Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 mar 2018

Ana Obregón: “Prefiero ser ridícula que aburrida”

La polifacética actriz se atreve con lo más moderno. Rueda con Los Javis la segunda temporada de la serie ‘Paquita Salas’.

Ana Obregón, con 40 años de fama a sus espaldas, está rodando con Los Javis la nueva temporada de 'Paquita Salas'.

Ana Obregón, con 40 años de fama a sus espaldas, está rodando con Los Javis la nueva temporada de 'Paquita Salas'. 

Nunca se fue del todo, pero Ana García Obregón reconoce que llevaba bastante tiempo alejada de producciones que requiriesen de una fuerte exposición mediática.

 “Ha sido una elección como actriz. 

Tenía el teatro como asignatura pendiente, probarme en un escenario y que me vieran 500 ó 600 personas, hacer un trabajo sin tanta repercusión”, afirma en una conversación con la voz tomada por haber rodado “con un vestido de tirantes a las dos de la madrugada con menos dos grados en Madrid”. 

Se trata de su nuevo papel en la segunda temporada de Paquita Salas, la serie de Javier Calvo y Javier Ambrossi y protagonizada por Brays Efe de Netflix.

 Obregón admite que esa especie de retiro también estuvo motivado por la necesidad de apartarse de la fama. 

“Yo voy al contrario de todo el mundo, ya no quiero que me vean tanto. Nunca me he planteado dejarlo, pero me gustaría rodar mi escena, llegar a casa, acostarme y que al día siguiente nadie supiera quién soy. 

Adoro mi trabajo, pero no la fama. Cuando llevas 40 años de fama, el efecto secundario es agotador”, confiesa. 

Quedó enamorada del trabajo de Los Javis cuando vio La Llamada, y en el estreno Javier Ambrossi le dijo que la había seguido desde Ana y los siete
 “Eso te toca por dentro porque yo no soy consciente de que haya llegado a la gente con mi trabajo. Comimos y me ofrecieron estar en Paquita Salas
Me encantó porque no hay nada parecido a esta serie, con lo difícil que es hacer algo diferente hoy". 
Ana habla entusiasmada de su trabajo con los directores, pero le tienen prohibido adelantar nada sobre su personaje. "Quieren que sea todo sorpresa. 
Solo te puedo decir que he trabajado con el más grande que es Berlanga y con otros como Colomo o Vicente Aranda, pero la forma de dirigir al actor de Los Javis es única", asegura.
Resulta llamativo que después de tiempo sin grandes series o películas y con 63 años (acaba de celebrar su cumpleaños mientras algunos medios afirman que tiene 66) haya conseguido participar en un proyecto de última generación. 
“Es la bomba estar en un formato de lo más moderno que se puede hacer
“Es la bomba estar en un formato de lo más moderno que se puede hacer. Me río de los que decían que iba a durar un año cuando empecé.
 Me encanta que la gente no se haya cansado de mí. He tenido la suerte de que cuando hice Ana y los siete, me veían millones de niños que ahora son los jóvenes millennials que ven series en Netflix”. declara orgullosa.
Ana Obregón con Los Javis: Javier Ambrosi (izquierda) y Javier Calvo.
Ana Obregón con Los Javis: Javier Ambrosi (izquierda) y Javier Calvo.
Además de esta serie, Obregón ha participado recientemente en el programa Ven a cenar conmigo, donde ha abierto la cocina de su casa a otros famosos.
“Estoy en ese punto en el que me da igual todo. Respecto a la prensa rosa, llevo un tiempo sin salir. No tengo novio. Sales ahí si te lías con uno y no me merece la pena. He tomado mucha distancia.
 Solo voy a algún acto de promoción de algún trabajo.
 Hoy me cuesta muchísimo hacer ese personaje de Ana Obregón”, reconoce y al mismo tiempo puntualiza una excepción: “El posado veraniego sí, porque es un ingreso, me pagan y listo. Total, me van a sacar igual”.
Una vida distinta en la que para ella los años no suponen ningún hándicap.
 “La vida a mi edad es maravillosa, ojalá hubiera tenido antes esta paz y sabiduría. No me da miedo envejecer, pero me encantaría parar el tiempo para no perder a mis padres.
 Respecto al amor, he estado toda mi vida con parejas y ahora llevo mucho tiempo que paso.
 Hago yoga y meditación y he aprendido a ser feliz por dentro. No quiero que esa tranquilidad me la quite ningún hombre", asegura. Y añade:
 “Hay mucho machismo, muchas veces desde las propias mujeres. Nadie se va a librar de cumplir años, y el que tenga complejos allá él. 
Prefiero parecer absolutamente ridícula a ser absolutamente aburrida”, concluye parafraseando a Marilyn Monroe.

