Isabel Sartorius y ¡César Alierta! Los amigos de
Zaragoza, donde su padre fue alcalde y tiene incluso una calle, no salen
de su asombro: “En su vida solo ha habido una mujer, la suya… Sus
últimos años fueron durísimos, porque tenía una enfermedad degenarativa y
él la cuidó abnegadamente”. Los presuntos nuevos novios se conocieron en un viaje solidario
(atención, hermanas, una oenegé se revela como el mejor lugar para
encontrar pareja), “porque César no va a fiestas, sus únicas devociones
son el Real Zaragoza y el Papa”. Al papa Francisco lo conoce desde que
fue cardenal en Buenos Aires, donde entablaron una estrecha amistad, “lo
visita mensualmente, es su director espiritual y, como todo se lo
consulta, seguro que le ha hablado de Isabel”. Y el Papa debe conocerla,
porque sabemos por la prensa argentina que lee revistas del corazón por
aquello de que “nada humano me es ajeno”. Holi, Papa.
En la versión burguesa azul
o en la versión socialista roja, es la enseña de las derrotas
catalanas.
Allí donde hay esteladas huele a batallas perdidas.
El presidente Companys
la hizo retirar del Palau de la Generalitat durante los Fets d’Octubre,
pero no hubo nada que hacer.
Ya había salido, todo el mundo la había
visto y aunque la república proclamada quería ser federal y española,
aquellos hechos malhadados se convirtieron en un hito separatista y una
derrota catalana.
La estelada en sus diferentes versiones es una bandera
imaginada para dividir y separar. Quisiera ser la bandera de un combate
contra el enemigo exterior, el invasor, el ocupante, el colonizador,
pero acaba siendo la bandera de la discordia entre catalanes. No podía
encontrar otra mejor el proceso, máquina política de trinchar,
que comenzó por los partidos, siguió por las instituciones y ha
terminado por las amistades y las familias. Por cierto, ahora trincha a sus dirigentes, que pagarán muy caro haberse aventurado a levantarla para nada. El expresidente Puigdemont la ha llevado también a la misma
capital europea, con una explícita vocación de trinchar las relaciones
entre España y sus socios europeos, y la seguridad de que si esto
sucediera, también dañaría las mismas instituciones de la UE . ¡Ay de los
europeos si se dejaran encandilar por las esteladas! Este tipo de Gobierno fantasmagórico en el exilio
o en itinerancia pretende presentarse como un ejemplo de
responsabilidad y de espíritu pacífico, cuando es exactamente lo
contrario. Son la zorra que no puede alcanzar las uvas y dice que son
verdes. Puigdemont y los suyos especularon con echar la gente a la calle
para bloquear las instituciones e impedir así la aplicación del
artículo 155, pero cuando vieron que Rajoy sólo quería elecciones se
dieron cuenta de que la gente no los seguiría. Con la altivez de quien
se siente obedecido por las masas ahora nos dicen que por
responsabilidad y pacifismo no han querido lanzar al pueblo catalán a la
violencia.
La estelada ha dejado de producir el efecto encantador que
tenía hasta ahora. Cuando la quimera se deshace también deja de ser
atractivo el símbolo que la encarna. Enfrente de la señera, la limpia,
clara y vibrante cuatribarrada, esta bandera de resonancias
revolucionarias y soviéticas es el símbolo de la decepción, del
desengaño, y por tanto también de las ilusiones sin fundamento, de las
grandes mentiras del Proceso, del ridículo que el presidente Tarradellas
nos tenía prohibido, y finalmente de una mala suerte querida y buscada
con tozudez.
Guardad las esteladas y no las saquéis nunca más. Si hay que
lucir banderas que sean las de las únicas victorias catalanistas
ciertas, que son las que nos han dado la unidad y el realismo, el
pactismo y el posibilismo, la democracia y la prosperidad, el
autogobierno en Cataluña y la responsabilidad en la gobernación
española. No hay nada de lo conseguido en el siglo y medio de
catalanismo que no sea hijo de la señera, mientras que de la estelada
sólo hemos sacado disgustos y desgracias, muertes incluso. ¿Por qué deberíamos inventar una bandera de enfrentamiento cuando
tenemos una más grande, que es de paz y de alianza, y nos hermana con
Aragón, Valencia, las Islas e incluso más allá, y nos vincula con la
rojo y amarilla de las Españas, surgida de los mismos colores y de la
misma pasión de convivencia y fraternidad?
Muchos no
atisban a encontrar una salida del laberinto, cegados por el brillo de
triunfadores vanos que confunden éxito con la aerodinámica de un modelo
de deportivo.
Pablo Alborán en El Hormiguero el pasado mes de septiembre.Cordon Press
No importa que seas celebrity, celebrado o el último de la
fila, a veces parar, pensar, volver a la esencia, se convierte en el
único milagro posible para la vida que nos arrastra o nos imponen.
Si Pablo Alborán —ese yerno que cualquier madre quisiera— famoso, halagado y vitoreado, hubo un momento en que no se encontraba a sí mismo,
imaginemos qué pasa con el ejército de zombies que cada mañana se
dirigen a un edificio de última generación, un taller o al penúltimo
restaurante de moda, donde saben cuándo entran pero no cuándo salen.
