Getty ImagesAQUÍ TENEMOS al príncipe Enrique anunciando el nacimiento de su primer hijo como si lo hubiera parido él. El príncipe Enrique
es un señor muy rico que vive lejos, en un país del norte, y cuya vida
ni nos va ni nos viene, aunque sale tanto en la tele y en la prensa que
acabaremos convencidos de que, si no nos va, tal vez nos venga. En esta
ocasión, como decíamos, lo hemos sacado a propósito del niño que ha
tenido con Meghan Markle,
la señora ausente, pero a la que vemos como si estuviera a su lado:
cosas del cerebro. El príncipe Enrique está muy contento de su hazaña,
de ahí su sonrisa y su modo de entrecruzar las manos, como felicitándose
a sí mismo. Ha elegido para la ocasión vestir de manera informal, como
un padre de clase media. He ahí un guiño al contribuyente que pagará con
gusto los pañales de la criatura. La cremallera del jersey es la
tecnología punta de carácter textil de las clases modestas. Nosotros nos alegramos de que el príncipe Enrique y su esposa, Meghan,
hayan sido padres, no somos alimañas. Ahora bien, se trata de una
alegría extraña cuando vivimos en un mundo en el que el capitalismo
financiero prohíbe tener hijos a nuestros jóvenes. La procreación, en
fin, empieza a ser un asunto de ricos que exhiben sin pudor ese
privilegio, como queda registrado en la imagen. Y si entre nosotros no
nacen, en otros ámbitos mueren al poco de hacerlo, también por
influencia de la globalización financiera. No se ha hecho el cálculo de
cuántos bebés pobres tienen que morir para que sobreviva uno millonario,
pero hay relación entre una cosa y otra. No lo duden.
Expresas es una revista hecha por las internas de la cárcel de
Picassent que se ha convertido en una herramienta potenciadora de la
autoestima
TENGO ENTRE mis manos una revista preciosa. Es cuadrada, bastante
gruesa, con un diseño moderno y un papel estupendo. Dentro hay, entre
otras cosas, poemas, chistes, recetas de cocina, pequeños relatos,
entrevistas, un genial trabajo sobre la lengua caló con un glosario de
palabras (¿sabían que “fardar” es caló y significa “vestir bien”?) y un
reportaje-testimonio sobre las madres que cumplen condena en un centro
penitenciario y que viven entre rejas con sus bebés hasta que estos
alcanzan los tres años: ¿Es bueno llamar casa a la cárcel delante de los
niños? ¿Cómo ir explicándoles dónde están a medida que crecen? ¿Es
posible preparar a los pequeños y prepararse una misma para el desgarro
de la separación cuando se van? Es un texto conmovedor y fascinante,
como otros que se recogen en estas páginas. La revista se llama Expresas y está hecha por las internas del centro penitenciario de Picassent, en Valencia. Desde fuera solemos tener una visión descuidada y lejana de lo que es
una cárcel. Incluso si acudes de visita (he dado charlas en media
docena de centros penitenciarios) eres incapaz de ver más allá de la
primera ojeada. Impresiona el ruido de los cerrojos restallando a la
espalda a medida que cruzas los diversos controles, pero aún vas
protegida y envuelta en la burbuja de tu libertad y del pleno dominio de
ti misma, así que no te parece tan difícil de soportar. Sin embargo,
mis amigos abogados me cuentan de la extrema dureza de la cárcel. Del
quebranto que supone no ser dueño de tu tiempo ni de tu vida. Esta
revista es un pellizco de normalidad dentro de la desolada anormalidad
de estar prisionera. Es un poderoso remedio contra la humillación.
Siempre he admirado a esas personas que no sólo sienten un vago deseo
de mejorar el mundo, como nos sucede a la mayoría, sino que además
deciden hacerlo.
Gente que tiene una idea y, sobre todo, la formidable
voluntad de ponerse en marcha.
Qué generosos son en tiempo y energía.Sesenta reclusas
acudieron a la presentación de los talleres periodísticos y, al final,
15 internas hicieron la revista por completo.
Decidieron absolutamente
todo, incluso el elocuente título de Expresas.
La revista salió
el 8 de marzo y está en versión digital, pero también se imprimieron
unos cuantos ejemplares, objetos preciosos para las presas, que carecen
de acceso a Internet:
“La revista tenía que salir en papel para salvar
la brecha digital con sus familias y para poder ser un puente entre el
interior y el exterior”, explica Pilar. “Quería que ellas pudieran
entregar la publicación en mano a sus hijos y decirles:
‘Esto es lo que
yo soy capaz de crear. Esta sí soy yo”.
