Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

29 abr 2018

El ‘síndrome del domingo’.........................RITA ABUNDANCIA

El ‘síndrome del domingo’: cómo evitar la ineludible tristeza del fin de semana que acaba.

¿Podemos escapar a esta patología dominguera que afecta a la mayoría de la población y que no siempre tiene que ver con el trabajo?

 Los expertos apuntan algunas tácticas para disfrutar del fin de semana como si no hubiera mañana.

El ‘síndrome del domingo’: cómo evitar la ineludible tristeza del fin de semana que acaba
El estado anímico de algunas personas decae el último día de la semana. Foto: Getty

Para los que tengan la suerte de tener libres los fines de semana, es muy probable que el domingo sea el día más triste de todos, arrebatando ya ese título al lunes, que históricamente ostentaba el récord de la jornada más temida por eso de volver de nuevo al trabajo. 

Pero en este mundo dominado por la anticipación, a menudo de algo que no ocurrirá jamás, las vísperas roban ya la identidad del día siguiente, convirtiendo a una jornada de descanso, ocio y divertimento en un tormento que suele empezar después de comer, avanza a lo largo de la tarde y llega a su punto álgido en los primeras horas de la noche.

Lo que ya se conoce como ‘el síndrome del domingo’, no es ninguna enfermedad, sino un conjunto de síntomas muy definidos que llevaron a calificarlo de esta manera (Sunday blues, en el mundo anglosajón). 
La psicóloga norteamericana Larina Kase, autora del libro Ansiedad de 9 a 5, es una de sus muchas estudiosas. 
Sus publicaciones sobre estas cuestiones fueron el resultado de una serie de investigaciones realizadas en el Centro de Estudio y Tratamiento de la Ansiedad de la Universidad de Pensilvania, de la cual es miembro.
Ansiedad, angustia, inestabilidad emocional, miedo, sensación de vacío, tristeza, melancolía y una predisposición a centrarse en los aspectos negativos del mundo y la existencia, pueden ser algunos de los síntomas de esta patología dominguera que, en algunos casos, puede llegar acompañada también de alteraciones físicas. Algunas personas acusan peores digestiones, dolores de cabeza o una mayor dificultad para conciliar el sueño el último día de la semana. 
Algo sin graves consecuencias y que se pasa a la mañana siguiente, pero si sumamos todos los domingos del año veremos que 52 veces debemos pasar por este pequeño túnel del terror emocional, cuya periodicidad y frecuencia no disminuye sin embargo sus efectos. Cada semana lo vivimos como si fuera la primera vez, amargándonos las reuniones familiares, el vermut, las cañas con los amigos o el cine de fin de semana.
  El síndrome del domingo es una modalidad reducida del estrés post vacacional al que se enfrentan muchos en septiembre porque, desgraciadamente, vivimos un mes al año y dos días a la semana.
Este seísmo, en principio de baja intensidad, puede crecer y hacerse mucho más devastador dependiendo de la situación laboral, “pero esta no siempre es la causa”, como apunta Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), con consulta en Avilés.
 “Si el trabajo es ya un problema grave, es muy probable que el síndrome del domingo se dilate hasta el jueves y, en ese caso, lo mejor es ir buscando un nuevo empleo.
 Pero lo curioso es que este cuadro puede darse también en personas con una aceptable relación laboral y las causas no hay que buscarlas siempre en la vuelta al trabajo. 
Mi práctica clínica me ha enseñado que las personas que sufren este trastorno suelen ser aquellas que se centran en lo negativo de las cosas, las que no saben gestionar su tiempo libre, aquellas con una estrategia clara de evitación ante situaciones complicadas o las que tienen poca tolerancia a la frustración y no aceptan que las cosas terminen, que el fin de semana se acabe”.
Un ocio a nuestro favor, no en nuestra contra
El cuerpo y la mente, siempre en actividad frenética, se ven de un momento a otro sin un plan que llevar a cabo y la perspectiva de las horas sin un quehacer definido crea la sensación de vacío y falta de propósito. 
Aunque parezca sorprendente, la libertad de los momentos sin obligación es el segundo factor que define el síndrome del domingo. ¿Y ahora qué hago?
 “Es aquí cuando muchas personas empiezan a darle vueltas a todas las cosas que le preocupan: el trabajo, los hijos, la economía, la pareja.
 Rumiando de forma circular sobre sus preocupaciones”, sentencia Delgado, “el sábado es también un día libre para muchos pero la mayoría lo utiliza para hacer la compra, arreglar la casa, limpiar y todas esas tareas que se acumulan a lo largo de la semana.
 El domingo incita más a la reflexión porque hay menos cosas que hacer, la mayoría de las tiendas están cerradas y el ritmo de la vida se ralentiza”, señala esta psicóloga.
El domingo es algo así como un espejo en el que nos vemos desnudos. 
 Lo que ocurre, es que no estamos acostumbrados a mirarnos sin ropa y eso nos asombra, nos disgusta y hasta nos enfada.
 En opinión de este filósofo, “buscamos fuera de nosotros las cosas que nos pueden satisfacer: trabajo, pareja, hijos, viajes… Pero eso es un engaño, en realidad el camino es recobrar el contacto con nosotros mismos. 
La soledad y la quietud del domingo es un buen punto de partida para una mirada filosófica, que nos haga plantearnos quiénes somos, qué queremos y qué podemos hacer con nuestras vidas para ser más felices”. 

