La llegada
de la estilista Eva Fernández ha abierto el guardarropa de doña Letizia
a otros diseñadores, el último Ángel Schlesser.
La reina Letizia.Carlos AlvarezGetty ImagesLa reina Letizia
estrenó el jueves prenda y diseñador en la entrega de los Premios
Mariano de Cavia en Madrid. Por primera vez se enfundó en una creación
de Angel Schlesser:
un elegante mono color burdeos sin mangas, con escote de pico y
cinturón ancho en la cintura que combina dos tejidos del mismo color
creando un interesante juego de pliegues en los laterales. “Estamos muy
contentos de que se lo haya puesto, la repercusión que tiene ella es muy
importante para nosotros. Se ha notado sobre todo en redes sociales y a
todo el mundo le ha gustado”, explicaba a este periódico Pepe San
Martín, responsable del departamento de comunicación de Angel Schlesser. Como todos los que han vestido a Letizia, éste se mostró muy cuidadoso
de no desvelar ningún detalle sobre el cómo se habría fraguado el
contacto entre la marca y la Reina. La prenda que está disponible en este mismo tono y también en azul en la
web de este reputado diseñador español por 430 euros podría haber
sufrido algunos ajustes para el evento. La Reina la combinó con un bolso
de mano estilo patchwork de Tita Madrid, unos salones de Lodi y
joyas de Yanes y Cartier. Un conjunto más sobrio que en la anterior
edición de los premios - en la que sorprendió a los presentes con un
lujoso vestido de Nina Ricci
y un peinado con efecto mojado - que reafirma la apuesta de Letizia y
su equipo por el diseño nacional y su intención de ampliar el repertorio
de marcas que viste.
Tras apostar durante mucho tiempo por Felipe Varela
como modisto de cabecera continuando la línea más conservadora y
discreta marcada por doña Sofía, la entrada de la exestilista de Cosmopolitan, Eva Fernández en mayo de 2015, significó un cambio de estrategia.
La reina Letizia.Carlos AlvarezGetty Images
Fernández que sigue visitando de incógnito los showrooms
más importantes de la capital y que es quien gestiona y supervisa todas
las prendas que envían las marcas a La Zarzuela, ha sido clave para
acercar a la Reina a una mayor diversidad de firmas, sobre todo locales. Desde entonces, además de Varela, con el que sigue contando para
ocasiones de protocolo estricto, ha lucido otras marcas como Nina Ricci,
Carolina Herrera, Ailanto, Juan Vidal o Cortana. Para las marcas
independientes, vestir a la Reina es todo un empujón: “lo hemos notado
en ventas, en el tráfico de la web y en una repercusión que ha
traspasado fronteras” explicaban desde la firma Juan Vidal. Schlesser se suma así a esta lista cada vez más abierta en la que todavía quedan otros nombres por estrenar: Delpozo, Teresa Helbig,
Miguel Palacio, The 2nd Skin, Alvarno o Jorge Vázquez son algunos de
los nombres que todavía no han vestido a Letizia y que bien podrían ser
serios candidatos a enriquecer su estilo. El tiempo dirá.
Son tiempos para leer a Trevor Noah. Ayuda a distinguir la desgracia real de la fantasía del dolor.
Trevor Noah, en su programa de televisión 'The Daily Show'.Brad BarketGetty Images
El sufrimiento se ha abaratado. Puede que algún día, cuando
esta época convulsa se convierta en pretérita en los libros de historia,
alguien caiga en la cuenta de que en el devenir de los tiempos influyó y
no poco el que la gente hubiera perdido el sentido de la medida y
reivindicara, como si se tratara de un derecho, que su dolor debía ser
tomado en cuenta como el de las personas que de verdad sufren. Pero,
¿qué es la verdad y qué el falseamiento de la misma en el presente? Los sentimientos son subjetivos, podemos estar de acuerdo, aunque en
esta época de sacralización de la subjetividad hemos perdido por el
camino algo tan eficaz para observar la realidad como es el sentido de
la proporción. Echar un vistazo al mundo y compararse con el que nada
tiene y nada puede esperar se ha quedado caduco, es más, apelar a la
discreción o a la contención se considera un espantajo, como sacar del
baúl de los recuerdos virtudes cursis que no conviene desempolvar. Algo de eso sabe Trevor Noah, el cómico sudafricano que desde The Daily Show sacude cada noche sin piedad a Donald Trump.
