AQUÍ TENEMOS al príncipe Enrique anunciando el nacimiento de su primer hijo como si lo hubiera parido él. El príncipe Enrique
es un señor muy rico que vive lejos, en un país del norte, y cuya vida
ni nos va ni nos viene, aunque sale tanto en la tele y en la prensa que
acabaremos convencidos de que, si no nos va, tal vez nos venga. En esta
ocasión, como decíamos, lo hemos sacado a propósito del niño que ha
tenido con Meghan Markle,
la señora ausente, pero a la que vemos como si estuviera a su lado:
cosas del cerebro. El príncipe Enrique está muy contento de su hazaña,
de ahí su sonrisa y su modo de entrecruzar las manos, como felicitándose
a sí mismo. Ha elegido para la ocasión vestir de manera informal, como
un padre de clase media. He ahí un guiño al contribuyente que pagará con
gusto los pañales de la criatura. La cremallera del jersey es la
tecnología punta de carácter textil de las clases modestas.Nosotros nos alegramos de que el príncipe Enrique y su esposa, Meghan,
hayan sido padres, no somos alimañas. Ahora bien, se trata de una
alegría extraña cuando vivimos en un mundo en el que el capitalismo
financiero prohíbe tener hijos a nuestros jóvenes. La procreación, en
fin, empieza a ser un asunto de ricos que exhiben sin pudor ese
privilegio, como queda registrado en la imagen. Y si entre nosotros no
nacen, en otros ámbitos mueren al poco de hacerlo, también por
influencia de la globalización financiera. No se ha hecho el cálculo de
cuántos bebés pobres tienen que morir para que sobreviva uno millonario,
pero hay relación entre una cosa y otra. No lo duden.
Einstein obligó a firmar a su primera esposa un contrato humillante.
Quemó sus cartas y jamás mencionó la aportación que hizo a su trabajo.
LA LECTURA de la reciente novela de Nativel Preciado, El Nobel y la corista,
en donde hace un genial retrato del Einstein mujeriego, me ha hecho
recordar la perturbadora historia de Mileva Marić, la física y
matemática serbia que fue la primera esposa del científico.
Mileva y Einstein se conocieron en 1896 en el Instituto Politécnico de
Zúrich, del que eran alumnos. Ella tenía 21 años; él, 17. Fue un amor a
primera vista. Mileva había mostrado desde niña tanto talento que su
padre decidió darle la mejor educación. Para comprender hasta qué punto
esta actitud era rompedora, baste decir que el padre tuvo que pedir un
permiso especial para que su hija pudiera estudiar Física y Matemáticas,
dos carreras solo para varones. Era un mundo que les negaba todo a las
mujeres.
Mileva y Albert empezaron a vivir y trabajar juntos, pese a la
furibunda oposición de la madre de él . Que su amado la defendiera frente
a su propia madre debió de crear en la joven un sentimiento de gratitud
inacabable. Y así, cuando el profesor Weber admitió a Mileva para el doctorado,
después de haber rechazado a Albert porque no le consideraba preparado,
ella supeditó su aceptación a la inclusión de Einstein. Mileva, mejor
matemática que él, revisaba los errores de su amante;
sus correcciones abundan en los apuntes de Albert: “Ella resuelve mis
problemas matemáticos”. A la joven le obsesionaba encontrar un
fundamento matemático para la transformación de la materia en energía;
compartió con Albert esta fascinación (las cartas se conservan) y a
Einstein le pareció interesante la idea de su pareja. En 1900 terminaron
un primer artículo sobre la capilaridad; era un trabajo conjunto (“le
di una copia [al profesor Jung] de nuestro artículo”, escribió
Einstein), aunque solo lo firmó él. ¿Por qué? Porque una firma de mujer
desacreditaba el trabajo. Porque Mileva quería que Einstein triunfara
para que se casara con ella (él había dicho que hasta que no pudiera
mantenerla económicamente no lo haría). Por la patológica gratitud,
dependencia psicológica y enfermiza humildad que el machismo inocula.