Algunos han descubierto que, lejos de quedar con los amigos y evitar la soledad, dedicar el domingo a sí mismos es el mejor plan para escapar a este síndrome. 
 Es el caso de Ashli Stockton, una joven profesional que vivía en Nueva York, con un buen trabajo y salario pero que no podía escapar a la bestia negra del último día de la semana. 
Probó de todo y lo único que consiguió que se sintiera mejor fue dedicar ese día al autocuidado: baños relajantes, mascarillas faciales, peelings, pedicuras. 
Stockton acabó transformando su ritual dominguero en su propio negocio, Sunday Forever, una web dedicada al auto cuidado que vende kimonos, velas aromáticas, perfumes y productos para el mimo personal, al mismo tiempo que propone rituales para llevar a cabo este día.



 

 

 

El secreto de la felicidad..................................Juan José Millás


DEBÍA DE SER ya primavera en El Corte Inglés.
 ¡Qué bueno, por cierto, el corte del traje de González! ¡Y qué atuendo tan informal y deportivo, a la vez que elegante, el de su jefa de prensa!
 Estamos en 2012, sí, cuatro años después de 2008, pero no busque usted aquí la crisis.
 No la encontrará en esta imagen digna de un anuncio de automóviles de alta gama.
 El enérgico ejecutivo, con media docena de carpetas debajo del brazo, se dirige a su vehículo oficial, donde quizá ya le aguarda el chófer con la puerta abierta, mientras charla condescendientemente con una subalterna encantada de serlo. 
La vida les sonríe a los dos. Observen la suela del zapato izquierdo del expresidente de la Comunidad de Madrid: no contiene ni uno solo de los agujeros negros tan típicos del calzado de este país.
 Ni siquiera llueve.
 Hacía un día radiante, un día dorado como la cabellera de Isabel Gallego.
El secreto de la felicidadMataríamos por saber el champú que utiliza.
 Lo del dinero negro con el que el PP pagaba a Alejandro de Pedro para mejorar la reputación online de sus líderes ya lo sabemos, lo ha confesado ella misma.
 Lo que nos interesa ahora es el secreto de la felicidad que respiran los fotografiados en un país tan desdichado como el nuestro.
 En un país tan gilipollas, pensará seguramente González al recordar su ático marbellí, gratis total. ¡Con lo difícil que es obtener un pisito de protección oficial y a él le regalan las mansiones! Quizá en algún momento se diga, se digan, que algo no funciona en sus cabezas, o en las nuestras, las de los electores, pero entre tanto qué felicidad, a, a, a, a. 
Juan José Millás

Los reyes de la basura............................................Rosa Montero

El ser humano tiene una devastadora capacidad de destruir el planeta con residuos, pero ahora contamina también hasta los lugares más remotos.

