¿Cómo hemos llegado a esto? Cuando ir a una boda supone un gasto indecente.
Despedidas
de tres días fuera de la ciudad, fiesta preboda, comida posenlace...
Atrás quedaron aquellos tiempos donde comprarse el traje era la mayor
inversión.
Actualmente
las bodas se parecen más a un festival que a una celebración del amor.
En muchas ocasiones, durante dos o tres días frenéticos tienen lugar la
preboda, la ceremonia y la posterior fiesta. En la imagen, Selma Blair y
Jason Lee en 'Cosa de hombres' (2003).
Macarena mira el teléfono móvil
después de tres cuartos de hora de natación. Al encender el dispositivo
se encuentra con un grupo de WhatsApp nuevo.
Comida Rodríguez es el chat donde su familia está organizando un almuerzo para el día siguiente de la boda de Rubén, su primo.
El enlace, que se celebrará muy cerca de Tarancón (Cuenca), a 85
kilómetros de Madrid, obliga a esta pediatra de 40 años a hacer noche en
un hotel de la localidad.
Allí dormirá con su pareja y sus dos hijos,
lo que supone un gasto de unos 200 euros.
Cantidad a la que además del
regalo (500 euros: dos adultos y dos niños) y de la despedida de soltero
a la que acudió su marido previo pago de 150 euros, tendría que sumarle
la factura de la comida en la que se ha visto envuelta.
Porque su
familia no planea juntarse en un Burger King. La comilona que los
Rodríguez quieren ronda los 40 euros por comensal.
Al ver el WhatsApp, Macarena responde que ella no irá y sale del grupo
sin esperar respuesta. "Sé que mi familia estará soltando espuma por la
boca, pe
ro me parece que esta comida, con todos los gastos que supone ya
de por sí acudir a una boda,
era totalmente innecesaria", explica la madrileña. Aún escaqueándose de
la comida posboda, gastará —entre hotel, despedida y regalo— 850 euros
en el enlace de su primo.
En la teoría las cosas son mucho más sencillas que en la práctica: un
examen de conducir, hablar idiomas, rellenar un pavo... o una boda.
Se
supone que un enlace es una exaltación del amor. Una celebración alegre,
un motivo de felicidad para todos los participantes.
Por lo tanto,
cuando un familiar o amigo comunica que se va a casar, cabe esperar que
quien recibe el mensaje reaccione con júbilo.
En teoría. Otro ejemplo.
Este año, Héctor y Marina, de 34 y 32 años respectivamente, tienen cinco
bodas.
La primera y la segunda las recibieron con ilusión.
La tercera
con incredulidad. La cuarta y la quinta con una sensación de ahogo
difícil de ocultar a los futuros contrayentes. Si van a todas no les
quedará presupuesto para ir de vacaciones.
"Lo peor no es el gasto que conlleva ir a una boda en sí. Lo peor son
los compromisos sociales y económicos a los que te empuja. El año
pasado no pude ir a la despedida de soltera de una de mis amigas porque
estaba hasta arriba de trabajo, además de porque económicamente me
suponía un esfuerzo muy grande. Y se pasó meses sin hablarme. No supo o
no quiso entender que el hecho de que no hubiera ido a su despedida no
quería decir que ella y su futuro matrimonio me dieran igual", confiesa a
ICON María. La saturación de eventos matrimoniales que sufre esta pareja española no es un caso aislado. Según el Instituto Nacional de Estadística,
en 2017 (último año del que se tiene registro) se celebraron 173.626
bodas en España. 20.251 más que las que tuvieron lugar en 2013. Por su
parte, el Libro imprescindible de las bodas
afirma, según datos recogidos en las búsquedas de Google, que en el
sector de las bodas se está dando un crecimiento interanual superior al
20% de media. No hay datos oficiales, en el sector se calcula que en
España se celebran 300.000 despedidas de soltero/a al año. Pues si algo
lleva implícito una boda, además de la posterior luna de miel, es la
despedida que la precede. Solo en Granada, en un fin de semana pueden coincidir en sus calles
entre 15 y 20 despedidas. Una cifra similar se junta en otras ciudades
españolas, como Conil (Cádiz), Sevilla, Salamanca, Logroño, Mojácar
(Almería) o Tarifa (Cádiz). Tal es el desmadre que provocan las
despedidas de soltero/a que el Ayuntamiento de Conil anunció en 2018 en
las que se buscaba la colaboración de restaurantes, locales y
alojamientos que hasta ahora acogían despedidas de soltero/a para que
dejaran de hacerlo. "Venir a Conil en busca de diversión sin control y
molestando a residentes, turistas y visitantes puede salir muy caro
económicamente a los causantes de tales molestias", aseguró a EL PAÍS el alcalde, Juan M. Bermúdez. El regidor de la localidad afirma que se impondrán sanciones de hasta
3.000 euros a quienes causen molestias o desorden público con megáfonos o
equipos de música, por ejemplo.