En realidad, no solo dispara con sus chistes al presidente, Noah es un
especialista desde niño en meterse en líos y se ríe hasta de su sombra y
de la sombra de los suyos. Este mulato de 33 años nació en
Johannesburgo. La edad y el lugar de nacimiento ya nos indican que la
temeridad de su humor no fue espontánea: creció bajo el apartheid
y su color le convirtió en clandestino desde la cuna, ya que estando
prohibidas las relaciones sexuales mixtas, también se estigmatizaba a
los descendientes de esas parejas que subvertían las normas raciales.
Trevor, hijo de suizo y sudafricana, era un niño casi blanco de pelo
afro. Su aspecto le impedía sentirse integrado y protegido en grupo
alguno, salvo al calor de su madre, una mujer valiente y singular que no
conformándose con la miserable educación con la que el gobierno racista
de Pretoria condenaba a los niños negros o mulatos, se las ingenió para
darle al niño idiomas, los propiamente locales y el inglés, para
abrirle las puertas de un futuro distinto. Las madres de nuestro país han aspirado a lo mismo, el inglés, el inglés, pero en el caso de una madre negra del apartheid
dar a su hijo idiomas, libros y empujarle a tener sueños que fueran más
allá de construir una pared de ladrillo para su chabola era un anhelo
insensato.
Todo esto está contado en Prohibido nacer. Memorias de racismo, rabia y risa,
las memorias de un gran pícaro que ahora se publican en España y que el
año pasado sedujeron a la crítica estadounidense.
El periodismo nos
puede abrir los ojos a la realidad pero la primera persona de un relato
nos sitúa en el puro centro de la acción: en Soweto, por ejemplo, en el
camino que un chaval hacía todos los días al colegio; en la manera en
que su madre se distanciaba de él en la calle para que la policía no
dedujera que era hijo de una relación ilícita, o para que los suyos no
la llamaran puta por haberse acostado con un blanco.
Pero esa madre
digna y valerosa, que educó a su hijo en el humor y la resiliencia, dos
cualidades que comparten terreno porque nos salvan de la desgracia,
solía decirle al pequeño Trevor:
“Aprende de tu pasado y haz que ese
pasado te ayude a ser mejor persona.
La vida está llena de dolor. Haz
que ese dolor te mantenga despierto, pero no te aferres a él. No te
amargues”.
Vacunó, en suma, a su hijo contra la amargura y el
resentimiento, le ayudó a convertirse en una persona flexible y audaz.
Esa manera de narrar la fatalidad con humor está emparentada con las
memorias de Harpo Marx (Harpo Speaks), que destilan una ironía
no exenta de inocencia a pesar de ser los recuerdos de un niño judío y
pobre en el Nueva York de finales del XIX, o a las de nuestro Gila (Y entonces nací yo)
en el Madrid previo a la guerra o en medio mismo de la contienda,
cuando fue malamente fusilado, pasando luego hambre, frío y penurias en
la cárcel.
Todos huyen del dramatismo y a través de una mirada
humorística, a veces cruda, a veces compasiva, siempre sincera y limpia
aún a costa de confesar las mezquindades a las que cualquier ser humano
se rinde forzado por la necesidad, nos cuentan historias llenas de
verdad.
Entendemos cuáles fueron las enormes carencias que padecieron en
la infancia, el hambre, el frío, el miedo, la falta de libertad, la
exclusión por motivos de religión, raza o clase, pero a un tiempo nos
contagian unas ganas enormes de vivir, una bonhomía y una alegría que
para nosotros querríamos.
