Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

2 jun 2019

Un asunto de millonarios...............................Juan José Millás

Un asunto de millonarios AQUÍ TENEMOS al príncipe Enrique anunciando el nacimiento de su primer hijo como si lo hubiera parido él. 
El príncipe Enrique es un señor muy rico que vive lejos, en un país del norte, y cuya vida ni nos va ni nos viene, aunque sale tanto en la tele y en la prensa que acabaremos convencidos de que, si no nos va, tal vez nos venga. 
En esta ocasión, como decíamos, lo hemos sacado a propósito del niño que ha tenido con Meghan Markle, la señora ausente, pero a la que vemos como si estuviera a su lado: cosas del cerebro. El príncipe Enrique está muy contento de su hazaña, de ahí su sonrisa y su modo de entrecruzar las manos, como felicitándose a sí mismo.
 Ha elegido para la ocasión vestir de manera informal, como un padre de clase media.
 He ahí un guiño al contribuyente que pagará con gusto los pañales de la criatura.
 La cremallera del jersey es la tecnología punta de carácter textil de las clases modestas.Juan José MillásNosotros nos alegramos de que el príncipe Enrique y su esposa, Meghan, hayan sido padres, no somos alimañas. 
Ahora bien, se trata de una alegría extraña cuando vivimos en un mundo en el que el capitalismo financiero prohíbe tener hijos a nuestros jóvenes. 
La procreación, en fin, empieza a ser un asunto de ricos que exhiben sin pudor ese privilegio, como queda registrado en la imagen. 
Y si entre nosotros no nacen, en otros ámbitos mueren al poco de hacerlo, también por influencia de la globalización financiera.
 No se ha hecho el cálculo de cuántos bebés pobres tienen que morir para que sobreviva uno millonario, pero hay relación entre una cosa y otra. No lo duden. 

Ella también ...............................................Rosa Montero.

Einstein obligó a firmar a su primera esposa un contrato humillante. Quemó sus cartas y jamás mencionó la aportación que hizo a su trabajo.

LA LECTURA de la reciente novela de Nativel Preciado, El Nobel y la corista, en donde hace un genial retrato del Einstein mujeriego, me ha hecho recordar la perturbadora historia de Mileva Marić, la física y matemática serbia que fue la primera esposa del científico. Mileva y Einstein se conocieron en 1896 en el Instituto Politécnico de Zúrich, del que eran alumnos.
 Ella tenía 21 años; él, 17. Fue un amor a primera vista.
 Mileva había mostrado desde niña tanto talento que su padre decidió darle la mejor educación.
 Para comprender hasta qué punto esta actitud era rompedora, baste decir que el padre tuvo que pedir un permiso especial para que su hija pudiera estudiar Física y Matemáticas, dos carreras solo para varones.
 Era un mundo que les negaba todo a las mujeres.
Mileva y Albert empezaron a vivir y trabajar juntos, pese a la furibunda oposición de la madre de él
. Que su amado la defendiera frente a su propia madre debió de crear en la joven un sentimiento de gratitud inacabable.
Y así, cuando el profesor Weber admitió a Mileva para el doctorado, después de haber rechazado a Albert porque no le consideraba preparado, ella supeditó su aceptación a la inclusión de Einstein.
 Mileva, mejor matemática que él, revisaba los errores de su amante; sus correcciones abundan en los apuntes de Albert: “Ella resuelve mis problemas matemáticos”.
 A la joven le obsesionaba encontrar un fundamento matemático para la transformación de la materia en energía; compartió con Albert esta fascinación (las cartas se conservan) y a Einstein le pareció interesante la idea de su pareja.
 En 1900 terminaron un primer artículo sobre la capilaridad; era un trabajo conjunto (“le di una copia [al profesor Jung] de nuestro artículo”, escribió Einstein), aunque solo lo firmó él.
 ¿Por qué? Porque una firma de mujer desacreditaba el trabajo. Porque Mileva quería que Einstein triunfara para que se casara con ella (él había dicho que hasta que no pudiera mantenerla económicamente no lo haría).
 Por la patológica gratitud, dependencia psicológica y enfermiza humildad que el machismo inocula. 

