Desde Colón, su primer turista, mucho ha cambiado la costa, la montaña y la ciudad de esta isla atlántica. Así que agarren una guagua, descúbranla y 'pásenlo de flores'.
Ya sea a través de entrevistas o de mensajes en las
redes sociales, nadie la ha asesorado o protegido y los medios y la
audiencia han permanecido impasibles mientras ella ofrecía blemas legales e incluso
anuncios de intentos de suicidio.
Sinéad O’Connor, durante un concierto en Sydney Australia en 2015.Getty Images/
absurdas, acusaciones que podían meterla en problemas legales e incluso anuncios de intentos de suicidio.
El último de una lista de episodios tan tristes como morbosos ha sido la entrevista que ha concedido esta semana al programa de Dr. Phil, en la que se pudo ver a una mujer rota, que relataba entre lágrimas que lo que más le gusta de su madre “es que esté muerta”.
Después admitió que había perdonado a su progenitora, que murió en un
accidente de coche cuando ella tenía 19 años, pese a los continuos
abusos físicos y hasta sexuales que presuntamente le habría infligido
durante la infancia.
Cuesta creer que con esta entrevista O’Connor haya
tocado fondo teniendo en cuenta su historial.
El último decía que había tomado una sobredosis, porque “es la única
forma de que se me respete”.
La policía la encontró bien y la dejaron en
manos de los médicos. No se supo si lo de la sobredosis fue cierto o se
lo inventó para llamar la atención en un acto fruto de su bipolaridad.
Dos meses antes le habían quitado el útero, y durante su ingreso
escribió mensajes avisando de que un presunto acosador la iba a violar.
Al mismo tiempo, la cantante anunciaba que en el hospital la tenían
vigilada por si se quitaba la vida.
En 2016 hubo otro anuncio de
suicidio en redes sociales acompañado de la desaparición de la cantante.
Fue el tercero, ya que se supo que en 2011 tuvo lugar un primer aviso a través de Twitter con la pertinente intervención de las autoridades.
En caída libre desde 2003
Los intentos de suicidio llegaron tras años de decadencia desde que
la artista anunció su retirada de la música en 2003, coincidiendo con el
diagnóstico de su enfermedad. Poco antes se intuía que no estaba bien. Se hizo ordenar sacerdote por un grupo independiente de la Iglesia
católica. En 1992 dio la vuelta al mundo su imagen rompiendo una foto del papa Juan Pablo
II en televisión. Luego se hizo llamar Madre Bernadette Mary. Después
se retractó. En 2000 aseguró que era lesbiana; luego rectificó. A los
cinco años dijo que había tenido tres relaciones con mujeres, pero que
se inclinaba más “por los chicos peludos”. Simples anécdotas si se comparan con sus salidas de tono en la Red. Estuvo a punto de tener que pagar cinco millones de dólares al
presentador Arsenio Hall tras acusarle de facilitar a Prince las drogas que le causaron la muerte. En 2013 dijo que Miley Cyrus estaba prostituida por la industria musical y sobre Kim Kardashian en 2015 lanzó un “¿qué hace esta zorra en la portada de Rolling Stone? La música ha muerto”. Hasta llegar esta semana a una entrevista
desgarradora en la que resulta imposible valorar hasta qué punto lo que
cuenta es verdad o delirio. Entre los mensajes que publicó el pasado
agosto mientras estaba hospitalizada se encontraba este: “La enfermedad
mental es como las drogas, no le importa nada quien seas”. De momento a
Sinéad O’Connor no le crea ningún problema compartirla con un público
que teme recibir cualquier día un disgusto definitivo sobre la artista.
De la inestabilidad a la soledad
Sinéad O'Connor ha pasado por cuatro matrimonios. El primero de
ellos, con el productor musical John Reynolds, fue el menos tumultuoso .
Su segundo matrimonio fue con el periodista Nicolás Sommerlad en 2002.
Su tercer marido fue el músico Stephen Cooney y el último Barry
Herridge, un terapeuta especializado en desintoxicaciones de drogas
—solo duró 16 días—. Tiene cuatro hijos y solo el mayor, Jake Reynolds,
es de uno de sus maridos. El resto han nacido fruto de otras relaciones. Tras el intento de suicido de 2016 culpó a su hijo mayor de su
destrucción.
SI EN LUGAR DE a miles de personas, hubiéramos reunido en esta
playa a miles de chimpancés, habrían sido al poco tiempo víctimas del
caos, pues estos animales solo pueden convivir en comunidades reducidas. Lo explica muy bien Yuval Noah Harari en Sapiens (Debate),
donde señala que nuestro secreto para cooperar en grupos cientos de
miles o millones de individuos se debió al advenimiento de la ficción. Desde el instante en el que nuestro cerebro fue capaz de alumbrar
realidades imaginadas como la religión, el código civil, la patria o El
Corte Inglés, los seres humanos, fusionados en torno a tales mitos,
pudimos superar el umbral crítico de cooperantes que en nuestros
parientes, los chimpancés, no pasa de 50.
jose jordan
Del mismo modo, en fin, que creemos en Dios o en el dólar, creemos en la
idea de ir a la playa. Gracias a esa ficción la gente puede convivir en
espacios reducidísimos sin que la violencia estalle. Al llegar a casa,
asegurarán que vienen de la playa sin conciencia alguna de mentir. De
hecho al día siguiente de que se publicara esta foto en El País, me
telefoneó un amigo de Barcelona para que lo buscara con una lupa, pues
había estado allí en el momento en el que se sacaba la instantánea. Es
uno de los que creen estar bañándose. Este amigo también estuvo entre la
multitud cuando vino el Papa a España porque es muy católico. Ahora es
independentista, pero hasta hace poco llevaba una banderita española en
la muñeca. A veces saltamos de una ficción a otra como el chimpancé de
una a otra rama. Todo esto gracias a la versatilidad de nuestras redes
neuronales.
