Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

20 ene 2019

Oscuras galerías..............................................Juan José Millás .

Oscuras galerías Juan José Millás 

 HE AQUÍ UN DIBUJO realista a la par que abstracto.
 He aquí un híbrido entre lo sustantivo y lo adjetivo, entre la esencia y la existencia.
 He aquí la hazaña de mostrar el todo con la parte antes de la invención de la retórica, del descubrimiento de la sinécdoque o la metonimia.
 He aquí una obra cuyo autor podría ser indistintamente un hombre o una mujer, un niño o un adulto. 
He aquí un esquema y su desarrollo, un proyecto y su realización. He aquí una obra antigua y moderna, tan antigua que tiene 17.000 años y tan moderna que podría ser de esta misma mañana.
Pertenece a una serie hallada en la cueva de Ekain (Gipuzkoa) y fue grabada sobre arcilla con unos dedos idénticos a los de nuestras manos. 
 ¡Qué versátiles, los dedos! Sirven para mecer la cuna y para cerrar el ataúd, para manipular la estilográfica y el bisturí, para coser la ropa y las heridas, para sujetar el clavo y el martillo.
 Con sus yemas nos extendemos por el rostro la crema para después del afeitado o la leche hidratante posterior a la ducha.
 Con los dedos nos atamos los cordones de los zapatos y tocamos el piano o la guitarra, y con los dedos acariciamos y coordinamos los movimientos del cuchillo y el tenedor. 
Son frágiles y duros a la vez, nerviosos y tranquilos.
 Saben moverse en las zonas más sabrosas del cuerpo propio y del ajeno, en las más delicadas, pero también en las más ásperas
. Con esos mismos dedos con los que nos arreglamos el pelo en los días de viento, dibujaron nuestros abuelos este enigmático caballo en el interior de una oscura galería desde la que fuimos alumbrados usted y yo.
 Nosotros

Una historia ejemplar...........................................Rosa Montero..................

El anarquista Melchor Rodríguez, el llamado Ángel Rojo de Madrid, salvó la vida de 11.000 personas durante las sacas de presos en la Guerra Civil.
EL NUEVO AÑO se nos viene encima cargado de amenazas.
 La crispación y el sectarismo engordan en el mundo y, aunque estoy segura de que en lo personal mantenemos la optimista ambición de ser felices (somos bichos tenaces), me parece que en lo colectivo contemplamos 2019 con ojos suspicaces y un barrunto de susto, como quien ve llegar a un toro en campo abierto.
 A saber qué soponcios nos puede deparar el año próximo.
Contra ese pesimismo, y contra la creciente aspereza de los intransigentes, voy a contar hoy una historia ejemplar. Fue un hombre célebre en su época y en 2016 hicieron un documental sobre él y pusieron su nombre a una calle, pero aun así sigue siendo mucho menos conocido de lo que se merece. 
Hablo del anarquista Melchor Rodríguez, el llamado Ángel Rojo de Madrid, aunque nació en Sevilla en 1893.
 Huérfano de padre desde muy niño, sólo estudió hasta los 13 años y vivió una infancia paupérrima. 

