Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

13 nov 2017

El ‘caso Polanski’: cuando el mundo del cine apoyó en tromba a un depredador sexual


Un repaso al caso Polanski y a la campaña de Trump demuestran hasta qué punto se ha girado la masa crítica en torno a esta cuestión. 

Polanski
El director de cine Roman Polanski. Foto: Getty

¿Por qué en 2017 sí y en 2016 no?, se preguntan muchos

Hace poco más de un año, el famoso vídeo del entonces candidato Donald Trump instruyendo a un presentador y amigo a “agarrar a las mujeres por el coño” y asegurando que “cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa” no impidió que se convirtiese en presidente, como tampoco lo hicieron las 15 acusaciones de acoso sexual que pesan sobre él, incluida la denuncia por violación que interpuso su ex mujer Ivana en 1989 dentro del proceso de divorcio y que luego retiró.

 

Que en las últimas semanas se haya desencadenado un furor global contra la violencia sexual y el abuso de poder que obviamente ya existían desde el origen de los tiempos y que ese furor por fin consiga los suficientes aliados y alcance la necesaria masa crítica puede deberse a la teoría del tipping point acuñada por Malcolm Gladwell que se refiere al momento en que una idea llega a su punto de ebullición y se convierte en masiva, a la constante y paciente pedagogía feminista que ha llegado al mainstream en los últimos años o simplemente a la abrumadora elocuencia de los números. 
Los #MeToo en los muros de Facebook y los perfiles de Twitter pusieron en vergonzante evidencia que, casi literalemente, todas las mujeres han sufrido alguna forma de acoso sexual en sus vidas.
 Los próximos meses serán cruciales para ver cómo se desarrolla el tema en la opinión pública.
 A medida que veamos caer en desgracia y sufrir repercusiones penales y laborales a directores de cine, empresarios, miembros de consejos de administración y parlamentarios, comprobaremos cuánta solidaridad está dispuesto a aportar el sistema y si el listón de lo tolerable se desploma por fin.
Pero hasta hace pocos años las cosas eran muy distintas. 
En 2009, Roman Polanski viajó a Zurich, donde iba a recibir un premio honorífico en el festival de cine de la ciudad, y fue arrestado por el caso de una supuesta violación a una menor de 13 años, Samantha Geimer, que le persigue desde 1977 y que le ha impedido poner pie en suelo estadounidense desde entonces. 
Lo que sucedió después fue judicialmente rocambolesco. 
El cineasta pasó dos meses en una cárcel suiza y, más tarde, siete meses en arresto domiciliario en su propio chalet de Gstaad, junto a su mujer, Emmanuelle Segnier, y sus dos hijos, que entonces tenían 9 y 16 años. 
Finalmente, en julio, el país helvético rechazó extraditar a Polanski a Estados Unidos y el director volvió a Francia, donde siguió ejerciendo su carrera sin problemas y donde se le recibió como a un héroe humillado.
Desde la perspectiva del último mes, cuando el caso Weinstein ha derivado en un alud imparable de denuncias de mujeres que han sufrido distintos grados de abuso sexual y que está afectando a casi todas las esferas de poder en todo el mundo, desde el Parlamento británico a la industria del entretenimiento, sorprende volver a la hemeroteca y comprobar el apoyo masivo, cálido y casi unánime que el mundo del arte brindó entonces al director de El pianista. Cuando apenas llevaba unos días detenido, cineastas como Pedro Almodóvar, David Lynch, Woody Allen, Costa Gavras, Alejandro González Iñárritu y Wim Wenders firmaron una carta de apoyo incondicional a Polanski. 
 Prácticamente cualquiera que hubiera pisado la alfombra roja de Cannes en los últimos 40 años estaba en esa lista, de Jeanne Moureau a Mónica Bellucci pasando por Asia Argento quien, según su confesión reciente, habría sufrido ya una violación y un posterior acoso constante por parte de Harvey Weinstein cuando dio su apoyo explícito a Polanski. Wong Kar Wai, Ettore Scola, Julian Schnabel, Milan Kundera, Bernard Herny Levi…no importaba el origen ni la práctica artística, lo normal era estar con Polanski. 
El ministro de cultura francés de entonces, Frédéric Mitterrand, fue de los más expresivos, lamentando que alguien que había pasado ya por tantas desgracias (desde perder a su madre en un campo de concentración al tristemente célebre asesinato de su mujer, Sharon Tate) tuviera que pasar por un trance así así. 
Ese mismo año, por cierto, Mitterrand admitió en sus memorias haber pagado por acostarse con “chicos jóvenes” en Tailandia. 