Y entonces comenzó, insidiosamente, la desgracia. En 1901, Mileva fue a
Serbia a dar a luz secretamente a una niña de la que no volvió a saberse
nada: quizá acabara en un orfanato. Poco después Einstein consiguió un
empleo como perito en la Oficina de Patentes de Berna y, ya con un
sueldo, se casaron. Según varios testimonios, mientras Albert trabajaba
sus ocho horas al día, Mileva escribía postulados que luego debatía con
él por las noches. Además cuidaba de la casa y del primer hijo, Hans
Albert. “Seré muy feliz (…) cuando concluyamos victoriosamente nuestro
trabajo sobre el movimiento relativo” (carta de Einstein a Mileva). En
1905 aparecieron en los Anales de la Física los tres cruciales
artículos de Einstein firmados solo por él, aunque hay un testimonio
escrito del director de los Anales, el físico Joffe, diciendo que vio
los textos con la firma de Einstein-Marić. Y la desgracia engordó. Tuvieron un segundo hijo, aquejado de
esquizofrenia; Einstein se hizo famoso, se enamoró de su prima, quiso
dejar a Mileva y ella se aferró enfermizamente a él. Comenzó entonces
(hasta la separación en 1914) un maltrato psicológico atroz; hay un
contrato que Einstein obligó a firmar a su mujer, un texto humillante de
esclavitud. Pero siendo ese contrato aberrante, aún me parece peor lo
que el Nobel hizo con el legado de Mileva: quemó sus cartas, no mencionó
jamás su aportación, solo la citó en una línea de su autobiografía. Los
agentes de Einstein intentaron borrar todo rastro de Marić;
se apropiaron sin permiso de cartas de la familia y las hicieron
desaparecer. También desapareció la tesis doctoral que Mileva presentó
en 1901 en la Politécnica y que, según testimonios, consistía en el
desarrollo de la teoría de la relatividad. No estoy diciendo que
Einstein no fuera un gran científico: digo que ella también lo era. Pero
él se empeñó en borrarla, y lo consiguió hasta 1986, cuando, tras la
muerte de su hijo Hans Albert, se encontró una caja llena de cartas que
tuvieron grandes repercusiones científicas. Pese a ello, Mileva sigue
aplastada bajo el rutilante mito de Einstein. Así de mezquinas y de
trágicas son las consecuencias del sexismo.
Los independentistas tratan a España, y a la parte mayor de Cataluña,
como a un combatiente. Dejan de lado las reglas, las leyes, la verdad,
los miramientos.
HACE ALGO de tiempo, Puigdemont, Torra o uno de los suyos, tanto da,
expresó con claridad este sentimiento, con estas o parecidas palabras: “El Estado español es el enemigo”. (Y puede que dijera “España” en esta
ocasión.) Se armó un poco de escándalo, efímero como son hoy los
escándalos, y me suena que el autor de la frase, o alguien cercano,
trató de matizar con la boca pequeña: “Queremos mucho a los españoles,
hablamos también castellano, etc”. La primera manifestación es desde
luego la que ha prevalecido, y no es raro oírla de nuevo en labios de
otros dirigentes secesionistas o de sus paniaguados de radio y
televisión. Pese al momentáneo escándalo, tengo la impresión de que casi
nadie se tomó en serio la declaración, o —mejor— no se la tomó al pie
de la letra. A estas alturas, sin embargo, no cabe duda de que se quiso
decir lo que se dijo. Los independentistas tratan no sólo a España, sino
a la parte mayor de Cataluña que no comulga con ellos, como a enemigos. Cuando hay una guerra, para los combatientes todo vale. Se dejan de
lado las reglas, las leyes, la verdad, los miramientos; la palabra que
se da a ese enemigo carece de valor y el que la da no se siente
vinculado a ella; es más, considera su deber patriótico engañar por
cualquier medio, tender trampas, utilizar argucias, falsear los hechos,
negar lo evidente con desfachatez, incumplir los pactos acordados, ser
sibilino y taimado, asegurar que ofrece diálogo e ir a parlamentar con
un puñal oculto, aprovecharse de la ingenuidad ajena para sacar ventaja y
herir mejor. Todo está permitido: la mentira constante, el infundio, la
amenaza, el chantaje, la calumnia, la fabricación de pruebas falsas, la
absoluta manipulación. Cuanto he enumerado lleva dándose ya mucho tiempo en el “bando”
secesionista. Orquestadas campañas de desprestigio, demonización del
“Estado español”, vetos y zancadillas a políticos que no son de su
cuerda, presentación del país como falsa democracia cuando no como
régimen franquista, negación de la independencia de su justicia,
acusaciones de “opresor”, de “castigar las ideas” y abolir la libertad
de expresión, comparaciones con la Turquía totalitaria de Erdogan a la que tanto se asemeja, curiosamente, el proyecto de República Catalana concebido y parcialmente ejecutado por ese “bando”. Lo único que por fortuna
falta es la guerra propiamente dicha, y espero que nunca se le ocurra a
nadie iniciarla. Pero, en todo lo demás, España y más de la mitad de los
catalanes son tratados como enemigos. Contra ellos todo es aceptable. Cuando alguien te declara enemigo suyo y te tiene por tal, lo más
frecuente es que ese alguien pase a serlo tuyo también. Pero ¿qué sucede
si uno no quiere abrir hostilidades contra quien se las ha
abierto? Es raro, y aun así se da, y creo que se da en este caso. Con
las muchas excepciones que se quieran, ni España ni los españoles
consideran a Cataluña “enemiga”, ni siquiera a la porción que les ha
puesto la proa. Tal vez por eso hay todavía políticos o Gobiernos que se
acercan con buenas intenciones y ánimo conciliador a quienes no tienen
la menor voluntad de conciliación. Si yo no siento animadversión hacia
quien me la profesa, me cuesta mucho jugar sucio contra él, hacerlo
objeto de mis difamaciones, dañarlo a ultranza, con métodos lícitos o
no. No es sólo que no desee asimilarme a él; es que “no me sale”
mostrarle la misma inquina que me muestra él a mí. Es infrecuente, ya
digo, pero no pocos de ustedes habrán vivido situaciones así en el
ámbito personal (en los divorcios surgen súbitos y desenfrenados odios). Yo sí, a buen seguro. He tenido casos de malevolencia mutua, en los
cuales mi enemigo me torpedeaba y yo hacía otro tanto con él. No
obstante, en otros, el enemigo me ha hostigado con encono y tesón y yo
no he respondido de igual forma. Porque había habido una vieja amistad;
porque veía a la otra parte más débil; porque la aversión era
sorprendente e inmotivada e incomprensible; por lo que fuera. El
aborrecimiento era unilateral. Y si se trataba de un antiguo amigo
tornado enemigo, dejé de favorecerlo, claro; pero no me afané en
perjudicarlo. Lo habitual es que la beligerancia de uno engendre la del otro, antes
o después. Que el segundo estalle por hartazgo, por orgullo o por
encabronamiento bien provocado. Pero si no es así y se aguanta el
chaparrón, y no se responde con las mismas armas, ¿qué hacer? Yo me
aparté, me alejé, me puse a tiro lo menos posible. Eso no es factible en
lo que se refiere a la Cataluña hostil: no lo es alejarse de los
propios conciudadanos, hacer oídos sordos a sus belicosos representantes
oficiales y tirar adelante sin aquéllos. Tampoco es deseable .
