Dos nuevos testigos cuestionan la versión oficial del accidente mortal de Lady Di
Viajaban
a bordo de un taxi detrás del vehículo de Diana, y se convirtieron, sin
querer, en dos de los primeros testigos en estar presentes en el lugar
de la tragedia.
Carlos de Inglaterra, con sus hijos y su cuñado en el funeral de Lady Di. (EFE)
Aseguran que inmediatamente después del choque, detectaron la presencia de dos "coches oficiales extraños" y "mal estacionados" delante
del Mercedes en la que Diana viajaba. Robin Firestone ha contado cómo
intentó hablar con la policía sobre este hecho: "Fuimos a la policía y
les dijimos, 'Oye, estábamos en el túnel la noche anterior y tenemos que
hablar con la policía porque hay cosas que hemos visto'. El oficial ni siquiera quiso escucharnos. Sin vacilar, dijo que tenían suficientes testigos. Nos quedamos estupefactos. Matan a una de las mujeres más famosas del mundo y no quieren hablar con testigos".
Lady Di en una imagen de archivo. (Getty)
Si
la causa oficial del accidente sigue siendo la intoxicación del
conductor y el hecho de que Lady Di no llevara puesto el cinturón de
seguridad, estos testigos no dudan en cuestionarla. Incluso creen
firmemente que las autoridades francesas y británicas no les han permitido declarar. Robin y Jack ni siquiera fueron convocados para la primera investigación que tuvo lugar en Londres en enero de 2007.
Robin piensa en los hijos de Lady Di y el príncipe Carlos:
"Espero que algún día, a medida que Guillermo y Harry crezcan, quieran
asumir la responsabilidad de averiguar qué le pasó realmente a su
madre", ha comentado.
Ahora, con
Angelika Steiner, pintora, a la que debe también el aprendizaje del
sosiego, con sus nietos, vive en cierto reposo, obligado también por
esos pies a los que responsabiliza de su quietud.
Ramón Buenaventura, con 13 años, en una playa de Tánger.
Ha puesto palabras españolas a Rimbaud y a Francis Scott Fitzgerald,
como traductor, y algo de los dos tiene este tangerino que está a punto
de cumplir 80 años y siempre ha estado en los equipos juveniles de la
vida. Él fue el creador de aquella antología, Las diosasblancas, con la complicidad de los editores de Hiperión (Maite Merodio, Jesús Munárriz), y ahora ha sido él mismo víctima de una antología de su obra poética, Tal vez vivir (Edual).
Esta vez ha hecho de Ramón Buenaventura
una mujer, Isabel Giménez Caro, que ha ido al tuétano (biográfico,
vital, poético) de este señor que, según él, “está agotando sus últimas
capacidades”. Generalmente se queja de la salud, pero es porque no tiene
los pies ligeros. Él tiene respuestas para todo; las tuvo como
publicitario, como conversador, como veloz corresponsal de sus amigos. Pero ante esas fotos del niño que lleva dentro declara que no sabría qué
decir. Aunque se confiesa olvidadizo, porque quizá se olvidó de una
cita de Mallarmé, recuerda todo lo malo (y todo lo bueno). En esas fotografías que ha encontrado está su vida vieja, su vida de
muy joven. Sus compañeros de colegio, el pariente cura, la piscina, el
mar, Tánger volviendo a la vida, como en sus poemas. Hay un muchacho que
saca la cabeza del agua y no recuerda quién es. “¡Ah, era el hijo del
director del instituto!”. Y se llamaba León, como León Aulaga, uno de
los alter ego que lo acompañan en sus ficciones autobiográficas (como El año que viene enTánger)
o en sus poemas. Dejó Tánger en la adolescencia, pero nunca ha sido de
otro sitio. Es, como Albert Camus, un extranjero en todas partes,
también en Madrid y en la literatura, e incluso en su generación. Se
formó como poeta leyendo franceses e ingleses y ni con los novísimos, a
cuya edad pertenecía, tuvo contacto o afinidad.
Tan extranjero fue desde chiquito que quiso escribir en otras
lenguas, y cuando ya tuvo conciencia de que quizá en español le
entenderían más, se inventó un lenguaje, en el que hay, dice, “términos
arcaicos, juegos” que lo emparentan con Julio Cortázar, uno de sus
santos. Es tímido hasta cuando no lo parece, y si habla (como un torrente)
es para escapar de las preguntas. Si se repasa la autobiografía que
constituyen los poemas recogidos en Tal vez vivir no queda otro remedio que pensar que para él debe ser extraño ser Ramón Buenaventura,
como a determinada hora del día le resultaba extraño a Lorca llamarse
Federico. Pues está hecho Ramón de tantos nombres propios (13, me parece
que tiene) que no sería extraño que también tuviera distintas
identidades. De hecho, hasta Buenaventura es un nombre propio, pues su
primer apellido es Sánchez.
