Ana Belén recogió el año pasado el Goya de
Honor por toda su carrera, y la cantante y actriz demostró que la
experiencia también es un grado en cuestiones estilísticas. La actriz y
cantante deslumbró con un diseño de Delpozo, diseñador del que durante
décadas fue musa.
En los Goya de 2017 Penélope Cruz deslumbró en
la alfombra roja con su elección de un ceñido vestido negro con apertura
de infarto de Versace. La misma firma por la que apostó en otro de los
estilismos más recordados de la entrega de los premios del cine español,
el traje blanco de palabra de honor redondo de la marca italiana que
lució la actriz en 2010. La intérprete madrileña siempre ha logrado
colocarse en los primeros puestos de las mejor vestidas de la noche del
cine español.
Aunque la alfombra roja masculina es algo más
aburrida (por repetitiva), puesto que imperan los smoking negros,
algunos de los actores que se salen del guion logran colocarse entre los
mejor vestidos. Eso es lo que hizo el intérprete Asier Etxeandia el año
pasado vestido de Ana Locking, con un traje negro con una americana con
una original botonadura que combinó con una pajarita blanca. Su
compañero en la serie ‘Velvet’ Javier Rey, a la derecha de la imagen,
también destacó por su esmoquin cruzado azul tinta.
Úrsula Corberó se ganó a las estilistas y
editoras de moda con su vestido de terciopelo granate con apertura en la
pierna de Teresa Helbig para los Goya de 2016, una elección que quizá
hizo por las buenas críticas que se había llevado el año anterior al
lucir un vestido de la misma diseñadora.
La intérprete Blanca Suárez, vestida por la firma Zuhair Murad en 2015.
Un romántico traje de Delpozo, con flores
bordadas y escote corazón, hizo que la actriz, y hoy también directora,
Leticia Dolera fuera considerada como una de las más elegantes de los
Goya de 2014. El año pasado se ganó de nuevo a los especialistas en moda
con un vestido de mangas acampanadas y un elaborado escote de Alicia
Rueda (a la derecha de la imagen).
Maribel Verdú se convirtió en una de las
vencedoras de la ceremonia de los Goya de 2013 al hacerse con el
galardón a mejor actriz por su papel en la película ‘Blancanieves’. Su
apuesta por Dior también fue de las más aplaudidas de la noche.
La modelo Nieves Álvarez ha deslumbrado en más
de una ocasión con sus estilismos. Lo hizo el año pasado con un traje de
alta costura de Stephane Rolland, firma que volvió a escoger en 2015 y
en 2013 (en la imagen, de izquierda a derecha).
Manuela Velasco, vestida de Gucci, en el
‘photocall’ de los Goya de 2013. A la derecha, la elegancia de Ángela
Molina, y de su Lorenzo Caprile, en la misma edición de la noche del
cine español.
Cayetana Guillén Cuervo acudió con un favorecedor vestido de Oscar de la Renta en 2012.
La actriz Marisa Paredes, Goya de Honor esta
edicicón, apostó por este elegante vestido de Sybilla para los Goya de
2001. En la imagen, junto a la entonces ministra de Cultura Pilar del
Castillo.
Rahi RezvaniEs la gran ‘mamma’ de la moda. Y Fea como ella sola.
Su biografía es una mezcla de lujo,
genio, aviones privados, ‘celebrities’ y adicciones.
El asesinato de su
hermano Gianni Versace la convirtió en sucesora de su imperio.
Veinte
años después, la firma que revolucionó el estilo de los noventa lucha
por mantener su legado.
Y, al mismo tiempo, ser rentable.
Una historia
salpicada de crisis económicas y personales que esta superviviente nos
relata en primera persona.
LAS MODELOS MÁS jóvenes gritan como fans histéricas y los directores de las biblias de la moda lloran como niños.
Suena Freedom, de George Michael, y los flashes ametrallan la pasarela.
Sobre ella desfilan Cindy Crawford, Carla Bruni,
Naomi Campbell, Helena Christensen y Claudia Schiffer.
Es la primera
vez que pisan juntas la pasarela en décadas.
Es un espectáculo más allá
de la moda.
En medio de la apoteosis, Donatella Versace sale a saludar entre tímida y orgullosa.
Es septiembre de 2017. La diseñadora acaba de dar por concluido su desfile de prêt-à-porter femenino.
Ha querido homenajear a su hermano, el gran Gianni Versace,
en el 20º aniversario de su asesinato.
Y lo ha hecho al estilo de la
casa Versace: por todo lo alto.
