HE AQUÍ UN DIBUJO realista a la par que abstracto. He aquí un híbrido
entre lo sustantivo y lo adjetivo, entre la esencia y la existencia. He
aquí la hazaña de mostrar el todo con la parte antes de la invención de
la retórica, del descubrimiento de la sinécdoque o la metonimia. He aquí
una obra cuyo autor podría ser indistintamente un hombre o una mujer,
un niño o un adulto. He aquí un esquema y su desarrollo, un proyecto y
su realización. He aquí una obra antigua y moderna, tan antigua que
tiene 17.000 años y tan moderna que podría ser de esta misma mañana. Pertenece a una serie hallada en la cueva de Ekain (Gipuzkoa) y fue
grabada sobre arcilla con unos dedos idénticos a los de nuestras manos. ¡Qué versátiles, los dedos! Sirven para mecer la cuna y para cerrar el
ataúd, para manipular la estilográfica y el bisturí, para coser la ropa y
las heridas, para sujetar el clavo y el martillo. Con sus yemas nos
extendemos por el rostro la crema para después del afeitado o la leche
hidratante posterior a la ducha. Con los dedos nos atamos los cordones
de los zapatos y tocamos el piano o la guitarra, y con los dedos
acariciamos y coordinamos los movimientos del cuchillo y el tenedor. Son
frágiles y duros a la vez, nerviosos y tranquilos. Saben moverse en las
zonas más sabrosas del cuerpo propio y del ajeno, en las más delicadas,
pero también en las más ásperas . Con esos mismos dedos con los que nos
arreglamos el pelo en los días de viento, dibujaron nuestros abuelos
este enigmático caballo en el interior de una oscura galería desde la
que fuimos alumbrados usted y yo. Nosotros
El anarquista Melchor Rodríguez, el llamado Ángel Rojo de Madrid, salvó
la vida de 11.000 personas durante las sacas de presos en la Guerra
Civil. EL NUEVO AÑO se nos viene encima cargado de amenazas. La crispación y
el sectarismo engordan en el mundo y, aunque estoy segura de que en lo
personal mantenemos la optimista ambición de ser felices (somos bichos
tenaces), me parece que en lo colectivo contemplamos 2019 con ojos
suspicaces y un barrunto de susto, como quien ve llegar a un toro en
campo abierto. A saber qué soponcios nos puede deparar el año próximo.
Contra ese pesimismo, y contra la creciente aspereza de los
intransigentes, voy a contar hoy una historia ejemplar. Fue un hombre
célebre en su época y en 2016 hicieron un documental sobre él y pusieron
su nombre a una calle, pero aun así sigue siendo mucho menos conocido
de lo que se merece. Hablo del anarquista Melchor Rodríguez, el llamado Ángel Rojo de Madrid,
aunque nació en Sevilla en 1893. Huérfano de padre desde muy niño, sólo
estudió hasta los 13 años y vivió una infancia paupérrima.
En 1921 se trasladó a Madrid, en donde trabajó como chapista. Su
militancia en la CNT le hizo conocer las cárceles y la indefensión
esencial del prisionero. El 10 de noviembre de 1936, en los agitados
primeros meses de la Guerra Civil, fue nombrado delegado de prisiones de
Madrid, e inmediatamente intentó detener las terribles sacas de presos
de las cárceles, es decir, los traslados de reclusos que luego eran
asesinados en Paracuellos del Jarama y otras zonas cercanas. Sólo duró
en su empeño cuatro días, porque los más feroces consiguieron forzarle a
dimitir, pero las protestas del cuerpo diplomático y de otros sectores
republicanos lograron que recuperara el cargo el 4 de diciembre. A
partir de ahí se enfrentó, a veces con grave peligro de su vida, a los
partidarios de las ejecuciones, entre quienes estaba, sí, Santiago
Carrillo, que estuvo más implicado en las matanzas de lo que nunca quiso
admitir, según un historiador tan prestigioso como Paul Preston. Melchor terminó siendo, muy brevemente, el último alcalde republicano de
Madrid. Ahora imagínate a ese hombre que, completamente solo en medio de la
furia y la violencia, lo arriesga todo para salvar la vida de sus
enemigos. Prohibió que saliera ningún preso de ninguna cárcel desde las
siete de la noche hasta las siete de la mañana, y cuando había que
trasladar de verdad a los reclusos, escoltaba él personalmente los
convoyes, lo que demuestra que no tenía a nadie en quien confiar.
Probablemente ni siquiera era entendido por sus compañeros anarquistas. Déjame contarte una de sus gestas: el 8 de diciembre de 1936, estando de
inspección en la cárcel de Alcalá de Henares, vio llegar a una turba
enfurecida. Los franquistas habían bombardeado la ciudad y matado a
media docena de personas, y una multitud de vecinos y milicianos armados
acordaron asaltar la prisión y linchar a los reclusos. Pues bien,
Melchor se plantó ante la puerta, pistola en mano, y aguantó los
insultos, las pedradas y las amenazas desde las cinco de la tarde hasta
las tres de la madrugada, momento en que consiguió que los atacantes
desistieran. Aquel día había 1.500 presos en Alcalá. Se considera que,
en total, Rodríguez salvó a 11.000 personas. “
Pero, claro, Melchor no es un santo cómodo ni para la derecha ni para
la izquierda tradicional, liderada desde el antifranquismo por los
comunistas (la represión desmanteló a los anarquistas). Un pensamiento
independiente y ético, en fin, es un lugar desapacible y ventoso. Murió
en 1972; espero que el recuerdo de las muchas personas a las que salvó
calentara lo suficiente su corazón aterido.
No cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCAT y
otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar.
Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y
articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo
hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta
máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar
—acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno
se hable mal, si se habla mucho. Esto se vio con Berlusconi y se ve
ahora con Trump. Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que
la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura
para alabarlos y sobre todo para denostarlos. Ambos montaron espectáculo
y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y
las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red
social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de
pata de banco y de sus bufonadas. Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al
dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran
quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente
importantes. La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe),
pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini:
a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención,
aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica. La era de Trump no
ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada
grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda
hasta el infinito. Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo
poder en sus respectivos países), ahora ya es inevitable: demasiado
tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y
aconsejable al principio. Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no
se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de
decirlas, se añade la de llevarlas a cabo.
Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que
meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las
mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que
lo cumpla. Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y
medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas
mediante la condena solemne. En el mundo literario es bien sabido: si un
suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde
(aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus
logros, a fingir que no existe. Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que
preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más
contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las
campañas. Veamos: ese partido existe hace años y carecía de
trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños. Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como
TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en
pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos
minutos y echó a rodar la bola de nieve. En seguida se le unieron otras
cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para
criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de
su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un
partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”. Y así continúan desde
entonces. Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un
escaño y le cayeron doce. Inmediatamente Podemos (en apariencia la
formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las
barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan. Lo
imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. Los independentistas
catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les
permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último
lustro, a saber: “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a
pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado. No sé otros, pero
yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada
por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. ¿Hace
falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo,
nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la
Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta
gente se da por supuesto. Si Vox estuviera en el poder, como lo están
sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega,
Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso. Pero no es el
caso, todavía. Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual,
preocupante pero desdeñable. Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas
exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más
probabilidades de que un día acabe siéndolo. Y como es imposible
—repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe
sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros
medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar,
mientras fingen horrorizarse.
En este centro de Málaga, los inmigrantes aprenden la lengua de su nuevo país y buscan compañía.
Voluntarias de Málaga Acoge, junto a varios de los inmigrantes a los que dan clase, en la sede de la asociación el jueves.Garcia-Santos
No tiene número la casa de la calle Bustamante de Málaga donde
maestros jubilados educan en español a los emigrantes que llegan aquí
por tierra o en pateras. Viven buscando refugio; tuvieron que escuchar,
los maestros también, que podrían estar entre los 52.000 deportados que
anuncian discursos políticos de la derecha reciente. Esta de la calle Bustamante es una universidad popular y bulliciosa. A
cualquier hora. Desde 1990 funciona organizada por Málaga Acoge. En cada uno de sus cubículos hay, esta mañana del último jueves,
árabes, africanos o ucranianos en clases de alfabetización, ante sus
cuadernos inéditos. Hay también maestros para los que ya saben algo e
incluso para los que son, verdaderamente, universitarios cuyos oficios
(dentista, músico, médico) se han interrumpido por un viaje que tiene
dos causas: la necesidad y el hambre. Adela Jiménez Villarejo, la educadora más veterana, fundadora, en
1990, de esta institución, resume la conversación con un emigrante
indio. No sabe otro idioma que el suyo, trabaja sin descanso entre
personas que hablan su idioma. Le cuesta aprender y esto es todo lo que
dice: -Indio, indio, restaurante, casa, dormir.
Para estos educadores –Manuel Vergara, Adela, Lola Avilés, Pilar
Ampudia, Teresa Cobo, Carmen Espeja, José Tomas Pacheco— estas personas
“son seres, nombres propios, no son números”, de modo que esa cifra,
52.000, señalada por políticos que aventaron la idea de deportarlos, les
produjo “indignación, rabia, impotencia”
Los emigrantes –Tetiana, Pedro, Rut, Ludmila, Ouarda, Andrii,
Yousseff, Saloua, Maria, Natalia… —no escuchan el eco de esa bravata. Y
aquí están, aprendiendo la lengua, tratando de hacerse entender en las
farmacias y en los mercados; también, dicen sus educadores, encuentran
en sus compañeros de clase nuevas amistades. Atrás quedaron familiares y
países; saben que no van a ser, aquí, profesores, o médicos, técnicos o
camareros. “Quieren vivir”. Acaso diciendo tan solo “indio, indio,
restaurante, casa, dormir”. Esta universidad chiquita es un alivio; esta mañana dicen palabras
optimistas sobre la acogida, Málaga los trata bien; pero, creen los
maestros, es quizá porque el foco está puesto ahora sobre ellos por los
periodistas. “Pero esto es muy duro. Incomprensión, egoísmo, falta de
entendederas. Han convertido la inmigración en un infierno”. En este país que fue de emigrantes, la policía es mejor que las
leyes. María Luisa I. Thomson Caplin, abogada del turno de oficio que se
ocupa de ellos desde que llegan en pateras, es consecuencia ella misma
de una historia de emigrantes españoles a los que el exilio arrojó en
México. Y es ahora una mano que asiste a los que arañan la Costa del
Sol. “Todo es absurdo. Niños, jóvenes, mayores. Buscan una vida nueva. Y
aquí los separan de sus hijos. Son prudentes, educados, pacíficos”. La
ley los retiene, los detiene, los deja marchar y se diluyen. “¿Dónde los
van a encontrar los que quieren deportarlos?”
En el aula de los analfabetos una mujer mayor trata de saber cómo se
coge el lapicero. El maestro explica por qué está allí. “Me jubilé. Vine
a echar una mano. Ahora nada me puede hacer más feliz que escuchar que
uno de estos inmigrantes me dice que ya puede leer”.
Aprenden la lengua de un país que aquí al menos, en este recinto que
los acoge, los quiere lejos de la desolación o la intemperie. Estos que los asisten en la peculiar universidad de la calle
Bustamante saben qué es lo peor: “El rumor de que esta gente viene a
aprovecharse de nosotros. De que nos roban lo nuestro”. Los maestros
encuentran una sola palabra en el diccionario de su rabia: indignación.