Extraño ser, pues, Ramón Buenaventura. “Es cierto. Siempre me he sentido muy extraño con ser yo. Hay momentos
en los que hago o pienso cosas que me extraña hacer o pensar porque no
sé de dónde vienen, porque nada en mi entorno hacía prever que me fuera a
comportar así”. Llegó a Madrid en agosto de 1958, cuando Madrid tenía
el color del ala de las moscas. De este país supo lo que le contaba su
padre, tan de derechas como su madre. Fue nadando a contracorriente, y
se sintió raro “incluso para mí mismo”. Se hizo como escribía Juan Rulfo,
tachándose. Hasta ahora mismo. Deseducándose. Ahora, con Angelika
Steiner, pintora, a la que debe también el aprendizaje del sosiego, con
sus nietos, vive en cierto reposo, obligado también por esos pies a los
que responsabiliza de su quietud. “Sí, me he hecho borrándome. Y aún me
detecto cosas que tengo que borrar”. “Cuando dejé de ser inédito y publiqué, a los 38 años, mi primer texto”. Ramón Buenaventura Guillermo Lauro Alberto Emmanuel del Sagrado Corazón
y de la Santísima Virgen del Pilar. Todo lo que tuvo que tachar para
ser Ramón Buenaventura...
En sus poemas vive esa tendencia rulfiana a las tachaduras, y la
capacidad para el ingenio del eslogan le viene de su pasado como
ejecutivo publicitario. “Solamente recuerdo lo que escribí para una
cerveza: ‘Cada botella de Gulder está llena de Gulder”. Podría ser un
verso de sus poemas. “¡Qué va! Es mejor lo que escribió Ángel González
para el restaurante El guacamole de Pedro Ávila: ‘No diga tacos,
cómalos”. ¿Y hubo un momento en que ya fue del todo Ramón Buenaventura?
Concha Velasco, actriz, fotografiada en Madrid. En vídeo, videomatón de Concha VelascoFoto: B.P. | Vídeo: L. Almodóvar
Aparece en el patio de la magnífica sede de la Sociedad General de
Autores en Madrid agasajada por un pequeño séquito de acompañantes e
impresiona el aura que destila aún a pesar de todos sus pesares. Con su
pelo platino, su vestido largo azul marino —“a mi edad, ya solo se puede
ir discreta”— y unas aerodinámicas deportivas negras, la Velasco sigue
siendo la Velasco, la novia de España en todas sus épocas. Empieza a
hablar y no para. Habla, dice, hasta con el Goya de honor que tiene en
casa porque odia la soledad, y su nieto, “la última gran alegría” de su
vida, tiene 10 años y “claro, opina que su abuela es una tía
pesadísima”. Si no fuera por las prisas, una se quedaría escuchándola
todo el día. Vaya zapatillas modernas. Ya no será la chica ye-ye, pero va a la última. Pues mira qué bien, pero es necesidad, hija. Me encantan los tacones,
pero ahora solo me los pongo para salir a escena. En el escenario ni
cojeo ni toso ni me duele nada. Eso sí, llevo la cafinitrina siempre en
el bolso por si me da un infarto. Hasta en el tren la he tenido que
sacar porque a alguien le estaba dando uno. A mí ya me han dado dos y a
la tercera... ¿La escena es como su casa? Es donde donde mejor me encuentro. El público es el único amante que no me engaña y me permite envejecer con dignidad. ¿Cómo es ser Concha Velasco? ¿Qué ve en el espejo?
Me miro a los ojos y los veo tristes, y no quiero, por eso me pongo
gafas. Me ha sorprendido ir a cumplir 80 años. Me han llegado de
sopetón. Y eso que me he preparado para ser mayor, porque para todo hay
que estudiar. Hice papeles de señora mayor antes de que fuera necesario,
me dejé el pelo blanco antes de tenerlo, pero ahora que ha llegado no
te creas que me ha hecho mucha gracia. De vez en cuando me da mucha
rabia tener 80 años, aunque sé que soy ejemplo para muchas mujeres. Aún piden su corte de pelo. Eso es un gran piropo, pero no creo que nadie pida ya nada mío. Lo que
sí sé es cómo me quiere la gente, cómo me esperan cuando salgo del
teatro. El día que no me espere nadie, me sentiré fracasada. Me da rabia
que ahora hay como mucha risa con las señoras mayores, se las
entrevista por la calle como para reírse de ellas, menospreciando su
sabiduría. En otros países se escucha a las personas mayores. Aquí se
ríen.
