La cantante actuaba en Torrelavega (Cantabria) cuando su busto quedó al aire, pero se lo tomó con humor y continuó la actuación.
El domingo por la noche la cantante Marta Sánchez
daba un concierto en Torrelavega, en Cantabria, por sus fiestas
patronales. A partir de las 20.30 de la tarde actuaba junto a otros
artistas como Rosario Flores, Maldito Duende o Mikel Erentxun. Sin
embargo, Sánchez se convirtió en la protagonista de la fiesta por una
anécdota en la que no tuvo que ver. Sí
tuvo que ver, en realidad, el modo en el que solventó la cuestión: con
humor y buena disposición. Porque a Marta Sánchez le pasó lo que le
podía ocurrir a cualquier otro: se le rompió el vestido. Como han
colgado algunos usuarios en redes sociales, la tela de su vestido plateado y atado al cuello se rasgó en la parte superior y dejó a la intérprete de Soy yo con apenas un body transparente negro con el que se le transparentaba el pecho. La diva solventó bien el apuró, agarrando el vestido y cantando a la vez, entre sonrisas. Al final, una compañera del backstage
acudió en su ayuda y le acercó una chaqueta dorada que le puso a
espaldas del público para que no la grabaran . Sánchez hizo un apaño con el resto del vestido: se lo remetió en la cadera e hizo una falda. Cuando acabó la canción, y entre aplausos del público, Sánchez
dejó caer el vestido y se quedó solo con un pantalón corto que llevaba
debajo y unas altísimas botas. "Ya que estamos... ¡pues nada", comentó,
mientras el público le gritaba. "Trending topic", reía ella. "Bueno,
¿qué? ¿Seguimos o qué? Ya se ha acabado el show, ¿qué pasa?".
Una calurosa tarde, Casta Castrillo, de 31 años, pasea en
bicicleta. No regresa a casa. Su cadáver fue hallado en un olivar. Una
nefasta investigación mantiene el caso abierto 23 años después. El
asesino o los asesinos andan sueltos por los alrededores. Este es un
reportaje, publicado en EL PAÍS el 5 de agosto de 2007, que narra uno de los casos más mediáticos que ha vivido la localidad cordobesa de Puente Genil en las últimas dos décadas: Nada parece haber cambiado cuando Cipriano Castrillo deshoja las
tardes por el camino del canal como si andando fuera posible retroceder
en el tiempo al día en el que asesinaron a su hija Casta. El hombre
reconstruye el mismo itinerario que ella recorrió en bicicleta el
miércoles 19 de julio de 1995, entre las ocho y media y las nueve y
media de una calurosa jornada. Algunos lugareños recuerdan haberla visto
durante el recorrido, una vecina entabló conversación con ella, pero
nadie sabe cómo desapareció. Un agricultor encontró la bicicleta en
medio de la calzada y la desplazó a la cuneta. Otro vecino vio esa
bicicleta apartada y sin dueño: no sospechó nada, pero recuerda la hora
porque sonaron las campanadas de las diez. Una semana después, el cuerpo
semidesnudo de Casta fue hallado bajo un olivo a cuatro kilómetros del
lugar. De su bicicleta nunca volvió a saberse nada. Tampoco del autor o
autores del asesinato. El camino arranca en uno de los márgenes de la localidad cordobesa de
Puente Genil (30.000 habitantes). Es una vieja calzada asfaltada que
circula paralela al canal del río Genil y a la carretera de Montalbán,
un trayecto oscilante, de suaves pendientes cuyos márgenes están
ocupados por olivares y alguna casa. No es un lugar alejado y solitario,
concurrido generalmente por ciclistas, alguna prostituta, automóviles
en tránsito y vecinos que pasean, como hace Cipriano por la tarde desde
hace 12 años, quien todavía se pregunta cómo a esas horas de un mes de
julio, aún bajo la tibia luz del sol que se apaga, pudo su hija
desaparecer sin que nadie viera o escuchara algo. Todavía se pregunta
cómo la Guardia Civil acumuló tal cantidad de errores en la
investigación. Por eso rehace el camino buscando respuestas del pasado. A
sus 72 años, lo único que desea es no morirse sin conocer antes al
asesino o asesinos de su hija. Cipriano conoce cada metro del camino. Hace 12 años, cuando
aquella noche su hija faltó de casa, comenzó a frecuentarlo palmo a
palmo. Durante siete días y siete noches, ayudado por compañeros
camioneros y vecinos del pueblo, participó en batidas, examinó cada
metro cuadrado, inspeccionó todos los pozos del lugar, hasta que una
mañana llegó el aviso de que habían hallado el cuerpo de su hija. Fue
encontrado en medio de un olivar. El calor había acelerado su
descomposición. No estaba muy lejos, ni oculto, pero el fuerte olor que
desprendían los pechines (residuos de los olivos) desperdigados por el
