La escritora gaditana anunciará este año al público el comienzo de los festejos por el patrón de Madrid.
Ambiente en la pradera de San Isidro, en las fiestas de 2018.CARLOS ROSILLO
La escritora gaditana Elvira Lindo, de 57 años, es la persona elegida por el Ayuntamiento de Madrid para leer el pregón de las fiestas de San Isidro
de 2019. Lindo se afincó en Madrid junto a su familia cuando tenía 12
años. Desde entonces, ha desarrollado en la capital la mayor parte de su
trabajo, donde estudió Periodismo en la Universidad Complutense. Se
pateó las calles madrileñas en 1981, momento en el que empezó a trabajar
en Radio Nacional de España (RNE). En 1998 ingresó como redactora en la
plantilla de EL PAÍS, en la sección de local. Es autora de más de 15
libros, entre ellos, Manolito gafotas, que le catapultó en 1994.
Ambiente en la pradera de San Isidro, en las fiestas de 2018.CARLOS ROSILLO
La escritora gaditana Elvira Lindo, de 57 años, es la persona elegida por el Ayuntamiento de Madrid para leer el pregón de las fiestas de San Isidro
de 2019.
Lea a continuación el discurso: No busco Madrid porque Madrid va siempre conmigo. Soy su esencia, soy
Madrid. Soy Madrid porque, como decía Galdós, el madrileño, la
madrileña, es fruto de andaluz y aragonesa, o viceversa, y con eso
quería decir que Madrid asume sin trauma que sus ciudadanos hayamos
nacido en cualquier lugar de España o del mundo. Soy Madrid porque nací
en Cádiz. Soy Madrid porque jamás vi a mis padres perdidos o desarraigados,
jamás acomplejados por llegar de fuera. Ellos, de inmediato, fueron
madrileños. Lo eran porque la mayoría de nuestros vecinos venían de
Extremadura, de Andalucía, de Castilla, de Aragón, ¿quién habría
entonces de sentirse pueblerino o provinciano? Los abuelos y las abuelas
de mi barrio atestiguaban con su presencia que casi todo el mundo tenía
un pueblo esperando para los días de verano, y eso de tener un pueblo
te daba una categoría, pero tras un año de vivir en esta ciudad, Madrid
te había puesto el sello y ya no había forma de eludir su influjo. Y no es que te hubieras hecho de Madrid, es que ya eras Madrid, y te
movías por los descampados y jugabas en los parques pelados de árboles
con el mismo orgullo que si se tratara de un territorio histórico,
adoptabas el acento del barrio imitando a los otros niños y cuando
volvías al pueblo por vacaciones te dabas cuenta de que eras madrileña
porque así te nombraban: “la de Madrid”. Soy Madrid desde que llegara en 1973 a un piso del barrio de
Moratalaz. Al piso que compraron mis padres con el dinero que les tocó
en la lotería del Niño justo cuando yo nací. Desde la terraza de ese
piso pagado con un dinero caído del cielo se contemplaba la ciudad como
desde una atalaya. Mi padre enseñaba aquel tesoro nuestro a las visitas.
Era, decía, como si nos hubiera tocado de nuevo la lotería. Salía a la terraza y
Una mujer sostiene un parasol vestida de chulapa junto a otras compañeras.CARLOS ROSILLO
alzaba los dos brazos señalando aquella vista espléndida, que debía
con toda justicia añadirse a nuestra enciclopedia de las Siete
Maravillas del Mundo: ¡Madrid, Madrid! Y sí, ahí estaba, más allá de los
descampados que recorrían la carretera de Valencia se intuía tras la
bruma una vida urbana incesante, que poco tenía que ver con la monotonía
de nuestro barrio solo alterada por los juegos de los niños.