Superdotados, el puzle de las altas capacidades............ José Luis Barbería


Lea González Vélez, con sus hijos, Michael y Richard. Los tres son superdotados.
Lea González Vélez, con sus hijos, Michael y Richard. Los tres son superdotados.
YA NO BUSCO causas a mi pensamiento desmesurado, ya no me comparo.
 Conocer mis capacidades era la pieza perdida del puzle y el diagnóstico es la tregua con el pasado que me permite reconstruir el presente y disponer de un filtro precioso con el que ver la vida”.
 Es la reflexión de una joven universitaria de 20 años diagnosticada como superdotada que en su pasada crisis emocional llegó a creer que padecía un trastorno mental.



Prueba de medida de inteligencia.
Prueba de medida de inteligencia.

Dos o tres de cada cien personas piensan y sienten de manera diferente al patrón general.
 Discurren, aprenden y procesan más rápido.
 Son mentes excepcionales, capaces de desarrollar una actividad neuronal tan intensa que los neurobiólogos han acuñado la expresión “cerebro en llamas” para describir las imágenes registradas mediante escáner que dan cuenta de su rendimiento intelectual. 
Lo suyo es el pensamiento arbóreo: una idea conduce a otra idea y esta a otra creando ramificaciones.
 Sienten también de manera distinta porque poseen una elevada sensibilidad emocional que puede hacerles más vulnerables.
 Su hábitat es un bosque intrincado de ideas y sentimientos, cercado por tópicos y estereotipos.
Y atacado, a veces, por la animadversión que suscita la diferencia. 
Los superdotados huyen de ese estigma y reivindican su personalidad, conscientes de que el cociente de inteligencia (CI) puede ser una trampa, un arma de doble filo.
 ¿Ser superdotado es el paraíso o el infierno, una fortuna o una maldición, motivo de regocijo o de desgracia? ¿Y qué es la inteligencia? 
Miraba a mi hijo y sentía como si tuviera delante a dos personas: una era el adulto a quien se le podía hablar de cualquier cosa; la otra, el niño que en realidad era y que no comprendía ciertas actitudes propias de las debilidades humanas.
 ¡Y yo nunca podía saber con cuál de las dos personas iba a hablar!”. 
Es la impresión más vívida que Montserrat Martí Sol, barcelonesa de 53 años, conserva de la niñez de su hijo, Jaume.
El 60% de los niños llamados “superdotados” pueden estar abocados al fracaso escolar
En la infancia de las personas con altas capacidades intelectuales, el niño y el adulto cohabitan en el mismo ser en una simbiosis singular. 
Su alto grado de desarrollo mental —tres, cuatro, cinco años superior al que les correspondería por su edad— se asienta en un fondo emocional tan infantil y vulnerable como el de sus compañeros, si no más. 
Bajo su aparente desgana escolar, que les lleva en muchos casos a ser diagnosticados erróneamente con un trastorno de déficit de atención (TDA), late en ellos un desbordante entusiasmo por el conocimiento, una desmesurada pasión por las palabras y una querencia obsesiva por los números. Textos y ecuaciones, problemas y enigmas desfilan incesantemente a gran velocidad por sus bien engrasadas autopistas mentales sin que el sueño pueda actuar siempre de eficaz interruptor.
 El incremento sostenido del cociente medio de inteligencia, registrado a lo largo del siglo XX gracias a la mejora nutricional y tecnológica, ha empezado a detenerse en los países más desarrollados. 
Mientras tanto, se intensifica la búsqueda global de talentos con que hacer frente a los nuevos retos de la humanidad. Aunque los porcentajes varían en función de los criterios aplicados, es un hecho que al menos el 2,28% de la población mundial está capacitada para alcanzar los 130 puntos en los test de inteligencia, la línea establecida 
convencionalmente a partir de la cual se declara la superdotación intelectual. 
El número de alumnos de estas características detectado en España en el curso 2015-2016 ascendió únicamente a 23.745. 
Se calcula que solo en la enseñanza no universitaria existen otros 180.000 no identificados y, en consecuencia, privados de las ayudas escolares previstas para ellos. 
El 60% de los niños llamados “superdotados” puede estar abocado al fracaso escolar.
 Talento que no se cultiva ni identifica correctamente, talento que corre riesgo de malograrse. 
 ¿Es la falta de aprovechamiento del ingente caudal de inteligencia que se pierde por los sumideros de la desinformación, la inercia y la rigidez estructural del sistema educativo lo que explica la pobre representación de los alumnos españoles clasificados como “excelentes” en los informes PISA?
 