La escritura como salvación, la comunicación como herramienta potenciadora de la autoestima. En un reportaje publicado en elsaltodiario.com, Eva, una de las redactoras de Expresas,
decía: “Es una experiencia nueva que te demuestra a ti misma lo que
eres capaz de hacer. Como nunca te han dicho cómo hacerlo (…), lo tienes
ahí, pero es una parte que tienes dormida. Y cuando se despierta es un
monstruo que crece y crece ¡para bien!”. Las mujeres son sólo un 8% de la población reclusa en España
y los recursos para su reinserción son por consiguiente menores que los
de los hombres. El proyecto Impresas cuenta con el apoyo de la
Universidad de Valencia, pero ha sido muy difícil conseguir financiación
para sacar este primer número. Ahora están buscando fondos para una
segunda edición, lo cual implica llamar a mil puertas, porque la
sociedad no es lo que se dice muy receptiva ante las necesidades de los
presos: vivimos de espaldas a ellos. De nuevo palabras de Eva expresando
lo que sintió al ver por primera vez el borrador: “Por la noche no
podía dormir, se me revolvía el estómago de pensar que lo habíamos
hecho, que lo habíamos logrado. Estábamos todas como en un sueño”.
Pequeños gestos que pueden cambiar vidas y que, en mitad de la
desesperanza, logran despertar al monstruo bueno.
Somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio
de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos caducados a través
del cine.
Presenciar el pasado
COMO TANTOS OTROS cambios para mal, creo que este se produjo con la
llegada del obtuso siglo XXI, o quizá poco antes. Las televisiones
tenían la grata costumbre de emitir películas clásicas o simplemente
antiguas, muchas de ellas en blanco y negro. El odio a esta combinación
llevó, durante una temporada, a la bárbara práctica de “colorear” Casablanca, Con faldas y a lo loco y puede que hasta Psicosis. La cosa no prosperó, por fortuna, pero muchos de los que apreciamos la
maravillosa fotografía en blanco y negro nos vimos obligados a veces a
quitar por completo el color de nuestros televisores, a fin de ver esas
películas como habían sido concebidas y rodadas, y no convertidas en
grotescos cromos. Hubo DVDs que hubieron de anunciar, en sus carátulas,
“en glorioso blanco y negro”, para que los cinéfilos estuviéramos
tranquilos cuando los comprábamos. Lo cierto es que ese cine desapareció
de golpe de las programaciones, y así se perdió un importante factor de
la educación de la gente. El resultado es que, como en otros ámbitos
(el literario, el musical, el artístico), contamos ya con varias
generaciones de analfabetos.
Mis amigos cineastas Tano Díaz Yanes y Jaime Chávarri, o mi hermano
el crítico Miguel Marías, me han contado cómo, en los cursos que daban a
estudiantes, se encontraban con que para muchos de éstos el cine
empezaba con El Padrino. Esa creencia fue de corta vida, porque poco después también ese clásico
pasó a ser una “antigualla” y los jóvenes creían que se iniciaba todo
con Tarantino. Me imagino que hoy Pulp Fiction
les parecerá antediluviana y no sé dónde situarán el nacimiento de ese
arte. Los hay cultos, claro, pero muchos no han oído hablar de Ciudadano Kane ni de La regla del juego ni de La noche del cazador, de Amanecer ni de Metrópolis (que encima son mudas), de Perdición ni de El hombre que mató a Liberty Valance ni de Sed de mal, por no salirnos del desterrado blanco y negro. Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en
todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino
mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan
sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular.
Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado que ya es lejano si pensamos que este año cumplen ochenta, por ejemplo, Lo que el viento se llevó y La diligencia. Hasta ahora la humanidad disponía de cuadros estáticos, crónicas, luego
fotografías, y por supuesto novelas para hacerse una idea aproximada de
cómo habían sido las personas de otros siglos y de cómo se vivía en
ellos. Pero no podíamos verlas en movimiento, ni desde luego oír sus
voces y saber cómo hablaban. Es decir, no podíamos asistir a los tiempos pasados, no podíamos presenciarlos. Ahora tenemos la inmensa suerte de ver la vida de hace décadas, de
asomarnos a mundos no lejanísimos, pero que están ya caducados. No es
que el material documental abunde (aunque más de lo que parece), pero
cada vez que me surgen en una pantalla imágenes “reales”, siento una
absoluta fascinación y una curiosidad ilimitada. Hoy mismo, en el
telediario, he visto un fugaz plano de una calle de Barcelona hacia
1920 . El motivo de que lo insertaran era la inauguración del Automobile
en esa ciudad. Se veían coches de caballos, burros y mulas, unos
cuantos automóviles en coexistencia con ellos, bicis que giraban veloz y
ágilmente y, en medio de la calzada, transeúntes que esquivaban con
naturalidad y pericia a la cámara:
ésta, probablemente, viajaba a bordo de un tranvía, que era de lo que
se apartaban. Las ganas de ver más, de que ese plano se prolongara, de
seguir contemplando el espectáculo callejero de un día cualquiera de
hace un siglo, se me han hecho irresistibles. Como no me considero raro,
sino común y corriente, me pregunto cómo es que tantísima gente no
siente esa curiosidad, esa fascinación, y da la espalda a “lo antiguo”. Claro que las películas son ficciones, pero en ellas, hasta en las no
“realistas” y endulzadas, se observa cómo era la vida en los años
treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Cómo se vestían y se comportaban
las personas, cómo se trataban y hablaban (aunque los diálogos sean
siempre una estilización del habla, incluidos los “naturalistas”), qué
aspecto tenían las ciudades y los pueblos; cuáles eran sus
tribulaciones, cómo se organizaban, qué dificultades e ilusiones tenían,
cuáles eran sus reglas y sus modales, cuál era la pasta de la que
estaba hecha la mayoría. Los autollamados “millennials” (no
recuerdo una generación tan ridículamente orgullosa de haber nacido en
unas fechas tan azarosas como el resto de fechas) juzgan que cuanto los
antecedió es “atrasado”, despreciable y erróneo, y carecen de interés
por ello. Un síntoma más de ignorancia: la historia nunca progresa linealmente, y
hay épocas remotas mucho más avanzadas, inteligentes, modernas y libres
que la actual, cada día más puritana, autoritaria, boba y amedrentada. Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es
más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de
nuevo.