campo motivó que el tufo de la putrefacción no delatase antes su
presencia. Su cadáver fue enviado al cementerio, donde un forense inexperto
practicó la autopsia en una sala del mismo camposanto. Tardó apenas hora
y media. Su informe fue deficiente a juicio de los expertos: apenas
pudo determinar si la mujer fue violada. Murió de un fuerte impacto en
la cabeza. Extrajo algunas muestras, vello de pubis en una de sus manos y
unos restos de sangre entre las uñas. Se dijo entonces que del vello no
podía extraerse ningún dato porque carecía de raíz. Comenzaba así una
secuela de despropósitos que han llegado hasta nuestros días. El lugar donde fue hallado el cadáver no fue debidamente acordonado y
fue pasto de morbosos. Por un motivo inexplicable, la Guardia Civil
tomó fotografías del cuerpo en blanco y negro. La inspección ocular fue
deficiente y no se tomaron muestras de la tierra bajo el cuerpo para
determinar si Casta falleció en ese lugar, fue depositada allí poco
después de desaparecer o algunos días más tarde. Una parte de las
pruebas forenses útiles para una investigación quedaron contaminadas en
esas horas.
Luego, vino una peculiar búsqueda de sospechosos. Algunos testigos que vieron a Casta aquella tarde recordaban la
presencia de un coche oscuro aparcado en la cuneta, en cuyo interior se
ocultaba un hombre con bigote, que no fue debidamente identificado. La
misma noche del hallazgo del cadáver se produjo una llamada anónima a la
Policía Local de Puente Genil de una voz agitada que citaba nombre y
primer apellido de una persona relacionada con el crimen. La policía
comprobó que no había empadronado nadie con esa identidad en el pueblo y
aparcó la denuncia. Nadie cayó en la cuenta hasta transcurrido mucho
tiempo de que había cinco personas con idéntico nombre y apellido en los
pueblos de alrededor. Hace unos meses, casi 12 años después, la Guardia
Civil hizo esa verificación. No se investigó el entorno de Casta durante aquellas fechas, una
práctica esencial en cualquier investigación, y fue hace tres meses
cuando la Guardia Civil decidió tomar muestras de ADN de sus familiares. Cuando fueron a tomarlas, uno de los hermanos de Casta se encaró
indignado con los agentes: "Tomadme la muestra, pero no la de ahora;
¡tomadme la de hace 12 años!". La investigación del crimen había pasado
de mano en mano, de un juez a otro, de unos agentes a otros, tramitada
como un asunto extraviado. Dos años después del asesinato, un agente
decidió investigar el entorno de Casta. Encontró algunos nexos entre la
mujer y el único sospechoso que llegó a ser detenido por el crimen, pero
no pudo avanzar más: el caso volvió a caer en otras manos. No se
entiende esa desidia en una provincia donde un asesinato es un suceso
muy escaso, tanto es así que 2005 se cerró sin crímenes, y 2006, con
sólo tres, según datos de la Subdelegación de Gobierno de Córdoba. Por
esa razón, aquel crimen causó un gran impacto y provocó varias
manifestaciones. La detención de un sospechoso acalló esas protestas;
luego, el paso del tiempo hizo el resto. Pero incluso aquella primera
detención también fue defectuosa. El detenido era un hombre solitario, afectado por depresiones, un
viajante que vivía en Lucena, un pueblo cercano. Viajaba siempre en una
furgoneta. Casualmente, antes de encontrarse el cadáver, fue visto en
actitud sospechosa en el cementerio del pueblo. Era de madrugada, tenía
la furgoneta en marcha con las luces encendidas y caminaba por el
camposanto con una cuerda. Cuando fue abordado por los componentes de
una de las batidas que buscaban a Casta mostró una actitud sospechosa. Entre esos hombres estaba casualmente el padre de Casta. Allí residían
unos monjes de la Orden de los Hermanos de la Resurrección, que estaban
al cuidado del cementerio. El hombre dijo estar allí porque quería
confesarse. A regañadientes, accedió a que los hombres de la batida
pudieran observar el interior del vehículo. No había nada salvo algunas
gotas de sangre, a las que nadie dio importancia. Semanas después, cuando Cipriano visitaba la tumba de su hija se le
acercó uno de aquellos monjes. Palabra por palabra, aquella conversación
está grabada en su memoria. -Quiero hablar con usted -le dijo el monje. Cipriano hizo un aparte y
dejó a su mujer ante el nicho-. ¿No dan con el asesino de su hija? -No lo sé. -Pues yo sí que lo sé. -Suelta. -Tengo que reflexionar sobre eso. Soy católico. -Serás lo que quieras, pero lo vas a soltar aquí mismo.
