5 nov 2017
Fernando Verdasco, el yerno perfecto de Isabel Preysler
El tenista, que se casa dentro de un mes con Ana Boyer, se maneja bien con la fama y siempre ha soñado con ser actor.
Mábel Galaz
- Ana Boyer anunció esta semana que se casa con Fernando Verdasco tras cuatro años de relación en una boda que se celebrará la primera semana de diciembre en una isla del Caribe.
- Un enclave perfecto para conseguir una ceremonia íntima y a salvo de una millonaria exclusiva.
- Verdasco, que cumple 34 años el próximo día 15, entrará así de manera oficial en un clan que reúne apellidos tan famosos como Iglesias, Preysler, Falcó y Boyer.
- La reina de la prensa del corazón se declara encantada con su futuro yerno, uno de sus grandes apoyos tras la muerte del exministro socialista Miguel Boyer, padre de Ana.
- Verdasco ha sabido entender lo que es moverse en el mundo de la prensa del corazón en el que la familia de su novia reina desde hace años.
- El tenista, antes de conocer a Ana Boyer, ya hizo sus pinitos en ella.
- Sin embargo, de puertas adentro, en el día a día del circuito, Verdasco se mueve en un segundo plano.
- Desfila por los espacios reservados a los jugadores sin hacer ruido y dosifica sus intervenciones en los medios.
- Después de 16 años como profesional, se expresa desde un discurso más maduro que el de hace unos años.
- Disfruta de las victorias pero si cae derrotado no rehúye la pregunta.
- Simpático, coqueto y apasionado de las redes sociales en las que se muestra muy activo, el tenista ha sido imagen de varias firmas de moda
- . Famosa fue una campaña en la que promocionaba calzoncillos.
- Su foto decoró las vallas publicitarias de muchas ciudades. Pero entonces no conocía a Ana Boyer.
-
Los grandes días del tenista también quedan ya atrás, aquellos en los que llegó a unas semifinales en Australia (2009) y triunfaba en la Copa Davis con sus amigos.
Fernando Verdasco, Isabel Preysler y Mercedes Arrastia, en el entierro de Miguel Boyer, el 30 de septiembre de 2014. gtresonline
Pero Verdasco continúa siendo un rival siempre muy respetado. A pocos tenistas les agrada topárselo en unas primeras rondas, porque aunque individualmente no haya obtenido grandes premios su talento está fuera de toda duda.
El español ha sido un buen jugador, pero siempre ha quedado la sensación de que si hubiese sido menos disperso en su época de bonanza podría haber sido una referencia.
Actualmente ocupa el 39º peldaño del ranking.
Estos días en París está mostrando un buen tenis. Cerca de la última recta de su carrera, prioriza sobre todo el disfrutar de su profesión, toda vez que en el plano personal se siente feliz. “Está más centrado que nunca”, desprenden desde su entorno. “Trabaja con mucha seriedad y estamos seguros de que todavía dará buenos momentos”, traslada su círculo más próximo.
Desde el punto de vista técnico, ahora le asesoran Nacho Truyol, Sergi Pérez y Emilio Sánchez Vicario, este último habitualmente desde la distancia porque reside en Estados Unidos.
Mientras, su rutina pasa en la actualidad por Doha (Qatar), donde se instaló en 2016.
Residir en este país ha sido una de las causas por las que ha decidido casarse cuanto antes, ya que las leyes de allí le impiden vivir con su novia.
Diversos amigos —entre ello Nasser Al-Kelaïfi, presidente del Paris Saint Germain— le condujeron hasta el emirato, del que valora su climatología para poder entrenarse.
Colabora con la federación local y allí pasa la mayor parte de su tiempo libre por lo que visita de forma muy esporádica Madrid. Cuando él se instala en Doha, Ana Boyer regresa a casa de su madre, el resto del tiempo acompaña a su novio en una vida nómada.