Son tiempos para leer a Trevor Noah.
Ayuda a distinguir la
desgracia real de la fantasía del dolor.
Es una lección que no todo el
mundo hoy está dispuesto a recibir.
Manifestación independentista durante la concentración ante el Parlament en Barcelona.JACK TAYLORGETTY
No
recuerdo un piquete de bienvenida tan numeroso y fervoroso como el que
mis amistades me concedieron en el aeropuerto de París, aunque pronto me
percaté de que no les movía ni conmovía el entusiasmo, sino la
sensación de encontrarse con un pasajero que venía de España, de un
marciano.
Desde las más ingenuas —"¿Por qué no dejan votar a los catalanes?"— a las más dramáticas ("¿Habrá otra guerra civil?").
Pude
percatarme entonces de la visión o versión superficial que adquiere la
crisis catalana fuera de su líquido amniótico.
Y del contraste que
existe entre el aislamiento institucional del soberanismo —la UE, en
cabeza y la casi unanimidad de la prensa—frente a la simpatía popular
que ha logrado engendrar en "ultramar" esta picaresca aventura del
pueblo oprimido.
Es
difícil invertir el argumento, precisamente por la simplificación de una
trama tan compleja; por el impacto de las imágenes represoras; y porque
la eficacia del aparato indepe en sus terminales locales e
internacionales se ha añadido a la inoperancia comunicativa del Gobierno
español, de forma que mis amistades parisinas recelaban de mi juicio
cuando trataba de explicar las atrocidades contra la democracia que
perpetraba el bando soberanista: la abolición del parlamento, el
pucherazo electoral, la discriminación cultural y lingüística, la
propaganda de los medios públicos, las movilizaciones, la ruptura de la
sociedad, el oscurantismo nacionalista y hasta la iniciativa de votar la
indepenencia embozados en el anonimato.
Creo
incluso que llegaron a decepcionarles mis explicaciones. Y que no
hubieran ido a buscarme al aeropuerto de haber sabido que mi narración
pedagógica excluía la epopeya libertaria del pueblo catalán, expuesto de
nuevo a la ferocidad de Madrid y a los resabios del franquismo.
Un
pueblo proclama su independencia.
Y un Estado opresor la neutraliza
"okupando" las instituciones.
No cabe lectura más artera y siniestra del
delirio soberanista, pero semejante tergiversación tanto se ha
arraigado en la ortodoxia de Cataluña como ha prosperado en la
abstracción y el diletantismo de la opinión pública internacional menos
informada.
Pónganse
en mi lugar. Expliquen a un extranjero que esta revolución de las
libertades se ha organizado desde el sistema, la burocracia la burguesía
y el esnobismo trotskista. Y disuádanle de su percepción "primitiva" o
elemental que confronta al gran depredador hispano con la resistencia
libertaria. Incapaz de hacerlo puede entenderse que mi regreso al
aeropuerto se produjera en soledad. Se había descompuesto el piquete,
aunque el mayor estremecimiento sobrevino delante del quiosco de prensa
del aeropuerto Charles de Gaulle. España era portada de todos los periódicos. Lograba convertirse en el centro del universo, pero lo hacía a expensas
de su cainismo, su temeridad, su frivolidad y su endogamia. La mayor
crisis de nuestro tiempo ha sido en propia meta y ha consistido en una
pulsión autodestructiva. La ha infligido el antiguo
veneno nacionalista y nos ha desfigurado en el mundo entero como una
nación arcaica. Hispania caput mundi. Lo hemos conseguido. Y daban ganas
de pedir asilo en París.
Muy pronto, el próximo día 2, se cumplirán cinco años desde que sufrí
un ictus con final feliz. Tenía 35 años y no adolecía de ningún
problema de salud que lo presagiara. Fue un ictus moderado, pues se fue
gestando poco a poco (no sufrí un derrame) y fui tratada muy pronto
gracias a que mi pareja me llevó enseguida al hospital. Uno de cada ocho
pacientes que sufren un ictus tienen entre 35 y 55 años. Hoy es el Día Mundial del Ictus y aquí voy a contar lo que sentí en las horas inmediatas a mi accidente cerebrovascular.