 En 1921 se trasladó a Madrid, en donde trabajó como chapista.
 Su militancia en la CNT le hizo conocer las cárceles y la indefensión esencial del prisionero. 
El 10 de noviembre de 1936, en los agitados primeros meses de la Guerra Civil, fue nombrado delegado de prisiones de Madrid, e inmediatamente intentó detener las terribles sacas de presos de las cárceles, es decir, los traslados de reclusos que luego eran asesinados en Paracuellos del Jarama y otras zonas cercanas.
 Sólo duró en su empeño cuatro días, porque los más feroces consiguieron forzarle a dimitir, pero las protestas del cuerpo diplomático y de otros sectores republicanos lograron que recuperara el cargo el 4 de diciembre. 
A partir de ahí se enfrentó, a veces con grave peligro de su vida, a los partidarios de las ejecuciones, entre quienes estaba, sí, Santiago Carrillo, que estuvo más implicado en las matanzas de lo que nunca quiso admitir, según un historiador tan prestigioso como Paul Preston. 
Melchor terminó siendo, muy brevemente, el último alcalde republicano de Madrid.
Ahora imagínate a ese hombre que, completamente solo en medio de la furia y la violencia, lo arriesga todo para salvar la vida de sus enemigos.
 Prohibió que saliera ningún preso de ninguna cárcel desde las siete de la noche hasta las siete de la mañana, y cuando había que trasladar de verdad a los reclusos, escoltaba él personalmente los convoyes, lo que demuestra que no tenía a nadie en quien confiar. Probablemente ni siquiera era entendido por sus compañeros anarquistas.
 Déjame contarte una de sus gestas: el 8 de diciembre de 1936, estando de inspección en la cárcel de Alcalá de Henares, vio llegar a una turba enfurecida.
 Los franquistas habían bombardeado la ciudad y matado a media docena de personas, y una multitud de vecinos y milicianos armados acordaron asaltar la prisión y linchar a los reclusos.
 Pues bien, Melchor se plantó ante la puerta, pistola en mano, y aguantó los insultos, las pedradas y las amenazas desde las cinco de la tarde hasta las tres de la madrugada, momento en que consiguió que los atacantes desistieran.
 Aquel día había 1.500 presos en Alcalá. 
Se considera que, en total, Rodríguez salvó a 11.000 personas. “ 

Pero, claro, Melchor no es un santo cómodo ni para la derecha ni para la izquierda tradicional, liderada desde el antifranquismo por los comunistas (la represión desmanteló a los anarquistas).
 Un pensamiento independiente y ético, en fin, es un lugar desapacible y ventoso.
 Murió en 1972; espero que el recuerdo de las muchas personas a las que salvó calentara lo suficiente su corazón aterido. 

Ayudar al enemigo................................................Javier Marías

No cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCAT y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar.
Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar —acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno se hable mal, si se habla mucho.
 Esto se vio con Berlusconi y se ve ahora con Trump. 
Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura para alabarlos y sobre todo para denostarlos. 
Ambos montaron espectáculo y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de pata de banco y de sus bufonadas.
Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente importantes.
 La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe), pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini: a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención, aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica.
 La era de Trump no ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda hasta el infinito. 
Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo poder en sus respectivos países), ahora ya es ­inevitable: demasiado tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y aconsejable al principio.
 Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de decirlas, se añade la de llevarlas a cabo. 

Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que lo cumpla.
 Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas mediante la condena solemne. 
En el mundo literario es bien sabido: si un suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde (aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus logros, a fingir que no existe.
 Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las campañas.
 Veamos: ese partido existe hace años y carecía de trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños.
  Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos minutos y echó a rodar la bola de nieve.
 En seguida se le unieron otras cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”.
 Y así continúan desde entonces. 
Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un escaño y le cayeron doce.
 Inmediatamente Podemos (en apariencia la formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan.
 Lo imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. 
Los independentistas catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último lustro, a saber:
 “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. 
Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado.
 No sé otros, pero yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. 
¿Hace falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo, nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta gente se da por supuesto. 
Si Vox estuviera en el poder, como lo están sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega, Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso.
 Pero no es el caso, todavía.
 Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual, preocupante pero desdeñable.
 Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más probabilidades de que un día acabe siéndolo.
 Y como es imposible —repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar, mientras fingen horrorizarse. 

 

19 ene 2019

“Indio, indio, restaurante, casa, dormir”.................... Juan Cruz

En este centro de Málaga, los inmigrantes aprenden la lengua de su nuevo país y buscan compañía.

