Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

12 may 2018

Las cartas de los locos que se quedaron guardadas en el manicomio



Un grupo de psiquiatras reúne en un libro las misivas conservadas en el archivo de la Casa de Dementes de Santa Isabel de Leganés.

 

Grabado de internas en el comedor de mujeres en Leganés.
Grabado de internas en el comedor de mujeres en Leganés.
Los primeros enfermos mentales que ingresaron en la Casa de Santa Isabel, en Leganés (Madrid), debieron de llegar en carretas tiradas por caballos.
 Raimundo, un médico de Guadalajara, fue trasladado allí cuando tenía 47 años junto a otros 21 varones, el 25 de abril de 1852, cuando ya las primeras mujeres habían ocupado el pabellón que les correspondía, con su departamento de agitadas, “porque la agitación y el furor es más frecuente en el sexo femenino”. 
El centro se había inaugurado unos meses antes, acabada la restauración del antiguo palacete de la duquesa de Medinaceli, para descongestionar las insalubres dependencias del hospital provincial de Madrid.
Así que Anselmo no se llamaba Anselmo, pero sí era un brillante abogado que fue alcalde mayor en Cuba y catedrático de Derecho en la Universidad de La Habana hasta que, en 1846 empezó a mostrar síntomas de excitación maníaca con ansiedad y agitación “a consecuencia de un excesivo trabajo y el uso inmoderado de café”, dice la historia clínica.
 11 años estuvo ingresado en la Casa de Dementes de Santa Isabel soportando cómo las monjas se divertían a su costa, según decía. “Ya ni voy a misa ni me acerco donde pueda encontrarla”, dejó escrito. 
Sus cartas están redactadas con las facultades de un letrado y en un castellano de otros tiempos que mueve a la nostalgia de quien escribe en estos.
Olga Villasante, Ruth Candela, Ana Conseglieri, Paloma Vázquez de la Torre, Raquel Tierno y Rafael Huertas han recopilado las experiencias de aquel internamiento tal cual las relataban los enfermos, desde 1852 hasta 1952.
 Por esas letras se cuela la sociedad española de la época, atravesada por epidemias, leyes de beneficencia, carencias de toda clase, reinas y reyes, dos repúblicas, una guerra y una dictadura.
 Y también el día a día con sus usos y costumbres, los celos y los cuernos, la ausencia de derechos para las mujeres que pretendían burlar las normas sociales, las palizas en el matrimonio, las deudas no pagadas, el recuerdo del chocolate en las pastelerías, la férrea moral católica, las madres privadas de sus hijos…
Un interno escribe en su celda.
Un interno escribe en su celda.
Una de las cartas más estremecedoras es la que firma Adela, tachada de mujer “infantil”, tanto que hasta la matriz, decía el ginecólogo, padecía de “infantilismo”.
 Pues no le impidió casarse, con 19 años, ni tener cinco hijos. Después del segundo parto, un dolor en la zona ovárica le arrancaba gritos que el marido combatía con morfina hasta que suspendió las dosis y la acusó de derrochar en compras y de tener relaciones con un individuo, algo a lo que ella achacó siempre el encierro que decretó el esposo. 
A él le ruega en sus cartas que le visite con los niños.
 “Te prometo no hablarte para nada de irme. Escríbeme y dime de nuestros hijos.
 ¿Quién cuida de Rafaelín?, ¿quién hace las trenzas a mis niñas?, ¿y el brazo de Pepín?, ¿estudia Antoñito? 
 Los tengo clavados en mi alma a los cinco y a ti. […] Anúlame de tu vida pero, ¡por dios! Déjame al lado de mis hijos”.
 Rafaelín solo contaba tres meses y su madre tenía “los pechos llenos de leche” que no podía sacar y una “enorme colitis con dolores horribles”.
 “Tú sabes dónde me has enviado? ¿tú tienes idea siquiera de lo que es un manicomio?”, le reprochaba al marido.
Aquellas instituciones eran por entonces penosos encierros, para  la mayoría de por vida, donde unos pocos médicos y algunas monjas se ocupaban de más internos de los que podían. 
La escasez de recursos iba pareja con la insuficiente higiene. 
Hay constancia documental de la preocupación del alcalde de Leganés por el foco de infección que suponía el sumidero del manicomio, con olores insoportables y ratas, a escasos metros de un colegio de niñas. 
Por no hablar de que, a juzgar por algunas cartas, no todos los que allí estaban presentaban condiciones para un internamiento. 
“A lo largo de la historia se han visto muchos ingresos sin garantías.
 Pero es difícil decidir leyendo sus cartas si estaban o no enfermos o si eran víctimas de algún malvado pariente o deudor, como relatan, porque esas manías persecutorias son frecuentes en las patologías paranoides”, dice la doctora en Medicina Olga Villasante, psiquiatra en el hospital Severo Ochoa de Leganés y coautora de este trabajo. 
Respecto a las monjas pone Villasante paños calientes.
 "Sí, se quejaban de ellas tanto los médicos como los pacientes y es cierto que en todos los cuidados siempre hay un potencial abuso, pero ellas estaban siempre allí, no así los médicos y se encargaban de todo”.
 No debía ser fácil, verdaderamente. 

