El
malagueño, que triunfa con su papel en 'Dolor y gloria', de Pedro
Almodóvar, obtiene el sexto galardón para intérpretes españoles en la
sección oficial del certamen.
Antonio Banderas, en la presentación de 'Dolor y gloria', en Cannes.LOIC VENANCEAFP
Con el premio a la mejor interpretación de Antonio Banderas como el Salvador Mallo de Dolor y gloria,
que le ha entregado hoy sábado el festival de Cannes, el malagueño
obtiene el mayor de los galardones de su currículo, y engrosa una lista
de enormes intérpretes españoles que han sido premiados en el certamen
francés. Hace unos días Alain Delon, Palma de Oro de Honor, recordaba
que un español —no tenía claro quién— había ganado el año en que él
concursaba con El otro señor Klein. Era 1976 y el trofeo se lo llevó José Luis Gómez, por Pascual Duarte, de Ricardo Franco, adaptación de la novela de Camilo José Cela.
De
los 12 premios logrados por los españoles en la sección oficial de
Cannes, cinco son de interpretación. Gómez abrió un camino que
posteriormente siguió, al año siguiente Fernando Rey con Elisa, vida mia,
de Carlos Saura, en la que encarna a un hombre que vive retirado, casi
oculto, en el campo hasta que recibe la visita de su hija a la que no ve
desde hace 20 años. En 1984, Francisco Rabal y Alfredo Landa lo
obtuvieron ex aequo por Los santos inocentes, de Mario Camus. En el escenario, Rabal susurro el mítico “milana bonita” que murmuraba su personaje. De los 12 premios logrados por los españoles en la sección oficial de
Cannes, cinco son de interpretación. Gómez abrió un camino que
posteriormente siguió, al año siguiente Fernando Rey con Elisa, vida mia,
de Carlos Saura, en la que encarna a un hombre que vive retirado, casi
oculto, en el campo hasta que recibe la visita de su hija a la que no ve
desde hace 20 años. En 1984, Francisco Rabal y Alfredo Landa lo
obtuvieron ex aequo por Los santos inocentes, de Mario Camus. En el escenario, Rabal susurro el mítico “milana bonita” que murmuraba su personaje. Hubo que esperar a 2006, al premio compartido por el elenco femenino de Volver,
de Almodóvar, para que hubiera intérpretes españoles en el escenario
del Palacio de los Festivales: Penélope Cruz, Chus Lampreave, Blanca
Portillo, Carmen Maura, Lola Dueñas y Yohana Cobo compartieron el honor.
Finalmente Javier Bardem con Biutiful (2010), del actual
presidente del jurado Alejandro González Iñárritu, se convirtió en el
último actor español en lograr el premio de interpretación. Con este premio, Banderas (Málaga, 58 años)
suma un galardón que acompañarán a su Goya de Honor y a sus cuatro
candidaturas a los Globos de Oro, además de un premio del público en los
galardones del cine europeo. El actor contaba durante el estreno de
filme que había compuesto el personaje "de dentro a afuera". "A pesar de los elementos físicos y de vestuario que impuso Pedro y que
a mí me extrañaron al inicio, como su pelo y su ropa. Una vez que
conformamos el exterior y el dolor de las enfermedades, nunca más pensé
en imitarle. Era más un estado de ánimo... y entender a Pedro",
puntualizaba. Tras un infarto, su principal batalla ha sido recuperar su
prestigio como actor de carácter, y, también, convertirse de nuevo en
el adalid de Almodóvar. En Cannes, durante la rueda de prensa, explicó:
"No me importan Palmas ni premios. Sé que el rodaje de Dolor y gloria
son los meses más felices de mi vida como actor. Y eso no me lo quita
nadie”. Y se puso a tamborilear con los dedos la mesa para parar a una
posible lágrima.
El
diseñador francés, de paso en España como jurado de un concurso de
jóvenes talentos, celebra su medio siglo en la moda aupado por estrellas
como Madonna o Boy George.
Jean Paul Gaultier, en las oficinas madrileñas del grupo Puig, el 23 de mayo.Samuel Sanchez
Sentarse a hablar con Jean Paul Gaultier
es exactamente eso: sentarse a hablar.