Lo cierto es que las bodas cada vez se parecen más a un festival. El
motivo es que actualmente los fastos duran varios días. Durante dos o
tres jornadas tienen lugar la preboda (que va de unas cañas informales
la noche previa al enlace a cenas por todo lo alto), la ceremonia y la
posterior celebración, que en ocasiones se extiende hasta el día
siguiente al enlace.
"Recuerdo una preboda en Toledo. Salimos desde Madrid el viernes por
la tarde, fuimos a cenar y después estuvimos hasta las tantas de la
madrugada tomando copas. Al día siguiente volvimos a Madrid a la hora de
comer para prepararnos y estar en la boda a las siete de la tarde,
cuando empezaba la ceremonia. Aguantar hasta las cinco de la mañana,
cuando nos echaron de la finca, fue matador. Lo peor es que al día
siguiente aún quedaba una comida programada con los novios. Recuerdo
terminar ese fin de semana jurando que no volvía a una boda", confiesa
Marina, que no pudo cumplir su palabra y, tras esa, ha acudido a alguna
más. El 57% de las bodas celebradas en España tienen entre 100 y 200 invitados, según El libro blanco de las bodas. El 21% de los enlaces supera los 200. Sin embargo, ser elegido como
invitado a una boda se ha convertido en un honor cada vez menos
proporcional a la estima que profesan los novios al convidado. Jorge
(informático, 43 años) sabe de buena tinta que, al menos en una ocasión,
ha sido invitado porque la finca donde los novios celebraban el enlace
les exigía un número mínimo de comensales. "El año pasado fui a una boda
de un compañero del trabajo. Me extrañó muchísimo porque apenas
teníamos relación. A los pocos días descubrí que lo había hecho porque
necesitaba llegar a 150 invitados. De no ser así tenía que pagar
igualmente 150 cubiertos", explica Jorge. El caso de Mario (empresario, 39 años), aún tiene más enjundia, pues
desde hace tres años vive en Ecuador y acudir al enlace de su mejor
amigo le supuso un gasto de casi 1.000 euros solo en billetes de avión. Durante unas semanas se planteó si ir o no. Cuando entendió que no
hacerlo podría suponer una posible enemistad, no le quedó otra que
empezar a mirar vuelos y comer arroz con tomate durante un mes para
ahorrar. "Le comenté a mi amigo que no sabía si podría ir y se enfadó
muchísimo. Fue incapaz de entender mis circunstancias. Así que tuve que
reducir gastos drásticamente. Entre el desplazamiento, el alojamiento,
los planes satélite que surgieron en torno a la boda y el regalo gasté
casi 2.000 euros", reconoce Mario. No es de extrañar que, tras el desembolso y el tiempo que requiere
ejercer de invitado ejemplar en una boda, este empresario madrileño
sueñe con que los próximos amigos que se casen lo hagan en una boda elopement;
esto es: de forma secreta y sin invitar a nadie. "Si me quieren que me
lo demuestren casándose de incógnito en Las Vegas, como acaban de hacer
Sophie Turner [Sansa en Juego de tronos] y Joe Jonas [cantante de los Jonas Brothers]".
La clínica
Ruber de Madrid ha mandado un comunicado para explicar la evolución de
la periodista, que se ha sometido a una intervención por un cáncer de
ovario.