Ahí quedan esas cartas para que el lector saque las conclusiones que su raciocinio le dicte.
 ¿Estaban locos aquellos que escribían letras tan sensatas? ¿No habrían ido a rescatarles sus familiares de haber recibido las misivas en las que mil veces pedían perdón y se arrepentían y rogaban una visita?
 "Se nos acusa de dementes, de trastornados, y es milagro, Sr. don Manuel, que no perdamos la razón al ver lo que tienen por verdad los mismo que nos desacreditan: cómo dejan olvidados los mejores y más recomendados principios, cómo se erige en autoridad un cuñado, dejando a este lazo de afinidad, por no decir de enemigo, la disposición de bienes y el regir de la persona", lamentaba Raimundo en un carta al doctor. 
“Las cartas tienen tanta fuerza por sí mismas que merecían salir a la luz, aparecer con voz propia”, dice otro de los autores, Rafael Huertas.
 Pues ahí están, con todo el desgarro de la cárcel mental y el encierro físico.


Carta a Terelu Campos y Rafa Mora................... Joaquín Reyes

Comprobando que la situación entre vosotros está regulera os propongo una cumbre ¿Cómo os viene quedar en Singapur el 12 de junio?.

Terelu Campos y Rafa Mora durante una discusión en el programa 'Sálvame'
Terelu Campos y Rafa Mora durante una discusión en el programa 'Sálvame' telecinco
Estimados Terelu y Rafa:
El otro día asistí a vuestro rifi rrafe en Sálvame con estupefacción. Sinceramente no me olía la tostada (con la armonía que suele reinar en el programa, a pesar de la trascendencia de los temas tratados).
Lo primero que debo deciros es que no es bonito ver a dos personas tan conspicuas tirándose los trastos a la cabeza… da mucha pesadumbre.
Lo segundo es que no hace falta que respetéis los turnos de palabra; podríais hablar a la vez y se seguiría entendiendo perfectamente, ya que os movéis en frecuencias distintas: Rafa, tono medio; Terelu, tono grave.
Y lo tercero es que, al pelearos de alguna forma me obligáis a tomar parte y no puedo elegir, me unen muchas cosas a vosotros.
Con Rafa, los tatuajes —de hecho mi pantorrilla derecha está adornada con unos pictogramas chinos que encierran un divertido malentendido, pedí la leyenda “Amor verdadero” pero lo que escribieron fue: “Pato a la pekinesa”—; y el culto al cuerpo —lo que sucede es que en mi caso me quedé a medias en el reto mens and health y ahora, mientras mis piernas lucen torneadas, mi tronco parece como un saco de hierba y mis brazos dos barras de pan a medio hornear—.
Con Terelu, las mechas, el Cola Cao y el desprecio por la mentira programada —el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva, defendí mi trabajo de fin de máster de forma presencial en el campus de la Universidad de Vicálvaro… etcétera—.
Llegados a este punto y comprobando que la situación está regulera os propongo una cumbre ¿Cómo os viene quedar en Singapur el 12 de junio?

 

Templo de la extravagancia............................. Boris Izaguirre

La gala Met unió religión y moda. Curiosa relación, como la de Albert y Mariano.

Mariano Rajoy y Albert Rivera reunidos en el palacion de la Moncloa.
Mariano Rajoy y Albert Rivera reunidos en el palacion de la Moncloa. EFE

 

Este año, la explosión de humor y descaro en la gala Met fue visible desde el espacio exterior. 
Desde el cielo.
 Y es que esta vez, venía acompañada de un socio celestial e históricamente intenso: la Iglesia católica. 
Una comunión casi tan curiosa como la de Mariano Rajoy y Albert Rivera.
La exposición del instituto de la moda del Met se llama Criaturas Celestiales. 