Usted fue emprendedora antes de que se llevara la palabra. Yo, cuando quiero hacer un personaje, me lo produzco, o persigo al
director. No soy de las que esperan a que las llamen, llamo yo. Perseguí
a Berlanga, y a Pedro Olea, para hacer Tormento. ¿Por qué no? No se me caen los anillos. ¿Y a Almodóvar? Me pasó una cosa con él. Estaba haciendo Mata-hari con Marsillach, me llamó para ¿Que he hecho yo para merecer esto? y le dije que no. Nunca me ha vuelto a llamar, ni yo a él tampoco. Y soy fan, ¿eh?, pero no soy chica de. Una vez le oí a Marujita Díaz una frase que me he apropiado: “yo lo que
quiero ser es una guitarra bien tocá”, que me dirijan bien, estar en
manos de los mejores.
¿Está curada de vanidad? Qué va. Para subir al escenario hace falta. Soy una gran vanidosa, si
no, no me dedicaría a esto. Yo quiero llenar los teatros, y que el
escenario se venga abajo, yo quiero llenar hasta mi entierro, hija mía. Por eso no hablo mal de nadie. Para que vaya todo el mundo. ¿Algún pecado que expiar? Ninguno confesable, y menos te los voy a contar a ti. Se los contaré
algún día al de arriba. Espero que me dé tiempo a quedar bien con él,
que es el único que me importa. Soy luchadora y estudiosa hasta para no
tener defectos. Hay uno que sí tengo: soy tremendamente rencorosa. Si
alguien me hace daño a propósito, se convierte en invisible para mí. Hay
tres personas que no te voy a decir, dos hombres y una mujer, que no
existen. Han muerto en mi corazón. Ese es el pecado que me gustaría
cambiar, pero no puedo. Las entrevistas son como ir al psiquiatra, dice. ¿Por qué ? Porque me abro y lo cuento todo antes de que vosotros lo contéis mal,
que eso me pone de muy mal humor. Y últimamente no me río tanto ni me
hacen tanta gracia las cosas. Debe ser porque soy mayor, y no quiero. Yo
quiero ser alegre y disfrutar de la vida, no quiero llorar tanto. Ya no
hablo de política, mira, eso sí lo he logrado. No le he preguntado de eso. Y has hecho muy bien porque no te lo voy a contar. Yo soy socialista,
católica y española, y no voy a dejar de serlo ni tengo por qué
negarlo, pero cuando me operaron, paseaba por el pasillo del hospital
con las piernas como bombonasde butano, y hubo alguna persona que me
dijo: 'ustedes los actores opinan demasiado y se creen el ombligo del
mundo'. Ahí dije, nunca más hablaré de política ni participaré en
ninguna campaña. Y lo he cumplido, ¿eh? ¿Cuánto se quiere a sí misma una de las actrices más queridas? Qué difícil responderte. He llegado a un momento de reflexión, y no
me gustaría reflexionar tanto. Quizá últimamente estoy demasiado
preocupada por encontrarme a mí misma, y creo que no tengo que buscar
tanto, que tengo que dejarme ir un poquito más. Mi poema preferido, y
mira que tengo, es de Miguel Hernández: “Yo nací una mala noche, tengo
la pena de una sola pena, que vale más que toda la alegría”. Eso es lo
que me pasa en este momento.
Somos más
propensos a prestar atención a fotos con rostros humanos y a contenido
que despierte emociones intensas. Así funcionan los mecanismos de
nuestras reacciones 'online'
Una reacción online es un corazón, un pulgar hacia arriba o
un comentario. Puede significar “hola”, “esto me gusta”, o “tú me
gustas”, o “tienes razón”, o “te mando un abrazo”. También “esto debería
verlo más gente”, porque le estamos dando una especie de codazo
cómplice al algoritmo que prioriza contenidos de acuerdo con nuestra respuesta: “Eh, toma nota, este tipo de cosas me interesan”.