Pero yo, en aquellos años de niñez, nunca echaba de menos aquel
Madrid histórico y central. Me gustaba que me pasearan por allí como a
la niña a la que llevan al parque de atracciones, pero luego disfrutaba
de un placer muy íntimo al volver a la seguridad de mi barrio, que yo
sentía como un pueblo en el que podía perderme sin sentirme perdida. Un
barrio es, para un niño, el centro del mundo. Para mí lo era: yo tenía mi colegio, al cual los chiquillos como una
bandada de pájaros; la panadería, a la que nos lanzábamos en tromba a la
salida; la biblioteca pública, que hizo tantos niños lectores y el
mítico cine Moratalaz, al que acudíamos los niños del barrio en aluvión
los viernes por la tarde, a la sesión doble infantil, sin madres que nos
protegieran ni maestras que nos pastorearan. Y, por supuesto, el polideportivo, donde pasábamos gran parte del
verano, torrándonos, porque no había ni un árbol, y sorteando dignamente
a los macarras que celebraban con escándalo y burricie el paso de las
chicas camino del agua.
Unos niños vestidos de chulapos juegan en la pradera de San Isidro el 15 de mayo de 1997.GORKA LEJARCEGI
Tuvimos la suerte de gozar de una libertad que ahora parece de otro
siglo. Es de otro siglo. Hablo de mi infancia y de mi barrio porque ese
fue mi bautismo como madrileña, y la mirada que tengo sobre esta ciudad
estuvo y estará siempre condicionada por ese inicio periférico. Incluso
en la concepción que tengo de la belleza aún persiste hoy aquella visión
mía infantil del barrio, en la que no cabía distinguir entre lo bonito y
lo feo, porque por encima estaba lo habitable, lo reconocible como
territorio propio, lo familiar, lo seguro. Y este cielo de Madrid que
todo lo iluminaba y lo embellecía.
Ambiente en la pradera de San Isidro, en 2018.CARLOS ROSILLO
Madrid, el Madrid que paseamos cada uno por las aceras, tiene una manera
de ir por la calle.
Los madrileños somos dueños del asfalto, como si
estuviéramos demostrando en nuestro andar decidido y soberano aquellos
versos de Gloria, la de Lavapiés, Gloria Fuertes, cuando decían, “Madrid
es mi asfalto”, que es como otros hablan de su tierra, pero de manera
más canallesca y cimarrona.
Madrid, los muchos Madriles que cada uno
representa, sabe ir por la calle con mucho arte y no ha perdido esa
capacidad mundana, popular y callejera con la que brujuleaban de un
lugar a otro los personajes de Galdós o los de Valle Inclán. “Cada cual
lleva consigo su novela”, decía Galdós. “Cada uno, diría yo, lleva
consigo su Madrid”.
Conocí a Tierno Galván y luego cubrí su entierro con palabras de
enorme sentimentalidad y mala poesía. Salí a captar el sonido de la
calle la noche de la primera victoria socialista del 82 y también
participé con alegre determinación sindicalista en la huelga general del
88. Entrevisté a esos personajes de la Movida que tocaron la gloria que
luego en su mayoría se quedarían en nada. Pero yo no era una moderna,
yo era la chica de un barrio de Madrid con el pelo teñido de rojo o de
negro chinesco, con los labios pintados casi de morado, que después de zascandilear por el
centro, tomaba el autobús y me volvía a casa. El autobús o un taxi,
porque en los tiempos de tantas seductoras y peligrosas dependencias, mi
vicio se centraba en el taxi y el vermú. Los camareros del bar Murillo, situado frente a la radio, en la calle
Huertas, me ponían el vermut en la barra según me veían salir de
trabajar. Eso no lo puede decir mucha gente con 21 años. Yo era alguien
en esta ciudad antes de que el público me conociera. Y me afanaba para
llegar a ser la chica más zascandila y sabelotodo de la Villa. A mí me venía bien todo. Mi estilo consistía en no tener un estilo
definido, como así es Madrid, en no entender de generaciones. Detesto
las separaciones generacionales. A Madrid se la conoce frecuentando a
viejos y a niños. ¿Os podéis imaginar lo que yo he aprendido de Madrid
escuchando a Fernán Gómez, a Haro Tecglen, a Paco Valladares, a María
Dolores Pradera, Mingote, Carmen Martín Gaite, María Asquerino, Jaime de
Armiñán, Elena Santonja, Josefina Aldecoa o Gila?