Al francés no se le pregunta, ni
se le entrevista, solo se charla con él, se ríe a la par que él y se
interviene lo justo en una conversación que, si no tuviera un tiempo
pautado y un par de asistentes pululando alrededor, podría durar varias
horas y cafés.
A menudo, el diseñador se mete tan a fondo en el coloquio
—en el que mezcla español e italiano, toques de francés y algún verbo
en inglés— que olvida el origen de todo:
"¿Qué había preguntado? ¿De qué
estábamos hablando?". Y, después, ríe.
Con 67 años y a punto de cumplir medio siglo entre telas, el modisto
francés sigue con ganas de más.
De crear vestidos, de contar anécdotas
de sus creaciones, sus pasiones y sus amigos, de implicarse en el mundo
de la moda y enseñar a los que vienen detrás.
Pasa por España como
miembro de honor del jurado del premio Who's On Next, que desde hace
ocho años organiza la revista Voguepara poner en valor el joven talento español, al que considera "muy profesional".
"La
moda joven debe ser creativa, que esté bien pensada, pero con la mirada
en la calle.
Que venda. Es un equilibrio difícil", explica Gaultier.
Es una de las actuales obsesiones del maestro: la viabilidad
comercial.
El de la moda no deja de ser un negocio, ¿cómo sostenerlo sin
ingresos?
"Es un sistema destructivo, debo decir. Esto no solamente es un show.
Hay que hacer ropa para que se venda", defiende. Él mismo está inmerso, lo reconoce, en un modelo complicado de mantener.
"Se muestran
las prendas sobre las estrellas, que tienen el dinero para pagarlas,
pero que no las pagan porque tienen contratos para llevarlas.
Hay un
desequilibrio total.
Ellos tienen el tiempo y las situaciones para
vestirlas, y el dinero, ¡pero no pagan! ¡No es normal!", argumenta.
Varios vestidos de Jean Paul Gaultier en una retrospectiva sobre su obra en marzo de 2015 en París.Dominique CharriauWireImage
Cuando él empezó a hacer ropa, en los años setenta, y cuando se
consagró, en los ochenta y noventa, el modelo no era ese. Él mismo
vendía las prendas a Madonna
o Boy George, que eran clientes y, más tarde, amigos. "Para mí era una
recompensa ver mis prendas en sus videoclips. Teníamos una relación
normal, que no contractual. Ahora hay un intermediario, un estilista,
muchas personas por medio", opina. La diva del pop le ayudó a alcanzar
la fama gracias a sus ya míticos corsés de pechos cónicos. Su relación
se ha consolidado a través de los años y las giras: él la ha vestido
para el último Festival de Eurovisión con un diseño que rememoraba a aquellos. Estuvo en Tel Aviv para dar los retoques finales a
un traje que, reconoce, sufrió bastantes cambios en el proceso. "La
admiro, tenemos una relación especial", afirma sobre la cantante.
Es una de las actuales obsesiones del maestro: la viabilidad
comercial. El de la moda no deja de ser un negocio, ¿cómo sostenerlo sin
ingresos? "Es un sistema destructivo, debo decir. Esto no solamente es un show. Hay que hacer ropa para que se venda", defiende. Él mismo está inmerso, lo reconoce, en un modelo complicado de mantener. "Se muestran
las prendas sobre las estrellas, que tienen el dinero para pagarlas,
pero que no las pagan porque tienen contratos para llevarlas. Hay un
desequilibrio total. Ellos tienen el tiempo y las situaciones para
vestirlas, y el dinero, ¡pero no pagan! ¡No es normal!", argumenta.
