad Pitt (la estrella) es porque su estatus de celebridad lleva años impidiéndole ser feliz.
Por eso hay cierto sadismo en su rebeldía contra su propia imagen pública.
 Para preparar Doce monos (1996) se encerró en una habitación a chocarse contra las paredes; en Seven (1995) exigió por contrato que la cabeza se quedara "en la caja” ante la insistencia del estudio de cambiar el final a uno más heroico; en El club de la lucha se quitó los empastes de sus dientes delanteros, y en Snatch. Cerdos y diamantes se inventó un acento ininteligible de gitano irlandés que hubo que subtitular. 
No es casualidad que en todas esas películas le destrozasen la cara a puñetazos.
“Me pasé los noventa tratando de esconderme y me volví loco huyendo de la cacofonía de la fama. Me ponía enfermo estar tirado en el sofá con un porro, me sentía patético”, ha admitido. “Intentaba encontrar personajes con vidas interesantes, pero yo no era capaz de vivir una vida interesante.
 Creo que mi matrimonio tuvo algo que ver”. Esta confesión, además de obligarle a emitir una disculpa pública hacia Jennifer Aniston (a quien conoció en una cita a ciegas gestionada por su agente), sugiere que Pitt está tan obsesionado con proteger su intimidad como ansioso de contarle sus miserias a cualquiera que quiera escucharlas. 
“Siempre he estado en guerra conmigo mismo, para bien o para mal, hay una discusión constante ocurriendo en mi cabeza”, reconoce, añadiendo que en varios periodos se ha sentido “absolutamente cansado” de sí mismo.
 Y entonces la película más intrascendente de su carrera, Sr y sra Smith (2005), le cambió la vida: aquí la chica no perdía la cabeza por Brad Pitt, sino que quería poner la de él en una bandeja de plata.

Brad Pitt y Angelina Jolie en el estreno de 'Malditos bastardos' en el Festival de Cannes en 2009. Se separaron en 2016.
Brad Pitt y Angelina Jolie en el estreno de 'Malditos bastardos' en el Festival de Cannes en 2009. Se separaron en 2016. Foto: Getty
El triángulo Aniston-Pitt-Jolie generó una nueva dimensión de fama: Brangelina, la unión de dos estrellas en condiciones escandalosas, colisionó en una supernova mediática.
 Brad Pitt, a diferencia de otras estrellas adúlteras como Ingrid Bergman o Liz Taylor, no tenía dónde esconderse y, un mes después de su divorcio de Aniston, le pillaron de vacaciones con Angelina Jolie en una playa de Kenia.
 A los cuatro meses Jolie estaba embarazada del hijo de ambos, Shiloh. 
Tres años después de conocerse Pitt era el patriarca de una prole de seis hijos, tres biológicos y tres adoptados por Jolie y posteriormente por él.

“En nuestra casa hay un barullo constante, ya sean risas, gritos, lloros o golpes.
 Me encanta. Me encanta. Me encanta. Odio cuando no están. Es agradable pasar un día en un hotel y leer el periódico, pero enseguida echo de menos esa cacofonía de la vida”, explicaba el actor.
Sin embargo, uno de sus directores, Andrew Dominick, describió la mansión del matrimonio como “un lugar donde te colocas nada más entrar por la puerta”.
 En una entrevista, tras recordar entre risas que el día que conoció a Quentin Tarantino vaciaron cinco botellas de vino, Pitt se bebía otras dos mientras bromeaba que no debería porque sus hijos “estarán en casa preguntándose dónde está papá”.
La involucración emocional del público en este romance, dividida en los bandos “equipo Aniston” y “equipo Jolie”, dejó a Pitt como un pelele que se dejaba llevar pero que, al menos, gracias a su nueva esposa había encontrado por fin un sentido para su vida mediante su colaboración con causas benéficas.
 Entonces su carrera voló a unas alturas inéditas en Hollywood al protagonizar siete películas nominadas al Oscar en ocho años y producir tres que lo ganaron: Infiltrados (2006), 12 años de esclavitud (2013) y Moonlight (2016).
 Pero Pitt vio la victoria de esta última en casa de un amigo porque no quería que su reciente divorcio acaparase la atención.
 (Quién iba a decirle que Warren Beatty y Faye Dunaway ya se iban a encargar de distraer la atención de los espectadores).