Alborán tenía su piano, su guitarra y su genio creativo para chutarse
pildorazos de poesía y ni así consiguió librarse del vacío que inocula
la rapidez, tener por tener y vivir sin hacerlo.
Él lo supo reconocer, aunque fuera tras años de vorágine enredado en la fama
y la falta de amor casero. Otros muchos no atisban a encontrar una
salida del laberinto, cegados por el brillo de triunfadores vanos que
confunden éxito y reconocimiento con la aerodinámica de un modelo de
deportivo. Alborán volvió a ser Pablo al calor de su casa, de las risas
con los suyos y de las miradas cómplices de quienes veían al hombre
imperfecto y no al famoso irreprochable.
Hace falta coraje para alejar el miedo a elegir lo sencillo .
Qué importa que pocos entendieran a Pablo cuando buscó refugio en las
raíces que hicieron de él el artista de las emociones. Como ocurre con
la tecnología, resetear y reiniciar el equipo puede ser la salida para
sortear el colapso. La vida no es siempre un camino recto. A veces se
encuentra en los desvíos. Hay que pensar que tres años de carrera musical y dos de vida sábatica, hacen que lo que gustó mucho se vaya olvidando y tu y tu y tu Pablo creo que te darás cuenta que eso no se puede hacer. Buscar el nido familiar porque te sientas desazonado por esas "cosas" de la vida que trae decepciones , esposible que si no empiezas ahora de forma distinta te diluyas como azúcar en el agua. No me gustó tu entrevista plañidera familiar, y las canciones si son como las de hace tres años aburren.....Ojala te vaya bonito!! este mundo no perdona.
Juan Marsé pintó en un relato suyo una figura, el escritor desleído, que se puede calcar ahora sobre los andares belgas del expresident
Carles Puigdemont.
El de Marsé era "un escritor de ficciones que
durante 30 años se había negado a aparecer en televisión.
Un día se deja
convencer y es entrevistado. En la pantalla aparece un fantasma, y en
la vida real también tiende a desaparecer".
El president inició en Bruselas esa fuga hasta el desleimiento.
Para correr hacia la desfigura utiliza armas increíbles, en sentido
estricto.
No huye de España, es que no se fía del juicio que viene.
Además, dice desde la capital de Europa que aquí se pega.
Para decir
esto no es preciso viajar a Bruselas, basta con enviar una carta:
"España me pega".
Va con un mensaje por esos mundos: aquí se tortura, se
persigue, y allí pide amparo.
Un compañero de Marsé, Ángel González,
tiene un poema que le vendría bien leer al president desleído:
"Para que yo me llame Ángel González,/ para que mi ser pese sobre el
suelo,/ fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo:/ hombres de
todo el mar y toda tierra,/ fértiles vientres de mujer, y cuerpos/ y más
cuerpos, fundiéndose incesantes/ en otro cuerpo nuevo".
Esa España es la que se ha ido haciendo, también sobre el
suelo que ha pisado Puigdemont, hasta el momento mismo en que viajó a
Bruselas y pretende desde allí ennegrecer el presente, perjudicando
también el futuro. Pues si persiste en decir que la España que hay
merece el exilio, su exilio, está menospreciando gravemente esa palabra
digna y terminal, y triste, que fue el exilio que tuvieron otros
protagonistas, algunos de los cuales, como Antonio Machado, pasaron por
Cataluña o fueron muertos de hambre o de duelo o bien se hicieron, como
escribe Jordi Soler, "rojos de ultramar".
Palabra tan grave el exilio, y ahora él se la pone en la
solapa. De esa figura desleída se caen todas las palabras, pues él no
las dice para que pesen, sino para convertirlas en parte de su sonrisa
de perseguidor perseguido. Ahora está en Madrid Claudia Piñeiro, la
escritora argentina de La viuda de los jueves, que ayer presentó un libro que quizá debió llevarse consigo el desleído viajante. Se titula Las maldiciones,
va de la audacia de los políticos que vienen a salvar el mundo y se
adornan de la ambición y del engaño, y contiene esta frase: "Alguien
puede llegar a la política por muchos motivos. Unos más legítimos, otros
menos. También por error, por desidia. O por no saber decir que no".
Puigdemont se ha desleído condicionado por todas esas circunstancias. Y
ahora es un transeúnte en busca de quien le escriba, incapaz de decir a
tiempo no a su propia impostura. Claudia Piñeiro contó ayer lo que decía Raúl Alfonsín,
presidente de Argentina tras la dictadura: al pueblo no hay que hacerlo
sufrir con disyuntivas. Había que huir del plebiscito, buscar el
consenso. Buscar el sí o el no deshace a los pueblos. De ese escenario
es responsable Puigdemont, rompió en dos Cataluña. Y ahora duerme en
Bélgica esa pena moral. Y, finalmente, otro colega de Juan Marsé y Ángel González,
José Manuel Caballero Bonald, le presta a esta columna esta frase sobre
la madre de toda esta batalla: "El nacionalismo es un provincianismo sin
pretensiones". Si se acostumbra a viajar quizá al president desleído le vuelva el color a la cara.