La obsesión por las métricas en Internet, por el número de nuestros seguidores que dicen me gusta, nos conduce a un comportamiento compulsivo, competitivo y ansioso, y nos empuja a crear más y más contenido persiguiendo una idea opaca de éxito social. Para combatir este loco afán por gustar el artista Benjamin Grosser ofrece un software
que oculta todas las cifras en las redes sociales, con la intención de
frenar “los daños a la salud mental, la privacidad y la democracia” que
según él provocan Facebook, Twitter e Instagram. Así, “a 25 personas les
gusta esto” se convierte en “people like this” (a la gente le
gusta, pero no sabemos a cuántos). La obra artística de Grosser, que
surgió en 2012, ha resultado ser visionaria. Hace un mes Instagram
anunció que está probando a ocultar el número de reacciones a las fotos “para que los seguidores se centren en lo que se comparte”.
Para quienes no usan redes sociales esta podrá parecer una anécdota irrelevante, pero para millones de personas será una revolución en la forma en que consumen contenidos en Internet, donde los likes, y también los comentarios y las veces que es compartido el mensaje, son un lenguaje en sí mismo. Nuestros me gusta
no son inocentes. Tienen intención y significado, van ligados a la
necesidad humana de obtener una identidad y pertenecer al grupo. Al
interactuar con un contenido buscamos varias cosas. La más importante es
reconocimiento social. Es decir, “quiero demostrar que soy una persona
informada que sigue medios internacionales” o “quiero que mis amigos y
conocidos sepan que soy feminista”. Queremos construir una imagen
pública que encaje con nuestros círculos y que nos proporcione una
sensación de seguridad y cierta recompensa: más seguidores; que alguien
que admiramos sepa de nuestra existencia; o un refuerzo positivo en
forma de likescon la consiguiente descarga de dopamina. Pero ¿cuán generosos nos mostramos a la hora de repartir
aplausos? Esto depende, y mucho, de la herramienta que usemos, asegura
Gillian Brooks, investigadora de marketing en la Universidad de Oxford. En el móvil, basta con un simple clic perezoso desde el sofá para regalar un me gusta. La edad y el sexo influyen: los mileniales en Instagram los racionan
más que, por ejemplo, las mujeres de mediana edad en Facebook, porque
“están más preocupados por su capital social” (su reputación digital)
que el resto de grupos demográficos, señala Brooks.
En Internet también interactuamos con contenido porque queremos ser
útiles. Al encontrar algo relevante nos convertimos en “DJ de la
información”, dice Matthew Lieberman, investigador en neurociencia. No pensamos solo qué queremos escuchar, sino que tenemos en mente al
público en la pista. Por eso, lo que marcamos con un corazón o
compartimos a veces no se corresponde con lo que consumimos. Esto
explica que no siempre los contenidos con más interacciones coincidan
con los más leídos. No leemos el 59% de los enlaces que distribuimos en
Twitter, según un estudio de 2016 de Microsoft Research, el Instituto
Nacional de Investigación en Informática y Automática de Francia (INRIA)
y la Universidad de Columbia (EE UU).
Emoción, emoción, emoción
Cualquiera que haya trabajado en redes sociales se ha enfrentado a la
temida petición (u orden, en los peores casos): “Esto tiene que hacerse
viral”. Conviene explicar, primero, la naturaleza de lo viral. La periodista Delia Rodríguez lo describe en Memecracia
(Planeta, 2013): “Popular no es sinónimo de viral. Lo popular es como
un envenenamiento del agua comunitaria: todos son alcanzados de forma
directa, en un solo paso. Lo viral es una infección que se contagia de uno a otro
y a otro más. Aunque el número de enfermos finales pueda ser el mismo,
el proceso es muy diferente. Uno es la televisión, el mitin, lo lineal.
Lo otro es el rumor, las cadenas de correo electrónico, lo exponencial”. Explicar a un jefe que no podemos garantizar la viralización, que el
éxito o fracaso depende, entre otros muchos factores, de algoritmos que
cambian (a veces sin aviso) es muchas veces inútil por complicado. Y
encima da la impresión de que no sabes hacer tu trabajo. Pero hay una pregunta clave que casi todo el mundo entiende, y que puede
repercutir en cómo funciona una historia —si cumple requisitos como
canal, público y momento adecuado…, y si los vientos del imprevisible
algoritmo soplan favorables—: ¿qué emoción provoca lo que ofreces? Una
periodista de un medio digital cuenta cómo a los redactores se les pedía
pensar específicamente qué sentimiento transmitía cada publicación
antes de lanzarla: esperanza, sorpresa, rabia… La clave no es que la
emoción sea positiva o negativa, sino que sea intensa. Mejor euforia o
ira que calma . Entra en juego, eso sí, la red social, porque Twitter y
Facebook suelen ser campos fértiles para la indignación, mientras que
Instagram recibe especialmente bien mensajes inspiradores o esperanzadores.