Un médico estudia el daño cerebral en un paciente.
Como una resaca
La mañana del 2 de noviembre me duché y cuando estaba secándome mi chico entró en el cuarto de baño. Me habló, le contesté y me miró con los ojos muy abiertos.
Me llevó a nuestra habitación. Me tumbé en la cama y
recuerdo pensar ‘Estoy mareada, como si tuviera un resacón’. La noche
anterior vimos Ratatouille, una película infantil sobre un ratón que sueña con ser ‘chef’, y no probamos ni gota de alcohol.
Negando la evidencia
Mi pareja me trasladó al hospital sin decirme a dónde me
estaba llevando para evitar rebeldías por mi parte. Así que subimos a un
taxi y le mostró al conductor un papel en el que había garabateado: “Al Clínico”. Ya en urgencias nos sentamos ante un médico y le contó lo que me estaba
pasando y ahí llegó mi sublevación: “¿Pero qué dices? ¡Si me encuentro
bien!”. No sé cómo lo dije pero sí recuerdo la cara de pánico con la que
me miró el médico. Cuando quise darme cuenta, estaba ya sobre una
camilla y una enfermera me estaba retirando las gafas. Mi mente seguía
aferrada a la negación de lo evidente. “En cuanto se despisten, me cojo
un taxi y me voy al periódico a escribir”, pensaba . Me habían encargado
una serie de reportajes sobre los desahucios y el día anterior había
estado entrevistando a dos menores cuyas familias estaban a punto de
perder sus casas. Desde la camilla, fijando la vista en el techo
mientras recorríamos a toda velocidad el hospital, la idea se repetía en
bucle en mi mente. “¡Por favor, que yo tengo que escribir!”.
Una breve mejora con su vacío en la memoria Ingresé en la sexta planta del hospital, en la UCI, donde
estaba al cuidado de una auxiliar de enfermería a la que bauticé
mentalmente como la pantera. Qué fuerza de mujer. Ella me contó
que me acababan de poner un trombolítico que me iba a curar. Lo que
pasó después no lo recuerdo pero durante un par de horas mejoré. Hablé
con mis padres que iban en el AVE camino a Madrid, angustiados tras
haber sido informados por mi hermano de lo que me estaba pasando. “Me
encuentro muy bien”, les dije. Es curioso que sea justo del pasaje de mi
mejora del que no recuerde nada. Un dolor desintegrador La memoria regresa de la mano del dolor. Sigo tumbada en la
cama de cuidados intensivos y sé que en cualquier momento van a regresar
los médicos que me han estado haciendo preguntas. Cómo me llamo. Cuántos años tengo. En qué año nací. Y lo más difícil: “Repite esta
frase: 'El espantapájaros intentó cruzar la carretera con el semáforo en
rojo”. El dolor es cada vez más fuerte y me pongo en posición fetal
para intentar atajarlo. Alguien me preguntó después que qué sentía en
aquel momento. Y la descripción que le di fue “como si se me estuviera
desintegrando el núcleo corporal”. Así de sencilla fue mi explicación.
Una operación con conciencia
Me metieron en una sala. Supe que me iban a operar y respiré
aliviada. No me durmieron aunque me hubiera gustado que lo hicieran. Me
inyectaron algo que tomé por un anestésico, pero pasaban los minutos y
seguía bien despierta. Si hubiese podido hablar lo habría mencionado,
pero en aquel momento no podía articular palabra (aunque no sentí
frustración ninguna). Entonces yo no tenía ni idea de qué era lo que me
estaba pasando. Estando en aquella sala se me ocurrió que podía ser algo
cerebral pues vi que había una pantalla frente a mí y recordé las
operaciones a cráneo abierto que salen a veces en las películas. Me
toqué instintivamente la cabeza. “Uf, está cerrada”, pensé, aunque
descubrí que la tenía fija a la camilla con una especie de tiara
metálica.