Andrew Bolton, comisario de la exposición, reveló que consiguieron del Vaticano el préstamo de cuarenta piezas con una condición: que lo sagrado —sus piezas— no se mezclara con lo profano, la colección de arte medieval del museo.
Como Estados Unidos es una república laica, donde conviven muchos gustos, religiones y sectas, la exposición subraya que lo expuesto está relacionado únicamente con la tradición católica.
 Así deja caer a esas otras religiones que han tenido poquísima relación con la moda.
 Estoy seguro de que Anna Wintour y Donatella Versace, monaguillas en esta misa, convencieron al Vaticano cuando les dijeron que sin ellos la moda prácticamente no habría existido.
Rihanna durante la alfombra roja de la gala Met.
Rihanna durante la alfombra roja de la gala Met. efe
Moda y religión tienen mucho de liturgia
 Y de representación.
 Y es muy probable que en su afán por modernizarse —y por travestirse de progresismo—, el Vaticano, tras mucho rezar, haya avistado en esta exposición una manera de exhibirse y ganar un halo de diversidad mediante ese desfile de novicias, santas, vírgenes y monjas. 
 Todo un catálogo de eternos modelos femeninos que la Iglesia católica tiene en su cabeza y que por primera vez consigue reunir y sacar a la pasarela.
La mujer ha sido siempre ritualmente inferior, pero en la Gala del Met fue superlativa. Incluso una actriz lesbiana, Lena Waithe, llevó una capa con los colores del arcoíris, el emblema de la comunidad LGTB+, que es una de las comunidades con las que la Iglesia católica mantiene una relación difícil. 
Como la de Mariano y Albert.
Madonna, la primera artista pop en explotar sus filias y fobias con lo católico, resultó la reina de la noche acompañada de JP Gaultier, con misal y rosario.
 Kim Kardashian —el cuerpo prototipo del siglo XXI— aprovechó la ingeniería aeroespacial para convertirse en un icono dorado, entre el Oscar y lo bizantino. 
La cantante Zendaya fue Juana de Arco metálica; Frances McDormand, una pagana envuelta en barroco.
Celebramos la gran misa del mundo del espectáculo, bendecida por el Vaticano. 
El gran urbi et orbi del papa Francisco en la escalera del Museo Metropolitano y sin levantarse de la silla de San Pedro.
 Para que esto no quede en una celebración pasajera y terrenal, ya rezamos para que el próximo paso sea ver mujeres sacerdotes o sacerdotas
Vestidas de Dior, de Mango o en la publicidad de H&M. Gracias a Dios.
Está claro que si se tiene cabeza y se habla dos idiomas, los pactos y socios pueden dar grandes éxitos. No sucede lo mismo con Mariano Rajoy y Albert Rivera, que están a punto del desgaste emocional.
 No quise ser agorero, pero desde el principio supe que esta pareja no iba a funcionar.
 Aunque tienen ese atractivo de la diferencia generacional —que gusta muchísimo desde la Grecia antigua—, siempre resultó evidente que no existía verdadero amor entre ellos.
 Interés sí.


Mariano llamó a Albert “aprovechategui” delante de todo el mundo, porque Rivera no le secundó defendiendo el artículo 155 y puso en jaque los presupuestos.
 Mariano podría aprender de los Museos Vaticanos y negociar, con paciencia y encanto, con Albert y los suyos que son como Anna Wintour y Donatella Versace, unas mosqueteras con bota alta que saben lo que quieren.
 Pero, claro, les pierde el apasionamiento juvenil, la impaciencia.
 Y el plazo corto, como una minifalda.
 Parecen no haber leído bien a Santa Teresa de Jesús, que dijo: “La paciencia todo lo alcanza”.
Hemos tenido mucha paciencia con Eurovisión, que se ha vuelto una religión centroeuropea. 
Me encantan Amaia y Alfred y también me encantaría que ganaran esta noche.
 Pero, si sucede, hay que tener en cuenta algo: los presupuestos.
 La televisión publica portuguesa se ha gastado más de 20 millones en organizar el festival, que a su manera es un Vaticano de la canción.
 Si ganamos, ¿qué diría Ciudadanos de un gasto similar?
 Mientras, es probable que el PP, en penitencia por la corrupción, se proponga un lifting como el del Vaticano, pero quizás no disponga para su desfile de una escalera como la del Met.