¿Qué más tiene que suceder en Venezuela para que esos fieles devotos se
caigan del caballo? ¿Que descuarticen bebés en las plazas públicas?
Nunca he sido una persona mitómana, supongo que por temperamento
pero también por haber empezado a trabajar como periodista a los 19
años, lo cual me hizo conocer desde muy joven a gente famosa y comprobar
que tienen los mismos agujeros que tenemos todos. De hecho, cuando advierto algún defecto en un personaje que admiro (por ejemplo, la gran Marie Curie
fue una madre muy dura), a menudo aún lo admiro más, porque eso lo
humaniza y le permite servir de verdadero modelo en esa lucha que
siempre es la existencia. Por eso me alucina la urgencia que tanta gente
parece sentir de construirse un altarcito de dioses personales,
divinidades intocables a las que se aferran con la misma fe que un
cristiano integrista. En 40 años de vida profesional, pocas veces he
recibido vapuleos tan airados por parte de lectores como en tres
ocasiones en las que escribí algún juicio crítico sobre John Lennon, Michael Jackson y Lady Di. Y mis textos no habían sido sangrantes, pero los fans no pudieron
soportar la más leve sombra en el aura luminosa de sus santos: los
ídolos han de ser perfectos y sin mácula. Hay gente que parece no ser
capaz de aguantar la existencia sin tener a mano algún diosecillo
terrenal al que adorar. En un reportaje sobre los 20 años de la muerte
de Lady Di, vi a una mujer que, por supuesto, no había conocido
personalmente a la princesa, y que decía: “Fue el peor día de mi vida”. Es llamativo, ¿no? Sobrecoge el pozo sin fondo de su necesidad. Estos extremos de mitificación nos pueden parecer conmovedores o
patéticos y en cualquier caso inofensivos; pero es que por desgracia esa
misma avidez de santos, y lo que es aún peor, de paraísos, se encuentra
en muchos otros ámbitos sociales con consecuencias nefastas. Santo
intocable es, por ejemplo, el Che Guevara,
trepado a los altares en medio mundo; y, dado que los paraísos
tradicionales como la URSS, China o Cuba se han ido resquebrajando con
el tiempo, un número asombroso de personas en apariencia inteligentes y
amables se aferran con recalcitrante ceguera a la invención del edén
venezolano. Y, como sucede en todos estos procesos de mitificación, da
igual que la realidad desmienta su espejismo una y otra vez; que Venezuela
sea un Estado en colapso, que haya violencia, torturas, desapariciones,
asesinatos y el más escandaloso pisoteo de los derechos democráticos. Todo esto no importa nada, porque los prejuicios sólo ven lo que quieren
ver (ya lo decía Einstein: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil
desintegrar un átomo que un prejuicio”), y porque no estamos hablando de
ideas, sino de creencias. No nos encontramos en el territorio de la
razón, sino de la fe. ¿Qué más tiene que suceder en Venezuela para que esos fieles devotos se
caigan del caballo? ¿Que descuarticen bebés en las plazas públicas? Me
temo que ni aun así. El mes pasado, Óscar Puente, alcalde de Valladolid y
nada menos que portavoz de la ejecutiva socialista, dijo
en una entrevista que la crisis de Venezuela “estaba sobredimensionada”
y que era “responsabilidad colectiva de los venezolanos” (le tuvo
que corregir públicamente Lastra, la vicesecretaria general del PSOE,
que habló de los más de 100 muertos en las protestas y de los 600 presos
políticos). En fin, Puente no es imbécil, o eso espero; pero dijo eso
en lo más álgido del conflicto y de la represión, mientras corría la
sangre. ¿Qué se están jugando personalmente los que se empecinan contra
viento y marea en seguir creyendo en paraísos inexistentes? Quizá les
alivie cierta culpa inconsciente de poseer más que otros en este mundo
de atroz desigualdad. O quizá sean individuos más frágiles y necesiten
aferrarse a dogmas pétreos para aguantar la desazón de vivir. Puede que
sean románticos y demasiado inocentes, es decir, ignorantes; pero lo
reprobable es que se niegan a ver la realidad (atrévete a saber, como
diría Kant). Y también supongo que creer en un edén terrenal alegra la
vida, de la misma manera que la alegran los finales felices de
Hollywood. No sé, la verdad, no me lo explico, no acabo de entenderlo, pero
resulta trágico porque, bajo una supuesta defensa de una sociedad más
justa, terminan siendo cómplices de tiranos.