 
El madrileño Ramón Campayo ha sido campeón del mundo de memoria en nueve ocasiones.  
Muchos alumnos con altas capacidades optan por mimetizarse en el paisaje escolar convencional para librarse del sambenito de raro y no desatar rechazo. 
Hay que olvidarse del arrollador chico listo triunfador líder de la clase. 
Y fijarse más bien en aquella alumna despistada, habitualmente abstraída en sus pensamientos, que no puede dejar de discutirle al profesor aquello que no le parece razonable.
 Observe también a ese otro chico que está solo en un rincón del patio mientras los demás corretean tras la pelota. O al niño que cuenta los peces de la pecera y construye su propio mundo de objetos. 
Los que se autoproclaman sobresalientes y dicen que sacaban muy buenas notas contribuyen al error que lleva a la gran mayoría de profesores a identificar erróneamente como superdotados a alumnos que manifiestan buen rendimiento escolar.
Hay de todo en el muestrario de los superdotados ilustres o glamurosos declarados: Stephen Hawking, Steve Jobs, Bill Gates, Bobby Fischer, Gary Kaspárov, Marilyn vos Savant, Arnold Schwarzenegger, Geena Davis, Paris Hilton, Shakira, Nicole Kidman, Sharon Stone, Quentin Tarantino… 
Pero lo que no resulta extraño es que el estudiante de altas capacidades sea visto como el tonto, por despistado, de la clase.
El madrileño Ramón Campayo ha sido campeón del mundo de memoria en nueve ocasiones. 
Lea Vélez, 47 años, madre de Michael (10) y Richard (8), tiene en casa sendas muestras del cambio brusco de personalidad que experimentan muchos estudiantes con altas capacidades. 
Es la prueba de cómo niños comunicativos, dinámicos y felices en casa se transforman en estudiantes pasivos, retraídos e infelices en el colegio.
 “Los mismos que en casa no se callan ni debajo del agua y no paran de hacer preguntas y observaciones difíciles e ingeniosas enmudecen en clase porque se aburren mortalmente”. 
Guionista y escritora, Vélez sostiene que el sistema no sabe muy bien qué hacer con los superdotados pese a que, sobre el papel, se ofrece la posibilidad de ampliarles o enriquecerles el temario, añadirles dos asignaturas e, incluso, pasarles de curso. 
“Nuestros métodos educativos están basados en la reiteración, cuando, precisamente, estos niños, que tienen su fuerte en las áreas intelectual y verbal, abominan de la repetición y la rutina”, prosigue Vélez.  
“Los profes los consideran vagos, pero ¿cómo no se van a aburrir de conjugar el verbo croar si ya a los cinco años me pedían que les indicara las partes del oído, me preguntaban de qué estaba hecha la lengua por dentro y me explicaban que los cables son la venas de la electricidad?
 Fíjese, cuando tenía ocho años, Michael me planteó la siguiente cuestión: ‘Mamá, ¿por qué los astrofísicos creen que el origen del universo fue el Big Bang? Si es el inicio de todo, ¿cuál es el detonante? ¿Cómo puede una explosión ser el origen de todo sin detonante?’.
 A mí me han enseñado a fascinarme por cuestiones de física, química y astronomía. Aprendo mucho con ellos”. 
A juicio de esta escritora, la alternativa pasa por mejorar la formación del profesorado y aumentar las clases extraordinarias de enriquecimiento escolar. 
“El mismo niño que a grito pelado se aferraba a la barandilla porque no quería ir al cole, se levantaba, se vestía él solo y me esperaba impaciente junto al coche para que le llevara al curso de enriquecimiento de física y química”, dice Vélez. 
“Y al revés: uno de mis hijos ha tenido soriasis y ataques de asma ante la proximidad de una de esas pruebas tediosas que tanto les horrorizan. 
  Ver el ejercicio y empezar a rascarse por el cuerpo es todo uno”.
 Los estudios de la asociación internacional de superdotados Mensa confirman una prevalencia mayor de las enfermedades asociadas al estrés y la ansiedad entre las personas con alto cociente intelectual. 
Muchos superdotados han pasado por la escuela, la vida social y el trabajo sin problema alguno.
 Más bien, bendecidos por sus capacidades: su potencia de aprendizaje, su creatividad, facilidad para los idiomas o las matemáticas.
 Pero otros conocen bien, por experiencia propia, el acoso escolar. 
“Yo era el pitagorín que no caía bien a nadie, tampoco a los profes, dada mi tendencia a hacerles preguntas incómodas”, dice José Beltrán-Escavy, doctorado en Robótica por la Universidad de Tokio y examinador en la Oficina Europea de Patentes de La Haya.
 “Con 14 años, un grupo de alumnos me colgó del cuello con la cuerda de una persiana y les faltó poco para haberme matado. 
Me quedó una marca morada en el cuello durante tres semanas. A los 21 años, entré en la asociación Mensa.
 Probablemente, eso me salvó de convertirme en un amargado insoportable y solitario”. —¿Qué le ha aportado tener un alto CI?
“Hay quienes no manifiestan su condición de superdotados ni siquiera a sus parejas”
—Una capacidad de sintetizar muy grande que me permite retener información y encontrar conexiones entre datos separados.
 También una memoria bastante buena y facilidad para los idiomas: aprendí catalán en 15 días, japonés en 6 meses, alemán básico en 2 meses y rumano en 6 días. 
A cambio, tengo una ligera discalculia (dislexia para los números). Para cualquier cálculo matemático necesito tirar de lápiz y papel, o de calculadora.