Por qué Baroja merece una revolución y que volvamos a él

Publicado por
Pío Baroja (1872-1956). Fotografía: Cordon.
Quienes nacimos en los ochenta y noventa también somos hijos de Pío Baroja.
 O, dicho de otra manera: don Pío también es nuestro.
 ¡Que no nos lo arrebaten! Saquémoslo de copas, apoyémoslo en la barra de un bar, preguntémosle por lo que sucede, exorcicémonos con sus aventuras… 
Aprendamos a mandar a la mierda lo que repudiamos con el ingenio que acuñó.
 Incluso leámosle para darnos el gusto de rechazar sus libros o maneras con conocimiento de causa. 
Todavía estamos a tiempo de engordar la familia de los hijos que Baroja no tuvo.
 Que vuelva Silvestre Paradox a los colegios y que El árbol de la ciencia sea materia de examen en la selectividad.
Llueve en Madrid. 
El cielo grisáceo encaja con los muros de Ruiz de Alarcón, último despacho del escritor. Baroja es uno de esos narradores que arropa mejor cuando fuera hace frío y se puede agarrar una taza caliente entre capítulo y capítulo.
 Sus héroes, los que se estrellan contra el destino, se imaginan de carne y hueso cuando la niebla está cerca y las gotas resbalan por los cristales.
 Caro Raggio acaba de reeditar Laura o la soledad sin remedio, a la que ha despojado de la censura sufrida.
 Es una tarde cuajada de signos, que se presta a clamar por la revolución: ¡Barojianos del mundo —que no sabemos que lo somos—! ¡Uníos! ¿Por qué es tan necesario este novelista?
Todos necesitamos escapar
La rutina es fuerza bruta para lograr estabilidad, pero también para engullir un cuerpo hasta sumirlo en un pozo oscuro, en un vagón de metro que da vueltas sin parar. 
¿Quién no ha sentido, como Andrés Hurtado, que siempre habrá en su vida una ventana abierta al abismo?
 ¿Alguien no ha pensado alguna vez que el sol y las casas carecen de realidad por culpa de los problemas que rumian su cabeza? ¿Y si es verdad que el hombre «terminará por ensuciar con sus patas cualquier fuente de agua cristalina»?
Respiramos hondo, bebemos, fumamos, leemos libros de autoayuda, vamos al psicólogo, bajamos la persiana y hundimos la cabeza bajo la almohada… 
Pero ¿y si bastara con una novela?
Baroja es un avión a cualquier parte desde la mesilla.
 Sus historias no requieren concentración, son telaraña que atrapa a cualquiera que se deja caer por ahí.
 En cinco minutos se puede salir de la oficina y escapar de una partida militar de la mano de Zalacaín.
 En un par de páginas se puede cambiar la ansiedad por una huida a través de los tejados de Madrid junto a Silvestre Paradox.
 En media hora se puede abandonar la soledad para refugiarse en la «Taberna de los valientes», donde se reunían los aprendices del timo, los tomadores de pañuelos y los trileros que saqueaban al turista con el juego de las tres cartas.
 Volver a ser niños
El tiempo nos arruga sin remedio y la niñez es una de esas cosas que solo puede disfrutarse conscientemente desde la distancia.
 La protección, el tiempo detenido, los zapatos manchados de barro, los pantalones cortos… 
 Los niños guardan un jarabe de felicidad que se desparrama con los años hasta que, pasada la adolescencia, apenas quedan gotas. Son los únicos capaces de sonreír de verdad cuando la fortuna les da la espalda.
Cuando don Pío era viejo, los niños todavía no solían comer con sus padres. 
Tenían su cuarto de jugar y se les relegaba a ese mundo paralelo que solo ellos pueden imaginar.
 El escritor echaba de menos la infancia perdida. 
Por eso, me contó Marino Gómez Santos, premió con doble ración de aguinaldo a unos niños que tocaron el timbre a cambio de que se quedaran un rato con él.
 Por eso el niño está retratado en sus novelas con una dedicación especial y muchos de sus personajes como —Tellagorri o Yurrumendi— darían cualquier cosa por volver atrás.
Leer a Baroja también abre la puerta de nuestra particular máquina del tiempo hacia la niñez.
 Gracias a Silvestre Paradox, cualquiera puede arrebujarse en su edredón y creer que hay un cementerio en el armario.
 O vestirse de corto para lanzar piedras contra los escaparates.
Cuando se conoce a un personaje que se cree capaz de domesticar a una rana y de ganarse la simpatía de los peces, uno siente que el libro le abraza y le protege de las inclemencias de ahí fuera.
 Uno de los mayores privilegios de ser niño es andar por el parque, sin rumbo fijo, y creerse acompañado por los héroes de la novela favorita, con la maña suficiente como para escalar el árbol del cuco y avistar las islas fantásticas del tebeo devorado en los ratos prohibidos.