Ha convocado a las míticas top models
que el italiano fabricó y encumbró, y presentado una colección que
reinterpreta algunas de las prendas con las que el creador italiano
definió la moda de los noventa.
Un acontecimiento emocionante e
irrepetible.
El fenómeno viral de la temporada.
También una declaración
de intenciones:Versace sigue siendo grande.
Muy grande.
Conserva su relevancia en la
industria del lujo, en contra de los que auguraban su final y gracias a
la habilidad de Donatella para conectar con las nuevas generaciones y
reinventarse una y otra vez.
Un mes y medio después del golpe de efecto de Versace, Donatella, su creadora y alma, recibe a El País Semanal
en el cuartel general de Milán, en su hermético despacho de Via Gesù.
El espacio está custodiado por un guardaespaldas y su interiorismo
resulta inesperadamente sencillo para los estándares estéticos de la
compañía.
De las paredes cuelgan retratos de sus hijos.
También de la
diseñadora en su juventud, cuando exhibía una belleza que, a sus 63
años, intenta retener con uñas y bótox.
Sobre una estantería, en
floridos marcos de plata, asoman imágenes de Gianni y de Ingrid Sischy,
célebre periodista y amiga de la familia, íntima de Madonna y Galliano,
fallecida en 2015.
Entra en la habitación con la fuerza que se espera de
la matriarca de uno de los clanes más legendarios de la historia de la
moda; única cabeza visible de aquella familia del sur de Italia que
desde cero conquistó el mundo.
Cada uno con su papel: Gianni, como Rey
Sol; Santo, su hermano mayor, de cerebro en la sombra, y la piccola Donatella, como fiel escudera de ambos.
Hoy es la reina. Se ha cortado su icónica melena.
Ya no compite con Armani
por el bronceado más intenso.
Y luce un vestido negro de manga larga y
cuello a la caja.
Su voz suena nasal y horadada. Sentencia: “Hubo un
tiempo en que ser sexy era sinónimo de revelar, de enseñar mucha piel.
Pero hoy tiene más que ver con una actitud”.
Aquel tiempo pasado al que se refiere Donatella fue el de la época
legendaria de Versace, tapizada de leopardo y con los escotes más
vertiginosos de la historia. Gracias a aquellas colecciones, el poder
sexual de las mujeres se convirtió en el centro de la cultura y la
industria del lujo. “Esa moda hacía que te sintieras feliz y segura”,
dice. Unos sentimientos que ha rescatado en esta última colección, que
gira en torno a los estampados barrocos y aquellos vestidos de
lentejuelas con los que Gianni revolucionó la moda en 1992. “Nunca antes
lo había hecho. Jamás tuve el coraje de volver a los archivos de mi
hermano para revisar su obra. Me daba miedo revivir su muerte”.
Donatella
Versace sigue dividiendo el mundo en “antes y después” de la muerte de
su hermano Gianni. Sobrevivir al diseñador es lo que le ha convertido en
una superviviente.Sébastien Micke (Scoop / Contacto)
Ocurrió el 15 de julio de 1997, cuando Andrew Cunanan,
prostituto y autor de otros cuatro crímenes, le descerrajó dos tiros en
las escalinatas de su mansión de Miami.
El móvil nunca se esclareció.
Y
20 años después, la creadora sentada en su despacho de Gesù sigue
dividiendo el mundo en “antes” y “después de la muerte de Gianni”.
Y 20 años después, la creadora sentada en su despacho de Gesù sigue
dividiendo el mundo en “antes” y “después de la muerte de Gianni”.
Sobrevivir al diseñador la ha convertido en una superviviente.
En lo
personal y en lo empresarial.
La firma celebra cuatro décadas sobre la
pasarela, y la última mitad de su historia —la liderada por Donatella—
demuestra que en Versace resistir es vencer.
A punto de quebrar en 2004,
la marca vivió un nuevo resurgir a partir de 2014 y hoy factura 668
millones al año.
Versace vuelve a ser viral. A agitar las redes sociales. A nutrir portadas. La serie American Crime Story,
una de las grandes apuestas televisivas de la temporada, recupera la
tragedia de los Versace. Édgar Ramírez da vida al diseñador. Y Penélope Cruz,
a Donatella. Después de que la italiana publicase un comunicado en el
que calificaba a la producción estadounidense de “ciencia-ficción”, se
especuló con un potencial enfrentamiento entre Penélope y Donatella. “Para nada. Penélope es muy amiga mía, una persona cálida y auténtica. Que me interprete es un honor”, dice sonriente. Revela que recibió una
llamada de Cruz antes de comenzar a rodar: “Me dijo que no me
preocupase, que sería muy respetuosa. Yo confío en ella. Lo que no
significa que lo haga en el resto del equipo. Eso es otra historia”.