—¿El CI ha contribuido a su felicidad?
En conjunto, supongo que sí. Si me hubieran hecho esta pregunta a los 14, mi respuesta habría sido diferente.
Sergi, Manu, Natalia y Aleix, de la asociación Mensa.
Sergi, Manu, Natalia y Aleix, de la asociación Mensa.
Muchos superdotados no han olvidado la percepción de ajenidad que les produjo el primer encuentro con sus compañeros de clase. 
“Yo los veía como unos brutos gritones y ellos, a su vez, me veían a mí diferente”, recuerda Ramón Campayo, 52 años, natural de Albacete, campeón del mundo de memoria en nueve ocasiones. 
“Me mantuve en mi mundo, en un rincón, sin amigos. Supe que tenía que tratarme a mí mismo con cariño y aprendí a aceptar que siempre habrá personas a las que les caerás mal”. 
Con más de 190 de CI, este hombre puede leer 2.500 palabras por minuto y memorizar 124 números en cuatro segundos. 
Dice que la técnica y el ejercicio memorístico pueden más que las capacidades innatas. 
Y añade que, cuando compite, el voltaje de su actividad neuronal se le dispara hasta los 42 grados de temperatura. En una ocasión tuvo que ir al médico porque su cabeza estaba a punto de estallar con “la fiebre de la inteligencia”. 