-¿Se acuerda del hombre de aquella noche? -Sí.
-Pues ése ha sido. El monje le explicó que el hombre de la furgoneta se había confesado con el prior de la orden como autor del crimen. Cipriano informó a la Policía Local de las palabras del monje, pero
pasaron unos días hasta que la Guardia Civil decidiera tomarle
declaración. Para entonces, el monje se había marchado. El hombre fue detenido. Su testimonio sufría algunas contradicciones. Se le tomaron muestras de ADN y de la sangre hallada en su furgoneta. Estuvo varios días en la cárcel, hasta que se encontró al monje en
Sevilla, ingresado en un psiquiátrico después de haberse intentado
suicidar, según su relato, porque había acusado a alguien sin motivo. Esa confesión determinó la libertad del sospechoso. Las pruebas dieron
también resultado negativo. Los restos de sangre en su furgoneta
pertenecían a un animal. El caso pareció quedar cerrado, a pesar de la insistencia de
Cipriano, quien logró que en la Universidad de Santiago de Compostela
sacaran muestras de ADN de aquel vello. Solicitó infructuosamente una
segunda autopsia del cadáver. Casta dejaba tras de sí dos muestras de
ADN diferentes y un puñado de incógnitas, pero el caso pasaba de mano en
mano, de juez en juez, sin resultados aparentes. Así ha permanecido hasta hace escasamente unos meses. Ha vuelto a reabrirse. Hay un testigo protegido. Una persona a quien alguien confió que años
atrás participó en un crimen. Es una segunda confesión. Según su
relato, fueron cuatro hombres en un coche, borrachos y alguno drogado. Vieron a una mujer joven y la intentaron forzar. Ella se resistió,
recibió un golpe con una piedra y murió. Intentaron ocultar el cadáver,
intentaron quemarlo sin conseguirlo. Y sellaron un pacto de silencio. De
esa nueva investigación se conoce muy poco. El procedimiento sigue
siendo muy lento. Un enésimo agente está encargado de las pesquisas y,
en algún caso, ha decidido hacer lo que el protocolo marca desde el
inicio: tomarles el ADN a los familiares. También acaba de verificar los
datos de la llamada anónima realizada hace 12 años. Algunos investigadores dan poco crédito a esta última confesión y se
inclinan por la versión del monje, que fue mal tramitada, en la
hipótesis de que el primer sospechoso acudió al cementerio a ocultar el
cadáver de Casta. Sin embargo, no se interrogó adecuadamente al hombre
de bigote que esperaba dentro de un vehículo oscuro. Ni se ha practicado
una segunda autopsia de Casta. Los monjes de la Orden de la
Resurrección abandonaron Puente Genil en 2004. Casta tenía 31 años. Era graduada social. Algunas tardes paseaba con una amiga en bicicleta, una mountain bike
de color negro y naranja. La tarde del 19 de julio de 1995, su amiga
estaba en Córdoba resolviendo unos asuntos y no pudo acompañarla. Casta
terminó de ver la serie de Los vigilantes de la playa en
televisión. E inició su camino en bicicleta. Doce años después,
Cipriano, su padre, repite el recorrido. Necesita una respuesta. Dos
pruebas de ADN buscan dueño.
La
periodista de la revista S Moda, Clara Ferrero, recomienda diez modelos
cuyos diseños son tendencia en la pasarela y en las tiendas, y con
precios que oscilan entre 30 y 270 euros.