Andaba mucho. A veces me volvía a mi barrio andando para concentrarme en
alguna fantasía, en algún amor no correspondido o en la idea de ser
escritora que, finalmente, se quedaba en eso, en un proyecto, porque
tenía demasiada ansiedad vital para concentrarme delante de una página
en blanco. Pero mientras andaba, ay, todo me parecía posible. Se me
quedó la costumbre infantil, bastante temeraria, de cruzar descampados
para acortar el camino, porque en aquel entonces yo no concebía el
peligro, era inocente, poco dada a pensar en las consecuencias, por eso
entiendo tanto a las chicas que quieren andar solas. Soy Madrid porque nací en Cádiz, porque mis padres me trajeron aquí a
los 12 años, soy Madrid porque soy una Isidra, porque soy de barrio,
porque llevo en mí el acento de la calle y me sale cuando estoy alegre o
cuando me indigno. Soy Madrid porque soy callejera, chula, respondona,
reivindicativa, quedona, zascandila, soy Madrid porque Madrid es así y
ojalá que jamás deje de serlo.
Ni en la casa, ni en la universidad, ni en la política, fue otro que Alfredo Pérez Rubalcaba.
Alfredo
Pérez Rubalcaba y el titular de Defensa, José Antonio Alonso (a la
izquierda), consuelan a los padres del guardia civil Raúl Centeno,
asesinado por ETA en Francia en 2007.claudio Alvarez.
Podía haber presumido de ser el hombre más insultado de España, junto con Manuel Azaña y Adolfo Suárez. Pudo haber presumido, por ejemplo, de ser un orador admirado
por sus adversarios. Soraya Sáenz de Santamaría lo consideró “el
Ronaldinho del Parlamento”, el mejor constructor de metáforas de la era
democrática. Podía ser temido, pero fue admirado. Pudo haber presumido de aquella descripción con la que, el 11M de
2004, desmontó con ocho palabras la falaz construcción con la que José
María Aznar entró en la historia oscura de la gobernación de España. Pudo haber presumido también de eso. Y pudo haber presumido de haber sido el arquitecto de la última fase
de la operación antiterrorista que trajo la paz a Euskadi y a España. Con tino, en medio del ruido y la furia de sus enemigos, que no fueron
solo los etarras. Se le debe, entre otras muchas cosas, esa hazaña civil
que desarrolló con una discreción de budista. Y tampoco presumió de
ello. Pudo haber presumido de haber salido del poder por la puerta de atrás de la historia. Pero en lugar de reclamar tributo o elogio,
al día siguiente de haber dejado esa puerta en la que sufrió insulto,
vejación e ignominia, se reintegró a su otro mundo, el de la
universidad. Dedicó los primeros días a actualizar su conocimiento, en
un despacho que medía la cuarta parte de los que lo acogieron en sus
tiempos de ministro, volvió a reunirse con los amigos de siempre, y pasó
más tiempo en su casa, la que siempre tuvo, con los libros y los
cuadros que ya tenía cuando era un joven profesor, un atleta de premio,
un tipo al que le caían bien los trajes porque era flaco como un
perchero.