La maldición de la inteligencia es el título del libro en el que la psicóloga clínica Carmen Sanz Chacón aborda los problemas que conducen, según ella, al fracaso personal y profesional a la mayor parte de las personas superdotadas. En Demasiado inteligente para ser feliz, la psicoterapeuta francesa Jeanne Siaud-Facchin sostiene que las altas capacidades conllevan fragilidad emocional y sufrimiento asociado a la sensación de inadaptación permanente y grandes dificultades para seleccionar, gestionar y organizar la ingente información que reúnen.
 Algunos expertos han detectado de manera inequívoca en los superdotados un dolor existencial intrínseco.
 Les atribuyen un particular compromiso con la justicia, la verdad y la solidaridad/empatía hacia quienes sufren. Cabría añadir una acusada sensación de incomprensión permanente y la necesidad de salir de la soledad y de buscar al “otro” entre sus pares, preferentemente. 
De ahí que sean tan frecuentes las parejas formadas por personas con altas capacidades.
“La superdotación es una forma de ser, pensar y sentir distinta, pero por sí misma no impide alcanzar la felicidad”, indica Maite Garnica, pedagoga y autora del libro ¿Cómo reconocer a un niño superdotado? 
 “Las características cualitativas emocionales se manifiestan como diferentes a la mayor parte de la gente”, prosigue Garnica.
 “Tiende a cuestionar su valía, posee una baja tolerancia a la frustración, es altamente susceptible, soporta mal los motes y resulta víctima de un afán perfeccionista que conduce a la insatisfacción”.
 Establecido que cada superdotado posee un perfil diferente, esta pedagoga detecta en esos niños individualismo derivado de la falta de intereses compartidos con sus compañeros y de su gran capacidad de comprensión de los conceptos abstractos, además de una curiosidad temprana por las cuestiones filosófico-religiosas trascendentales. 

Disponen, igualmente, de un elaborado sentido del humor y una percepción sensorial de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto más acusada de lo normal.
 La precocidad y la memoria serían indicativos de un alto CI, aunque no marcadores definitivos.
 El mismo CI es visto cada vez más como una referencia mejorable, de contornos difusos
. ¿Qué pasa con los que obtienen 129 puntos en lugar de los 130 establecidos? ¿Acaso la distancia entre estos últimos y los que superan los 160 puntos no es mayor que la que existe entre los “raspados” y el resto que, en el 70% de los casos, se sitúa en la banda entre 87 y 114 puntos?


Prueba llamada Rompecabezas, utilizada en los test de inteligencia para medir las habilidades visoespaciales.
Prueba llamada Rompecabezas, utilizada en los test de inteligencia para medir las habilidades visoespaciales.

Atendiendo a su experiencia, Garnica subraya la necesidad de combinar la inteligencia intelectual con las técnicas de “inteligencia emocional” que permiten conocerse mejor, gestionar las emociones y desarrollar la empatía y la asertividad hacia los demás, de forma que la tendencia al fracaso que se observa en muchas personas con alto CI se transforme en éxito personal y social, en bienestar anímico. “Si el superdotado no aprende a controlar y a poner consciencia sobre sus pensamientos, son estos los que dominan su mente, sus emociones y su vida”.
Como directora del madrileño Centro Especializado en Superdotados (CES), Garnica ha visto a madres romper a llorar al saber la condición de superdotado de sus hijos. Este es su consejo a los padres:
 “No teman, su hijo podrá ser feliz.
 Hay que contarle que tiene un alto cociente intelectual y que no es raro, sino especial.
 Este es un paso primordial, cuestión de salud pública, porque ellos se sienten mejor cuando saben lo que les pasa y constatan que no es nada malo”. 
De hecho, abundan los testimonios que ratifican la compatibilidad entre las altas capacidades y un razonable bienestar emocional. “No comulgo con quienes lo asocian con la desgracia”, señala Jesús Landart, 57 años, vecino de Irún. 
“Más vale ser listo que tonto, pero no tenemos mérito ni demérito por ser como somos.
 Todo el misterio es que nacemos con mayor dotación intelectual.
 El esfuerzo, el tesón y el trabajo pueden dar mejores resultados que la inteligencia no aprovechada”. Como directora del madrileño Centro Especializado en Superdotados (CES), Garnica ha visto a madres romper a llorar al saber la condición de superdotado de sus hijos. Este es su consejo a los padres: 
“No teman, su hijo podrá ser feliz. Hay que contarle que tiene un alto cociente intelectual y que no es raro, sino especial.
 Este es un paso primordial, cuestión de salud pública, porque ellos se sienten mejor cuando saben lo que les pasa y constatan que no es nada malo”.
 De hecho, abundan los testimonios que ratifican la compatibilidad entre las altas capacidades y un razonable bienestar emocional.
 “No comulgo con quienes lo asocian con la desgracia”, señala Jesús Landart, 57 años, vecino de Irún. “Más vale ser listo que tonto, pero no tenemos mérito ni demérito por ser como somos.
 Todo el misterio es que nacemos con mayor dotación intelectual.
 El esfuerzo, el tesón y el trabajo pueden dar mejores resultados que la inteligencia no aprovechada”.
 