Cuando hablamos de gafas de sol nos gusta mirar al pasado. Kurt
Cobain, Jackie Kennedy, John Lennon o Audrey Hepburn son algunos de los
iconos populares a los que recordamos con las gafas de sol puestas, pero
no hay que perder de vista a los referentes estilísticos más actuales
que han conseguido convertir las monturas que visten en puro objeto de
deseo. Si se han puesto de moda diseños muy arriesgados se debe en buena
parte a Bella y Gigi Hadid o la artista Dua Lipa. Por su parte, Meghan Markle sigue demostrando el éxito de los diseños atemporales, como el modelo Percy de la firma Finley London. Elecciones tan dispares constatan el vasto abanico de posibilidades
que tenemos para llevar este verano o en cualquier época del año, tanto
para personalidades más discretas como para otras más excéntricas. En
esta temporada de contrastes extremos hemos entrevistado a Clara Ferrero,
periodista de la revista S Moda, que nos facilita una recomendación de
las diez gafas de sol para mujer más destacadas del mercado actual. Cada
diseño es el reflejo de una de las tendencias que se han visto en
pasarela y en tiendas, con modelos que cuestan entre 30 y 270 euros
aproximadamente.
The Last Lolita, de Specs
“Las gafas de sol cat eye son, sin duda, el modelo de la
temporada. La silueta ‘ojo de gato’ ha vuelto con fuerza inundando las
firmas de gama alta y también el low cost. El modelo The Last Lolita de
la firma australiana Le Specs tiene un precio bastante razonable y se ha
convertido en el favorito de celebrities como Gigi Hadid o Dua Lipa. Forma parte de una colección en colaboración con el diseñador Adam
Seleman y está disponible en varios colores”.
Alina Peach, de Komono
“La firma belga Komono, que tiene tiendas físicas en España y vende
también en establecimientos multimarca, está detrás de este diseño
ovalado en rosa. La montura recuerda mucho a las de la firma de culto
Acne Studios, pero su precio es mucho más asequible. Este tipo de gafas
se convierten en las protagonistas instantáneas de cualquier look y
favorecen mucho a los rostros cuadrados u ovalados”.
Kaleos Vale
“La firma española Kaleos está detrás de estas microgafas que, sin
duda, son la otra gran tendencia del verano en este tipo de accesorios .
Modelos como Kendall Jenner o Bella Hadid han rescatado las gafas de sol
minúsculas, al más puro estilo Matrix, despertando tantas pasiones como
odios. Lo cierto es que las microgafas son complicadas de defender y no
todo el mundo se atreve con ellas, pero estas –el modelo Vale de
Kaleos– resultan sofisticadas y distintas gracias al corte rectangular.
Además, son unisex”.
Con montura cuadrada
Retrosuperfuture
“Tienen un indiscutible aire masculino y nunca pasan de moda. Por eso
conviene elegir una montura en un tono neutro como el negro o en carey,
un clásico. Mejor si tienen el puente superior prácticamente recto. Estas son de la marca RetroSuperFuture, que fabrica sus gafas en Italia
utilizando lentes Zeiss, que garantizan un alto nivel de protección para
los ojos en cualquier condición”.
Orion II Silver, de D. Franklin
“Son vanguardistas y, aunque parecen recién llegadas del futuro, se
han visto mucho los últimos meses. Estas son de la firma D.Franklin, que
no deja de ganar popularidad y adeptos gracias a sus gafas a precios
imbatibles. El modelo ORION II Silver, que también está disponible en
otros colores, es perfecto para los fanáticos de las gafas de espejo que
quieran atreverse con un modelo sin montura”.
Gucci oversized
“Las gafas de sol de Gucci suelen ser maximalistas, especiales y de
grandes proporciones. Estas cumplen todo lo anterior pero sin resultar
extravagantes. La montura es de acetato y los cristales son en verdes
degradado. Siempre es un acierto tener un modelo oversize que cubra
medio rostro cuando apetece ir de incógnito. Sientan bien a casi todo el
mundo, especialmente a las caras redondas y alargadas”.
Gafas blancas
Vinyl, de Illesteva
“Kurt Cobain y sus gafas de sol blancas nos siguen inspirando más de
20 años después de su muerte. Si el verano pasado multitud de firmas le
rindieron homenaje con diseños ovalados de montura blanca, este año
podemos elegirlas un poco más rectangulares. Estas son el modelo Vinyl
de Illesteva, una marca italiana lanzada en 2010 que hace sus diseños a
mano. La mismísima Meghan Markle ha llevado recientemente un modelo de
la firma”.