Varios vestidos de Jean Paul Gaultier en una retrospectiva sobre su obra en marzo de 2015 en París.Dominique CharriauWireImage
El cansancio por tantas terceras personas le ha hecho decantarse por otro modelo de creación. Hace cinco años decidió cerrar su línea de prêt-à-porter, la
ropa que se encontraba en webs y almacenes, y centrarse en la alta
costura. Una decisión a la que también le llevó el hastío. "Tenemos
demasiado de todo. Demasiada ropa, demasiadas colecciones, ¡demasiadas
películas! En Francia se estrenan cada semana 25. ¡Es imposible!". Él ha
limitado sus apariciones y hasta sus materiales: ha dejado de trabajar
con pieles, una decisión que PETA (Personas por el Trato Ético de los
Animales) aplaudió. Ni hablar ya de la cuestión de la quema de
excedentes en la moda: "Es escandaloso. Absolutamente escandaloso".
Ahora solo realiza modelos a clientas específicas y por encargo. Es
decir, vuelve a sus orígenes. "El 24 de abril [de 2020] celebraré 50
años en la moda. ¡El mismo día de mi cumpleaños!", adelanta, con los
ojos brillantes de ilusión. "Lo que yo hacía era algo cerca de lo
artesanal. No fui a la escuela. Mi primera colección la hice sin dinero,
y no vendí nada. En la cuarta había aún menos dinero, porque tenía
muchas deudas. Conseguí llevarla a una tienda de Saint Germain des
Prés", recuerda sobre sus inicios en París, antes de ponerse a trabajar para Pierre Cardin. "Luego llegaron licencias con Japón, con Italia... Solo en Francia no sé si habría salido adelante", reconoce. "Con España tengo una relación particular" reconoce. Su firma pertenece al grupo catalán Puig desde 2011.
"Además de por estar en Puig, están Pedro Almodóvar o Rossy de Palma.
Pasé mis vacaciones de la infancia en el País Vasco francés, luego bajé a
Castilla, luego a Madrid, a Andalucía...". Parte de su iconografía está
inspirada en los símbolos más clásicamente asociados a la cultura
española, como los toros, los lunares, las vírgenes o los volantes. "Me
acuerdo de mi primer traje de luces, lo vi en Dax. Luego recuerdo mi primera corrida, en Sevilla. ¡Indultaron al primer toro! Tuve mucha suerte", relata entusiasmado.
Jean Paul Gaultier, en las oficinas de Puig durante la entrevista.Samuel Sánchez
Los recuerdos no le ciegan. Tampoco cruzar la línea del medio siglo trabajando. Además del cabaré autobiográfico que creó el pasado invierno para
el Folies Bergère y que, espera, llegue a España el próximo año, ya
está ideando un nuevo espectáculo para las celebraciones. "¡Un gran show! ¡Una gran fiesta! Es enorme, 50 años". Y retirarse, ¿no? "¡No, no, no! ¡Nunca! Jamais!", dice, en la mezcla de sus mil idiomas con la eterna carcajada.
No existe mejor alfombra roja que la del Festival de Cannes,
con su mezcla perfecta de festival, circo y desfile. Muchas veces
enciende estrellas que no tienen nada que ver con el cine o la moda,
como es el caso de Georgina Rodríguez, célebre por ser la pareja de Cristiano Ronaldo y madre de su hija más pequeña. Su aparición estelar en el estreno de Érase una vez en... Hollywood,
vestida con un traje que sumaba ingredientes de corsetería, uniforme de
esgrima y salto de cama, me recordó a aquel clásico del antiguo
Festival de Cannes que eran los posados de las llamadas starlettes,
que eran fotografiadas sobre la calzada frente al mar como cimbreantes
sirenas entre dos mundos. Las alfombras rojas han sustituido esos
posados y me encanta ver surgir a la novia de Ronaldo como ejemplo de starlette en la era del MeToo. Georgina aún está lejos de ser un ejemplo feminista, pero es profesional
a su manera. De hecho, conoció a Cristiano trabajando en una tienda en
Madrid y él ahora la emplea como asesora en sus clínicas de recuperación capilar. Pero lo que importa, además de su cabellera, es su ascenso a las alfombras rojas,
que puede ser también una profesión para la que hay que tener cierto
talento. No todos estamos hechos para desfilar y posar y lo cierto es
que, como todo oficio, se perfecciona mediante la práctica. Pero si
dejan de invitarte a las buenas alfombras, poca práctica desarrollas. Por eso hay que mantenerse y no es fácil. Mientras Ronaldo siga siendo
una estrella, Georgina lo tendrá fácil. Pero en sus gestos y elecciones
de vestuario, observo que Georgina quiere que la reconozcan por ella
misma sin tener que desnudarse más, ni física ni intelectualmente. A mí
me parece que va a conseguir ese gol, soy optimista.