Prueba de medida de inteligencia.
Prueba de medida de inteligencia.



Junto a estas líneas, sala del Centro Especializado en Superdotados (CES).
Junto a estas líneas, sala del Centro Especializado en Superdotados (CES).




Prueba llamada Rompecabezas, utilizada en los test de inteligencia para medir las habilidades visoespaciales.
Prueba llamada Rompecabezas, utilizada en los test de inteligencia para medir las habilidades visoespaciales.

Atendiendo a su experiencia, Garnica subraya la necesidad de combinar la inteligencia intelectual con las técnicas de “inteligencia emocional” que permiten conocerse mejor, gestionar las emociones y desarrollar la empatía y la asertividad hacia los demás, de forma que la tendencia al fracaso que se observa en muchas personas con alto CI se transforme en éxito personal y social, en bienestar anímico. “Si el superdotado no aprende a controlar y a poner consciencia sobre sus pensamientos, son estos los que dominan su mente, sus emociones y su vida”. Como directora del madrileño Centro Especializado en Superdotados (CES), Garnica ha visto a madres romper a llorar al saber la condición de superdotado de sus hijos. Este es su consejo a los padres: “No teman, su hijo podrá ser feliz. Hay que contarle que tiene un alto cociente intelectual y que no es raro, sino especial. Este es un paso primordial, cuestión de salud pública, porque ellos se sienten mejor cuando saben lo que les pasa y constatan que no es nada malo”.
De hecho, abundan los testimonios que ratifican la compatibilidad entre las altas capacidades y un razonable bienestar emocional. “No comulgo con quienes lo asocian con la desgracia”, señala Jesús Landart, 57 años, vecino de Irún. “Más vale ser listo que tonto, pero no tenemos mérito ni demérito por ser como somos. Todo el misterio es que nacemos con mayor dotación intelectual. El esfuerzo, el tesón y el trabajo pueden dar mejores resultados que la inteligencia no aprovechada”. Landart piensa que el rasgo común es la curiosidad por el conocimiento resultante de la mayor facilidad para entender conceptos abstractos. “Es lo que en euskera llamamos jakinmina (dolor, ansia de saber)”, concluye.

Superdotados, el puzle de las altas capacidades


La barcelonesa Montserrat con su hijo Jaume (a la izquierda), y Carmen Po, que trabaja de teleoperadora en Zaragoza.
La barcelonesa Montserrat con su hijo Jaume (a la izquierda), y Carmen Po, que trabaja de teleoperadora en Zaragoza.

Matemático, ingeniero electrónico y filósofo, Jesús Landart forma parte de Mensa, el club de superdotados que en España cuenta con 2.300 socios y 160.000 en todo el mundo.
 Agrupa a personas que superan la barrera de los 130 puntos de CI en los test psicológicos, un espectro en torno al 2% de la población. 
“Somos una asociación de gran biodiversidad que se propone fomentar la inteligencia y crear un ambiente estimulante en la educación”, dice Elena Sanz, 54 años, química, natural de Errenteria (Gipuzkoa).
“La inteligencia es una herramienta para la vida y el desarrollo de la razón.
 Pero ya sabemos que la razón no da la felicidad, de la misma manera que ser alto no te convierte en el mejor jugador de baloncesto ni en mejor persona”. Sanz no padeció el acoso de niña.
 “Me juntaba con las chicas malas de la clase. Con la diferencia de que yo aprobaba sin estudiar y ellas no”. Presidenta de Mensa entre los años 2013 y 2016, Sanz niega que este club responda al propósito de formar una comunidad dentro de la comunidad, aunque acepta la imagen de refugio que permite compartir inquietudes en un ambiente festivo, aderezado de refinada ironía humorística. 