Verdasco se considera ante todo “un ciudadano del mundo”. “Ojalá que pueda seguir jugando al menos tres o cuatro años más, pero todo depende de lo que me dé el físico”, decía hace unos meses.
Cuando esta etapa se acabe se planteará dar el salto al cine. “Siempre he querido ser actor”, ha confesado.
Ondas de radio.......................................... Elvira Lindo.
Nada supera el lazo íntimo que establece una voz con sus oyentes.
El 10 de octubre caminaba arrastrando mi pesadumbre hacia el
Thyssen, que estos días cumple su 25º aniversario, escuchando la radio.
La tarde del 27 de octubre volvía a casa desde un Congreso de Mujeres Juristas por la Igualdad concentrada en las voces de la radio.
No hace tanto que veíamos pasear a los abuelos con el transistor pegado a la oreja. No hace tanto tampoco, porque el tiempo pasa en la vida como en la radio, volando, que al volver de la escuela merendaba con la muchacha; escuchábamos un programa de coplas dedicadas y yo la observaba llorar su orfandad concentrada en la música mientras cosía su ajuar.
Mis recuerdos establecen conexiones sinestésicas y las canciones de entonces saben a foie gras o a mantequilla espolvoreada con colacao.
No hace tanto que guardaba silencio para que mis tías escucharan la novela. No hace tanto que, tras unos años adolescentes de despreciar una radio que me olía a rancio, volví a encontrar en las ondas una compañía que no llenó nunca la televisión, ni tampoco (perdón) el periódico.
Porque no hay nada que supere el lazo íntimo que establece una voz con sus oyentes.
A los seres queridos que se nos fueron los recordamos de vez en cuando en los álbumes de fotos, pero es al encontrar de pronto una vieja grabación cuando el pasado se nos vuelve presente.
La voz es lo que antes se pierde y lo que más se añora.
A pesar de las caminatas radiofónicas, la radio no ha dejado de ocupar su lugar preferente en la cocina.
La radio sabe a café. Antes de enfrentarme a la palabra impresa, donde la actualidad suena más grave por no estar tamizada por la cordialidad y cercanía de alguien que cuenta, sigo las voces de la radio.
Las mías, porque aunque los expertos siguen estudiando por qué nos cuesta tanto cambiar el dial, a los oyentes más que la pereza o la costumbre nos ata la adicción a una manera de hablar que no se parece a otra.
Casi todas esas voces corresponden a periodistas que conozco personalmente, sus palabras suenan tan nítidas en mi cocina que es como si los tuviera sentados a la mesa frente a mí.
Hay veces que les respondo en voz alta.
Otras, estoy tan afectada o implicada en lo que dicen, sobre todo estos días, que no puedo evitarlo y les escribo un mensaje de agradecimiento.
Mientras los debates televisivos me alteran, la radio tiene un efecto reconfortante.
Pienso, de manera inconsciente: vaya, si ellos son capaces de conseguir que conversen individuos que se detestan es que no todo está perdido.
Tal y como están produciéndose las relaciones de influencia y poder entre los medios y las redes, tengo la intuición de que la radio está, por valerse de algo tan básico y primitivo como las voces, más capacitada para sobrevivir en este selvático mundo de la información.
La otra noche escuché en Hora 25 de Àngels Barceló que no ha habido momento en la historia reciente en que se recurriera más a Machado para buscar sentido o consuelo a este disparate.
Sonreí porque, sí, yo también lo he citado, pero además eso me hizo recordar una historia poética y singular relacionada con Don Antonio.
En 1985, Raymond Carver publicó un poema, Ondas de Radio, dedicado al poeta español. Llevaba Carver un tiempo padeciendo una crisis creativa y retirado en una casa de campo en medio de ninguna parte.
No tenía televisión, no leía el periódico, su única conexión con el mundo era la radio.