LEYENDO 'SAPIENS', de Yuval Noah Harari, queda claro que uno de los trazos más distintivos de los seres humanos es nuestra habilidad para el exterminio: llevamos miles de años borrando animales del planeta con una eficiencia estremecedora. 
Pero yo creo que hay otra característica tan definitoria o más de nuestra especie: la incesante producción de basura de todo tipo. Somos animales acaparadores, negligentes e irremediablemente guarros.
En las últimas semanas han coincidido varias noticias aterradoras sobre esta tendencia nuestra a ir ­dejando una larga estela de desperdicios
. De la más triste ya se hizo eco Manuel Rivas en su artículo hace una semana: me refiero a ese joven cachalote que murió tras ingerir 29 kilos de plástico.
 Los océanos son un vertedero; cada año acaban en el mar ocho millones de toneladas de plástico, lo que equivale al peso de más de 14.000 aviones Airbus de los grandes.
Se ha calculado que para 2050 habrá en el agua más toneladas de plástico que de peces.
 Si tenemos en cuenta que una botella de ese material tarda unos 500 años en descomponerse, tenemos un futuro pavoroso. Ya hay en los océanos al menos seis enormes islas de plástico; descubrieron la última el pasado septiembre frente a las costas de Chile, y es cuatro veces más grande que España.
El problema no se limita al plástico, ni muchísimo menos.
 El verdadero problema somos nosotros. 
Allá donde vamos, ensuciamos y contaminamos
Pero el problema no se limita al plástico, ni muchísimo menos.
 El verdadero problema somos nosotros.
 Allá donde vamos, ensuciamos y contaminamos.
 También se habló en estos días del Everest y de las porquerías acumuladas allá arriba.
Es el punto más alto de la Tierra (8.848 metros), un ecosistema frágil de perpetua blancura, apenas sin oxígeno y difícilmente alcanzable, y aun así se calcula que nos las hemos apañado para depositar ahí arribota unas 80 toneladas de residuos:
 botellas vacías de oxígeno, baterías, latas y envases de comida, guantes, tiendas de campaña, medicinas, cuerdas y todo tipo de morralla.
 El Gobierno nepalí acaba de lanzar una campaña desesperada para intentar limpiar la montaña bajando las inmundicias por medio de sherpas;
 pero el Collado Sur, el punto en donde se pasa la última noche antes del asalto a la cima, es un basurero prácticamente imposible de sanear: se encuentra a 7.980 metros de altura y sacar de allí una pequeña lata oxidada puede costarle la vida al limpiador. 

Por último, hemos estado varias semanas pendientes de la caída descontrolada de la estación espacial china, con cierto alarmismo en las noticias por si nos atizaba en la cabeza; 
por fin, el 2 de abril se desintegró al entrar en la atmósfera, y los fragmentos restantes se hundieron en el Pacífico (más cochinadas para los peces).
 Poco después vi por casualidad en los informativos de Antena 3 una imagen de la Tierra rodeada por la basura espacial.
 Se trata de una web llamada Stuff in Space (cosas en el espacio) que creó en 2015 un estudiante de ingeniería de la Universidad de Texas, James Yoder, que por entonces tenía 18 años. 
La web, espeluznante, permite ver en tiempo real todos los desperdicios que orbitan nuestro planeta: restos de cohetes y de satélites, sobre todo.
 La imagen es chocante: los detritus forman una especie de velo tupido, una asfixiante telaraña que nos envuelve. 

Según la NASA, hay 500.000 objetos entre 1 y 10 centímetros de tamaño orbitando la Tierra; los desechos de más de 10 centímetros, algunos tan grandes como una estación espacial, son aproximadamente 21.000.
 Ese tumulto de residuos gira alrededor de nosotros a toda pastilla (algunos objetos van a 27.000 kilómetros por hora) y es un riesgo creciente para los satélites en funcionamiento y para cualquier misión espacial.
Así que ya lo ven: no sólo llenamos a reventar nuestras casas con mil chirimbolos innecesarios, no sólo abarrotamos de porquerías las ciudades y los campos, sino que hemos conseguido llegar a lo imposible, a lo inalcanzable.
 Ni la pureza de las más altas montañas, ni la enormidad del océano, ni ya, horror de horrores, la estratosfera pueden librarse de nuestro influjo nefasto. 
Vergüenza me da imaginar lo que pensaría un alienígena al ver el anillo de mierda que nos rodea. 
¿Quién habló de los reyes de la creación? Somos los reyes, sí, pero de la basura



La vuelta de mi abuela Lola....................................Javier Marías...

Asistimos al regreso de una clase de argumentos pacatos y primitivos que abrazan una visión retrógrada del arte y amenazan la libertad creadora.
QUE ME DISCULPEN los memoriosos, porque sé que esto lo he contado, aunque no seguramente en esta página: mi abuela Lola era una mujer muy buena, dulce y risueña, lo cual no le impedía ser también extremadamente católica. 
Y recuerdo haberle oído de niño la siguiente afirmación, dirigida a mis hermanos y a mí: “A ustedes les hace mucha gracia” (era habanera), “y quizá la tenga, pero yo no voy a ver películas de Charlot porque se ha divorciado muchas veces”.
 Hasta hace cuatro días, este tipo de reservas pertenecían al pasado remoto.
 Mi abuela había nacido hacia 1890, y desde luego era muy libre de no ir a ver el cine de Chaplin por los motivos que se le antojaran, como cualquier otra persona.
 Lo insólito es que esta clase de argumentos extraartísticos y pacatos hayan regresado, y que los aduzcan individuos que se tienen por “modernos”, inverosímilmente de izquierdas, educados, aparentemente racionales y hasta críticos profesionales. 