Polanski
Protesta contra los abusos sexuales en un homenaje reciente a Polanski en París. Foto: Getty

“Liberad a Polanski”, imploraba Richard Cohen desde el Washington Post. 
En la otra costa, Los Angeles Times comparaba al director polaco con Jean Valjean de Les Misérables, “un ex convicto que intenta dar la vuelta a su vida pero es obsesivamente perseguido por un inspector de policía”, recordaba que “ya había pagado un precio” (el exilio de Estados Unidos y 48 días de arresto en un psiquiátrico del que escapó) y que Samantha Geimer ha dicho repetidamente que no espera ver a su violador entre rejas y que ha pasado página de ese episodio.
El caso Polanski ha sido siempre muy alambicado, sobre todo desde el punto de vista de los tribunales, como narraba bien el documental Roman Polanski: Wanted and Desired (muy favorable a la causa de Polanski), con un juez que incluso tuvo que ser retirado del caso y múltiples giros irregulares.
 Según narró en su día Samantha Geimer, en 1977, el director pidió a la madre de Geimer que la dejara posar para él para Vogue en casa de su amigo Jack Nicholson.
 A continuación, dio a la niña Quaaludes y champán y la violó vaginal y analmente.
 Cuando aún estaba consciente, Polanski le practicó cunnilingus y le pidió que se metiera desnuda en un jacuzzi, Geimer le pidió repetidamente que parase y él, lejos de hacerlo, decidió drogarla y seguir adelante.
Los particulares del caso llevan cuatro décadas discutiéndose en todo tipo de foros.
 “Polanski no sabía que era menor”, dicen algunos. Cierto. Pero ambas partes admiten que lo que sucedió no fue ni remotamente consensuado, lo que convierte la edad en un detalle alarmante (repugnante incluso) pero irrelevante: ¿acaso está mal violar a una chica de 13 años pero no a una de 18? 
El pasado junio Samantha Geimer, que ahora tiene 54 años, compareció ante el juez para pedirle que cerrase el caso. 
Su abogadó alegó que la víctima “está cansada de todo esto”. 

En 2009, los pocos artículos en prensa que incluían esta secuencia de acontecimientos o que ponían algún “pero” a la defensa en bloque del director, como éste en The New York Times o éste de Francesco Manetto en El País titulado Solidaridad con un violador que denunciaba el “doble rasero” y el “inquietante corporativismo” de la comunidad artística eran recibidos con las cejas arqueadas o directamente con críticas. Ningún alma sofisticada, ningún amante de Repulsión y El cuchillo en el agua quería verse en el mismo bando de “los puritanos”, “los defensores de la moral” y los estrechos de mente y corazón.
Para los pensadores feministas, el caso siempre ha sido un territorio espinoso de transitar.
 Kate Harding escribió en Salon un artículo que se hizo viral titulado Recordatorio: Roman Polanski violó a una niña y se encontró de repente festejada por los programas de radio y televisión ultraconservadores y criticada en su territorio amigo.

Alcàsser: un pueblo estigmatizado por un crimen macabro

La localidad valenciana quiere pasar página sobre la tragedia que conmocionó España hace 25 años.

Eva Zamora, la alcaldesa socialista de Alcàsser (Valencia), tenía 20 años cuando el viernes 13 de noviembre de 1992 desaparecieron María Teresa Deseada Hernández (Desirée), Miriam García, ambas de 14 años de edad, y Antonia (Toñi) Gómez, de 15. 