“Hay socios que fuera de aquí no manifiestan su condición de superdotados, ni siquiera se lo cuentan a sus parejas. Los expertos en recursos humanos nos aconsejan no incluir el CI en los currículos. 
 Hay que preguntarse por qué gente que acepta con naturalidad las diferencias en la estatura, el pelo o el color de los ojos, y aplaude a los deportistas de élite, soporta mal que otros tengan mayor capacidad intelectual”. 
Carmen Po Marquina, de 44 años, trabaja de teleoperadora en un call center de Zaragoza y, como tantos otros superdotados, particularmente las mujeres, está habituada desde pequeña a disimular.
 “He tenido que callarme muchas veces. Supongo que tampoco es fácil mandar sobre personas de nuestras características porque nos gusta que nos expliquen las cosas para luego analizarlas.
 Esto es algo que yo no puedo evitar, pese a que con frecuencia mi opinión se toma como un ataque”. Po Marquina dice que en el cole se aburría. 
No entendía por qué los profesores explicaban una y otra vez lo mismo. 
 Perdió los hábitos mínimos de estudio y renunció a ir a la universidad. “No he tenido una vida de éxito profesional, nunca me sentí más inteligente que los demás.
 Ser lista no te soluciona la vida”.

El cambio horario agrava los síntomas del Síndrome del Ocaso

Alteraciones biológicas y psicológicas que se registran a la caída del sol se intensifican al modificar la hora de las rutinas.

   

Una familia juega al atardecer en una playa.
Una familia juega al atardecer en una playa. EFE
Al caer el sol, el cuerpo y la mente reaccionan.
 Agitación, confusión, ansiedad, irritabilidad son algunos de los síntomas que, en la mayoría de los casos, pasan inadvertidos por su baja intensidad y porque van asociados a rutinas horarias que normalizan las sensaciones. 
 Pero en las personas más vulnerables, como los mayores y, en especial, aquellos con trastornos como el alzhéimer o demencia, estas manifestaciones pueden agravarse.
 Es el Síndrome del Ocaso o Sundowning.
 El cambio horario, como el de esta noche del sábado al domingo, cuando a las dos de la madrugada se adelantan los relojes una hora, afecta al modificar de forma brusca la relación entre los horarios habituales y el que marca la naturaleza.

Estas reacciones y comportamientos que se intensifican al atardecer han sido estudiados en una investigación preliminar, publicada por The American Journal of Psychiatry, que relaciona estas alteraciones con los ritmos circadianos, que marcan los ciclos del sueño, y la melatonina, la hormona que los regula.
El síndrome, cuestionado por algunos científicos, que atribuyen los cambios en el comportamiento a otros factores ambientales, como el deseo de volver a casa tras el trabajo o los horarios laborales vespertinos y nocturnos, es conocido entre los cuidadores de personas con trastornos, que le han dado nombre.
 El informe Sundowning and circadian rhythms in alzheimer’s disease define la alteración como “la aparición o exacerbación de perturbaciones del comportamiento asociadas con el mediodía y las horas del atardecer”.