Sólo cabe asumir con tristeza que, aunque alguien no sea tu enemigo, tú
sí lo eres de él, y que por tanto él carecerá de escrúpulos hacia ti. Sabiéndolo, hay que dialogar o simular el diálogo, sin hacer concesiones
para contentar o aplacar, y exigiendo contrapartidas inmediatas y
concretas. Y esperar con paciencia a que amainen sus tormentas de acero,
hasta que un día por fin escampe, por la fuerza de las urnas o por
agotamiento.
La
escritora bielorrusa retomó al yidis, una lengua que había abandonado en
favor del ruso, para narrar sus recuerdos con toda la verosimilitud que
la ceremonia del regreso permite.
Óleo
de 1917 titulado 'El paseo', en el que el autor bielorruso se retrata
junto a su mujer, Bella. La obra fue expuesta en 2016 en el Museo Ruso
de Málaga.García Santos
Hay veces en que, a punto de perderlos para siempre, los recuerdos
nos asaltan impertinentes y, con ellos, la necesidad del regreso.
Entonces hablamos en lenguas olvidadas y con personas que se fueron. Y
volvemos a allí: a hace tiempo. Es una ceremonia que, como cada ensayo
autobiográfico, requiere fortaleza de ánimo y la conciencia inclemente
de saberse lejos sin remedio; es un juego de espejos que nos catapulta
hacia nuestra historia pasada, a los detalles y la sensaciones
pretéritas. En ese momento, las palabras empiezan a fluir, se despiertan
del letargo de los años. Nuestra madre nos agarra fuerte de la mano
—impide que escapemos— y el bullicio acolchado de otros niños
imaginarios resuena en vacío. La vuelta desleída, premio de consolación,
nos reconforta por un instante. A mediados de la década de 1940, Bella Chagall, esposa del conocido pintor de origen bielorruso,
decide servirse de la escritura para regresar a su pasado; el pasado de
tantos que como ella han tenido que abandonar su casa precipitadamente. El libro habla de los muchos exilios: el de su ciudad natal Vitebsk,
invadida por el Ejército nazi; el de su niñez, sus seres queridos y la
vida como solía ser, borrados. “Mi antiguo hogar ya no existe. Todo se
ha desvanecido. Incluso ha muerto”, escribe en el prólogo de Velas Encendidas, traducido al español por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís y publicado por Mishkin Ediciones.
Por eso, cuando Bella Chagall decide escribir sus recuerdos de
infancia y adolescencia en yidis, la lengua abandonada tras emprender
los estudios de Filosofía y Letras en Moscú, la lengua incluso excluida
entre la comunidad judía en Rusia, pone en marcha cierto regreso al
pasado de una intensidad e inmediatez conmovedoras. La escritora retoma
su voz de niña, de adolescente, en una vuelta que solo puede ocurrir en
la primera lengua que se aprende; la que cuenta el pasado con toda la
verosimilitud que la ceremonia del regreso permite; tienen razón los
psicoanalistas al decir que solo se puede recordar y recomponer desde
esa lengua materna. Sin embargo, no son los únicos olvidos de los cuales habla el libro;
el pasado y la primera lengua, subrayados por el exilio. El libro evoca
también la omisión de tantas mujeres que vivieron a la sombra de sus
maridos —“los grandes genios”— y que han buscado sus propios espacios de
reflexión en la escritura autobiográfica, modesta; esa que, pese a
todo, se hace en sus voces universal porque, al fin y al cabo y de un
modo u otro, todos vivimos en la carencia.