El popular humorista, de 85 años, no se encuentra grave.....Denle ya la Medalla de Andalucia, el no solo hizo reir sino que toda una generación de 40 años impuso su vocabulario..."Hasta luego Lucas" lo dijo Moyá al ganar, creo un partido de Tenis, hizo que reconocieramos Barbate por ejemplo. Y sobre todo porque es una persona Buena.
Gregorio Sánchez, el conocidísimo humorista Chiquito de la Calzada,
se encuentra ingresado en el Hospital Regional de Málaga tras ser
rescatado por los Bomberos de su casa de la capital de la Costa del Sol, donde fue hallado sin poder moverse. El centro hospitalario de
momento no ha facilitado un parte médico sobre su estado, aunque parece
no revestir gravedad. Chiquito de la Calzada, de 85 años, tiene su domicilio en la zona del paseo marítimo Antonio Machado. La familia avisó sobre el mediodía del sábado a los Bomberos porque no podía contactar con Chiquito
y no podía tampoco acceder a la vivienda del artista, porque tenía
llave estaba puesta por dentro en la cerradura. Los efectivos de este
cuerpo accedieron al inmueble a través de un vehículo autoescala y
encontraron a Gregorio Sánchez sin poder moverse. Según los servicios de
emergencias, estaba consciente.
Chiquito de la Calzada lleva años retirado de la escena
pública, aunque es uno de los grandes humoristas españoles. El éxito le
llegó con 62 años y expresiones como fistro, jaarl o pecador de la pradera, popularizadas en la década de los noventa del siglo pasado, y que todavía se repiten y recuerdan.
Gregorio Sánchez reside en Málaga, su ciudad natal, y uno de sus
últimos actos públicos fue en noviembre de 2016, cuando recibió uno de
los premios anuales de la Asociación de Empresarios Hoteleros de la
Costa del Sol (Aehcos). Ese mismo mes fue nombrado Hijo Predilecto por
la Diputación Provincial de Málaga.
A PARTIR DE junio del año que viene, las mujeres, en Arabia Saudí, podrán conducir. ¿Por qué a partir de junio de 2018 y no del miércoles próximo?, se preguntarán ustedes con razón. Para hacerse esperar. De este modo, se alimenta la idea de que la decisión resulta complicada. Una cosa es el decreto del bondadoso rey y otra su desarrollo. Podrán
conducir, vale, ¿pero les será permitido ver por dónde van? La de la
foto actúa un poco a ciegas, con la visión periférica más bien limitada. ¿Se habilitará, en fin, un vestuario especial para facilitar la
visibilidad de las conductoras o seguirán expuestas a que el velo, en un
movimiento involuntario, acabe por cegarlas del todo? ¿Podrán poner el
aire acondicionado si hace calor y la calefacción si frío? Todas estas
preguntas, desatinadas a primera vista, resultan pertinentes colocadas
en el contexto saudí.
Otro asunto: ¿a nombre de quién estará el coche, quién figurará en el
contrato del seguro?
Ellas no, desde luego, puesto que no disponen de
cuentas corrientes.
Lo más probable, además, y dadas las limitaciones
que se les imponen para viajar, es que no puedan ir solas dentro del
coche. Deberá sin duda vigilarlas un hombre desde el asiento del
copiloto. Muchas dificultades, como vamos viendo, para interpretar el decreto,
de ahí que su puesta en marcha no sea una cosa de hoy para mañana.
Y es
que no es lo mismo permitir que conduzcan que permitir que se
conduzcan.
Para lo segundo, tendrían que dar un salto de dimensiones
épicas desde la Edad Media, donde viven, a la Contemporánea, desde donde
acabamos de leer la noticia. —
Estamos en un momento de desgracia. La inquina y el aborrecimiento
parecen formar parte de nuestro ADN. ¿Es este un proyecto de sociedad? 15 de octubre de 2017
HE TENIDO LA suerte de vivir la Transición,
un periodo tenso y difícil (¡cuánto miedo pasamos!), pero también un
tiempo de grandeza en el que los españoles optamos por la generosidad y
por el acuerdo. Hartos de llevar siglos matándonos los unos a los otros,
decidimos cambiar nuestro destino feroz y darle la mano al oponente. Ahora algunos que no vivieron aquello critican frívolamente lo
conseguido; lo cierto es que teníamos todas las papeletas para sumirnos
en una carnicería como la de Yugoslavia, pero esa actitud conciliadora
nos permitió salir de nuestra anomalía política y desarrollar una
democracia que hoy es lo suficientemente fuerte como para proponer, por
ejemplo, la derogación de la Ley de Amnistía de 1977. Fue un momento de
gracia de nuestra historia. Ahora, en cambio, estamos en un momento de desgracia. Y debo decir
que se nos da muy bien, que la inquina y el aborrecimiento mutuo parecen
formar parte de nuestro ADN. Gerald Brenan, en su famoso libro El laberinto español,
ya hablaba en 1943 del individualismo salvaje de los españoles y de
cómo estábamos atomizados en tribus que no hacían más que atizarse las
unas a las otras. Nuestro infatigable cainismo ha llamado la atención de
los intelectuales europeos desde hace siglos.