Su vida solo puede contarla ella. Para eso estamos aquí. Y Donatella
reconoce que empieza a los 42 años, delante del cuerpo sin vida de su
hermano, y la necesidad de tomar una decisión: ¿seguir con la firma o
tirar la toalla? En su testamento, y para sorpresa de todos, Gianni
Versace había nombrado heredera a Allegra, su sobrina favorita.
Al ser
menor de edad, toda la responsabilidad recayó en Donatella —la madre de
la joven heredera, para quien Gianni había reservado el puesto de
vicepresidenta—, delegando en su otro hermano, Santo, el trabajo de
director general.
“No puedo decirte si quería continuar; estaba en shock; pero lo
que sí sabía es que estaba obligada a hacerlo.
No podía fallar a toda
la gente que estaba a mi alrededor buscando respuestas”.
Empezaban unos terribles años que ella define como “llenos de
reproches”.
Los suyos propios y los de una industria que le recordaba a
diario que nunca llegaría al nivel de su hermano: el genio.
Aquel niño
que se divertía escogiendo hilos y abalorios con su madre y que, tras
estudiar arquitectura, captó el interés de la industria textil italiana
diseñando vestuario para obras teatrales.
La firma Callaghan fue la
primera en ficharlo.
Animado por la buena acogida, decidió crear su
marca en 1978. Desde el primer día, Donatella estuvo a su lado.
Lo que
pocos saben es que fue ella quien llevó el timón del atelier durante los
dos últimos años de vida de Gianni.
“Estuvo muy enfermo antes de morir.
Tenía cáncer de oído. Mientras duró el tratamiento yo estuve dirigiendo
la empresa.
Le consultaba todo, claro.
Pero fue como un entrenamiento.
Seis meses después de que el doctor le confirmase que estaba curado, le
mataron. Fue horrible”.
Donatella asegura hoy que funcionaban como una sola persona.
“Él reinaba
en primera línea, se llevaba las críticas.
Y yo, detrás, segura
. Pasar
de esa posición a ser la cabeza visible fue demasiado. Sentía que no era
mi sitio.
Me preguntaba constantemente: ‘¿Cómo podría hacerlo mejor?’.
‘¿Qué haría Gianni si estuviese aquí?”.
Pero las expectativas y
obligaciones con las que se encontró fueron muy distintas a las que el
modista tuvo que afrontar: la industria estaba cambiando.
“Mi hermano se
centraba en sus colecciones, pero a mí me tocó transformar el modelo de
negocio y estaba distraída por todo lo que implicaba.
Me resultó muy
difícil hacer que la gente escuchase y respetase mi voz.
Ni siquiera mi
familia lo hacía”. Junto a Miuccia Prada, era una de las pocas mujeres
al frente de una gran casa de moda.
“Era un mundo de hombres. Pero ha
cambiado. También yo. Ahora confío más en mí”.
Confiesa que tardó ocho
años en sentirse cómoda en el papel de diseñadora.
En ese tiempo, sus
problemas con las drogas ocuparon portadas y alimentaron la imagen de
mujer inestable, caprichosa y excesiva.
La leyenda cuenta que exigía que todas sus cajetillas de tabaco se
envolviesen en papel rosa y dorado con sus iniciales impresas.
Las ventas comenzaron a caer, lastradas por las irregulares
colecciones de Donatella y la llegada de una nueva tendencia global, el
minimalismo, en las antípodas del estilo de Versace. La fiesta había
terminado. En 2004, siete años después de la muerte de Gianni y con una
deuda de 118 millones de euros, la firma se encontraba al borde del
abismo. Su hermano Santo vendió las mansiones de Nueva York y Miami.
También su colección de arte, que incluía 20 picassos. Se cerraron boutiques
por todo el mundo, entre ellas las de Madrid y Barcelona. Pero los
números seguían sin cuadrar. Hasta que Donatella hizo lo que mejor sabe
hacer: renacer de sus cenizas.