La separación de Pitt y Jolie pareció sacada, al igual que su unión, de un culebrón. 
Un jet privado. Un altercado entre un padre y su hijo (Maddox, que entonces tenía 15 años).
 Una mujer que coge a toda su prole e interpone la demanda de divorcio nada más aterrizar. Adele les dedicó un concierto, Internet se llenó de gifs de Jennifer Aniston sonriendo, y la aerolínea Norwegian Airlines lanzó la campaña “¡Brad está soltero!” para promocionar vuelos a Los Ángeles. 
Pero lo que para el mundo parecía una atracción de feria, para Pitt era un reencuentro con sus demonios y, una vez más, así quiso compartirlo con un periodista. 

Seis meses después de la separación, aún luchando con Jolie por la custodia compartida que Jolie le negaba, Brad Pitt concedió una entrevista sobre su propia depresión. 
De entre todas las casas que ha comprado en su vida (un rancho en Missouri de 242 hectáreas, una mansión en Nueva Orleans, un castillo en el sur de Francia, un apartamento en Nueva York, un piso de 600 metros cuadrados en Berlín), Pitt se refugió en su residencia de Hollywood Hills. 
En el sótano, donde Jimi Hendrix compuso May this be love, Pitt había pasado su matrimonio con Jolie fumando marihuana durante días enteros. 
Ahora el actor explicaba que cada mañana hacía un fuego mientras disfrutaba del proceso de preparar té matcha y cada noche hacía otro fuego porque era lo único que le hacía “sentir que había vida” en esa casa.
 Entremedias, pasaba las horas moldeando arcilla y escuchando a Frank Ocean, que es la música que ha acompañado a todos los divorciados del planeta en la última década.


 

El lado oscuro de 14 genios, artistas y personalidades que creíamos intachables

John Fitzgerald Kennedy, Teresa de Calcuta, Mick Jagger, Albert Einstein... Sabemos de la admiración que provocan. Lo que no se conocía tanto es su faceta turbia.

 

albert einstein
John F. Kennedy y Jacqueline Bouvier sentados en el jardín de la casa de la familia Kennedy unos meses antes de celebrar su boda. Foto: Getty

25 jun 2019

erechos Formación Titulares » Negocios CincoDías Retina La farmacéutica AbbVie se lanza a comprar Allergan, dueña del Botox

La sociedad combinada mantendrá su sede fiscal en los Estados Unidos.

Cajas del tratamiento Botox de Allergan
Cajas del tratamiento Botox de Allergan
Allergan, la farmacéutica irlandesa que comercializa el Botox, tiene nueva pretendiente. 
Se trata de la biofarmacéutica estadounidense AbbVie, que ofrece pagar 63.000 millones de dólares para hacerse con su control.
 La fusión de las dos compañías vuelve así a dar un nuevo impulso al proceso de consolidación en la industria. 
La combinación busca nuevas oportunidades de crecimiento.
Pfizer ya intentó fusionarse con Allergan en octubre de 2015, en una operación con la que buscaban destronar a Johnson & Johnson como la mayor compañía de salud del mundo.
 Pero la operación estuvo rodeada de gran controversia por las implicaciones fiscales que iba a tener.
 El Tesoro de Estados Unidos planteó muchos problemas a la fusión y las condiciones que imponía forzaron la ruptura del acuerdo.
AbbVie trata de adquirir ahora Allergan con una oferta que valora cada título en 188,24 dólares la acción.
 Eso representa una prima del 45% respecto al precio al que cerró la compañía este mismo lunes.
 Tras la fusión, la compañía mantendrá su sede en Delaware para evitar un desenlace similar al de Pfizer.
 En los últimos días se especulaba justo de lo contrario, que Allergan se partiera.
 La fusión, por tanto, permitirá a AbbVie buscar oportunidades en un nuevo segmento de mercado.
 Estas operaciones, además, suelen tomar cuerpo hacia el final del ciclo de expansión económica para sostener el crecimiento.
 Lo que nadie esperaba es que Brent Saunders, el consejero delegado de Allergan, fuera a dar el paso de vender.
 La sociedad combinada estará dirigida por Richard González.
La compañía de Dublín es de especial atractivo por Botox, un producto dominante en el mercado de los productos farmacéuticos para la belleza.
 También cuenta con tratamientos muy populares para el cuidado de los ojos. AbbVie, por su parte, se está preparando para la expiración de la patente de Humira en 2023, que se receta para tratar condiciones inflamatorias o problemas crónicos en la piel.


