Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

6 may 2018

Sin Perdón y sin olvido



El diccionario mentiroso de ETA.

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La banda ha empleado a lo largo de su historia un lenguaje con el que ha intentado desfigurar su naturaleza terrorista.

Imagen de los tres encapuchados de ETA que el 20 de noviembre de 2011 leyeron el comunicado en el que la banda anunciaba el
Imagen de los tres encapuchados de ETA que el 20 de noviembre de 2011 leyeron el comunicado en el que la banda anunciaba el
En sus 50 años de crímenes terroristas, extorsiones y secuestros, ETA se ha camuflado detrás de un lenguaje con el que ha intentado disfrazarse de “movimiento de resistencia” cuyo objetivo final era derribar al supuesto régimen dictatorial y opresor del pueblo vasco. Estos son algunos de los términos que la banda ha empleado para desfigurar su naturaleza terrorista:

‘Impuesto revolucionario’

La extorsión económica a empresarios vascos y navarros fue una de las fuentes de financiación de ETA durante cinco décadas. 
La banda terrorista enviaba cartas a determinadas personas, en las que les exigía un pago.
 No hacerlo convertía a los seleccionados, a sus bienes o a sus familiares en objetivo de atentados terroristas. 
La organización intentó camuflar esta realidad con el uso del lenguaje.
 El término “impuesto” alude al pago de un tributo, que recauda una Administración, como un Estado, una comunidad autónoma o un Ayuntamiento.
 El adjetivo “revolucionario” implica que ese impuesto tiene como fin contribuir a un levantamiento popular.
 Pero el llamado impuesto revolucionario no fue más que el chantaje o la extorsión económica que ejerció la banda terrorista.

Movimiento de Liberación Nacional Vasco

Parte de la prensa anglosajona ha calificado a ETA como Movimiento de Liberación Nacional Vasco —incluso el expresidente del Gobierno José María Aznar llegó a usar esta terminología—. 
 La expresión no solo excluye la palabra “terrorista”, sino que incluye “Liberación”, un concepto que presupone que hay una parte oprimida.
 ETA nunca ha sido un movimiento de liberación, sino una organización que mató a 853 personas de todas las edades, profesiones, localización geográfica y condición social.

Tregua

ETA ha anunciado más de una decena de “treguas” a lo largo de su historia. 
Sin embargo, una tregua significa que dos partes en conflicto cesan sus hostilidades durante un tiempo determinado, de manera que lo que realmente anunciaba la banda terrorista era un “alto el fuego“ y no “una tregua“.
 Según Fundéu, un “alto el fuego” supone una suspensión de la lucha que “puede ser unilateral y no producirse necesariamente en una agresión entre dos partes”.
 En concreto, alude al caso del terrorismo, donde “solo una de las partes pone bombas y mata”.

El “conflicto en Euskal Herria” y las “acciones político militares”

ETA ha aludido en múltiples ocasiones a un “conflicto en Euskal Herria” para justificar su propia existencia y sus “acciones político militares”.
 Precisamente en el comunicado en el que anunciaba su fin, volvió a reiterar que deseaba cerrar “un ciclo en el conflicto que enfrenta a Euskal Herria con los Estados, el caracterizado por la utilización de la violencia política”. 
Este relato forma parte de la narración que ETA pretende construir para convertir sus 853 asesinatos, los secuestros y las extorsiones como parte de una gesta heroica.

“Resistencia vasca”

ETA se ha presentado a sí misma como parte de la “resistencia vasca”, un término que alude a una organización que, generalmente de forma clandestina, se opone a los invasores o a una dictadura. España es una democracia que obviamente no ha invadido ni País Vasco ni Navarra.

“Soldados vascos”

La banda terroristas ha llamado a sus miembros “soldados vascos”, como si fueran militares de un Ejército regular o, en un sentido más retórico, milicianos que luchan por una causa.
 Los integrantes de la ya extinta ETA eran terroristas que asesinaban y secuestraban ciudadanos para infundir el terror y el miedo en la sociedad española.



 

Sueños del insomne Nabokov....................... Ignacio Vidal-Folch

El escritor apuntó durante tres meses de 1964 todo lo que recordaba al despertar.

 Ese material, hasta ahora inédito, ve la luz como libro.

Vladimir Nabokov escribe en un cuaderno en su cama en 1958.
Vladimir Nabokov escribe en un cuaderno en su cama en 1958. THE LIFE PICTURE COLLECTION / GETTY IMAGES

 