El ritmo circadiano se refleja en todas las personas en la temperatura del cuerpo, la tensión, la secreción de hormonas, la producción de glóbulos rojos y en reacciones psicológicas.
 En personas con alzhéimer, el reflejo de las alteraciones de este ciclo biológico se manifiesta de forma más pronunciada.
La investigación se ha realizado sobre 25 pacientes de entre 60 y 88 años de edad y 11 con diagnóstico de alzhéimer. 
Ninguno contaba con un historial previo de desorden psiquiátrico o neurológico distinto al del trastorno elegido y no tomaron antipiréticos o sedantes 24 horas antes del estudio.
 Los sujetos de comparación fueron nueve voluntarios de entre 67 y 83 años sin patologías. 
Todos fueron expuestos a periodos de luz y oscuridad regulares, entre las seis de la mañana y las diez de la noche.
David Curto, jefe de la Dirección Asistencial de Sanitas Mayores, ratifica con su experiencia la existencia de estas alteraciones, que afectan a todos, pero en mayor medida a los mayores, como cualquier cambio de rutina.
 “En las personas sin patologías, la adaptación a un cambio horario es más rápida y, además, la comprensión la facilita.
 Se adquieren estrategias para afrontar el cambio de hora. 
 En los pacientes con demencia o alzhéimer, sin embargo, los síntomas se agudizan”.

Para abordar esta alteración, que se intensifica con los cambios horarios, Curto afirma que en su departamento se modifican los horarios poco a poco para acomodar la secuencia de atardecer, cena, higiene y sueño.
 “No cambiamos la cena en una hora, sino que la vamos retrasando unos minutos cada día.
 Además, adoptamos medidas ambientales para regular la intensidad de la luz”, comenta.
Por otra parte, establecen medidas para controlar que el sueño diurno no afecte al nocturno, facilitando a las personas a las que asisten actividades estimulantes o lúdicas para que lleguen al final del día, que se prolonga, con ganas de dormir y sin necesidad de fármacos.

Del mismo modo, "el reloj biológico de los niños puede tardar en ajustarse varios días, e incluso una semana, provocando alteraciones en la vigilia del sueño, desorden del apetito, irritabilidad, problemas de atención o pequeñas alteraciones del ritmo cardiovascular", según ha explicado a Europa Press el portavoz de la Asociación Española de Pediatría (AEP), Gonzalo Pin.
Pin recomienda, al igual que Curto, la adaptación paulatina y progresiva de las rutinas, en intervalos de 10 a 15 minutos para que la transición sea más suave.
Igual que con los mayores, se puede recurrir a propiciar la entrada de luz o a apagarla, según las horas,  y evitar la exposición a las pantallas una hora antes de acostarse.




Cambio de hora 2018: este marzo los relojes se adelantan

La llegada de la primavera al hemisferio norte trae más luz y un nuevo horario.

Cambio de hora Cambio de hora: esta noche se adelantan los relojes una hora.

La noche del sábado al domingo 25 de marzo se produce el primer cambio de hora de 2018 y los relojes se adelantan una hora.
 Es decir, a las 2 de la madrugada serán las 3. 
 Esta modificación es parte de una directiva europea que afecta a todos los países de la Unión, y pretende aprovechar mejor las horas de luz y solar y consumir menos electricidad.
 Sin embargo, también tiene otras implicaciones que afectan a los biorritmos de las personas, especialmente a los más mayores y a los niños, por lo que los expertos recomiendan no cambiar radicalmente las costumbres diarias.
Dos veces al año —habitualmente el último domingo de marzo y el último de octubre—, los europeos ajustan los relojes para cumplir la directiva comunitaria 2000/84/CE. 
Para determinar el momento de los cambios horarios, se tuvo en cuenta el hecho de que en España existen dos horas oficiales, una para la Península y el archipiélago balear y otra para Canarias, que va una hora por detrás desde 1922.
 Este cambio de hora se aplicó por primera vez durante la I Guerra Mundial para mantener abiertas las fábricas una hora más.
 De hecho, uno de los argumentos que defienden este adelanto horario es el beneficio para el comercio.
El cambio de hora se empezó a aplicar con regularidad durante la crisis del petróleo, y desde 1981, toda Europa sincroniza las manijas de sus relojes a la vez.
 Lo hacemos para mantener la antigua costumbre de adaptar la actividad humana a la duración del día, que es variable a lo largo del año en nuestras latitudes.

La primavera

El horario de verano es la consecuencia del fin del invierno y la bienvenida de una nueva estación, la primavera.
 Este momento tuvo lugar el martes 20 de marzo a partir de las 17.15 (península y Baleares).
 La primavera durará 92 días y 18 horas, hasta el 21 de junio, fecha de inicio del verano.