“Alerta volcánica en Tenerife: Conmoción por los 270 terremotos que
amenazan las vacaciones preferidas por los británicos, en las Islas
Canarias”. “Terremotos cerca de Tenerife y Gran Canaria desatan el miedo
a una erupción volcánica”. Estos y otros titulares inquietantes han
aparecido esta semana en la prensa británica sensacionalista para
advertir a los turistas de la posibilidad de que se produzca una
“megaerupción” en el Teide, una información que aparece ilustrada con
montajes que incluyen imágenes del volcán hawaiano Kilauea —entró en erupción el pasado 3 de mayo—
junto a fotografías de Tenerife. Sin embargo, la prensa española no se
ha hecho eco de tal amenaza. Y no porque la noticia de los casi 300
sismos en Canarias sea una invención de los tabloides británicos sino
porque no existe ningún riesgo de que el Teide entre en erupción. “Los
tabloides de Reino Unido mezclan un batiburrillo de cosas”, protesta
David Calvo, responsable de comunicación y divulgación del Instituto
Volcanológico de Canarias (IVOLCAN). Entre el 29 de abril y el 4 de
mayo, se detectaron 270 terremotos de baja magnitud entre las islas de
Tenerife y Gran Canaria, según las mediciones de IVOLCAN y del Instituto
Geográfico Nacional (IGN). “Lo que se ha producido en esos días es un
enjambre sísmico, una concentración de terremotos en un pequeño periodo
algo que, en una región volcánica como las Islas Canarias es
completamente normal”, explica Calvo, que subraya que “la población no
ha sentido ninguno de los terremotos, que tan solo han sido detectados
por los sismógrafos”. Pese a ello, desde diarios como Express, The Sun, Daily Mail o Newsweek
este enjambre sísmico, que nadie en la comunidad científica ha asociado
a una posible erupción del Teide, se ha presentado como un riesgo
“inminente” para los turistas británicos. “Es una batalla que tenemos
desde hace mucho tiempo. Pese a que todos nuestros informes están
abiertos al público, tenemos que luchar contra mucho pseudocientífico
que nos acusa de ocultar información”, explica el responsable de
comunicación de IVOLCAN, que ha llegado a desmentir el riesgo de
erupción del Teide a “varios consulados, periódicos suecos y noruegos”
que se ponen en contacto con el instituto al leer las alarmantes
noticias que escribe cierta prensa de Reino Unido.
Coincide con David Calvo el gerente de ASHOTEL (Asociación Hotelera y
Extrahotelera de Tenerife, La Palma, La Gomera y el Hierro). “Cada
cierto tiempo surgen este tipo de informaciones falsas cuyo objetivo no
se sabe si es generar alarma, vender periódicos o algún otro interés
destinado a que los turistas británicos no visiten Canarias”, lamenta
Juan Pablo González. Según destaca, “el 30% de los 16 millones de
turistas que visitan Canarias son británicos”, una cifra que se mantiene
estable incluso tras el referéndum que aprobó el Brexit (la salida de
Reino de la UE). “Es el Foreign Office [Ministerio de Exteriores
británicos] el que recomienda a sus ciudadanos viajar o no a un
determinado lugar, y desde luego no ha alertado de ningún peligro en las
islas”, añade González. La última vez que el Teide entró en erupción fue en 1909, aunque la
última erupción volcánica en Canarias se produjo en 2011, en la isla de
Hierro. “El Teide tiene un nivel de vigilancia de vanguardia, de
ultimísima generación, como el de Hawái o el del volcán siciliano Etna”,
subraya David Calvo, que recuerda que existe un plan especial de
protección civil y de respuesta de emergencia en el caso de riesgo de
erupción. Pero de momento no hay peligro: el nivel de alerta del volcán
está en color verde, es decir, sin riesgo. He subido al Teide a pie no con el teleférico, creo que todos los canarios lo han hecho y cuesta subirlo a pie, a gente como yo, pasamos la noche en El Refujio para dormir y salir de amanecida, otra vez a abrigarse, ver la violeta que nace en esas tierras vólcanicas y desde su punta las 7 Islas Canarias. Estudié vulcanologia con D. Telesforo justo cuando explotaba el Teneguia en la Isla de La Palma, vaya que si le cuentan a los ingleses que el Teide va a explotar no sé por qué cuentan falsedades. Todas las Islas son vólcanicas, por si no lo saben, y ya saben si van a la Isla de tenerife les explotará en sus narices mientras las demás islas tb lo sufriremos. Ver una puesta de Sol en el valle de Ucanca frente al Teide no tiene precio.