Esa casa y ese despacho son su autorretrato. El hombre que no
presumió de nada no sólo mantuvo la modestia de esas posesiones
provisionales de la vida, sino que dedicó el tiempo a rehacer factores
que son la esencia de su personalidad: la amistad, el estudio, la
discusión y la alegría. Regaló conocimiento y esfuerzo; fue siempre leal
con su partido y con las instituciones a las que éste estaba obligado a
servir. Hasta el último aliento de su militancia como secretario general
sirvió a la tarea de hacer sin decirlo. A él, por ejemplo, se le debe
que la abdicación del rey Juan Carlos I, de tan compleja elaboración,
saliera sin una mácula en el proceso. Luego se retiró, se fue a su
despacho espartano, a su casa, a su vida sin aditamentos. Ni en la casa, ni en la universidad, ni en la política, fue otro que Alfredo Pérez Rubalcaba. Si de algo presumía era de no haber alterado nunca su esencia para
parecer quien decían que era. La desfiguración de su historia y de su
ser correspondió a otros, que ya estarán rectificando, tarde, los
insultos de los que él tampoco presumía. No presumió ni de ser Alfredo
Pérez Rubalcaba, uno de los grandes hombres de nuestro tiempo.
El legado de Alfredo Pérez Rubalcaba va mucho más allá de su contribución al final de ETA.
Alfredo Pérez Rubalcaba, en su escaño del Congreso en el año 2014.
Á. G.
Alfredo, te vamos a echar mucho de menos. Muchísimo. Los recuerdos de
las innumerables veces en que tu opinión, tu consejo, tu visión y tu
capacidad para expresar de manera clara lo que otros sentíamos y
pensábamos, se agolpan en estos momentos tristes. Tenías muchas cualidades imprescindibles para un buen político. Y la
suma de todas ellas te convirtieron en un político singular, excelente. Nadie te ha podido discutir nunca tu inteligencia, tu dominio de la
comunicación, tu enorme habilidad. Has tenido enemigos furibundos, que
ahora intentarán borrar los rastros de sus críticas desaforadas,
carentes de todo fundamento, a veces traspasando las líneas de la
indecencia. Pero son —somos— multitud los que admiramos desde hace años tu compromiso con el interés público,
tu patriotismo, tu pasión por la política con mayúsculas. Has sido un
puntal de gran calibre para el PSOE desde hace décadas. Desde la
coherencia con tus ideas socialistas, has sabido poner tus energías y tu
compromiso al servicio de la España democrática. Nunca pudiste
comprender a quienes, carentes de toda visión, trataban de introducir la
más mínima cuña entre la defensa de tus ideales y tu patriotismo.
Si tuviese que elegir entre tus muchos servicios al interés general,
lo haría sin duda señalando cuánto te debemos todos los españoles, y en
primer lugar los vascos, por tu contribución decisiva en el logro de la
derrota de ETA y la consecución de la paz en el País Vasco. Pero tu legado no se quedará limitado a ese momento crucial para
nuestra democracia, para las libertades de los españoles y para el
futuro de España. Porque tenemos que recordar todas las energías y
esfuerzos que has dedicado a lo largo de tu vida a la mejora de la
Educación, desde tus años de Gobierno y responsable público hasta tu
labor docente, que has mantenido, una vez acabado tu paso por la primera
fila de la actividad política.
Porque quiero resaltar un rasgo de tu personalidad que no puede
quedar oculto tras tus momentos de éxito y tu protagonismo público. Saliste de la política activa con los bolsillos igual que cuando
llegaste, y con la misma ilusión por formar a las siguientes
generaciones, a las que les estamos entregando un futuro incierto.
Alguien dijo que “el ser determina la conciencia”. En tu caso, toda tu
vida ha sido coherente con tu conciencia democrática y con tus ideas
socialistas. Alfredo, no sabes cuánto te echaremos de menos.
Joaquín Almunia fue secretario general del PSOE entre 1997 y 2000
La
aportación de Alfredo a España no dejó de crecer con el paso del tiempo,
hasta hacer de él la figura que hoy despedimos con dolor, pero también
con sincero y justo reconocimiento.