Con su hermano Gianni, en una imagen de archivo.Ron Galella (Getty)Para empezar, salió de un programa de rehabilitación, reconoció su
adicción a la cocaína y fichó como ejecutivo a uno de los impulsores del
éxito de la firma rival Fendi: Giancarlo di Risio. El diagnóstico que
ese nuevo consejero delegado le hizo al llegar fue demoledor. “Esto va a
morir”. Mientras da vueltas en su mano izquierda a un anillo enorme,
Donatella asegura: “He cometido muchísimos errores. Digamos que he
tenido una vida interesante y todo lo que he hecho ha sido bastante
imperfecto. Pero ¿quién quiere ser perfecto? Resulta tan aburrido”. En 2009, Gian Giacomo Ferraris, antiguo responsable de la división de prêt-à-porter
del grupo Gucci, sustituyó a Di Risio e impuso una política de
austeridad en Versace, la casa del exceso. Con él llegó a su fin la
costumbre de fletar el jet de la compañía para que sus adictas compradoras acudiesen a probarse un vestido desde cualquier parte del mundo. La atención al cliente en Versace es legendaria. No en vano, y como Donatella recuerda, Gianni fue el primero en vestir a celebrities. “Él lo inventó. Nadie quería dejarles ropa. Y ahora hay una guerra por ver quién consigue colocar más looks
en la alfombra roja”. La diseñadora sigue disfrutando de la relación
personal con sus clientas vips. “Si no sabes cómo es la mujer, el
vestido no le va a sentar bien”. No se trata de un eslogan vacío. El año
pasado, viajó hasta Houston solo para animar a Lady Gaga, que actuaba
en la final de la Super Bowl vestida de Versace. “Volé hasta allí porque
sabía que era muy importante para ella y que necesitaba mi apoyo”.
Resulta fácil inferir que lo hizo en jet privado.
Carla
Bruni, Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Cindy Crawford y Helena
Christensen cierran el desfile del pasado septiembre, en el que
Donatella Versace presentó una colección inspirada en la de
primavera-verano de 1992.Miguel Medina (AFP)
Bajo la estricta batuta del nuevo CEO, la firma duplicó su tamaño y dejó de ser una empresa familiar. En 2014, admitía la entrada del grupo inmobiliario Blackstone, uno
de los inversores más poderosos del mundo, que adquirió un 20% de la
compañía por 1.000 millones de euros. En 2015, la firma reportó unas
ganancias de 17,2 millones de euros. Pero de nuevo llegaron los números
rojos. En 2016, Versace declaró 7,4 millones de pérdidas. Su salida a
Bolsa, prevista para ese año, se pospuso para “dar un nuevo impulso a su
crecimiento”.
Para entonces Donatella había sustituido a Gian Giacomo Ferraris por
Jonathan Akeroyd, llegado a Versace desde Alexander McQueen. “Contratarlo ha sido la mejor decisión que he tomado. Nunca me dice que
no. Es británico y tiene una visión más internacional del mundo”. Según
Akeroyd, la caída de beneficios responde a la fuerte inversión en la apertura de tiendas, y señala que las ventas han crecido un 3,7%. “Trabajar con un ejecutivo que no entiende de moda es muy complicado”,
apunta Donatella. “Cuando lo único que sabe es de números, resulta
peligroso. Con todos mis respetos, si solo escuchas a la gente de marketing
pierdes tu personalidad y acabas siendo como todos los demás”. Para
Donatella este es, sin duda, uno de los grandes males que aqueja a la
industria del lujo actual. “Ha llegado el momento de volver a ser
arriesgados, divertidos, espontáneos. Hay diez veces más marcas que
cuando Gianni vivía. Algunas son muy interesantes. Pero la mayoría
resultan iguales. La monotonía acabará matando la moda”. Donatella Versace, con algunos de sus diseños.Sébastien Micke (Scoop / Contacto)El sector afronta una crisis estructural. Las firmas ya no crecen a
un ritmo del 10% anual gracias a las ventas de los países emergentes. Los expertos pronostican que las vacas gordas no volverán. Pese a ello,
las compañías se encuentran inmersas en drásticas reestructuraciones y
cambios estratégicos para mantener los antiguos márgenes de beneficio. El mercado chino, determinante en estos planes de negocio, sigue
estancado, pero Donatella confía en ampliar la red de 75 tiendas que ya
posee en este país. Allí Gianni fue, una vez más, pionero. “Llegamos en
1986 cuando no había nadie. Y allí seguiremos”. La mayor parte de los gigantes de la industria —desde Dior hasta Valentino— han puesto sus esperanzas en los millennials,
la generación nacida después de 1980 y que en 2025 acaparará al 45% de
los consumidores de productos de lujo, según un estudio de la
consultoría Bain & Co. “Son ellos los que deciden qué va a comprar
el mercado”, asegura Donatella. Pero captar su atención y descubrir qué
quieren no resulta sencillo, a juzgar por la cantidad de propuestas
fallidas que acumulan las semanas de la moda. “Sigo a muchos millennials
en Instagram y veo cómo visten. Su estética cambia radicalmente de un
día a otro. No son como nosotros, que teníamos un estilo definido. Pero
la clave es que en todos sus looks buscan algo que los diferencie, que les permita expresar su personalidad, algo único”. Donatella sabe de lo que habla. Sus dos hijos, fruto de un matrimonio de 17 años con el modelo estadounidense Paul Beck, son millennials.