Leo en un artículo de Fernanda Solórzano un resumen de otro reciente de un conocido crítico cinematográfico británico, Mark Cousins, titulado “La edad del consentimiento”. 
Cuenta Solórzano que en él Cousins anuncia que a partir de ahora “dejará de habitar la imaginación de directores como Woody Allen y Polanski”, a los que “negará su consentimiento”. 
Compara ver películas de estos autores con visitar países con regímenes dictatoriales, o aún peor, con contemplar vídeos del Daesh con decapitaciones reales. 
“Aunque sus ficciones no muestren violencia, son imaginadas por sujetos perversos”, explica. 
Se deduce de esta frase que las películas que sí muestren violencia —ficticia, pero el hombre no distingue— serán aún más equiparables a los susodichos vídeos del Daesh, por lo que, me imagino, Cousins tampoco podrá ver la mayor parte del cine mundial de todos los tiempos, de Tarantino a Peckinpah a Coppola a Siegel a Ford a todos los thrillers, westerns y cintas bélicas.
  Lo absurdo es que no haya anunciado de inmediato, en el mismo texto, que renuncia a las salas oscuras y por lo tanto a su labor de crítico, para la que es evidente que queda incapacitado.
 Al contrario, entiendo que asegura, con descomunal cinismo, que su adhesión a “lo correcto” no afectará su juicio estético.
 Un disparate en quien se propone juzgar desde una perspectiva moralista, “edificante” y puritana. 
Ojo, no ya sólo las obras, sino la vida privada de sus responsables. Siempre según Solórzano, “en adelante Cousins sólo visitará la imaginación de artistas de comportamiento íntegro”. 
Este Cousins es tan libre como mi abuela, y lo que haga me trae sin cuidado.
 Pero, claro, no es un caso aislado, ni el único primitivo que abraza esta visión retrógrada del arte.
 Constituye toda una corriente que amenaza no sólo el oficio de crítico, sino la libertad creadora. 
 ¿Qué es un “comportamiento íntegro”, por otra parte? Dependerá del criterio subjetivo de cada cual.
 Para los cuatro ministros de nuestro Gobierno que hace poco cantaron “Soy el novio de la muerte” en una alegre concentración de encapuchados, el concepto de “integridad” será por fuerza muy distinto del mío. 
Y luego, ¿cómo se averigua eso? Antes de ir a ver una película —de “visitar la imaginación” de un director, como dice Cousins con imperdonable cursilería—, habrá que contratar a un detective que examine la vida entera de ese cineasta, a ver si podemos dignarnos contemplar su trabajo.
 En algunos casos ya sabemos algo, que nos reducirá drásticamente nuestra gama de lecturas, de sesiones de cine y de museos.
 Nada de “visitar” a Hitchcock ni a Picasso, de los que se cuentan abusos, ni a Kazan, que se portó mal durante la caza de brujas de McCarthy, ni a Caravaggio ni a Marlowe ni a Baretti, con homicidios a sus espaldas, ni a Welles ni a Ford, que eran despóticos en los rodajes, ni a Truffaut, que cambió mucho de mujeres y algunas sufrieron.
 Nada de leer a Faulkner ni a Fitzgerald ni a Lowry, que se emborrachaban, y el tercero estuvo a punto de matar a su mujer en un delirio; ni a Neruda ni a Alberti, que escribieron loas a Stalin, ni a García Márquez, que alabó hasta lo indecible a un tirano; no digamos a Céline, Drieu la Rochelle, Hamsun y Heidegger, pronazis; tampoco a Stevenson, que de joven anduvo con maleantes, ni a Genet, que pagaba a chaperos, ni a nadie que fuera de putas.  

Ojo con Flaubert, que fue juzgado, y con Cervantes y Wilde, que pasaron por la cárcel; 
Mann se portó mal con su mujer y espiaba a jovencitos, y no hablemos de los cantantes de rock, probablemente ninguno cumpliría con el “comportamiento íntegro” que exigen el pseudocrítico Cousins y las legiones de policías de la virtud que hoy lo azuzan y lo amparan.

Ya es hora de que toda esta corriente reconozca su verdadero rostro: se trata de gente que detesta el arte y a los artistas, que quisiera suprimirlos o dictarles obras dóciles y mansas, y además conductas personales sin tacha, según su moral particular y severa.
 Es exactamente lo que les exigieron el nazismo y el stalinismo, bajo los cuales toda la gente de valía acabó exiliada, en un gulag o asesinada, lo mismo que Machado y Lorca en España.
 No a otra cosa que a la represión y la persecución está dando su consentimiento esta corriente de inquisidores vocacionales.
 Al menos mi abuela Lola no ejercía el proselitismo, ni intentaba imponer nada a nadie.