Y entonces comenzó, insidiosamente, la desgracia.
 En 1901, Mileva fue a Serbia a dar a luz secretamente a una niña de la que no volvió a saberse nada: quizá acabara en un orfanato. Poco después Einstein consiguió un empleo como perito en la Oficina de Patentes de Berna y, ya con un sueldo, se casaron.
 Según varios testimonios, mientras Albert trabajaba sus ocho horas al día, Mileva escribía postulados que luego debatía con él por las noches.
 Además cuidaba de la casa y del primer hijo, Hans Albert. “Seré muy feliz (…) cuando concluyamos victoriosamente nuestro trabajo sobre el movimiento relativo” (carta de Einstein a Mileva). En 1905 aparecieron en los Anales de la Física los tres cruciales artículos de Einstein firmados solo por él, aunque hay un testimonio escrito del director de los Anales, el físico Joffe, diciendo que vio los textos con la firma de Einstein-Marić.
Y la desgracia engordó. 
Tuvieron un segundo hijo, aquejado de esquizofrenia; Einstein se hizo famoso, se enamoró de su prima, quiso dejar a Mileva y ella se aferró enfermizamente a él.
 Comenzó entonces (hasta la separación en 1914) un maltrato psicológico atroz; hay un contrato que Einstein obligó a firmar a su mujer, un texto humillante de esclavitud. 
Pero siendo ese contrato aberrante, aún me parece peor lo que el Nobel hizo con el legado de Mileva: quemó sus cartas, no mencionó jamás su aportación, solo la citó en una línea de su autobiografía. 
Los agentes de Einstein intentaron borrar todo rastro de Marić; se apropiaron sin permiso de cartas de la familia y las hicieron desaparecer.
 También desapareció la tesis doctoral que Mileva presentó en 1901 en la Politécnica y que, según testimonios, consistía en el desarrollo de la teoría de la relatividad. 
No estoy diciendo que Einstein no fuera un gran científico: digo que ella también lo era. 
Pero él se empeñó en borrarla, y lo consiguió hasta 1986, cuando, tras la muerte de su hijo Hans Albert, se encontró una caja llena de cartas que tuvieron grandes repercusiones científicas.
 Pese a ello, Mileva sigue aplastada bajo el rutilante mito de Einstein.
 Así de mezquinas y de trágicas son las consecuencias del sexismo.



Deportistas%20y%20esclavas

Los enemigos que no lo son...............................Javier Marías

Los independentistas tratan a España, y a la parte mayor de Cataluña, como a un combatiente. Dejan de lado las reglas, las leyes, la verdad, los miramientos.
HACE ALGO de tiempo, Puigdemont, Torra o uno de los suyos, tanto da, expresó con claridad este sentimiento, con estas o parecidas palabras: 
 “El Estado español es el enemigo”. (Y puede que dijera “España” en esta ocasión.) Se armó un poco de escándalo, efímero como son hoy los escándalos, y me suena que el autor de la frase, o alguien cercano, trató de matizar con la boca pequeña:
 “Queremos mucho a los españoles, hablamos también castellano, etc”. La primera manifestación es desde luego la que ha prevalecido, y no es raro oírla de nuevo en labios de otros dirigentes secesionistas o de sus paniaguados de radio y televisión. Pese al momentáneo escándalo, tengo la impresión de que casi nadie se tomó en serio la declaración, o —mejor— no se la tomó al pie de la letra.
 A estas alturas, sin embargo, no cabe duda de que se quiso decir lo que se dijo. 
Los independentistas tratan no sólo a España, sino a la parte mayor de Cataluña que no comulga con ellos, como a enemigos
Cuando hay una guerra, para los combatientes todo vale.
 Se dejan de lado las reglas, las leyes, la verdad, los miramientos; la palabra que se da a ese enemigo carece de valor y el que la da no se siente vinculado a ella; es más, considera su deber patriótico engañar por cualquier medio, tender trampas, utilizar argucias, falsear los hechos, negar lo evidente con desfachatez, incumplir los pactos acordados, ser sibilino y taimado, asegurar que ofrece diálogo e ir a parlamentar con un puñal oculto, aprovecharse de la ingenuidad ajena para sacar ventaja y herir mejor.
 Todo está permitido: la mentira constante, el infundio, la amenaza, el chantaje, la calumnia, la fabricación de pruebas falsas, la absoluta manipulación. 
Cuanto he enumerado lleva dándose ya mucho tiempo en el “bando” secesionista. Orquestadas campañas de desprestigio, demonización del “Estado español”, vetos y zancadillas a políticos que no son de su cuerda, presentación del país como falsa democracia cuando no como régimen franquista, negación de la independencia de su justicia, acusaciones de “opresor”, de “castigar las ideas” y abolir la libertad de expresión, comparaciones con la Turquía totalitaria de Erdogan a la que tanto se asemeja, curiosamente, el proyecto de República Catalana concebido y 
parcialmente ejecutado por ese “bando”.
 Lo único que por fortuna falta es la guerra propiamente dicha, y espero que nunca se le ocurra a nadie iniciarla. Pero, en todo lo demás, España y más de la mitad de los catalanes son tratados como enemigos. 
Contra ellos todo es aceptable.
 Cuando alguien te declara enemigo suyo y te tiene por tal, lo más frecuente es que ese alguien pase a serlo tuyo también.
 Pero ¿qué sucede si uno no quiere abrir hostilidades contra quien se las ha abierto?
 Es raro, y aun así se da, y creo que se da en este caso. 
Con las muchas excepciones que se quieran, ni España ni los españoles consideran a Cataluña “enemiga”, ni siquiera a la porción que les ha puesto la proa. 
Tal vez por eso hay todavía políticos o Gobiernos que se acercan con buenas intenciones y ánimo conciliador a quienes no tienen la menor voluntad de conciliación. 
Si yo no siento animadversión hacia quien me la profesa, me cuesta mucho jugar sucio contra él, hacerlo objeto de mis difamaciones, dañarlo a ultranza, con métodos lícitos o no.
 No es sólo que no desee asimilarme a él; es que “no me sale” mostrarle la misma inquina que me muestra él a mí.
 Es infrecuente, ya digo, pero no pocos de ustedes habrán vivido situaciones así en el ámbito personal (en los divorcios surgen súbitos y desenfrenados odios).
Yo sí, a buen seguro.
 He tenido casos de malevolencia mutua, en los cuales mi enemigo me torpedeaba y yo hacía otro tanto con él. 
No obstante, en otros, el enemigo me ha hostigado con encono y tesón y yo no he respondido de igual forma.
 Porque había habido una vieja amistad; porque veía a la otra parte más débil; porque la aversión era sorprendente e inmotivada e incomprensible; por lo que fuera. 
El aborrecimiento era unilateral. Y si se trataba de un antiguo amigo tornado enemigo, dejé de favorecerlo, claro; pero no me afané en perjudicarlo. 
Lo habitual es que la beligerancia de uno engendre la del otro, antes o después. Que el segundo estalle por hartazgo, por orgullo o por encabronamiento bien provocado. 
Pero si no es así y se aguanta el chaparrón, y no se responde con las mismas armas, ¿qué hacer? 
Yo me aparté, me alejé, me puse a tiro lo menos posible.
 Eso no es factible en lo que se refiere a la Cataluña hostil: no lo es alejarse de los propios conciudadanos, hacer oídos sordos a sus belicosos representantes oficiales y tirar adelante sin aquéllos. Tampoco es deseable .