Allegra, de 31 años, está en el consejo de administración de la firma y
trabaja en Versus, la línea más asequible de Versace. “Daniel, de 28,
es un rockstar que cuando llega Navidad me suplica que decore
la casa como cuando era pequeño… Ellos cogen una pieza de una colección y
la mezclan con sus propios jeans o con algo que no tenga nada que ver. Esa es la tendencia. Tienes que darles algo auténtico y que cuente una
historia. Y con mi última colección yo les he contado una: la historia
de los noventa y de cómo empezó todo esto. Por eso fue un éxito”.
—Pero la mayor parte de los millennials no tienen dinero… —Eso no es verdad. No hablamos de niños de 15 años, sino de personas
de 30. Tienen capacidad para adquirir una camiseta, unos buenos
vaqueros, una camisa.
Con Gianni.Vittoriano Rastelli (Corbis)
Genio y figura. Su antiguo CEO, Ferraris, asegura que la mayor
habilidad de Donatella es la de “proyectarse en el futuro, interactuar
con las nuevas generaciones y anticiparse a las tendencias”. Siempre ha
considerado imprescindible rodearse de jóvenes creadores y ha demostrado
tener un olfato infalible para detectar el talento. Por Versus han pasado, cuando todavía eran figuras emergentes, Anthony
Vaccarello, actual director creativo de Saint Laurent; Virgil Abloh,
adalid del street style de lujo, y J. W. Anderson, responsable
de Loewe. “Cuando vi la primera colección de Anderson no la entendí,
pero tenía mucha fuerza. Le pedí que interpretase Versace desde su
propia perspectiva, no la mía, y me entregó ideas realmente
fantásticas”. Acaba de recibir el premio Icono de Moda del British Fashion Council y en mayo inaugura en el museo MET de Nueva York HeavenlyBodies,
una exposición que patrocina y que gira en torno a la influencia del
catolicismo en la moda. “El Vaticano ha prestado por primera vez 15
piezas. Estoy muy contenta porque, como italiana, el Vaticano son mis
raíces”. Realmente parece emocionada. “No sé por qué se tiene una imagen
tan fría de mí. Los valores familiares son lo más importante en mi
vida, y cuando la gente me conoce se sorprende y me dice que soy muy
cercana y cariñosa”.
HE AQUÍ UN fotograma de una película de terror. Tal es lo que
pensaríamos de no saber que la imagen pertenece a la realidad. Observen
la expresión de susto de la niña, atrapada entre una madrastra de cuento
infantil y un general de bigotito fascista que le susurra lo que debe
decir a los informadores. La niña creció, se convirtió en uno de ellos y
ha fallecido a los 91 años con una fortuna inicua
de la que viven varias generaciones de botarates. A los tres, en fin,
se los ha llevado el tiempo y la historia por el mismo desagüe por el
que desaparecieron las toneladas de retratos de Franco que durante 40
años colgaron de las paredes de los despachos de todos los Ministerios,
de todas las escuelas o universidades, de todos los ambulatorios de la
Seguridad Social, de todos los centros públicos, en fin, o semipúblicos,
además de en numerosos domicilios particulares. Toneladas, decíamos,
de retratos que las imprentas reproducían sin cesar. De amontonarlos,
llegarían hasta la Luna, quizá hasta Marte, no es posible saberlo, nadie
ha realizado todavía el cálculo. Si hubiéramos confeccionado con su masa una pelota enorme a la que una
hormiga diera vueltas sin salirse del surco, apenas habría profundizado
medio milímetro y la eternidad apenas habría comenzado. Muchos de esos
retratos permanecerán en sótanos húmedos, devorados por los parásitos
del papel y del cartón, que no hacen ascos a nada, pero la mayoría se ha
esfumado de un modo que no deja de sorprender si pensamos que no hay en
el mundo vertederos moralmente preparados para la eliminación de esta
clase de detritus.