Sara Carbonero, el 6 de mayo en Oporto, a la salida de Iker Casillas del hospital.Rafael MarchanteREUTERS
La tarde del martes 21 de mayo, Sara Carbonero hacía público a través de sus redes sociales que había sido operada de un tumor que le habían encontrado en un ovario. Pocos
detalles más trascendían acerca del estado de salud de la periodista,
que anunciaba su enfermedad apenas tres semanas después de que su
marido, el futbolista Iker Casillas,sufriera un infarto. Un día después, el centro médico en el que ha sido intervenida ha emitido un primer parte médico, explicando que Carbonero se encuentra ingresada y en buen estado. "Ayer 21 de mayo ingresó en el Hospital Ruber Internacional
doña Sara Carbonero Arévalo. Ha sido intervenida quirúrgicamente por el
equipo de ginecología oncológica para extirpación de tumoración
ovárica, con éxito y sin incidencias", relata el parte, que prosigue: "El alta médica está prevista en los próximos días, salvo
complicaciones". "Posteriormente y durante los próximos meses continuará tratamiento
médico hasta su completa recuperación", prosigue el parte. Algo que ya
explicó Carbonero en su escrito en Instagram. "Todavía me quedan unos meses de lucha mientras sigo el tratamiento correspondiente", contó el martes. El
escueto comunicado concluye diciendo que "este informe se emite a
petición de la paciente, a quien se le hace entrega del mismo", y está
firmado por cuatro doctores y por la directora médica del centro.
Un libro
sobre los herederos Kennedy desvela las diferencias y problemas de
encaje que existieron entre la pareja, que falleció en accidente de
aviación en julio de 1999.
Los tres
iban en una avioneta pilotada por el mismo John John, inexperto en el
manejo del aparato, camino de la boda de una de sus primas.
Él era
guapo, joven, el hijo de John F. Kennedy, uno de los presidentes de
Estados Unidos convertido en mito por su forma de gobernar y por su
trágica muerte por el disparo de un francotirador mientras saludaba
desde su coche oficial al público que le esperaba en Dallas.
Ella una
una atractiva y elegante publicista que fascinó a los admiradores del 'príncipe' de la familia Kennedy,
el que para muchos estaba llamado a seguir a su padre y convertirse más
tarde o temprano en la nueva esperanza política de los demócratas
estadounidenses.
Todo se truncó el el 17 de julio de 1999 cuando esa avioneta
cayó al mar y no se supo más de ellos hasta que 72 horas y varias
prospecciones submarinas después se consiguió localizar los cuerpos. Todo menos el halo de pareja perfecta que les siguió hasta después de su
muerte en el imaginario de la mayoría de los estadounidenses. La pareja
contrajo matrimonio en una discretísima boda en Cumberland Island el 21
de septiembre de 1996. Actualmente un libro, The Kennedy Heirs
(Los herederos de Kennedy), escrito por J. Randy Taraborrelli, desvela
que el matrimonio ni fue tan idílico ni se libró de tener que pelear
para que funcionara durante los escasos tres años que duró su unión. El autor, según recoge la revista People, afirma que "John y Carolyn se amaban,
pero sus diferencias fueron más reales de lo que la gente cree".
Retrata una relación intensa desde que se encontraron. Él quería que
ella le conociera más allá de la imagen que todo el mundo tenía –el hijo
del presidente–, y ella tuvo que luchar mucho para encajar en aquella
familia tan poderosa, convertida en patrimonio nacional. Los primeros
encuentros con la numerosa familia la dejaron descolocada, enfrentada a
un símil de exámenes de conocimientos de actualidad que a veces la
aturdían y ante los que no sabía cómo contestar. Su novio y después esposo no terminó de darse cuenta de lo difícil
que le resultaba a Bessette estar en el punto de mira, familiar y
público. Una situación que él vivía con normalidad porque la había
vivido desde niño, como hijo del presidente de Estados Unidos, como su
huérfano después, como hijo de Jackie Kennedy Onassis. Imposible
abstraerse de ella por mucho que a veces lo intentara. Para John John, como se le conocía cariñosamente, los fotógrafos formaban parte de su paisaje. Carolyn, sin embargo, llegó a sentirse presa de los paparazi.
John F. Kennedy Jr. y su esposa Carolyn Bessette en Nueva York en enero de 1997.Evan Agostini/LiaisonGetty Images
Tampoco ayudó mucho la enfermedad de Anthony Radziwill, hijo de Lee Radziwill y, por tanto, primo de John F. Kennedy Jr.