Voluntarias de Málaga Acoge, junto a varios de los inmigrantes a los que dan clase, en la sede de la asociación el jueves.
Voluntarias de Málaga Acoge, junto a varios de los inmigrantes a los que dan clase, en la sede de la asociación el jueves.
No tiene número la casa de la calle Bustamante de Málaga donde maestros jubilados educan en español a los emigrantes que llegan aquí por tierra o en pateras.
 Viven buscando refugio; tuvieron que escuchar, los maestros también, que podrían estar entre los 52.000 deportados que anuncian discursos políticos de la derecha reciente.
Esta de la calle Bustamante es una universidad popular y bulliciosa. A cualquier hora.
 Desde 1990 funciona organizada por Málaga Acoge.
 En cada uno de sus cubículos hay, esta mañana del último jueves, árabes, africanos o ucranianos en clases de alfabetización, ante sus cuadernos inéditos.
 Hay también maestros para los que ya saben algo e incluso para los que son, verdaderamente, universitarios cuyos oficios (dentista, músico, médico) se han interrumpido por un viaje que tiene dos causas: la necesidad y el hambre.
 
Adela Jiménez Villarejo, la educadora más veterana, fundadora, en 1990, de esta institución, resume la conversación con un emigrante indio. 
No sabe otro idioma que el suyo, trabaja sin descanso entre personas que hablan su idioma.
 Le cuesta aprender y esto es todo lo que dice:
-Indio, indio, restaurante, casa, dormir.
Para estos educadores –Manuel Vergara, Adela, Lola Avilés, Pilar Ampudia, Teresa Cobo, Carmen Espeja, José Tomas Pacheco— estas personas “son seres, nombres propios, no son números”, de modo que esa cifra, 52.000, señalada por políticos que aventaron la idea de deportarlos, les produjo “indignación, rabia, impotencia”
Los emigrantes –Tetiana, Pedro, Rut, Ludmila, Ouarda, Andrii, Yousseff, Saloua, Maria, Natalia… —no escuchan el eco de esa bravata.
 Y aquí están, aprendiendo la lengua, tratando de hacerse entender en las farmacias y en los mercados; también, dicen sus educadores, encuentran en sus compañeros de clase nuevas amistades.
 Atrás quedaron familiares y países; saben que no van a ser, aquí, profesores, o médicos, técnicos o camareros. “Quieren vivir”. Acaso diciendo tan solo “indio, indio, restaurante, casa, dormir”.
Esta universidad chiquita es un alivio;
 esta mañana dicen palabras optimistas sobre la acogida, Málaga los trata bien; pero, creen los maestros, es quizá porque el foco está puesto ahora sobre ellos por los periodistas. 
“Pero esto es muy duro. Incomprensión, egoísmo, falta de entendederas. Han convertido la inmigración en un infierno”.
En este país que fue de emigrantes, la policía es mejor que las leyes. 
María Luisa I. Thomson Caplin, abogada del turno de oficio que se ocupa de ellos desde que llegan en pateras, es consecuencia ella misma de una historia de emigrantes españoles a los que el exilio arrojó en México.
 Y es ahora una mano que asiste a los que arañan la Costa del Sol. “Todo es absurdo. Niños, jóvenes, mayores. 
Buscan una vida nueva. Y aquí los separan de sus hijos.
 Son prudentes, educados, pacíficos”. La ley los retiene, los detiene, los deja marchar y se diluyen. 
“¿Dónde los van a encontrar los que quieren deportarlos?”

En el aula de los analfabetos una mujer mayor trata de saber cómo se coge el lapicero.
 El maestro explica por qué está allí. “Me jubilé. Vine a echar una mano.
 Ahora nada me puede hacer más feliz que escuchar que uno de estos inmigrantes me dice que ya puede leer”.

Aprenden la lengua de un país que aquí al menos, en este recinto que los acoge, los quiere lejos de la desolación o la intemperie.
Estos que los asisten en la peculiar universidad de la calle Bustamante saben qué es lo peor: 
“El rumor de que esta gente viene a aprovecharse de nosotros. De que nos roban lo nuestro”. 
Los maestros encuentran una sola palabra en el diccionario de su rabia: indignación.