Cifuentes era una mujer de derechas guay porque llevaba un tatuaje
cuando los tatuajes, por un malentendido inexplicable, se consideraban
de izquierdas. Se puede vivir de eso mucho tiempo, pero tiene sus
peligros. A Clinton, cuando estaba a punto de llegar a la Casa Blanca,
le preguntaron si se había fumado un porro alguna vez y dijo que sí
porque quería ser guay, pero añadió que no se había tragado el humo. Cifuentes, lejos de atenuar su imagen transgresora, trató de potenciarla
y expuso teorías sobre la ventaja de ser rubia y de hacerse la tonta. Y
así, haciéndose la tonta, fue trepando y trepando con una facilidad que
la condujo a creer que el mundo era un supermercado de cuyos estantes
podía tomar lo que quisiese sin pasar por caja. ¿Un máster? Pues un máster. ¿Un par de tarros de crema regeneradora? Pues un par de tarros de crema regeneradora. Después de todo ella había llegado a la política para regenerarla. Su carrito de la compra se convirtió en la bolsa de los deseos, pues de
su fondo brotaba mágicamente todo aquello que podía soñar. Cuando
alguien trataba de pararle los pies, argumentaba que tenía un tatuaje. Seguramente es lo que le dijo al vigilante de seguridad de Eroski al ser
conducida a la trastienda:
—Oiga, que yo tengo un tatuaje.
—No me sirve.
—¿Y un máster? ¿Le serviría un máster?
Insistimos, la gente guay del PP es muy peligrosa, sobre todo para sí
misma. Fíjense en el estado de confusión mental en el que ha acabado
Celia Villalobos, que no es capaz de discernir quién ha linchado a
quién: si Cifuentes a la ciudadanía o viceversa.
HACE UN PAR de semanas asistí a la preciosa conferencia que dio mi
amiga Chus Lago en la Biblioteca Nacional. Chus (Vigo, 1964) fue la
tercera mujer en el mundo (y la primera española) que subió al Everest sin oxígeno. Esta tremenda gallega ha protagonizado otras aventuras prodigiosas, la
más espeluznante una travesía en solitario de la Antártida, en 2009,
arrastrando un trineo de 107 kilos de peso. Caminó durante 59 días por
ese infierno helado y fue la primera persona de nuestro país que lo
hizo, aunque tres años más tarde se le diera mucho más bombo al segundo
compatriota que lo consiguió, un varón, de quien se dijo enfáticamente
que era “el primer español” que llegaba al Polo Sur. A Chus siempre le
ha perseguido esa pequeña mala suerte mediática, como si el
reconocimiento debido a sus deslumbrantes éxitos se le resistiera un
poco, pese a ser una de las escaladoras y exploradoras más fuertes y más
técnicas de España. Además escribe maravillosamente y ha publicado varios libros y, por
si fuera poco, es concejala de Medio Ambiente en Vigo. Ahora está
montando una nueva travesía del Polo Sur
con otras dos mujeres, el primer equipo femenino español en intentarlo,
y anda a la búsqueda de patrocinadores. En la vida de Lago, en fin,
parecen caber diez existencias. Adoro las montañas y, aunque no he hecho jamás alpinismo, he leído
muchos libros sobre esta actividad extrema, algunos tan fascinantes como
Mal de altura, de Jon Krakauer. En esos libros y en los de la
propia Chus, y en el trepidante relato de mi amiga en la Biblioteca
Nacional, hay algo que siempre me ha impactado y que considero una gran
proeza. Me refiero al dificilísimo logro de saber rendirse. Me explico. Antes de llegar al momento del asalto final de una gran
cumbre, pongamos el Everest, el pico más alto del mundo (8.848 metros),
subyace un esfuerzo descomunal. Hay que prepararse física y mentalmente,
encontrar patrocinadores, organizar la expedición, llegar a la montaña y
empezar la penosa aclimatación y la subida. Son años de trabajo, años
de apasionada entrega que luego deben resolverse quizá en una única
ventana climatológica de un puñado de horas. Y allí van los alpinistas,
reventados físicamente, arrastrándose con enormes sufrimientos más allá
de la zona de la muerte, esa frontera de los 7.500 metros de altura a
partir de la cual ya no hay suficiente oxígeno para que el ser humano
pueda aclimatarse. Lo que significa que cada minuto que estés ahí arriba
te está matando .