 

Condenada a dos años de cárcel la condesa que robó un ‘van dyck’

La aristócrata Cristina Ordovás deberá indemnizar con 165.000 euros a los ingleses a los que pertenece el cuadro 'Anna Sofía, condesa de Carnarvon'.

  • Cristina Ordovás Gómez-Jordana llega a la Audiencia Provincial de Madrid el pasado 10 de junio.
    Cristina Ordovás Gómez-Jordana llega a la Audiencia Provincial de Madrid el pasado 10 de junio.
    Un par de veces, durante el juicio, el abogado defensor se echó las manos a la cabeza.
     Tal vez el lenguaje corporal delatara así la preocupación del letrado por la complicada posición de su clienta. 
    Sus temores han resultado fundados: la Audiencia Provincial de Madrid ha condenado a dos años de cárcel a Cristina Ordovás Gómez-Jordana, condesa de Ruiz de Castilla, por haberse apropiado indebidamente del cuadro Anna Sofía, condesa de Carnarvon, del maestro flamenco Anton Van Dyck, datado entre 1633 y 1641.
     La aristócrata también deberá indemnizar a los propietarios de la obra —dos británicos que autorizaron la entrega del cuadro a Ordovás para que decidiera si quería comprarlo y jamás volvieron a ver ni el van dyck ni el dinero— por 165.000 euros, el valor concordado en esa transacción fallida que originó la demanda y el juicio.
    El fiscal exigía cuatro años de prisión. 
    La defensa negaba cualquier delito penal, aunque admitía que la aristócrata, viuda del conde Juan de Goyeneche y relacionada desde hace tiempo con el mundo del arte, pudo incurrir en un incumplimiento contractual. 
    La sentencia, emitida por la sala séptima de la audiencia y contra la que cabe recurso, rechaza esa opción: 
    "Es evidente que no se trata del mero incumplimiento de un pago sino de la apropiación del bien". 
    El fallo, al que tuvo acceso EL PAÍS, suma también una multa diaria de 12 euros durante nueve meses.
    Las tres magistradas consideran probado, en buena parte, el relato que los denunciantes ofrecieron durante el proceso.
     John Gloyne y Noel Kelleway adquirieron Anna Sofía, condesa de Carnarvon en una subasta, en 2009, por 40.000 euros. Junto con un tercer socio, el español Pedro Saorín, trajeron la obra a España para venderla. 
     Mientras, encargaron análisis que confirmaron la autoría de Van Dyck y aumentaron el valor del cuadro. Finalmente, en junio de 2014, Saorín encontró en la condesa, a la que conocía desde hacía décadas, una potencial compradora. 
    De ahí que el cuadro llegara a casa de Ordovás, "para probarlo", según relató ella en el juicio. 
    En su declaración, agregó que la obra le pareció "horrorosa". Sin embargo, accedió a quedársela.
     
