Algo estamos haciendo mal, o algo no estamos haciendo para, en pleno XXI, tener esas bombas en el cuarto de los niños.
Hemos de poner contrapesos de realidad y cordura en el uso temprano del móvil. PATRICK SEEGEREFE
De cría rebuscaba en la basura. No por hambre del buche, sino del
espíritu. Con un solo sueldo y cuatro bocas en casa, para mis padres
todo lo que no fuera comida y libros era capricho. Así que, para la
lectora omnívora que fui antes de que las pantallas me arrasaran las
neuronas, las revistas y tebeos que tiraban otros eran pura ambrosía. Un
día, tendría 12 ó 13 años, me explotó entre el botín una bomba atómica. Era un folleto para adultos, o sea, un imán para mis ojos. Pero no un Interviú, ni un Lib, ni un Playboy,
con el surtido de pubis, tetas y culos que tenía tan vistos. Era una
revista X con fotos hiperrealistas de penes, ortos y vulvas
interaccionando en primerísimo plano que me provocaron arcadas y me
dejaron trastornada varios días con sus noches. Una era niña, no tonta.
Antes de eso, la lectura de alguna novela de las del salón, a las que
nos dejaban barra libre, me había provocado turbación y deseo. Pero
aquellas imágenes ofendieron mi inocencia y pervirtieron mi idea del
sexo más que un millón de palabras. No sé si me explico.
Aquí y ahora, uno de cada cuatro menores de 13 años ve porno
y lo tiene como referencia para iniciarse en el sexo. Lo que ven y lo
que hacen a solas lo imagino.
Nada nuevo bajo la capa de ozono.
Lo peor
es que no hayamos aprendido nada.
En mi familia no se hablaba de cintura
para abajo, hasta el punto de que tuve que aprender a ponerme tampones a
escondidas.
Nadie, tampoco, ni en casa ni en el cole, me habló de la
ternura, el goce y el misterio del sexo. Pero eso fue el siglo pasado.
Algo hacemos mal o no hacemos en este para tener tamañas bombas en el
móvil de los críos y no poner contrapesos en la familia ni en la
escuela.
Por eso me repugna tanto el pataleo de esos políticos que
acusan a quienes intentan educar sexualmente a los niños de
adoctrinarles, pervertirles y animarles a masturbarse.
La última vez que se les vio juntos fue el pasado domingo en la pista central de Roland Garros, donde Rafa Nadal ganó su 12º trofeo.
Don Juan Carlos y la infanta hija Elena
ocuparon un puesto destacado en la tribuna y tuvieron un papel
protagonista en la posterior celebración en la que el tenista ofreció
una cena a su equipo técnico, amigos y familiares.
Hace tiempo que el
rey emérito y Nadal mantienen una estrecha relación, de ahí su presencia
en París.
Cada vez es más frecuente que padre e hija pasen tiempo de
ocio juntos.
Comparten afición por la buena mesa, los toros, la caza, la
vela y los chistes.
Pero, lo más importante, ella es la más Borbón en
carácter de los hijos de don Juan Carlos.
Esa cercanía le ha permitido a
Elena actuar de mediadora en favor de su hermana en los momentos de más
tensión familiar. También lo ha hecho entre sus hermanos.
Elena de Borbón se lleva muy bien con su madre, doña Sofía, pero
siempre ha estado más cerca de su padre y, lo más importante, ha sido el
eslabón que ha mantenido unida la familia en difíciles momentos, como
el estallido del caso Nóos
que provocó la exclusión de su hermana Cristina de las actividades del
palacio de La Zarzuela. Elena ha sido quien ha intermediado para que don
Juan Carlos retome la relación con su hija menor. El primer gesto de
don Juan Carlos fue acudir al 50º cumpleaños de Iñaki Urdangarin semanas
antes de entrar en la prisión de Brieva
para cumplir una condena de seis años y tres meses. Luego comenzó a
recibir en Madrid visitas de Cristina, hasta que hace dos meses él mismo viajó a Hannover para presenciar un partido de balonmano en el que jugaba su nieto Pablo. En esa ocasión también estuvo a su lado la infanta Elena y la reina Sofía.