Georgina Rodriguez posa en la alfombra roja del Festival de Cannes, el pasado martes. Alberto TerenghiGTRES
Otra gran imagen de este festival ha sido la aparición conjunta de Brad Pitt y Leonardo DiCaprio. Brillan y eclipsan la película de Tarantino, donde comparten cartel. Es
lo que menos interesa, por más que nos digan que Pitt está soberbio. Es
verlos juntos, separados por diez años, representantes de dos
generaciones hollywoodenses. El guapo oficial y el protagonista
absoluto. Las reuniones de guapos desparraman un poder insuperable. Y
las alfombras rojas proyectan toda su fuerza. Creo que no veíamos algo
similar desde que Paul Newman y Robert Redford dominaban la pantalla. Quizás ellos tuvieron más suerte y agregaron a su unión películas inolvidables.
Pero disfrutemos con esta parejita. Pitt es tan sabio, tan curtido
como estrella, que le cede el protagonismo a DiCaprio en las fotos de la
promoción. Se lo regala y, a cambio, a quien más observas en las fotos
es a él por la manera en que la edad ha suavizado su belleza, le ha dado
estilo y algo misterioso. Tiene ese interés de las estrellas que te
parece ver su vida reflejada en cualquiera de sus gestos. Aunque a Pitt
nunca se le considera elegante, hay detalles en su aspecto que son
perfectos. El tamaño de la pajarita, por ejemplo. Ni muy ancha ni muy
estrecha, es perfecta, como los genitales en el David de Miguel Ángel. No es fácil alcanzar esa medida. Tienen que haberte pasado cosas y eso
es lo que destila, sin aspavientos, el gran Brad Pitt. Por más comunes que se hagan, defiendo el poder de las alfombras
rojas, esa capacidad fagocitadora que las convierte en más interesantes
que el espectáculo que preceden. Entender su poder significa también
calibrar sus alcances. Puede pasar que en la boda de Melendi, donde asistirán Albert Rivera y Malú,
prevista para este verano, obtenga más relevancia la llegada de ellos
dos que la de los contrayentes. Un indicativo de que Rivera puede tomar
decisiones con cierta despreocupación. Quizás no sea tan buena idea
hacer tu primera aparición como pareja en la boda de unos amigos. Entre
las molestias que acarrea estaría la de obligar a la wedding planner
de esas nupcias a extender una alfombra roja para que el candidato del
partido naranja y su novia cantante desfilen bajo el calor enamorado. Me
temo que esa llegada creará un precedente para Albert y Malú como
invitados y que en Sálvame se les califique de “eclipsadores”.
De repente, no les vuelven a invitar a otra boda por ese motivo o, como
pasa con las alfombras rojas, serán más recordados por ese posado que
por sus canciones o gestiones.
Los franceses hablan de “monstruo sagrado” cuando se refieren a un
famoso excéntrico, único por su carácter inusual, por su
imprevisibilidad. Según Thierry Frémaux, director del Festival de
Cannes, “la expresión monstruo sagrado no se puede aplicar a mucha
gente”, pero quizá “es una expresión que se inventó para él”. Y con ese
él presentó y se refirió a Alain Delon durante la celebración de la Palma de Oro de Honor durante esta edición del festival francés. Un
premio que nadie discutió en términos cinematográficos, pero muy
controvertido por la imagen que traslada la figura del actor francés que
acumula tantas grandes películas, como arrastra polémicas. Por eso es
un monstruo, pero sagrado.
En cuanto se anunció el premio de Cannes una petición
pública surgió en Internet para que no se la entregaran por “racista,
homófobo y misógino”. La representante del movimiento MeToo en Francia,
Carole Raphaelle Davis, recordó en público declaraciones que el actor ha
hecho a lo largo de los años, algunas muy cercanas. El pasado mes de noviembre, durante una entrevista con la televisión francesa, Delon reconoció
haber pegado a mujeres. “Si una bofetada es macho, entonces soy un
macho”, dijo y aclaró que las mujeres también le habían pegado a él.