El profesor de la universidad de Missouri Gennady Barabtarlo, traductor al ruso de las últimas novelas de Vladimir Nabokov por elección de su hijo, Dmitri, ha reunido, editado y comentado los sueños que el autor de Lolita anotó durante el año 1964 y sus comentarios sobre los mismos en sus Diarios
Se trata de materiales que se conservan en la biblioteca pública de Nueva York y hasta ahora inéditos.
 Los ha publicado (Princeton University Press) bajo un título alusivo al pertinaz insomnio del novelista ruso, que una fuerte medicación diaria apenas lograba paliar: Insomniac Dreams. Experiments with Time by Vladimir Nabokov.
Si Nabokov desarrolló un interés especial por las visiones y los relatos a los que asistimos cuando estamos dormidos no fue, desde luego, a consecuencia de las teorías de interpretación psicoanalítica de Freud, al que detestaba, sino porque en ellos creía detectar una posibilidad inexplorada y prometedora de escapar del tiempo y volver al pasado.
En ese sentido, a Nabokov le influyó, también para la escritura de Ada o el ardor (1968), una de sus obras, un libro publicado en 1927 y titulado Un experimento con el tiempo.
  Obra del excéntrico filósofo británico, muy leído entonces y hoy olvidado, John Dunne (1875-1949), trata sobre los temas de los sueños precognitivos y sobre una teoría del tiempo que denominó "serialismo" y desarrolló en otros cuatro libros, El universo serial, La nueva inmortalidad, Nada muere e Intrusiones.

Cuatro autores en busca de una teoría sobre el tiempo

La conciencia del tiempo, que a efectos prácticos se confunde con la duración y la mortalidad, se convierte en obsesión para tres clases de personas: para aquellas a las que les queda poco; para aquellas a las que la vida les parece tan rica y exaltante que anhelan prolongarla interminablemente, y para los escritores más influyentes del siglo XX: 
 Proust y Joyce (para la primera mitad del siglo) y Borges y Nabokov (para la segunda).
Los cuatro ingeniaron formas de escapar al camino fatal: Joyce, metiendo el mundo entero en un solo día de la vida y la mente de su antihéroe, Leopold Bloom;
 Proust, inventándose la memoria automática con la que rescata del olvido y recupera intactos los días del pasado, Borges escrutando las paradojas y la sustancia del misterio del tiempo, “nuestra sustancia”.
¿Y Nabokov? Exponiendo en una parte pedregosa de su novela más exultante y apoteósica, que es su última obra maestra, Ada o el ardor, la tesis sobre La textura del tiempo que escribe, libro dentro del libro, su protagonista Van Veen, que ha llegado a sus teorías por adoración de la vida: pues las horas bien está que transcurran para los desdichados y sus penas; pero a los felices que les olviden.
Nabokov, profundamente interesado en las teorías de Dunne, siguió puntualmente las instrucciones de su Experimento, apuntando cada mañana, al despertar, sus sueños, con el propósito de encontrar en ellos, al analizarlos más adelante, una relación con acontecimientos venideros, para demostrar la teoría de que no es que el sueño de hoy prevea acontecimientos de mañana, sino que sucede al revés: son esos acontecimientos los que informan a la mente dormida con el sueño precedente. 
El tiempo puede discurrir en dirección inversa.
Para los muchos lectores que, como el profesor de Missouri, idolatran a Nabokov, Insomniac Dreams, con sus sueños eróticos, violentos, literarios, es un libro encantador y sugerente y una manera de volver a entrar en cierta forma de contacto con el gran maestro: “8 de diciembre de 1964, 9.00 AM. 
Tomamos el té con unos amigos (¿los Karpoviches?) en el césped ante su casa. 
Echado en una tumbona, muy viejo, de aspecto enfermizo y sudoroso, León Tolstoi. 
 Me pregunto si Karpovich sabe que no le conozco o cree que no me interesa conocerle. 
Le oigo decirle a Karpovich en un ruso vehemente: ‘No me gusta su Lolita, pero ¡qué bien describe el paisaje ruso!’. Absurdo".

 

Los resultados del experimento no fueron concluyentes, admite Barabtarlo:
 "Repetidas veces Nabokov no llegó a darse cuenta de la asombrosa similitud entre el argumento de sus sueños y el de sus ficciones previas, rusas o inglesas".
 Y da el ejemplo de Nabokov afirmando el "indiscutible éxito" de su experimento cuando tuvo "el sentimiento absolutamente claro" de que un sueño ambientado en un museo estaba inspirado en una película que vio en la tele al cabo de tres días… sin percatarse del extraordinario parecido del sueño con el cuento La visita al museo, que escribió veinte años antes.
Pero pensándolo bien, y aunque solo sea para no desmentir a Nabokov ni renunciar a la idea del tiempo reversible, podríamos decir que la película inspiró el sueño de tres días antes; y el sueño, el cuento de veinte años atrás.

Madrid, 1949..................................................... Elvira Lindo..

‘Tiempo de silencio’, de Martín-Santos, me trastornó en mi adolescencia.

Un momento de 'Tiempo de silencio', en el madrileño Teatro de la Abadía.
Un momento de 'Tiempo de silencio', en el madrileño Teatro de la Abadía.
A veces me pregunto qué me queda del bachillerato. 
De vez en cuando, en el periódico se tortura a los lectores invitándolos a realizar un test para que comprueben si hoy serían aptos para presentarse a la selectividad.
 Rehúyo la prueba. La memoria solo guarda lo que le conviene. Siempre pensé en la cultura que almacenarían los actores del teatro clásico a fuerza de memorizar textos fundamentales. 
Pues bien, de los que conozco, solo Carlos Hipólito posee la capacidad de guardarse para sí páginas que representó en el pasado; los otros a los que pregunté aprenden y olvidan, como si el cerebro hubiera de hacer sitio a la función siguiente.