Gracias a su hija mayor los reyes eméritos también se relacionan con
más cordialidad que en el pasado. Siguen haciendo vidas separadas, pero
cuando coinciden no hay tanta tensión. A doña Sofía le gusta que don
Juan Carlos busque la compañía de la infanta Elena y no de otras
amistades del pasado. La vida actual de la infanta Elena, que ahora es solo familia del Rey,
transcurre más tranquila que nunca. Reside en una casa amplia en el
barrio del Niño Jesús de Madrid, muy próxima al parque de El Retiro. Continúa trabajando como directora de Proyecto Sociales y Culturales en
la Fundación Mapfre, con un sueldo que se dijo rozaba los 200.000 euros anuales y nadie ha desmentido en estos años, y de vez en cuando su hermano sigue contando con ella
para actos puntuales que son remunerados a la pieza, porque su estatus
actual no cuenta con asignación fija. Sigue ligada al mundo de la hípica
aunque ya no monta tanto como antes. Ahora va a clases de labores
—punto y costura—. Que se haya sabido, no ha vuelto a tener una pareja
conocida, pero Elena, cumplidos los 55 años, parece liberada de las
tensiones del pasado. Eso sí, su relación con su exmarido Jaime de Marichalar es inexistente,
tanto que ni tan siquiera han podido planear juntos la puesta de largo
de su hija Victoria, que se celebrará la semana próxima. Elena ha concedido muy pocas entrevistas. La última, al cumplir los 50. En ella se definió así: “Soy espontánea, valoro mucho la familia y los
amigos, procuro vivir con intensidad lo que hago. Tengo sentido del
humor y lo valoro en los demás”.
Joan Crawford y su hija Christina, en julio de 1947 en su casa.Keystone / Getty Images
El 10 de mayo de 1977, a las diez de la mañana en Nueva York, falleció Joan Crawford. "La superestrella ha muerto. Ahora se abrirá la puerta y todos los fans
desfilarán agitando sus promesas de lealtad firmadas con un 'Dios te
bendiga, Joan'. Lloré, pero no de tristeza, sino de cólera". Este es uno
de los párrafos iniciales de Queridísima mamá, las memorias de Christina Crawford, la hija mayor de la protagonista de Johnny Guitar,
un libro rebosante de amargura, dolor, venganza y miserias que se editó
por primera vez en 1978 y fue adaptado en 1981 al cine con el título
homónimo en una vergonzosa película protagonizada por Faye Dunaway. En España las memorias nunca habían visto la luz hasta ahora, que las publica Notorious Ediciones
traduciendo la versión de 2017. Desde que murió su madre, Christina
Crawford ha sacado partido de su volumen: en el vigésimo aniversario de
la edición escribió cien páginas más y eliminó otras cincuenta del libro
original. En 2017 añadió fotos de su álbum y un prólogo en el que
asegura: "La violencia familiar es generacional, un comportamiento
aprendido. [...] Solo la voluntad bien informada de las personas puede
revertir realmente dicho comportamiento. Esa es la razón principal por
la que he mantenido a Queridísima mamá en constante publicación durante cuarenta años". Si en su momento el libro levantó una polvareda tremenda, con los años las respuestas familiares y la serie Feud,
que ahondaba en su tormentosa relación con Bette Davis, han resucitado
para varias generaciones el nombre de Joan Crawford, estrella que
trabajó sin parar de 1925 a 1970, y que en sus últimos años se convirtió
en la mejor publicista de Pepsi-Cola, al casarse —fue su tercer marido—
con Alfred Steele, el presidente del consejo de administración de la
marca de refrescos. Crawford adoptó cuatro hijos a lo largo de su vida
(hubo un quinto que fue reclamado por su madre y por tanto devuelto): Christina, Christopher, y las gemelas Cindy y Cathy. En su testamento
Crawford desheredó a los dos mayores: a Christopher no lo veía desde que
él cumplió 15 años y algunos amigos aseguraban que Christina ya había
empezado a escribir sus memorias en vida de Joan, y que esta, tras leer
algunas páginas, decidió eliminarla de la herencia.
Joan Crawford, en un fotograma de 'Amor en venta'.
Christina no se llamó siempre así . Al inicio de su vida como niña
adoptada recibió el nombre de Joan Crawford jr. Su madre se dio cuenta
pronto del peso del nombre y se lo cambió por Christina. Al año de vida
del bebé, en 1940, madre e hija cruzaron de costa a costa Estados Unidos
para pasar varias semanas en Miami. Cuatro décadas más tarde, Christina
descubrió que su progenitora "tenía conexiones con el hampa desde su
adolescencia", y que así conoció a una leyenda de la mafia judía, Meyer
Lansky, que facilitó la adopción de Christina en el Estado de Nevada, ya
que en California existían leyes que no permitían que mujeres solteras
adoptaran niños. La autora habla de años de maltrato psicológico y golpes con objetos,
encadena episodio tras episodio de broncas por rehusar comer algún
alimento (durante una semana se niega a acabar un filete, y desayuno,
comida y cena la carne sale del frigorífico para que el servicio la
ponga en la mesa ante Christina) y redacta los recuerdos de sus
legendarios cumpleaños, cuando Joan Crawford montaba en su casa
"auténticos espectáculos circenses" a los que acudían los hijos de las
estrellas y los prebostes de Hollywood. En las fotos de aquellas
jornadas aparecían retratados "niños pequeños sin asomo de sonrisas en
sus caras", críos a los que Christina, además, no conocía.