Sólo cabe asumir con tristeza que, aunque alguien no sea tu enemigo, tú sí lo eres de él, y que por tanto él carecerá de escrúpulos hacia ti. 
Sabiéndolo, hay que dialogar o simular el diálogo, sin hacer concesiones para contentar o aplacar, y exigiendo contrapartidas inmediatas y concretas.
 Y esperar con paciencia a que amainen sus tormentas de acero, hasta que un día por fin escampe, por la fuerza de las urnas o por agotamiento.

El%20histerismo%20y%20la%20flema


31 may 2019

Bella Chagall.............................................. Estrella de Diego.

La escritora bielorrusa retomó al yidis, una lengua que había abandonado en favor del ruso, para narrar sus recuerdos con toda la verosimilitud que la ceremonia del regreso permite.

Óleo de 1917 titulado 'El paseo', en el que el autor bielorruso se retrata junto a su mujer, Bella. La obra fue expuesta en 2016 en el Museo Ruso de Málaga.
Óleo de 1917 titulado 'El paseo', en el que el autor bielorruso se retrata junto a su mujer, Bella. La obra fue expuesta en 2016 en el Museo Ruso de Málaga.
Hay veces en que, a punto de perderlos para siempre, los recuerdos nos asaltan impertinentes y, con ellos, la necesidad del regreso. Entonces hablamos en lenguas olvidadas y con personas que se fueron.
 Y volvemos a allí: a hace tiempo. Es una ceremonia que, como cada ensayo autobiográfico, requiere fortaleza de ánimo y la conciencia inclemente de saberse lejos sin remedio; es un juego de espejos que nos catapulta hacia nuestra historia pasada, a los detalles y la sensaciones pretéritas. En ese momento, las palabras empiezan a fluir, se despiertan del letargo de los años. Nuestra madre nos agarra fuerte de la mano —impide que escapemos— y el bullicio acolchado de otros niños imaginarios resuena en vacío.
 La vuelta desleída, premio de consolación, nos reconforta por un instante.
A mediados de la década de 1940, Bella Chagall, esposa del conocido pintor de origen bielorruso, decide servirse de la escritura para regresar a su pasado; el pasado de tantos que como ella han tenido que abandonar su casa precipitadamente. 
 El libro habla de los muchos exilios: el de su ciudad natal Vitebsk, invadida por el Ejército nazi; el de su niñez, sus seres queridos y la vida como solía ser, borrados. 
“Mi antiguo hogar ya no existe. Todo se ha desvanecido. Incluso ha muerto”, escribe en el prólogo de Velas Encendidas, traducido al español por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís y publicado por Mishkin Ediciones.


Por eso, cuando Bella Chagall decide escribir sus recuerdos de infancia y adolescencia en yidis, la lengua abandonada tras emprender los estudios de Filosofía y Letras en Moscú, la lengua incluso excluida entre la comunidad judía en Rusia, pone en marcha cierto regreso al pasado de una intensidad e inmediatez conmovedoras. 
La escritora retoma su voz de niña, de adolescente, en una vuelta que solo puede ocurrir en la primera lengua que se aprende; la que cuenta el pasado con toda la verosimilitud que la ceremonia del regreso permite; tienen razón los psicoanalistas al decir que solo se puede recordar y recomponer desde esa lengua materna.
Sin embargo, no son los únicos olvidos de los cuales habla el libro; el pasado y la primera lengua, subrayados por el exilio.
 El libro evoca también la omisión de tantas mujeres que vivieron a la sombra de sus maridos —“los grandes genios”— y que han buscado sus propios espacios de reflexión en la escritura autobiográfica, modesta; esa que, pese a todo, se hace en sus voces universal porque, al fin y al cabo y de un modo u otro, todos vivimos en la carencia.