Una noche escuchó a un locutor recitar unos versos de Machado, del que no había oído hablar hasta ese momento, y esto es una estrofa del poema que le dedicó a modo de agradecimiento:
“Yo pensaba en esas bobadas por la noche / sentado en la silla mientras escuchaba mi radio. / ¡Y entonces, Machado, tus poemas! / Fue casi como ver a un hombre de mediana edad / enamorarse de nuevo. / Algo extraordinario, / y también embarazoso. / Hice tonterías como colgar una fotografía tuya. / Y me llevaba tu libro a la cama / y dormía con él a mano.
Una noche un tren / me despertó al pasar por mis sueños. / Lo primero que pensé, con el corazón desbocado / allí en el dormitorio a oscuras, fue: / No pasa nada, Machado está aquí. / Luego pude volver a dormirme”.
Cuenta Carver que recordó siempre lo que Machado aconsejaba a quien le preguntaba qué podía hacer con su vida. “¡Presta atención!”, respondía el poeta. Eso hizo Carver. Eso trato yo de hacer, prestar atención.
Ser oyente por encima de todo, aunque no tenga más remedio que hablar para ganarme la vida.
Sé que hay días en que esas voces nos hablan en un tono distinto. Yo se lo noto, ¿usted no? Tienen la voluntad de contener sus emociones, pero hay momentos en que resulta imposible y se percibe un ligero temblor, un quiebro. No sucede a menudo, pero, si se da el caso de que esta oyente que soy lo capta, mi reacción es pensar que quien me habla es un ser humano que aun debiéndose mostrar profesional no es invulnerable.
La tarde del 27 de octubre volvía a casa desde un Congreso de Mujeres Juristas por la Igualdad concentrada en las voces de la radio.
No hace tanto que veíamos pasear a los abuelos con el transistor pegado a la oreja. No hace tanto tampoco, porque el tiempo pasa en la vida como en la radio, volando, que al volver de la escuela merendaba con la muchacha; escuchábamos un programa de coplas dedicadas y yo la observaba llorar su orfandad concentrada en la música mientras cosía su ajuar.
Mis recuerdos establecen conexiones sinestésicas y las canciones de entonces saben a foie gras o a mantequilla espolvoreada con colacao.
No hace tanto que guardaba silencio para que mis tías escucharan la novela. No hace tanto que, tras unos años adolescentes de despreciar una radio que me olía a rancio, volví a encontrar en las ondas una compañía que no llenó nunca la televisión, ni tampoco (perdón) el periódico.
Porque no hay nada que supere el lazo íntimo que establece una voz con sus oyentes.
A los seres queridos que se nos fueron los recordamos de vez en cuando en los álbumes de fotos, pero es al encontrar de pronto una vieja grabación cuando el pasado se nos vuelve presente.
La voz es lo que antes se pierde y lo que más se añora.
A pesar de las caminatas radiofónicas, la radio no ha dejado de ocupar su lugar preferente en la cocina.
La radio sabe a café. Antes de enfrentarme a la palabra impresa, donde la actualidad suena más grave por no estar tamizada por la cordialidad y cercanía de alguien que cuenta, sigo las voces de la radio.
Las mías, porque aunque los expertos siguen estudiando por qué nos cuesta tanto cambiar el dial, a los oyentes más que la pereza o la costumbre nos ata la adicción a una manera de hablar que no se parece a otra.
Casi todas esas voces corresponden a periodistas que conozco personalmente, sus palabras suenan tan nítidas en mi cocina que es como si los tuviera sentados a la mesa frente a mí.
Hay veces que les respondo en voz alta.
Otras, estoy tan afectada o implicada en lo que dicen, sobre todo estos días, que no puedo evitarlo y les escribo un mensaje de agradecimiento.
Mientras los debates televisivos me alteran, la radio tiene un efecto reconfortante.
Pienso, de manera inconsciente: vaya, si ellos son capaces de conseguir que conversen individuos que se detestan es que no todo está perdido.
Tal y como están produciéndose las relaciones de influencia y poder entre los medios y las redes, tengo la intuición de que la radio está, por valerse de algo tan básico y primitivo como las voces, más capacitada para sobrevivir en este selvático mundo de la información.