Eran cerca de las ocho de la noche cuando salieron de casa de su amiga Esther hacia la discoteca Coloor de Picassent, localidad contigua a Alcàsser.

 Antes, Miriam había llamado a casa para ver si su padre, Fernando García, las llevaba como era habitual. Su madre le dijo que no podía porque había llegado del trabajo con fiebre y estaba en cama. 

Decidieron hacer autostop para llegar antes de que la sala, repleta de adolescentes, cerrara sus puertas a las diez de la noche. 

Esther, con gripe, optó por quedarse en casa. Eso le salvó la vida. Sus amigas nunca llegaron.

 Fueron secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas.

“No queremos seguir siendo el pueblo de las niñas de Alcàsser, aunque ellas siempre permanecerán en nuestro recuerdo”, señala Zamora afectada por la fecha que se acerca. 

“El pueblo ha cambiado mucho. Lo que hicieron las niñas lo hacíamos todos en aquella época”, explica. 

Los 7.000 habitantes que tenía Alcàsser cuando se produjeron los crímenes, hace 25 años, quedaron atrapados por el horror al descubrir, dos meses y medio después, los cadáveres de las niñas en una fosa situada a 400 metros de la caseta abandonada de La Romana, cerca de Catadau, a 50 kilómetros del Alcàsser, un paraje aislado e inhóspito de difícil acceso. 

Miguel Ricart, El Rubio, fue el único condenado por el triple crimen. La derogación de la doctrina Parot le permitió salir el 29 de noviembre de 2013 de la prisión de Herrera de la Mancha (Ciudad Real) donde estuvo 20 años y donde hubiera seguido hasta 2023.

 Ricart, que conducía el coche que recogió a las niñas la noche del 13 de noviembre, fue condenado en 1997 a 170 años por secuestro, violación y asesinato. 

Hoy está en paradero desconocido. Sigue desaparecido el otro acusado del crimen, Antonio Anglés, también conocido por Rubén y el apodo de Asuquiqui.

Un ramo de flores de la familia de Miriam en el cementerio de Alcàsser.
Un ramo de flores de la familia de Miriam en el cementerio de Alcàsser.
El tiempo entre la desaparición de Desirée, Miriam y Toñi, y el descubrimiento de la fosa, traumatizó a un pueblo pequeño y tranquilo. 
“Las navidades fueron muy tristes, la gente no salía, además había mucho oportunista brujo que se presentaba para adivinar dónde estaban. 
Fue un drama aumentado por la influencia mediática”, indica José Pascual Gil, psicólogo municipal que atendió a las familias y a los vecinos que lo necesitaron. 
“Pero todo desapareció en seis meses. El estigma de Alcàsser es lo que no se supera, te resignas a vivir con ello.
 Los aniversarios los recuerda la prensa que viene al pueblo y pregunta”, agrega Gil, que como la alcaldesa Zamora prefiere hablar de que la media maratón del municipio es una de las más antiguas de la Comunidad Valenciana y la de más solera.
Y como él piensa la mayor parte de los alcacereños. Rosa, de 67 años, borró de su mente el suceso.
 “Fue un espectáculo. Yo di una donación y ya no quise participar en nada más. Sufrimos mucho. Y las familias quedaron destrozadas”, comenta señalando el monolito ubicado a la entrada del cementerio dedicado a las tres jóvenes y las flores recién cortadas que hay donde están enterradas. 
María Isabel Zamora, de 72 años, muestra la tumba del padre de Desirée y cuenta que el de Toñi murió poco después. 
También falleció la madre de Miriam, Matilde Iborra. Fernando García, su padre, dice que intenta continuar con su vida lo mejor que puede.
 No quiere hacer declaraciones. 