Entre los diez y los quince, creemos —muy estúpidamente— que se acabó el tiempo de los cuentos y dejamos de buscarlos. 
Cuando nos damos cuenta del error, ya es demasiado tarde. Vivimos lejos de casa y no tenemos a mano a nuestro creador de mundos preferido.
 En contra de lo que pueda parecer, esos hombres y mujeres de oficina también necesitan un Tellagorri que les jure que a las nutrias les gustan los periódicos con buenas noticias y que si se deja un ejemplar a la orilla, salen a leerlo. 
En Baroja están esas novelas que nos encienden las pupilas y rompen las cadenas de la edad.
«Hay que buscar un fin para emanciparse de esta existencia mezquina y, si no, lanzarse a la vida trágica», escribió Baroja en La busca
Antes que lo segundo… ¿no es más fácil coger un libro?
Manuel se sentía capaz de grandes misiones, de tomar trincheras, de defender barricadas, de alcanzar el Polo Norte; pero incapaz de llevar a cabo una «obra diaria de pequeñísimas molestias y fastidios cotidianos».
 Si escapamos a tiempo, podremos sobrevivir a los lunes sin perder las ganas de afrontar «esas grandes misiones».
 La literatura nos mantiene vivos y por eso hemos llegado hasta aquí.
Estudiar la historia que nadie nos podrá contar
La escritura de Baroja tiene un valor testimonial incuestionable. Las canciones de las guerras carlistas, los juegos infantiles de hace un par de siglos, los alcoholes que ya no se beben, los oficios que volaron… 
Todo eso podemos encontrar en sus novelas. 
Ningún manual trasladará con mayor fidelidad que La busca lo que Baroja llamó «comunismo del hambre», la pobreza repartida entre casi todos.
 Qué rápido se borraron del imaginario colectivo los niños que dormían a la intemperie y en las cuevas improvisadas de la montaña de Príncipe Pío.
 Ya no quedan corralas repletas de «esos hombres que lo eran todo y no eran nada»: 
«Medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones».
Queden anotados algunos ejemplos.
 Porque no hay brújula que valga si la aguja del presente no se ha untado antes en el pasado.
 Nada más empezar el XX, los tatuajes se hacían con un alfiler y las heridas mojadas en tinta. 
 Perico urdía grafitis con carbón y dibujaba sobre las paredes hombres, mujeres, caballos, barcos en el mar y casas que echaban humo, en lugar de firmas histriónicas e ininteligibles.
 Al teatro se podía ir gratis si se aplaudía cuando lo indicaba una señal.
 Alrededor de las mesas de los bares no se vendían pulseras ni colgantes, sino canciones.
 Aquel que se cruzó con Zalacaín regalaba a sus clientes, además de la letra, un baile y su entonación.
 En ese Madrid de principio de siglo que todavía no había conocido ninguna de las dos dictaduras ni la guerra se palpaba un ambiente de optimismo absurdo: «Todo lo español era lo mejor». Ay, cuánto hemos cambiado.
 O no tanto. Ya entonces, «y en todas partes», «los conductores de hombres eran prometedores de paraísos».
Consuelo para las sensaciones inconfesables
No se puede aprender a recibir la muerte o la enfermedad del ser querido. 
 De repente, llega y… Depende.
 Los patrones que esbozan novelas y películas de amplia tirada nos hacen creer que sentiremos una desolación profunda al morir un familiar, que botaremos de alegría ante el logro profesional de un amigo o que seremos más felices si regresamos a la ciudad de nuestros sueños.
 ¿Y si no? Es más, casi siempre es no. 
Nos descubrimos cuando la vida derrapa. Y no antes.
No hay tantas novelas radicadas en esa corriente que llaman realismo capaces de transmitir esa humanidad verdadera, la del que siente a borbotones, como nunca lo hubiera imaginado.
 Baroja lo consigue, incluso con algunos personajes a priori planos, como Zalacaín el aventurero. 
Sus peripecias bélicas y de contrabando siguen un guion previsto, pero se enamora cuando no debe, muere cuando el peligro estaba lejos, y se deja llevar por los bajos instintos aun dándose cuenta de ello. 
Lo mismo ocurre con Andrés Hurtado, que quería con locura a su hermano pequeño, Luisito, cuya muerte apenas le arrancó lágrimas. Cerró el duelo en un pestañeo, se sintió culpable por ello, pero no encontró un porqué.
 En Baroja también se esconde la indulgencia para el pensamiento prohibido, aquel con el que a veces nos martirizamos, pensando que solo una mala persona podría sentir así.

Pío Baroja retratado por Ramón Casas (detalle). Imagen: MNAC (DP).