Y en esa agonía del último esfuerzo, con la razón nublada por la
asfixia, el alpinista puede ver la cima justamente ahí, al alcance de la
mano, quizá a 60 metros. Pero, a menudo, esa ínfima distancia es
imposible de cubrir. El cuerpo está exhausto, se tardaría demasiado. Es
el momento de la verdad, un instante tan duro que es el origen de una
buena parte de los accidentes fatales. Hay que saber rendirse y
volverse, y muchos no son capaces de hacerlo. Chus se ha vuelto varias veces.
A unas decenas de metros de la cima en el Cho-Oyu en 1995; a unos
centenares de la del Everest en su segunda expedición, en 1998. Es una
renuncia desoladora y heroica. “Cuanto más trabajas en una montaña más
te cuesta abandonarla”, dice Chus. “Cada vez hay más de ti sobre ella,
huellas, nuevos caminos, enigmas resueltos, miedos superados, tanto
esfuerzo. Te dices, pero si estoy ahí, sólo me faltan unos metros de
nada… Pero esos metros significan la muerte”. Entonces abandonas: “El camino de vuelta sin cima es doblemente duro, es la cosa más
desalentadora, requiere toda tu voluntad, atención, motivación. Estás
exhausto, sin gloria, y tienes que pelear por mantenerte alerta, por no
sentarte en el suelo para no volver a levantarte nunca más”. Seis meses
más tarde, en mayo de 1999, Chus Lago coronó el Everest, tras tres
expediciones y siete años de esfuerzos. Todo un éxito. Y, sin embargo,
yo lo que más admiro de ella, y de todos los alpinistas que lo han
hecho, es la entereza y el valor supremo de rendirse. La verdadera
gloria está en la férrea voluntad con la que escogen seguir vivos,
aunque para ello tengan que asumir el dolor del fracaso.
Es una hermosa
enseñanza: a veces el mayor triunfo es la derrota.
Detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a
menudo no hay casi nadie ‘real’ ni reflexivo, solo unos cuantos
activistas.