“Así lo decidí hace un tiempo y así pienso seguir”, comenta a EL PAÍS, aunque sigue convencido de que Ricart y Anglés solo eran los encubridores de una trama de corrupción de menores y que detrás había una red de delincuencia organizada. 
Tras la muerte de su esposa, García rehízo su vida. Tiene una hija, Lucía, que ahora tiene la misma edad que Miriam cuando fue secuestrada.
El pueblo se transformó en un plató”, señala Txema Millán, periodista de la televisión pública valenciana que cubrió la información. 
“No había caso paralelo. Se juntaron muchas circunstancias: presión, pruebas en mal estado, la locura mediática, una instrucción mal hecha.
 Todo enrareció el ambiente tanto que se tornó sórdido. Yo también fui víctima”, reconoce. “Aunque hoy sería peor”, vaticina Millán, afectado por el cierre de Canal 9 el mismo día que Ricart salió de la prisión.
Alcàsser tiene ahora más de 9.600 habitantes. 
La discoteca Coolor ya no existe, en su lugar hay un centro comercial. 
En el bar Musical, sede de la banda de música Santa Cecilia, cuyo escenario sirvió de plató de televisión, ya no queda rastro de esa época. 
Cristina López, encargada del local desde hace dos años desconocía que allí se hubieran emitido programas. 
Los vecinos de Alcàsser miran escrutadores a los desconocidos que estos días pasean por las calles de la localidad. 
Se muestran amables. Contestan a las preguntas, pero prefieren pasar página.

 

 

Alcàsser: el horror elevado al cubo.......................... Jesús Duva

Si para mí era inquietante aquel paisaje desolado, me imaginaba el terror de ellas.

Miquel Ricart, uno de los acusados, durante el juicio de 1997. VÍDEO: ATLAS
Se cumplen hoy 25 años del secuestro de tres niñas y todavía ahora está viva la enorme sacudida que eso supuso para toda la sociedad. Después vendrían 75 días de angustia colectiva.
 75 días de búsqueda infructuosa y desesperada.
 75 días en los que todo el mundo intentaba rechazar un presagio que los investigadores tenían desde el primer momento de la desaparición.
 75 días que concluyeron con el hallazgo de los cadáveres de Desirée Hernández, Miriam García y Antonia Gómez, salvaje y brutalmente violadas después de haber sido raptadas durante la tarde-noche del 13 de noviembre de 1992.
 El crimen de las niñas de Alcàsser, a tiro de piedra de la capital valenciana, forma ya parte de la historia de España.
La incertidumbre, el miedo, la desesperanza y la angustia de los padres de las tres menores fue compartida con millones de españoles a través de programas de televisión que en esas fechas hacían furor.
 Y, al final, el horror elevado al cubo supuso un antes y un después en la criminalidad española.
 Nunca antes había sufrido España un crimen con tanta vesania.
Ha pasado un cuarto de siglo pero aún me da un vuelco el corazón al recordar aquel 27 de enero de 1993, cuando saltó la noticia de que alguien había encontrado varios cuerpos enterrados cerca de la presa de Tous. 
Las autoridades pedían prudencia. Pero no tuve la menor sombra de duda de que eran las niñas de Alcàsser.
 ¿De quién podían ser esos cadáveres? Solo de Miriam, Toñi y Desirée.
 Siento el mismo escalofrío que sentí cuando comencé el ascenso de aquel monte de la partida de La Romana, cerca de Catadau.
 Iba en busca de la casucha donde las tres adolescentes habían sido violadas y torturadas tras haber sido llevadas allí por los desalmados que las recogieron cuando hacían autostop. 
El camino hacia la cumbre no era tal y el coche del fotógrafo daba sacudidas sin parar cada vez que pisábamos una piedra puntiaguda. Si para mí era inquietante aquel paisaje desolado, me imaginaba el terror que debieron experimentar Miriam, Toñi y Desirée en medio de la noche, sin saber dónde eran llevadas por aquellos individuos.
Llegó un momento en que tuvimos que echar pie a tierra. 
Era imposible seguir. Unas alimañas sobrevolaban el picacho donde estaba la casa de los horrores.
 Sentía en mis propias carnes la angustia que tuvieron que experimentar las tres niñas, forzadas a caminar hacia un destino horrible.
 Casi podía escuchar sus lloros y sus gritos de espanto en medio de la nada, hasta llegar descompuestas a aquella casucha abandonada. Hasta llegar al infierno.