Para que la vida merezca la pena de llamarse vida, hay que vivirla con
otros. Por eso preocupa la soledad de un número cada vez mayor de
ancianos.
EN 1980 pasé seis meses viviendo en Inglaterra y vi una campaña de
anuncios institucionales que estaban poniendo en televisión. Trataba de
la soledad de los ancianos; si adviertes que en la puerta de ese vecino
mayor se acumulan los periódicos o las botellas de leche, preocúpate por
él, decía uno de los mensajes. Y en una segunda fase: no esperes a que
se acumule su correo, no pierdas un tiempo que quizá sea fatal, tómate
el pequeño esfuerzo de acordarte de tu vecino anciano. Asegúrate de que
lo ves habitualmente. La verdad, la campaña me dejó admirada. Guau, me
dije, qué civilizados, qué genuinamente interesados por los
desprotegidos. Para calibrar mi reacción hay que tener en cuenta que ese
tipo de intervenciones públicas no eran muy habituales en la España de
entonces. Claro que también pensé: y qué soledad hay en Gran Bretaña…
Qué sociedad tan desarticulada, tan atomizada, para que los viejos que
se mueren solos sean un problema nacional. Han pasado 38 años y ya hemos llegado, también en España, a esa chirriante soledad. A los ancianos encerrados en sus casas. La espectacular longevidad de
los españoles (somos los segundos que más vivimos en el mundo, una media
de 83 años, sólo unos meses por debajo de los japoneses) contribuye a
ese panorama de aislamiento. Hay muchos nonagenarios a los que les es
muy difícil moverse y que han sobrevivido a todos sus amigos. A su
familia. A su época. Con todo, los ingleses nos siguen llevando la
delantera en el problema y en la preocupación que les genera. Acaban de
crear una Secretaría de Estado para la Soledad
que probablemente sea la primera del mundo. Los estudios muestran que
nueve millones de británicos viven solos: un 14% de la población. Pero
el dato verdaderamente terrible es que 200.000 ancianos y ancianas
de ese país llevan más de un mes sin tener una sola conversación con un
amigo o un familiar. Es decir, sin hablar con nadie, aparte de, quizá,
la cajera del supermercado (que están siendo sustituidas por máquinas) o
la enfermera del centro de salud. No es de extrañar que algunos mayores
vayan tanto al médico: necesitan no ya que los cuiden o los sanen,
sino, simplemente, que alguien los vea.
En España hay un 10% de personas que viven solas. Yo misma formo
parte de esa estadística. Y lo cierto es que no es tan malo; es decir,
no es nada malo si uno dispone de un tejido afectivo lo suficientemente
fuerte que lo sostenga. De hecho, creo que la soledad es una asignatura
necesaria para el desarrollo personal; uno debe aprender a vivir solo, a
estar a gusto consigo mismo, a poner el centro de gravedad en su
interior. Sólo así se puede madurar y alcanzar cierta serenidad. Y sólo
así es posible establecer relaciones sentimentales equilibradas y sanas. Si no soportas estar solo, te enrollarás con el primer cretino o
cretina que aparezca. Y a lo peor aguantarás una convivencia
inaguantable con tal de no perder la compañía, aunque ésta sea tóxica.
Pero por otro lado, claro, somos animales sociales. Para que la vida
merezca la pena de llamarse vida, hay que vivirla con los otros. Diversos estudios científicos han demostrado la importancia no sólo de
la conversación y la relación intelectual con los demás, sino del
contacto físico. Necesitamos abrazar y ser abrazados. Está probado que
un abrazo disminuye el nivel de cortisol (la hormona del estrés) y la
percepción del dolor. No está claro cuántos abrazos precisamos al día:
algunos dicen que cuatro, otros que ocho. Ninguna de estas cifras tiene
base científica, pero lo que sí sabemos es que necesitamos el roce
animal. Ahora piensa en esos 200.000 ancianos británicos. Ni palabras ni besos. Qué desolado infierno. No sé cuántos mayores habrá en España en las mismas condiciones.
Seguro que demasiados. Porque ese es el problema: puedes haber
cultivado familia y amigos, pero ¿y si vives más que todos ellos? ¿Y si
la edad te aísla? Me temo que la Secretaría de Estado británica marca el
futuro hacia el que el mundo se dirige. Esa soledad es una epidemia,
dicen. Y es verdad. Es un dolor social que sólo podemos paliar si todos
colaboramos. Intentemos mirar con algo más de mimo a los ancianos que
nos caen más cerca.