La otra noche escuché en Hora 25 de Àngels Barceló que no ha habido momento en la historia reciente en que se recurriera más a Machado para buscar sentido o consuelo a este disparate.
Sonreí porque, sí, yo también lo he citado, pero además eso me hizo recordar una historia poética y singular relacionada con Don Antonio.
En 1985, Raymond Carver publicó un poema, Ondas de Radio, dedicado al poeta español. Llevaba Carver un tiempo padeciendo una crisis creativa y retirado en una casa de campo en medio de ninguna parte.
No tenía televisión, no leía el periódico, su única conexión con el mundo era la radio.
Una noche escuchó a un locutor recitar unos versos de Machado, del que no había oído hablar hasta ese momento, y esto es una estrofa del poema que le dedicó a modo de agradecimiento:
“Yo pensaba en esas bobadas por la noche / sentado en la silla mientras escuchaba mi radio. / ¡Y entonces, Machado, tus poemas! / Fue casi como ver a un hombre de mediana edad / enamorarse de nuevo. / Algo extraordinario, / y también embarazoso. / Hice tonterías como colgar una fotografía tuya. / Y me llevaba tu libro a la cama / y dormía con él a mano.
Una noche un tren / me despertó al pasar por mis sueños. / Lo primero que pensé, con el corazón desbocado / allí en el dormitorio a oscuras, fue: / No pasa nada, Machado está aquí. / Luego pude volver a dormirme”.
Cuenta Carver que recordó siempre lo que Machado aconsejaba a quien le preguntaba qué podía hacer con su vida. “¡Presta atención!”, respondía el poeta. Eso hizo Carver. Eso trato yo de hacer, prestar atención.
Ser oyente por encima de todo, aunque no tenga más remedio que hablar para ganarme la vida.
Sé que hay días en que esas voces nos hablan en un tono distinto. Yo se lo noto, ¿usted no? Tienen la voluntad de contener sus emociones, pero hay momentos en que resulta imposible y se percibe un ligero temblor, un quiebro. No sucede a menudo, pero, si se da el caso de que esta oyente que soy lo capta, mi reacción es pensar que quien me habla es un ser humano que aun debiéndose mostrar profesional no es invulnerable.
Puigdemont, el astronauta que volverá a otro país............ Berna González Harbour
El caché de político preso parece cotizarse más que el de huido.
Varios astronautas han quedado en la memoria colectiva, en
general por sus gestas: desde Yuri Gagarin, por convertirse en el primer
hombre en el espacio, hasta Neil Armstrong por dejar su huella en la
Luna, o Valentina Tereshkova como primera mujer allí arriba. Pero hay
uno que recordamos no por ninguna hazaña específica, sino porque en su
ausencia se evaporó su país, la Unión Soviética, y volvió de la estación
Mir meses después a una realidad nueva donde las fronteras, régimen y
gobernantes ya eran otros.
Serguéi Krikaliov regresó a otro país.
El expresident Puigdemont tiene algo que recuerda a Krikaliov. Creía que iba tras el rastro de la épica en su despegue a Bruselas; que iba a pasar a la historia como el líder que proclamó la república catalana, para acabar dándose cuenta, ahora mismo o cuando regrese al terminarse su particular tiempo de estancia en la Mir, de que vuelve a otro país.
No hay gestas esta vez.
El carisma que soñó y que seguramente nunca logró se hace añicos ante la realidad de su causa, que tiene ahora más que ver con artículos del Código Penal o con Osetia del Sur que con la palabra libertad.
Su partido no parece acompañarle en la fantasía de la resistencia, sino que lucha ya por no evaporarse a su vez en las elecciones convocadas por Rajoy. El PDeCat ansía una lista única con ERC, que por su parte está tan aventajada en las encuestas que preferiría probar fortuna por su cuenta.