La vivienda, sucia y maloliente, tenía dos plantas.
 En la de arriba había un poste de madera al que los asesinos habían atado a las chicas. 
Allí, en aquella estancia habían sido violadas y torturadas en una especie de orgía salvaje.
 Pese a que yo no conocía entonces los terribles detalles, era fácil de imaginar las largas horas de agonía, humillaciones y sufrimientos que pasaron las tres niñas en manos de aquellas bestias de aspecto humano.

La búsqueda colectiva en la que participó toda España a través del programa televisivo Quién sabe dónde, de Paco Lobatón, no dio ningún fruto.
 Hasta que Gabriel Aquino y José Sala subieron al monte, en la mañana del 27 de enero de 1993, a revisar sus colmenas.
 Fue entonces cuando Aquino se sentó en una piedra para recuperar el resuello y descubrió que emergía de la tierra una mano descarnada, como si fuera la de un náufrago desesperado.
La Guardia Civil cercó la zona en busca de pistas que aclararan el triple crimen. 
Así fue como encontraron un volante de papel del hospital La Fe de Valencia, expedido a nombre de Enrique Anglés. 
Era un hombre con personalidad trastornada, perteneciente a una familia muy conocida en Catarroja por haber tenido algunos de sus miembros más de un problema con la justicia.
Más tarde se sabría que ese volante correspondía en realidad a Antonio Anglés Martins, de 27 años, que había acudido al centro médico para ser atendido de blenorragia.
 Con frecuencia suplantaba la identidad de su hermano Enrique. Pero eso lo conocieron los guardias civiles cuando ya Antonio se había dado a la fuga y, tras burlar el cerco, escapar a Portugal y llegar a Irlanda escondido en el mercante City of Playmouth. 25 años después, nadie sabe qué fue del sospechoso numero uno del triple crimen.
Un cuarto de siglo después, el único culpable de la violación y muerte de Miriam, Toñi y Desirée es Miguel Ricart, un amigo de correrías de Antonio Anglés, que fue condenado a 170 años de prisión.
 Solo cumplió 21 de ellos y recuperó la libertad en 2013.
El caso Alcàsser ha sido objeto de las más disparatadas y rocambolescas teorías, azuzadas en su día por un programa de televisión.
 La más extendida sostiene que las niñas fueron víctimas de una orgía sexual en la que habrían participado personajes relevantes de la vida pública.
 Lo innegable es que el triple asesinato fue un hito en la criminalidad española al dejar al descubierto la existencia del lumpen urbano.
 Creo que la herida social causada por la violación y asesinato de las niñas jamás se cerrará.
Jesús Duva siguió el crimen como periodista para EL PAÍS.

No lejos de allí estaba la fosa en la que los asesinos habían sepultado los cadáveres. Eran unos pocos metros que las adolescentes se habrían visto obligadas a recorrer, rotas y ensangrentadas, sabiendo que era el final de sus vidas. Unos minutos terribles que, al recordarlo, todavía me hace estremecer. Porque tuvo que ser espeluznante el instante en que una detrás de otra fueron asesinadas de un tiro, sin que nadie oyera sus gritos ni oyera las detonaciones. Y después, el silencio.
 

 

12 nov 2017

Aves del paraíso............................................... Boris Izaguirre....

Una investigación puede dejar una crisis de nervios en tus cuerdas vocales.

Shakira, en un concierto en Puerto Rico, en 2014.
Shakira, en un concierto en Puerto Rico, en 2014. WireImage

 

Con frecuencia tenemos un problema con el uniforme, o dotación como también le llaman, de nuestra selección nacional de fútbol. Hace unos años, se lo encargaron a una empresa rusa y la verdad consiguieron que algunos de nuestros extraordinarios atletas desprendieran un aire a azafata de alguna empresa rusa de aviación. En esta ocasión, el problema es que la camiseta lleva una estampación vertical con un atrevido efecto óptico cuyo resultado es una franja de color morado y podría crearse un metamensaje recordando la bandera republicana.
 ¡Uy, la que se ha montadooo! 
Lo que faltaba precisamente en estos tiempos de banderas erizadas y nacionalismos exaltados.
 Pero a mí lo que me preocupa es esa persona en esa empresa textil que ha decidido mezclar el rojo con el azul.
 Pienso que debería ser entrevistada en televisión, necesitamos conocer su razonamiento, una explicación. 
El morado es un color difícil y el naranja también.
 Yo una vez lo mezcle con verde para una boda en Ibiza y Tamara Falcó me riñó muchísimo.
 Ahora me gustaría saber lo que ella opina de esta polemiquísima camiseta.