El francés Bartolomé Joly, que
viajó por España entre 1603 y 1604, escribió: “Entre ellos, los
españoles se devoran, prefiriendo cada uno su provincia a la de su
compañero”. Y el inglés Richard Ford (1796-1858), que nos visitó
repetidas veces, dijo: “Cada español piensa que su pueblo o su provincia
es lo mejor de toda España, y él, el ciudadano más digno de atención.
Desde tiempos muy remotos, a todos los observadores les ha sorprendido
este localismo, considerándolo como uno de los rasgos característicos de
la raza íbera, que nunca quiso uniones (…) ni consintió en sacrificar
su interés particular en aras del bien general”. Es como si no nos
cupiera en la cabeza un concepto del bien común que fuera más complejo
que el de la horda.
Y así estamos ahora, devorándonos.
Hace dos años saqué un artículo a
favor de un referéndum en Cataluña.
Pero ¡qué victoria tan pírrica la del 52,2% mayoritario!
Personalmente creo que el nacionalismo es una opción retrógrada, pero a
una sociedad tan dividida hay que darle un campo de juego político lo
suficientemente amplio como para poder llegar a un consenso. Y un
referéndum legal y pactado a lo Quebec podría haber sido una salida. Estoy escribiendo este artículo el 1-O (tarda 15 días en imprimirse)
con el ánimo aterido y con una inmensa pena que no creí que volvería a
sentir por este país. Ha empezado la temible y previsible violencia, que siempre es sufrida por la gente de la calle y que favorece a los instigadores del soberanismo: ya tienen su épica. Los independentistas braman diciendo que es un problema de democracia
(de hecho, al núcleo nacionalista duro se han unido un montón de
insatisfechos con nuestro, en efecto, insatisfactorio sistema), y lo
terrible es que muchas otras personas, como yo, también creemos que es
un problema de democracia, es decir, de un referéndum ilegal que pisotea
zafiamente los derechos más básicos. Arde tanto la furia que a estas
alturas del artículo ya me parece oír los insultos que me estarán
dedicando mis oponentes, ya siento llegar las heladas olas de su odio . Y
¿saben qué? Lo peor es que es fácil, demasiado fácil, meterse en esas
aguas negras y dejarse llevar. Yo también podría insultarles,
reclamarles, echarles en cara, detestarles. Podríamos discutir
interminablemente de deudas y afrentas y remontarnos en nuestro
historial de agravios hasta los cartagineses. Pero ¿para qué? Yo sólo sé
que compañeros de trabajo catalanes que hace seis meses salían a tomar
copas, ahora se odian entre sí. ¿Ése es un proyecto de sociedad, un
proyecto de futuro? ¿Qué les diremos a nuestros descendientes sobre
nuestro papel en esta locura? ¿Queremos ser de los que añaden leña al
fuego o de los que intentan apagarlo?
Son millones los que han perdido el empleo, el negocio o aun la vida,
los que han engrosado las filas de la pobreza. Ya no se habla de nada de
esto.
30 DE SEPTIEMBRE, víspera de la kermés independentista de Cataluña. Salgo a dar una vuelta por mi barrio madrileño, el de los Austrias,
poco proclive a votar al PP (decir que vota más “izquierdas” sería
grotesco en tiempos en que se tiene por tal a un partido como Podemos,
tan parecido al peronismo benefactor y beneficiado de Franco). Algo había leído en columnas ajenas, pero ahora lo veo con mis ojos: a
lo largo de mi breve paseo, distingo un centenar de banderas españolas
en balcones, algo insólito en la capital a menos que la selección
dispute una final de fútbol, lo cual puede ocurrir, como máximo, un día
cada dos años. “Vaya”, me digo. “Gracias, Puigdemont y Junqueras,
Forcadell y Anna Gabriel, Romeva y Turull y Mas, Rufián y Tardà”. (Ya
dijo Juan Marsé, con su excelente oído, que estos dos últimos sonaban a
dúo de caricatos.) “Estáis despertando un nacionalismo peligroso que
llevaba décadas adormecido”. Me consuelo levemente al comprobar que las
banderas colgadas son constitucionales o sin escudo, no veo ningún
águila ni el insoportable toro silueteado.