EN 1859 no había teléfono ni radio ni televisión, no digamos redes
sociales y móviles que expanden con alcance mundial, y en el acto,
cualquier noticia; pero también cualquier consigna, bulo, mentira,
calumnia y prejuicio. En esa fecha, sin embargo, John Stuart Mill, en su
célebre ensayo “Sobre la libertad”, escribió lo siguiente (me disculpo
por la larga cita, cuyas cursivas son mías): “Como las demás tiranías,
esta de la mayoría fue al principio temida, y lo es todavía, cuando
obra, sobre todo, por medio de actos de las autoridades. Pero las
personas reflexivas se dieron cuenta de que cuando es la sociedad misma
el tirano, sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que
puede realizar mediante sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si
dicta malos decretos en vez de buenos, o si los dicta a propósito de
cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más
formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien no suele tener a su servicio penas tan graves, deja menos medios para escapar de ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma. Por eso no basta la protección contra la tiranía del magistrado. Se
necesita también la protección contra la tiranía de la opinión y
sentimiento prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a
imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y
prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de ellas;
a ahogar el desenvolvimiento, a impedir la formación de
individualidades originales y a obligar a todos los caracteres a
moldearse sobre el suyo propio”. Pese a lo levemente anticuado de léxico y sintaxis, parece que Stuart
Mill esté hablando de nuestros días y alertando contra un tipo de
tiranía que, por ser de la sociedad (vale decir “del pueblo”, “de la
gente” o “de las creencias compartidas”), no es fácil percibir como tal
tiranía. “Si nuestra época piensa así”, parece decirse a veces el mundo,
“¿quién es nadie para llevarnos la contraria? ¿Quién los políticos, que
han de obedecernos? ¿Quién los jueces, cuyos fallos están obligados a
reflejarnos y complacernos? ¿Quién los periodistas y articulistas, cuyas
opiniones deben amoldarse a las nuestras? ¿Quién los pensadores” (esas
“personas reflexivas” de Mill), “que no nos son necesarios? ¿Quién los
legisladores, que deben establecer las leyes según nuestros dictados?” Esta imposición de dogmas y “climas”, evidentemente, era ya perceptible
en 1859. Imagínense ahora, cuando existen unos medios fabulosos de
adoctrinamiento, conminación e intimidación, sobre todo a través de las
redes sociales. Pero ha llegado el momento de preguntarse si esas redes,
que hoy se toman por lo que antes era el oráculo, o la ley de Dios, no
son tan fantasmales y usurpables como la voz de este ser abstracto en
cuyo nombre se han cometido injusticias y atrocidades. Es muy sospechoso
que en cuanto se piden firmas para lo que sea (desde cambiar una ley
hasta el nombre de una calle), aparezcan millares en un brevísimo lapso
de tiempo. No hay nunca constancia de que quienes envían sus tuits no
sean cuatrocientos gatos muy activos que los repiten hasta la saciedad,
los reenvían, los esparcen, aparentando ser multitudes.
Se sabe de la existencia de bots,
es decir, de programas robóticos que simulan ser personas y que inundan
las redes con una intoxicación o una consigna. Rusia es pródiga en su
uso, así como partidos políticos, sobre todo los populistas. En suma,
detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a
menudo no hay casi nadie real ni reflexivo, sólo unos cuantos
activistas que saben multiplicarse, invadir el espacio y arrastrar a
masas acríticas y borreguiles. Cualquier sociedad es por definición manipulable, y en muy poco
tiempo se le crean e inoculan ideas inamovibles. Me quedé estupefacto el día de la famosa sentencia contra “La Manada”. No me cabe duda de que esos cinco sujetos son desalmados y bestiales. Pero no se los juzgaba por su catadura moral ni por su repugnante
concepción de las mujeres, sino por unos hechos concretos. Y me asombró que, nada más conocerse la sentencia, millares de personas
que no habían asistido al proceso ni habían visto el vídeo que se mostró
en él parcialmente, que no eran duchas en distinciones jurídicas,
supieran sin atisbo de duda cuáles eran el delito y la pena debida. No
digo que no tuvieran razón, los jueces yerran, y cosas peores. Pero
nadie contestaba lo más prudente: “Lo ignoro: carezco de datos, de
conocimientos y de pruebas, y por tanto no oso opinar”. Vi en pantalla a
políticos, tertulianos, ¡escritores y actores!, que afirmaban con
rotundidad saber perfectamente qué había ocurrido en un sórdido portal
de Pamplona en 2016. Vuelvo a la cita de Mill: “La sociedad puede
ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos”.
Una sociedad que hace eso,
que prescinde de la justicia o decide no hacerle caso, que pretende que
prevalezca la de su fantasmagórica masa, tiene muchas papeletas para
convertirse en una sociedad opresora, linchadora y tiránica.