Queridísima mamá es una lista desenfrenada de quejas y
desdichas en 450 páginas en los que la califica hasta de ninfómana.
A
Crawford le obsesionaba la limpieza, y Christina encadena historias
sobre aquellos momentos volcánicos en los que la actriz dejaba salir "su
frustración, ansiedad o completa locura, que le hacían reunir a toda
criatura capaz que tuviera a mano para obligarla a prestar servicio".
La
autora también subraya que no solo ella sufrió aquellos desmanes.
La
estrella, nacida como Lucille Fay LeSueur en San Antonio (Texas), creció
junto a su madre y su hermano Hal, luchando por salir adelante con muy
poco dinero.
Décadas después Crawford contaría que su padrastro abusó de
ella durante varios años desde que ella cumplió los 11.
"El tío Hal y
la abuela...A menudo, he pensado que se les hizo pagar un precio terrible por
aquellos primeros años de pobreza que compartieron con mamá.
Creo que
solo representaban dolor para ella y creo que se avergonzaba de ellos",
plasma Christina.
El libro acaba con una ceremonia en homenaje a Crawford organizada
por George Cukor, cuando su hija ya sabe que tanto ella como su hermano
han sido desheredados "por las razones que ellos muy bien conocen" (así
consta en el testamento), un acto al que acude todo Hollywood, incluido
un joven llamado Steven Spielberg que había dirigido siete años antes en
televisión a la estrella. Hasta para él Christina reserva una colleja
verbal.
En Queridísima mamá Christina no ahorra en detalles
morbosos, incluso salvajes.
Delante del cadáver embalsamado de su
madre, le dice —o así lo escribe—: "Sé que en realidad ya no estás aquí
conmigo, madre... Solo quiero decirte que te amo, que te perdono [...].
Dios nos ha liberado, mami querida. Vete en paz".
Y a partir de ahí
inicia el viaje a los infiernos que, insiste, fue su existencia.
Joan Crawford, a la derecha, en 'Alma en suplicio'.
¿Cuánto de verdad hay en esas memorias? Tras su publicación comenzó
una guerra en el mundo del cine y en la familia Crawford. La estrella
poseía un carácter endiablado, necesario probablemente para sobrevivir
en el Hollywood de la época, en el que ganó el Oscar por Alma en suplicio y obtuvo otras dos candidaturas por Amor que mata y Miedo súbito. Esa fortaleza y ferocidad alimentaron su personaje en ¿Qué fue de Baby Jane?, donde encaró a otra gran leyenda, Bette Davis. Aquel enfrentamiento alimentó regueros de tinta y medio siglo después, pasó a la televisión en la serie Feud.
Crawford, en '¿Qué fue de Baby Jane?'.
Sin embargo, el resto de las biografías de Crawford —como Not the Girl Next Door: Joan Crawford: A Personal Biography,
de Charlotte Chandler— no se creen todas las historias de Christina.
Empezando por sus dos hermanas pequeñas, que hablan de una "madre
estricta pero cariñosa". Lo mismo aseguraron exmaridos, secretarios,
personal de servicio y otras estrellas amigas. En cambio, su hermano
Christopher apoyó el libro, y actrices como Helen Hayes, June Allyson o
Betty Hutton confirmaron algunos de los abusos de los que fueron
testigos. Su compañera en Alma en suplicio Eve Arden contaba
que Crawford era "una buena mujer", hasta que el alcoholismo y su
trastorno bipolar alteraban su comportamiento. Fuera lo que fuese, aún
hoy, a sus 79 años, Christina Crawford vive dolida por sus años como
hija de una de las leyendas de Hollywood.