Y el caché de político preso parece cotizar mejor que el de político huido, por no hablar del de político dimitido en vísperas como Santi Vila.
El país del que huyó Puigdemont, además, ha demostrado seguramente su mayoría de edad con un 155 que nadie quería, pero que fue la única vía para zanjar un gravísimo golpe institucional del que él fue el máximo responsable.
El Estado de derecho ha demostrado tener herramientas para defenderse, lo ha sabido hacer y por el camino ha crecido.
No caben las burlas en España, no caben los Parlamentos que no escuchan a sus letrados ni a la oposición.
No hay repúblicas bananeras por aquí.
Nuestro país, en cierta forma, también ha cambiado en este otoño caliente.
El expresident aspira ahora a recuperar cierta épica al anunciar su disposición a estar en las listas desde su exilio mentiroso.
Ni contigo ni sin ti. Pero el PDeCat parece no darse cuenta de que su posicionamiento ante el 21-D está a la defensiva, con un programa que pide amnistía en lugar de progreso para reanudar el crecimiento económico y social de Cataluña y que reclama la defensa de las instituciones que ellos mismos resquebrajaron y violentaron el 6-7 de septiembre.
Dejarse la piel para situarse más atrás fue su gran error y no parece que se hayan enterado.
Puigdemont puede hablar en tres o cuatro idiomas desde la capital europea, pero en ninguno de ellos dice nada que encaje con la realidad. Una nave soyuz en forma de euroorden de detención probablemente le traerá pronto a la nueva realidad.
Serguéi Krikaliov regresó a otro país.
El expresident Puigdemont tiene algo que recuerda a Krikaliov. Creía que iba tras el rastro de la épica en su despegue a Bruselas; que iba a pasar a la historia como el líder que proclamó la república catalana, para acabar dándose cuenta, ahora mismo o cuando regrese al terminarse su particular tiempo de estancia en la Mir, de que vuelve a otro país.
No hay gestas esta vez.
El carisma que soñó y que seguramente nunca logró se hace añicos ante la realidad de su causa, que tiene ahora más que ver con artículos del Código Penal o con Osetia del Sur que con la palabra libertad.
Su partido no parece acompañarle en la fantasía de la resistencia, sino que lucha ya por no evaporarse a su vez en las elecciones convocadas por Rajoy. El PDeCat ansía una lista única con ERC, que por su parte está tan aventajada en las encuestas que preferiría probar fortuna por su cuenta.
Y el caché de político preso parece cotizar mejor que el de político huido, por no hablar del de político dimitido en vísperas como Santi Vila.
El país del que huyó Puigdemont, además, ha demostrado seguramente su mayoría de edad con un 155 que nadie quería, pero que fue la única vía para zanjar un gravísimo golpe institucional del que él fue el máximo responsable.
El Estado de derecho ha demostrado tener herramientas para defenderse, lo ha sabido hacer y por el camino ha crecido.
No caben las burlas en España, no caben los Parlamentos que no escuchan a sus letrados ni a la oposición.
No hay repúblicas bananeras por aquí.
Nuestro país, en cierta forma, también ha cambiado en este otoño caliente.
El expresident aspira ahora a recuperar cierta épica al anunciar su disposición a estar en las listas desde su exilio mentiroso.
Ni contigo ni sin ti. Pero el PDeCat parece no darse cuenta de que su posicionamiento ante el 21-D está a la defensiva, con un programa que pide amnistía en lugar de progreso para reanudar el crecimiento económico y social de Cataluña y que reclama la defensa de las instituciones que ellos mismos resquebrajaron y violentaron el 6-7 de septiembre.
Dejarse la piel para situarse más atrás fue su gran error y no parece que se hayan enterado.
Puigdemont puede hablar en tres o cuatro idiomas desde la capital europea, pero en ninguno de ellos dice nada que encaje con la realidad. Una nave soyuz en forma de euroorden de detención probablemente le traerá pronto a la nueva realidad.
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