Mi memoria es caprichosa. No embustera, pero tan atenta a lo que me interesa como descuidada con lo que no. 
De las aceras, recuerdo las tiendas; de las personas, las caras; de los viajes, las comidas; de las casas, los olores; de mi madre, tan lejana, el color de su voz más que lo que decía; del bachillerato, algunas lecturas que me hicieron sentir que al fin tocaba el tuétano de la literatura.
 Releer aquello que me impresionó hasta provocarme mareos de lucidez adolescente me ayuda a recordar quién era yo o qué deseaba. 
Uno de aquellos libros que me trastornaron fue Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos.
Era la sensación de que sus palabras contenían una música que yo no había escuchado hasta entonces.
 Cuando leía: “Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos…”, se me hacía visible el tiempo de la juventud de mis padres. 

Me vuelve intacto mi asombro estudiantil, y siento la alegría de los desmemoriados cuando de pronto se acuerdan vívidamente de algo, al escuchar las palabras de acero que escribió Martín-Santos en boca de los siete actores que representan la adaptación en el Teatro de la Abadía. 
 Con Tiempo de silencio cierran un ciclo dedicado a la memoria histórica.
 No creo que haya texto más adecuado para trasladar al espectador a aquel Madrid miserable en fondo y forma de 1949.
 En aquella ciudad de pensiones, burdeles y cafés, donde los escasos intelectuales que le habían quedado a España pasaban la vida, enlazaban una tertulia con otra, y contaban las novelas que jamás escribirían, estudió psiquiatría el autor.
 Ese fue el paisaje urbano que inspiró a aquel hombre brillante.
 Un genio, dice su hijo Luis. 
Un genio, ratifico, que dio de sí lo que la vida le dejó.
 Con 42 años se fue dejando toda una vida de novelas por delante.

Me preguntaba al escuchar Tiempo de silencio en el escenario si esa manera tan problemática con la que nos enfrentamos a la memoria histórica, si ese interés sin duda sincero y justo se traduce luego en lecturas que nos abran los ojos hacia el tiempo que no hemos vivido y que no solo pueden contarnos los libros de historia. 
Porque es memoria histórica lo que escribió Martín-Santos, es su particular visión de ese régimen castrense y castrante en el que se desarrolló su juventud. 
 ¿Quieren hoy asomarse los jóvenes que leen literatura a Tiempo de silencio? ¿Está presente en los institutos? ¿Qué podríamos hacer para animar a su lectura quienes sabemos que es fundamental? 
Merece mucho la pena ver la función.
 El trabajo de los actores es poderoso y la adaptación de Rafael Sánchez hace que la literatura prevalezca, lo cual me parece poco frecuente y acertado, porque esta novela, cuyo argumento se puede contar en pocas líneas, brilla, ante todo, por ese estilo entre popular y culto, entre vanguardista y valleinclanesco con el que está escrita.
Sorprende la modernidad del autor, no porque España sea la misma sino porque el lenguaje no huele a rancio, no se deja caer por ese precipicio de la verbosidad, que es nuestro mayor pecado. 
Martín-Santos tendría que haber vivido muchos años.
 Así lo siente su hijo Luis, como hijo, pero así lo pensamos aquellos que intuimos todo lo que nos habría dado.
 Es el novelista que escribió estas palabras sobre una mujer, Encarna, que de la España rural se viene al Madrid chabolista y periférico: “No saber nada.
 No saber que la tierra es redonda.
 No saber que el sol está inmóvil, aunque parece que sube y baja. No saber que son tres Personas distintas.
 No saber lo que es la luz eléctrica. No saber por qué caen las piedras hacia la tierra.
 No saber leer la hora. No saber que el espermatozoide y el óvulo son dos células individuales que fusionan sus núcleos.
 No saber nada. No saber alternar con las personas, no saber decir: ‘Cuánto bueno por aquí’, no saber decir: ‘Buenos días tenga usted, señor doctor”.
 Mientras lo escuchaba me venía intacto aquel entusiasmo juvenil. Al fin leía palabras que hacían daño.
 Eso debía de ser la literatura.

 

La cárcel y la gloria........................................Juan José Millás

La cárcel y la gloria
Si usted va por la calle y le viene de frente un tipo en calzón corto, con el torso desnudo, los brazos en actitud agresiva y la boca abierta, como si rugiera o tratara de expulsar un alien que ha inflado anormalmente todo su sistema muscular, usted correría espantado en la dirección contraria.
 Y al tipo lo detendrían ipso facto.
 El contexto de nuevo.
 Situaciones por las que en un sitio te podrían llevar a la cárcel, en otros te conducen a la gloria.
 De hecho, los espectadores del partido, lejos de mostrarse asustados, respondieron a la expresión del futbolista con una aclamación histórica.
 Ahora bien, lo que uno se pregunta es cómo será este hombre ­enfadado.