Pero me revienta la proliferación de banderas, no
importa cuáles. La veo una pésima señal.
Hace años, a raíz de una
exhibición de esteladas en el Camp Nou, y al preguntárseme al respecto
en una radio, contesté que siempre que veía gran número de banderas me
acordaba de Núremberg, fueran catalanas, españolas o estadounidenses.
Un
historiador experto en falsear la Historia me acusó de haber comparado a
los independentistas con los nazis, ocultando arteramente que me había
referido a cualquier bandera, y que había hecho mención expresa
de la española. Bueno, quien acostumbra a falsear la Historia cómo no
va a falsear lo demás.
Le bastaría pisar la Plaza Mayor de Madrid para ver que todos sus
soportales están tomados por masas de mendigos que duermen y velan
dentro de sus cartones
Lo cierto es que los susodichos políticos
catalanes llevan años haciéndole inmensos favores al PP. Y si hasta
ahora no se los han hecho al extremismo totalitario (al español; al
catalán de la CUP ya lo creo que sí), es porque está medio oculto y
desarbolado, o bien integrado en el PP. No es sólo que reaviven un patriotismo felizmente aletargado, ojalá eso
quede en anécdota. Es que gracias a ellos ya no existe ningún grave
asunto más: ni corrupción, ni Gürtel, ni Púnica, ni Bárcenas, ni ley mordaza
ni recortes laborales, sanitarios, educativos. Hace no mucho la
Ministra de Trabajo se fue de rositas tras ensalzar la “gran
recuperación” de la economía tras la crisis, y encima se vanaglorió, con
el mayor cinismo, de que “nadie ha sido dejado atrás”. A Báñez le
fallan las neuronas (es la única alternativa al cinismo), y además no se
baja nunca de su coche oficial. Le bastaría pisar la Plaza Mayor de
Madrid para ver que todos sus soportales están tomados por masas de
mendigos que duermen y velan dentro de sus cartones, despidiendo un
hedor que nada tiene que envidiar al de Calcuta en sus peores tiempos. Esa plaza, como otros puntos de la ciudad, son favelas, cada
día más. Y si Gallardón y Botella no tomaron medida alguna, imagínense
Carmena, a quien el escenario tal vez parezca de perlas y “aleccionador”
para los turistas. Báñez se ha olvidado ya de los incontables negocios
que debieron echar el cierre desde 2008, a los que de repente los bancos
negaban hasta el crédito más modesto; de los infinitos parados súbitos
del sector de la construcción y de las empresas afines : gente que llevaba una vida fabricando grifos, pomos o cañerías se
quedó en la ruina y a menudo en la calle; tampoco va la Ministra a
oficinas ni tiendas, en las que verá cómo se ha reducido el personal
brutalmente y cómo quienes conservan el empleo se ven obligados a hacer
jornadas interminables, a multiplicar su tarea por dos o tres, para
paliar esa falta de compañeros de la que los dueños sacan ganancia. Haga
interminable cola en un supermercado y pregúntese por qué hay una sola
caja abierta, en vez de tres o seis; pregunte qué sueldo perciben esos
trabajadores que mantienen su puesto, se enterará de que no están lejos
de ser siervos; pregunte qué tipo de contratos se ofrecen, y verá el
abuso del patrono institucionalizado, y protegido por su Gobierno y por
ella. ¿A nadie se ha dejado atrás? Son millones los que han perdido el
empleo, el negocio o aun la vida, los que han engrosado las filas de la
pobreza. Ya no se habla de nada de esto. Claro que dense un paseo por Cataluña y verán lo mismo, si no peor. Sus
gobernantes autonómicos, hoy aclamados por los independentistas, han
llevado a cabo las mismas políticas de austeridad y recortes que el PP,
con antelación y con el resultado de millares de niños malnutridos. Así
que con la kermés también se están haciendo un inmenso favor a sí
mismos. Han conseguido que no se hable más del 3%, del saqueo de los Pujol, de la monstruosa corrupción.
“Dadnos un país nuevo y puro”, le dicen a la gente. Y callan la segunda
parte, la verdadera: “Así nadie nos podrá pedir cuentas de lo que hemos
hecho, ni de lo que seguiremos haciendo con las manos libres y jueces
nuestros”. Uno se estremece al comprobar lo fácil que resulta hoy
engañar.