Vestidos de Carolina Herrera inspirados en el sarape de Saltillo.CAROLINAHERRERA.COM
El joven diseñador Wes Gordon lleva un año trabajando como director creativo de Carolina Herrera,
la modista venezolana que es un icono de las pasarelas. Resort 2020 es
la reciente colección de la pareja creativa y está inspirada en la
“alegría de vivir” de América Latina. Vogue
la ha descrito como “juvenil, fresca y fiel a las raíces de la marca”. A
esto puede sumarse también “polémica”. Algunos vestidos de temporada
han generado molestias en el Gobierno de México. El Ejecutivo de izquierdas de Andrés Manuel López Obrador ha acusado a
Herrera y Gordon de apropiación cultural al haber incorporado en sus
prendas diseños y elementos identitarios de los pueblos originarios
locales.
La secretaria [ministra] de Cultura del país, Alejandra Frausto,
envió este lunes una carta de reclamación a ambos diseñadores. Frausto
asegura en ella que algunos de los patrones utilizados en la colección
forman parte de la cosmovisión de pueblos de regiones específicas de
México. El Gobierno ha pedido a Herrera que explique “públicamente” los
fundamentos que llevaron a la casa de modas a usar elementos culturales
cuyo “origen está plenamente fundamentado”. Además, solicita a la
modista que aclare si las comunidades portadoras de estas vestimentas se
van a beneficiar de las ventas de la colección. Una de las prendas, por ejemplo, es un largo vestido blanco que tiene
bordados animales de colores brillantes que se entrelazan con flores y
ramas. “El bordado proviene de la comunidad de Tenango de Doria
(Hidalgo); en estos bordados se encuentra la historia misma de la
comunidad y cada elemento tiene un significado personal, familiar y
comunitario”, dice la ministra en el documento al que ha tenido acceso
EL PAÍS. Otros dos casos citados en la protesta de Frausto se refieren al uso
de bordados florales sobre una tela oscura como los que se hacen en la
región del istmo de Tehuantepec, en Oaxaca. Y la incorporación, en otros
dos vestidos, del famoso sarape de Saltillo (Coahuila). “En la historia
de este sarape encontramos el recorrido del pueblo de Tlaxcala para la
fundación del norte del país”, explica la funcionaria del Movimiento de
Regeneración Nacional (Morena) a la diseñadora afincada en Nueva York
desde 1980. Frausto cree que las prendas que el señor Gordon ha ideado para la
casa Herrera pueden insertarse en un debate mundial sobre los derechos
culturales de los indígenas. “Se trata de un principio de consideración
ética que… nos obliga a hacer un llamado de atención y poner en la mesa
un tema impostergable…: promover la inclusión y hacer visibles a los
invisibles”, indica la carta, con fecha de 10 de junio. Este periódico
intentó sin éxito contactar con la oficina de Carolina Herrera en Nueva
York para conocer la reacción tras la carta. Ya decía yo que Carolina ya no es la Carolina Herrera de mis sueños , ahora toca esperar que nos vista como a Frida Khalo cejijunta y con bigote.....no no Carolina no es ya Carolina que las dependientas ganan menos de lo que cuesta un vestido suyo o un bolso......no no y menos ir de mejicana linda y bonita...
proyecto para una ley de salvaguardia de los conocimientos, cultura e
identidad de los pueblos indígenas y afromexicanos. La norma pretende
derogar algunas leyes vigentes de derecho de autor para impedir que los
diseñadores utilicen este tipo de ilustraciones sin el consentimiento de
los pueblos.
“Es una ley muy grande que da la titularidad de estos elementos a las
culturas originales”, explica a este diario la senadora Susana Harp, de
Oaxaca, presidenta de la comisión de Cultura y autora de la norma, que
será trabajada durante dos meses más junto a otros instrumentos legales. “El mercado debe entender que no se trata de dos bolitas arriba o dos
bolitas abajo. Estos diseños son imágenes de su cosmovisión. Las
comunidades piden respeto, no piden dinero. Quieren que los diseñadores
se acerquen a ellos y pidan permiso”, agrega la legisladora. Uno de los
apartados de esta ley indica que los pueblos originarios podrán firmar, o
no, convenios con los diseñadores que pretendan utilizar sus diseños. Harp indica que también existen ejemplos de buenas prácticas del
trabajo con artesanos locales. Entre ellas Roche Bobois, una mueblería
francesa de alta gama, que hizo una colección basada en arte huichol.
Por cada pieza vendida, los indígenas obtienen un ingreso. La mexicana Carla Fernández
también se ha convertido en un referente con sus colecciones
influenciadas en la riqueza textil de los pueblos originarios. Una
riqueza que Carolina Herrera tendrá que explicar al Gobierno mexicano.