La intervención fue
larga y yo no acababa de entender qué demonios me estaban haciendo.
Nadie me lo detalló, aunque mis familiares sí estaban al tanto de todo
.
No tenía las gafas puestas y mi miopía no me permitía aclarar mucho las
cosas. De pronto me volvió el dolor desintegrador. Empecé a quejarme y a
intentar de nuevo coger la postura fetal. Una enfermera me riñó: "¡No
te muevas!".
El médico, por su parte, me animaba. “Muy bien, lo estás
haciendo muy bien”. ¿Pero qué es lo que estoy haciendo bien?
Tardé varios días en
entender todo el pasaje. Quien me operaba era un radiólogo que me estaba
haciendo un cateterismo.
Había entrado por la ingle y había subido con
un artilugio médico digno del futuro hasta mi carótida izquierda, donde
había puestos tres stents (o muelles) que permitieron que mi
flujo sanguíneo recuperara la normalidad.
Mi arteria estaba ahora
“recauchutada”, así que podía estar tranquila, me dijo un médico del
equipo del Doctor Egido, responsable del área.
Al salir de la
operación, el dolor fue amainando. El radiólogo y dos jóvenes médicos me
rodearon. Intenté mirarlos pero descubrí que no eran humanos sino seres
de otro planeta.
Durante el ictus perdí campimetría visual y sus caras
estaban deformes, como si alguien se hubiera merendado el espacio entre
sus cejas. ¿Qué tal te encuentras?, me preguntó el radiólogo. Estaba
ocupada intentando entender de qué planeta serían.
¿Quizás de Urano?
Volvió a preguntarme y obtuvo de nuevo el silencio por respuesta.
Uno de
los jóvenes médicos soltó entonces una frase que me llegó directa al
orgullo: “Déjala. No se entera de nada”.
Una ligera jaqueca
Me llevaron de nuevo a
la UCI. Aquella noche apenas dormí , pero fui una atenta observadora de
todo lo que sucedía en aquella sala, que era mucho, pues hubo otros dos
ingresos, uno de ellos con complicaciones.
Sobre las cuatro de la
mañana me quedé finalmente dormida. Al despertar de mi dolor solo
quedaba una ligera jaqueca que se fue esfumando a lo largo de ese día.
Estuve en total siete días en la sexta planta del Clínico.
Tardé semanas en atar todos los hilos. No querían asustarme y fueron
dándome la información con cuenta gotas. Cuando me anunciaron que iba a
estar un tiempo de baja, pensé que se referían a dos semanas, pero
cuando mi madre me dijo que sería de un mínimo de tres meses protesté
muchísimo. Para los familiares lo más duro es no saber el grado de daño
del afectado hasta pasados unos días. Durante mi ictus, que sufrí a
causa de una disección de la arteria carótida, perdí el habla y tardé en
recuperarla. El segundo día mi comunicación se reducía a “OK” y “vale”. A los dos días pude decirle a mi pareja: “No te preocupes”. Las recuperaciones en algunos casos son milagrosas. El cerebro aprende a
hacer lo que antes hacía la parte dañada y eso lleva su tiempo. En el
primer año tiene lugar la mayor mejora, pero después se sigue
evolucionando (aunque menos). Tengo la suerte de estar completamente
recuperada. La rapidez de reacción de mi pareja fue esencial. Para él y
para mi familia es muy duro rememorar esos días. Para mí, que lo viví
todo con poca conciencia del riesgo al que me enfrentaba, es un pasaje
positivo de mi vida, sobre todo la etapa de la rehabilitación. Estoy
infinitamente agradecida al doctor José Egido, a la doctora Ana García,
al neuropsicólogo Álvaro Bilbao, del CEADAC,
a la logopeda Elena Panizo y a la terapeuta ocupacional Cristina
Flórez. Todos ellos tienen un lugar muy especial en mi corazón... Y en
mi cerebro.