Durante el tiempo que su muerte a causa de un cáncer ya resultaba
inminente, el estrés de John John fue en aumento porque tenía una
relación muy estrecha con él. "No se puede sobreestimar el impacto de
esta enfermedad en John y su matrimonio, y sus sentimientos de
desesperación por lo que le estaba sucediendo a su primo", afirma
Taraborrelli. "En aquel tiempo a Carolyn le resultó muy difícil acceder a
él". El libro relata que en 1988 Carolyn Bessette volvió a acercarse a un
viejo amigo, alguien en quien confiar y según Taraborrelli una noche fue
a su apartamento para charlar y hubo un momento en que se besaron. Ella
se dio cuenta, le dijo que no entendía lo que estaba haciendo y se
marchó. Contó el incidente a su marido y dos días después el timbre de
la puerta de ese amigo le despertó a las dos de la madrugada. Cuando
abrió se encontró a un John Kennedy Jr. enfurecido que le propinó un
puñetazo y le adviritió: "Aléjate de mi maldita esposa". En abril de ese mismo año la pareja acudió a terapia de pareja para
mejorar su relación. Según el autor del libro porque "John no quería ser
uno de esos hombres Kennedy a los que no les importaba cómo se sentían
sus esposas". Meses después llegó la invitación de boda del primo de John, Rory
Kennedy, el menor de los hijos de Bobby y Ethel Kenney. Carolyn al
principio no quería asistir pero después cambió de opinión porque sabía
lo que significaba para su marido e invitó a su hermana a acompañarles
en ese vuelo que terminó en una nueva tragedia para la familia Kennedy y
para los Bessette. Desde entonces las sospechas cómo funcionaba
realmente este matrimonio ideal sobre el papel han sido objeto de
comentarios. Taraborrelli asegura que cuando murieron ambos trabajaban
en su relación y que los dos pensaban que tenían todo el tiempo del
mundo para resolverlo. Su conclusión es sencilla y complicada al mismo
tiempo: "Realmente se amaban pero ¿fue suficiente considerando todo lo
que funcionaba alrededor en su contra". Un accidente aéreo ha dejado esa
pregunta sin respuesta para siempre.
Sobre la
obra, milagros, delitos y faltas de los presidiarios está casi todo
escrito. Lo que no lo está es lo que les pasa por la cabeza.
Oriol Junqueras tras recoger su acta en la Cámara Baja.Samuel Sánchez
El martes, cinco presos preventivos de la prisión de Soto del Real se
levantaron al alba. Se asearon. Desayunaron el rancho penitenciario. Se
pusieron su mejor traje planchado por algún colega destinado en la
lavandería. Se montaron en un furgón policial que se sumó a la caravana
de curritos que entra a Madrid en hora punta. Ocuparon cuatro escaños del Congreso y uno del Senado en la sesión de apertura de la XIII Legislatura y salieron oficialmente reconocidos como diputados y senador del Reino de España
para volver a la trena a tiempo de cenar y acostarse. Ayer siguieron
idénticos pasos y parecido viaje al Tribunal Supremo, donde llevan
cuatro meses siendo juzgados por gravísimos delitos contra la
Constitución que juraron la víspera. De la cárcel al escaño al banquillo
en 24 horas, y no es una película. Sobre la obra, milagros, delitos y faltas de los presidiarios está casi
todo escrito. Lo que no lo está es lo que les pasa por la cabeza. Viéndoles las caras —ora divertidas, ora tristes, ora extraviadas—
parecían niños de excursión vigilada en el mismo parque temático del que
formaban parte hasta que se autoexpulsaron. Abducidos como adictos con
mono por los móviles que les prestaban sus compañeros. Buscando contacto
visual con todo el que se les cruzaba, como pidiendo ser reconocidos
como uno de los suyos aunque fuera para despreciarlos. Pidiendo atención
por acción u omisión como piden todos los príncipes destronados. Se me
dirá que todo es estrategia, hoja de ruta, falsa revolución de las
sonrisas, etcétera. Y lo es, seguro. Pero una cosa no quita la otra. El
lunes, los senadores de ERC le regalaron a Raül Romeva un terno para que
lo estrenara el día de su jura. Me imagino ese terno de padre de la
patria y acusado del Supremo, y los de los otros cuatro, colgados junto
al chándal y el pijama en la taquilla del maco y me pregunto si están
cuerdos. Yo no lo estaría.