El socialista Alfredo Pérez Rubalcaba.Rafa Rivas
Es difícil despedirse de Alfredo Pérez Rubalcaba. Lo ha sido todo para el Partido Socialista Obrero Español, al que
entregó lo mejor de su vida, pero también para España. Su figura –y,
ahora, su recuerdo– trascienden las siglas de cualquier formación y son
parte ya de la memoria democrática de nuestro país. Es miembro del
admirable grupo de personas que, con sólo evocar su nombre, nos permiten
reconocer toda una era de logros y progreso. Con él en distintos
puestos de responsabilidad, España cambió para siempre, y su legado es
tan profundo que sólo el paso del tiempo podrá hacerle verdadera
justicia y rendirle el homenaje que merece. Hoy llora la familia
socialista, pero también el país en su conjunto. Rubalcaba era un hombre
de Estado, y como tal se va: admirado y homenajeado por España, sin
distinciones ni matices ideológicos.
Su biografía se entrelaza con la lucha por las libertades y con la
consolidación de la democracia. Aunque había nacido en Cantabria en
1951, su infancia y juventud estuvieron ligadas a Madrid, ciudad a la
que se había trasladado con sus padres siendo apenas un niño. Se afilió
al PSOE en 1974, todavía en plena dictadura. Su capacidad de sacrificio y
esfuerzo –era también un consumado atleta–, su talento y su reconocido
instinto político lo llevaron pronto a destacar. Y comenzó así una vida
entera de servicio a España desde una militancia que jamás le impidió
alcanzar acuerdos y tejer consensos. Con el regreso de la democracia, España afrontaba el reto de
progresar social y económicamente. Queríamos parecernos a los países más
avanzados de las entonces Comunidades Europeas un auténtico anhelo tras
la larga noche del franquismo. Y para ello era fundamental situar a
España en niveles de desarrollo educativo similares a los de Francia,
Alemania o Reino Unido. Nuestro país sufría niveles de analfabetismo
intolerables, y el número de estudiantes de educación secundaria y
superior eran impropios del país que queríamos ser. Con apenas 35 años,
en 1986, Alfredo Pérez Rubalcaba asumió la Secretaría de Estado de
Educación, y en 1992 se convertiría en Ministro de Educación y Ciencia
de Felipe González. Su labor fue clave para conseguir uno de los logros
que más nos enorgullecen como socialistas, pero, sobre todo, como
españoles: la universalización de la educación pública y la reforma del
sistema educativo. España avanzó en cinco años lo que otros países habían tardado
décadas en conseguir. Ese fue uno de los grandes logros de Alfredo, y
sin duda, y el que más destacaba él mismo cuando se le preguntaba por su
trayectoria política. La aportación de Alfredo a España
no dejó de crecer con el paso del tiempo, hasta hacer de él la figura
que hoy despedimos con dolor, pero también con sincero y justo
reconocimiento. Su labor como portavoz parlamentario durante el primer
Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue brillante, y su capacidad
oratoria era reconocida a un lado y a otro del hemiciclo. Como político y
servidor público, Alfredo lo tenía todo, y en él convergían fondo y
forma, talento y esfuerzo. Sin embargo, donde la figura de Alfredo consolida su talla histórica
es en su labor como ministro del Interior y vicepresidente durante el
Gobierno que finalmente, y tras muchos años de sufrimiento y esfuerzo
colectivo, puso fin a la pesadilla del terrorismo de ETA. La banda
terrorista era otra de las grandes rémoras que arrastrábamos desde la
dictadura, y su actividad criminal nos impedía decir sin matices que la
historia democrática de España era una historia de éxito sin paliativos. La derrota del terrorismo exigió de él lo mejor de su enorme capacidad
de trabajo y talento político, y también puso a prueba su grandeza y su
templanza emocional. Su vida es la de un hombre que decide entregar su
vida al servicio público y sacrificar muchas cosas —como sabe bien su
mujer, Pilar Goya— para construir un mundo mejor. Con esas precisas
palabras: un mundo mejor El socialismo español llora al compañero que fue su secretario general
entre 2012 y 2014, pero lo hace junto a España entera, el país moderno,
europeo y en paz que él tanto contribuyó a forjar allí desde donde
estuvo. Como socialista, siento dolor. Como español, admiración,
agradecimiento y orgullo. Descanse en paz.