El actor de Rocco y sus hermanos (1960) nunca ha sido
denunciado formalmente por violencia machista o doméstica, pero su
tercer hijo Alain-Fabien Delon, de 25 años, reconoció en una entrevista
con Vanity Fair los abusos de su padre, gritos, tirones de
pelos, ventanas rotas… Unas acusaciones que el actor de 84 años corrió a
tachar de mentiras. Mientras sus hijos se han formado y lo han peleado, a Alain Delon el
cine le llegó por casualidad. “Soy actor por accidente”, ha reconocido
siempre. Hijo de un carnicero, tras el divorcio de sus padres cuando
tenía cuatro años estuvo viviendo en una casa de acogida, después volvió
con su madre, estuvo en un internado, trabajó con su padre y negado
para los estudios, se alistó en el ejército. Luchó en Indochina y cuando
volvió a la vida civil, se enamoró de la actriz Brigitte Auber y ella
le llevó a Cannes por primera vez en 1956 y le introdujo en el cine.
En Francia, su figura polémica, va más allá de sus declaraciones
contra homosexuales (considera “antinatural” que adopten hijos) o el
apoyo a la pena de muerte. Su amistad con el ultraderechista Jean-Marie
Le Pen vuelve una y otra vez a los titulares. Aunque dice que nunca les
ha votado, insiste en su apoyo público. Hasta el punto de que tuvo que
abandonar su cargo de presidente de honor de Miss Francia después de las
críticas que recibió. Polémicas pasadas y polémicas que no se olvidan,
como la muerte de su guardaespaldas Stevan Markovic, quien dejó una
carta diciendo que si alguna vez aparecía muerto sería culpa “de Delon y
su padrino François Marcantoni”, un conocido mafioso. Aquel incidente
abrió una investigación que desveló escándalos sexuales en los que
también estaban implicados el entonces primer ministro Georges Pompidou y
su mujer. Pero todo ocurrió mientras rodaba La piscina, con Schneider. El foco estaba en la pareja, escondiendo en la sombra la agitada vida de Delon. Su atractivo fue su puerta de entrada, el talento natural que
escondía, la clave de una filmografía que se extiende seis décadas y a
la que decidió poner fin hace dos años, a los 81. Los cincuenta y los sesenta fueron sus mejores años en el cine y
fuera de él, cuando protagonizó uno de los romances más mitológicos
salidos de la pantalla: su tormentosa relación con Romy Schneider, de
quien hoy, sigue hablando como su gran amor, pero a la que abandonó
después de cinco años de compromiso con una nota y un ramo de rosas. Se
reencontraron en el rodaje de La piscina, cuatro años después,
porque así lo exigió él a los productores. Y a la muerte de ella, en
1982, le escribió una carta de despedida, que aún hoy es viral.
Alain Delon tiene cuatro hijos:
Christian Aron Boulogne de su relación con la cantante alemana Nico;
Anthony Delon (también poseedor de una carrera llena de polémicas
románticas y mediáticas), fruto de su matrimonio con Nathalie Delon –por
quien dejó a Romy Schenider–; y Alain-Fabien y Anouchka, ambos hijos de
la modelo Rosalie van Breemen. Solo con Anouchka tiene una relación cercana y normal, ella fue la
única que le acompañó en Cannes durante el reconocimiento a su carrera,
en un Festival por el que el intérprete se ha paseado desde los años
cincuenta . Sus tres hijos más jóvenes han intentado hacer carrera en el
cine, pero todos han dicho muchas veces que el apellido ha sido más un
problema que una ventaja. “El nombre despierta rechazo. A él le ha
costado entenderlo”, contó Anouchka en GQ hace un año. “Los productores no quieren trabajar conmigo por mi nombre”. Pero grandes directores de Izquierda siempre lo quisieron en sus películas, no ya Visconti que se cuenta tb se enamoró de Delón o Losey, Godard tb lo quiso en su cine......contradiciones que tenemos todos y todas.