Encima anularon la fiesta para presentarla y me sienta mal no solo por los diseñadores sino también por los futbolistas. 
Los tratan peor que a las modelos de los años 90, que las obligaban a salir con diseños imponibles y las pobres tenían que defenderlos sin ganas.
Con todas sus ganas, el papa Francisco condenó hace dos días, el uso del teléfono móvil durante la misa.
 “¡Alzad vuestros corazones, no vuestros telefoninos!” dijo. Y dijo más: “La misa no es un espectáculo”. 
Entonces pensé, o tiene mala cobertura o qué equivocado está el santo padre. 
La misa es un espectáculo, y cuanto mejor sea el espectáculo, mejor resulta la misa. ¿No?
El príncipe saudí Mohammed bin Salman.
El príncipe saudí Mohammed bin Salman. REUTERS
Hasta ese momento la semana parecía acogedora y, ¡zas!, se volvió espectacular, saltaron nuevos papeles comprometedores, como los de Panamá pero que ahora son del Paraíso. 
La lista de los que disfrutan de paraísos fiscales es como la caja B de la lista de millonarios de la revista Forbes.
 Pero salir públicamente en la investigación puede dejarte con una crisis de nervios en tus cuerdas vocales, como le pasó a Shakira, que tuvo que anular su concierto en Alemania esta semana.
 A mí no se me fue la voz pero carraspeé cuando encontré al ex alcalde de Barcelona, Xavier Trías, en ese listado. 
 Con Trías he departido bastante porque tengo mucho imán con los alcaldes, pero nunca le ví cara de tener una offshore.
 Ni de ser un ave del paraíso.
 Insisto en creer que la gente así lleva ropa y relojes carísimos, pero resulta que eso lo hacemos los pobretones con pretensiones. Shakira le agrega a su ingeniera financiera las fundaciones que preside.
 Cada vez entiendo menos a los millonarios y más cuenta me doy de que jamás seré uno de ellos precisamente porque no sé actuar bien ni en la cena benéfica para recaudar fondos ni delante del banquero que me diseña mi paraíso artificial.
 Soy tonto. 
Shakira y el príncipe Carlos, no.
 Los que más nos alucinan con su juego de tronos son los ministros y miembros de la realeza saudita que forman parte de la gigantesca purga efectuada por el príncipe Mohammed bin Salmán. 
Hay más presos que años tiene el príncipe purgador.
 Todos ricos y todos acusados de corrupción.
 En eso Arabia y España coinciden, al parecer es una cosa que no distingue ni banderas ni nacionalidades.
 El príncipe no podía enviarlos a la cárcel pero encontró la solución más glamurosa: meterlos en el hotel Ritz de Riad. 
En esas suites sí que combina el morado, porque básicamente todo es dorado y lo bueno del oro, mi amor, es que combina con todo. Esa es su nobleza.
 De nuevo confirmo que soy bobo. 
Yo quería ser príncipe árabe en mi infancia, pero ahora me doy cuenta de que es mucho el riesgo de ser purgado por un príncipe treintañero y terminar en un Ritz Carlton rodeado de arena.
 Esa solución deberíamos plantearla aquí por si alguna vez llega a haber muchos culpables en el caso Gurtel, un caso que cada día nos pone más verdes.
 Y rojos. Y morados.
 De repente es como si todo el mundo hubiera decidido hacer un homenaje a esa película de Berlanga, Todos a la cárcel.
 Pero con la decoración de un paraíso artificial, como la del hotel Ritz.