    Cristina Ordovás Gómez-Jordana llega a la Audiencia Provincial de Madrid el pasado 10 de junio.
    Cristina Ordovás Gómez-Jordana llega a la Audiencia Provincial de Madrid el pasado 10 de junio.
    Un par de veces, durante el juicio, el abogado defensor se echó las manos a la cabeza. Tal vez el lenguaje corporal delatara así la preocupación del letrado por la complicada posición de su clienta. Sus temores han resultado fundados: la Audiencia Provincial de Madrid ha condenado a dos años de cárcel a Cristina Ordovás Gómez-Jordana, condesa de Ruiz de Castilla, por haberse apropiado indebidamente del cuadro Anna Sofía, condesa de Carnarvon, del maestro flamenco Anton Van Dyck, datado entre 1633 y 1641. La aristócrata también deberá indemnizar a los propietarios de la obra —dos británicos que autorizaron la entrega del cuadro a Ordovás para que decidiera si quería comprarlo y jamás volvieron a ver ni el van dyck ni el dinero— por 165.000 euros, el valor concordado en esa transacción fallida que originó la demanda y el juicio.
    El fiscal exigía cuatro años de prisión. La defensa negaba cualquier delito penal, aunque admitía que la aristócrata, viuda del conde Juan de Goyeneche y relacionada desde hace tiempo con el mundo del arte, pudo incurrir en un incumplimiento contractual. La sentencia, emitida por la sala séptima de la audiencia y contra la que cabe recurso, rechaza esa opción: "Es evidente que no se trata del mero incumplimiento de un pago sino de la apropiación del bien". El fallo, al que tuvo acceso EL PAÍS, suma también una multa diaria de 12 euros durante nueve meses.
    Las tres magistradas consideran probado, en buena parte, el relato que los denunciantes ofrecieron durante el proceso. John Gloyne y Noel Kelleway adquirieron Anna Sofía, condesa de Carnarvon en una subasta, en 2009, por 40.000 euros. Junto con un tercer socio, el español Pedro Saorín, trajeron la obra a España para venderla. Mientras, encargaron análisis que confirmaron la autoría de Van Dyck y aumentaron el valor del cuadro. Finalmente, en junio de 2014, Saorín encontró en la condesa, a la que conocía desde hacía décadas, una potencial compradora. De ahí que el cuadro llegara a casa de Ordovás, "para probarlo", según relató ella en el juicio. En su declaración, agregó que la obra le pareció "horrorosa". Sin embargo, accedió a quedársela.
    Desde entonces, pese a su impago, la aristócrata dispuso del cuadro como si fuera suyo. Tanto que lo entregó a Globomas, una sociedad con sede en Liechtenstein, "de una manera casi inmediata, desconociéndose qué recibía por dicha aportación", se lee en la sentencia. Es decir, cuando, meses después, los ingleses empezaron a reclamarle el dinero o la restitución del cuadro y Ordovás prometió una y otra vez que pagaría al día siguiente, hacía tiempo que el van dyck ni siquiera estaba en sus manos. Todavía, de hecho, no ha sido recuperado: se encuentra en Zúrich.
    La obra Anthony van Dyck titulada 'Anna Sofia, condesa de Carnarvon'.
     La obra Anthony van Dyck titulada 'Anna Sofia, condesa de Carnarvon'.

    En el juicio, dos asesores de la condesa contaron que había cerrado en agosto de 2014 la aportación a Globomas de 33 cuadros —incluido Anna Sofía, condesa de Carnarvon— por un valor de unos 200 millones de euros y que les fichó justamente para deshacer ese acuerdo.
     Ambos se reunieron con Gherard Wolf Mier, responsable de Globomas, en Marbella y lograron cancelar la operación. 
     Sin embargo, el alemán adujo que la condesa le debía 600.000 euros y pidió quedarse con el van dyck de la discordia y otra obra del mismo autor. 
    Ordovás aceptó, según sus asesores.
    Frente a ello, en el juicio la condesa se dibujó como víctima de estafa y engaño. 
    "Si a usted le hubieran robado todo, estaría tan nerviosa como yo. Y encima pringo", llegó a decirle a la presidenta del tribunal.
     En una primera versión, Ordovás aseguró que el cuadro le había sido sustraído en julio en una mudanza, algo que las magistradas han descartado.
     En el juicio, en cambio, la aristócrata relató un segundo presunto robo.
    Contó que Wolf Mier acudió a su casa, un día que ella no estaba, para llevarse varios cuadros que Ordovás le había autorizado a vender. 
    Ya que el van dyckyacía embalado —la condesa lo había quitado del marco porque este también le parecía "espantoso"— al lado de ese montón de obras, Wolf Mier lo recogió. 
    La condesa lo resumió así: "Gherard desapareció, y venga a llamarle.
     Se llevó los cuadros que le dejé con todo mi cariño y me hizo la faena". 
    Su declaración, tan accidentada que provocó los gestos de desesperación de su propio letrado, no convenció en absoluto a las magistradas: hasta la citan como una de las razones que contribuyen a probar el delito de apropiación indebida.
     "Resulta increíble que la acusada no controle qué cuadros se lleva el tal Gherard y dónde están obras que no son de su propiedad", reza el fallo. 
    Los ingleses, sin conocer el destino de su obra ni el enredo que estaba protagonizando, comenzaron a presionar con insistencia a Ordovás.
     "Un bombardeo" de e-mails, en palabras de la condesa. 
    En primavera de 2015, se reunieron con ella y pactaron el pago de 180.000 euros, por el tiempo transcurrido y las molestias ocasionadas. 
     Por enésima vez, el dinero no llegó. Ante meses de palabras vacías, buscaron una vía más efectiva: los tribunales. 
    Las juezas lo tuvieron tan claro que el proceso duró cuatro horas. 
    Al día siguiente, ya estaba lista la sentencia.