El
malagueño, que triunfa con su papel en 'Dolor y gloria', de Pedro
Almodóvar, obtiene el sexto galardón para intérpretes españoles en la
sección oficial del certamen.
Antonio Banderas, en la presentación de 'Dolor y gloria', en Cannes.LOIC VENANCEAFP
Con el premio a la mejor interpretación de Antonio Banderas como el Salvador Mallo de Dolor y gloria,
que le ha entregado hoy sábado el festival de Cannes, el malagueño
obtiene el mayor de los galardones de su currículo, y engrosa una lista
de enormes intérpretes españoles que han sido premiados en el certamen
francés. Hace unos días Alain Delon, Palma de Oro de Honor, recordaba
que un español —no tenía claro quién— había ganado el año en que él
concursaba con El otro señor Klein. Era 1976 y el trofeo se lo llevó José Luis Gómez, por Pascual Duarte, de Ricardo Franco, adaptación de la novela de Camilo José Cela.
De
los 12 premios logrados por los españoles en la sección oficial de
Cannes, cinco son de interpretación. Gómez abrió un camino que
posteriormente siguió, al año siguiente Fernando Rey con Elisa, vida mia,
de Carlos Saura, en la que encarna a un hombre que vive retirado, casi
oculto, en el campo hasta que recibe la visita de su hija a la que no ve
desde hace 20 años. En 1984, Francisco Rabal y Alfredo Landa lo
obtuvieron ex aequo por Los santos inocentes, de Mario Camus. En el escenario, Rabal susurro el mítico “milana bonita” que murmuraba su personaje. De los 12 premios logrados por los españoles en la sección oficial de
Cannes, cinco son de interpretación. Gómez abrió un camino que
posteriormente siguió, al año siguiente Fernando Rey con Elisa, vida mia,
de Carlos Saura, en la que encarna a un hombre que vive retirado, casi
oculto, en el campo hasta que recibe la visita de su hija a la que no ve
desde hace 20 años. En 1984, Francisco Rabal y Alfredo Landa lo
obtuvieron ex aequo por Los santos inocentes, de Mario Camus. En el escenario, Rabal susurro el mítico “milana bonita” que murmuraba su personaje. Hubo que esperar a 2006, al premio compartido por el elenco femenino de Volver,
de Almodóvar, para que hubiera intérpretes españoles en el escenario
del Palacio de los Festivales: Penélope Cruz, Chus Lampreave, Blanca
Portillo, Carmen Maura, Lola Dueñas y Yohana Cobo compartieron el honor.
Finalmente Javier Bardem con Biutiful (2010), del actual
presidente del jurado Alejandro González Iñárritu, se convirtió en el
último actor español en lograr el premio de interpretación. Con este premio, Banderas (Málaga, 58 años)
suma un galardón que acompañarán a su Goya de Honor y a sus cuatro
candidaturas a los Globos de Oro, además de un premio del público en los
galardones del cine europeo. El actor contaba durante el estreno de
filme que había compuesto el personaje "de dentro a afuera". "A pesar de los elementos físicos y de vestuario que impuso Pedro y que
a mí me extrañaron al inicio, como su pelo y su ropa. Una vez que
conformamos el exterior y el dolor de las enfermedades, nunca más pensé
en imitarle. Era más un estado de ánimo... y entender a Pedro",
puntualizaba. Tras un infarto, su principal batalla ha sido recuperar su
prestigio como actor de carácter, y, también, convertirse de nuevo en
el adalid de Almodóvar. En Cannes, durante la rueda de prensa, explicó:
"No me importan Palmas ni premios. Sé que el rodaje de Dolor y gloria
son los meses más felices de mi vida como actor. Y eso no me lo quita
nadie”. Y se puso a tamborilear con los dedos la mesa para parar a una
posible lágrima.