Un
documental presentado en el Festival de Toronto repasa la vida de Scotty
Bowers, quien descubrió las intimidades de las estrellas del cine
clásico en su libro ‘Servicio completo'.
Spencer Tracy y Katherine Hepburn en la película 'La mujer del año', estrenada en 1942.GTRESOLINE
La aventura que mantuvieron Spencer Tracy y Katharine Hepburn
durante años, mientras él seguía casado, fue uno de los grandes
secretos a voces de Hollywood. Un romance inmoral pero permitido porque
eran grandes estrellas de cine, la pareja que todo el mundo aspiraba a
ser viendo sus películas. Pero aquella relación no era más que una
tapadera. "Las revistas de cine vendieron esa historia, pero ellos no
eran amantes, eran simplemente amigos, compañeros de trabajo", dice
Scotty Bowers en el documental sobre su vida Scotty and the Secret Life of Hollywood (Scotty y la vida secreta de Hollywood). Él los conoció bien a través del director George Cukor.
Spencer Tracy vivía en una de las cabañas de Cukor y Katharine Hepburn
en otra. "Nunca vivieron juntos como se decía", sigue Bowers. Algunas
noches, Scotty buscaba mujeres para que pasaran las noches con la
actriz, y después acompañaba hasta su cama al actor borracho. "Él era
gay, aunque no quisiera admitirlo", dice. Cukor, Hepburn y Tracy no fueron sus únicos clientes. Scotty Bowers era una leyenda en el Hollywood dorado. Era el hombre que "apañó" durante años los encuentros románticos y
sexuales entre todas aquellas estrellas de Hollywood que tenían que
esconderse entre las sombras. Era el hombre que les hacía felices. El
primero que le conoció fue Walter Pidgeon. El actor de Planeta prohibido
paró a repostar en la gasolinera en la que trabajaba Scotty y este le
dio un momento de felicidad en el cuarto de atrás de la estación de
servicio. A partir de ahí se corrió la voz. Por 20 dólares Scotty hacía
sus sueños realidad . Él mismo estaba disponible, pero cuando el negocio
empezó a crecer fue buscando otros chicos. En un momento dado, saltó al
motel de enfrente. Y poco después se encargó de organizar fiestas con
tantos hombres y mujeres como pidieran sus anfitriones. "Cole Porter me
pidió una noche 15 hombres", cuenta.
Scotty Bowers, que en la actualidad tiene 94 años, durante una fiesta en la época del Hollywood dorado.
Entonces dejó de cobrar, pero siguió "apañando encuentros" con el
único objetivo de hacer feliz a la gente. Casi todo lo que cuenta el
documental, dirigido por Matt Tyrnauer, estaba ya en el libro que el
propio Bowers publicó en 2012, Servicio completo. El rodaje, de
hecho, empezó después de la publicación y habla un poco de las críticas
que recibió por sacar del armario y contar los secretos sexuales de
tanta gente, la gran mayoría ya desaparecida. Según Bowers, esperó a que
no estuvieran precisamente por respeto a ellos. Y lo que hizo fue
convertir a todas esas leyendas y mitos "en personas reales, gente de
carne y hueso", le defiende el actor Stephen Fry en el documental. "Su
historia no es la de un gay renegado —explica Fry—, Scotty no se
conformaba con una etiqueta, traspasó todas las vallas que nos hemos
construido para separarnos los unos de los otros". El documental arranca con la celebración de su 90 cumpleaños, ahora
ya tiene 94. Comparte secretos de otros, como la noche que "apañó" a
Rock Hudson y un recién llegado Cary Grant,
o las múltiples veces que mandó hombres a la habitación del duque de
Windsor y mujeres a la de Wallis Simpson. Pero también comparte sus
encuentros; como aquella noche que participó en un trío con Ava Gardner y
Lana Turner, o cuando se acostó con Bette Davis durante la guerra o con
J. Edgar Hoover vestido de mujer.
Rock Hudson y Jeff Chandler durante un descanso del rodaje de la película Iron man' en 1951.
Hollywood construyó una imagen de amores idílicos mientras les
obligaba a ocultarse en las sombras y Scotty hacía de esas sombras un
lugar más feliz. "Algunas personas me han dicho que los mejores momentos
de su vida fueron en aquella gasolinera", cuenta. "Y me siento bien de
haber hecho feliz a tanta gente", continúa mientras celebra la aprobación del matrimonio gay en Estados Unidos. En las últimas décadas se ha dedicado a hacer feliz a su mujer y amigos. Fue la muerte en 1985 de Rock Hudson
por sida, y la sacudida que vivió la industria por la tragedia, lo que
le hizo retirarse como el hombre que cumplió los deseos sexuales de
Hollywood.
The Granger Collection, New York /Cordon Press
Pie de Foto: Maria Callas en una actuación en el Teatro de los Campos Elíseos de París el 7 de diciembre de 1973.The Granger Collection, New York (Cordon Press) / EPV
Maria Callas (1923-1977) era un animal escénico. Quiere decirse que
limitarse a escucharla restringe el fenómeno arrebatador que representó
ella misma sobre la tarima, aunque semejante evidencia no contradice que
sus grabaciones, en vivo y en estudio, constituyan una experiencia
dionisiaca y un hito cultural que sobrevuelan el 40 aniversario de su muerte. Estos son sus diez mandamientos. O, al menos, diez de ellos, pues la
versatilidad de Maria Callas explica el apodo de la “absoluta” y
justifica una trayectoria descomunal.
"Tosca", de Puccini (Warner Classics)
No es solo un hito artístico de Maria Callas, sino una de las
grabaciones fundamentales de la historia de la fonografía. Mérito de la
soprano y de su identificación casi existencial con la protagonista,
pero también de la atmósfera sonora que crea el maestro Victor de
Sabata; del mefistofélico Scarpia de Tito Gobbi; y de la plenitud de
Giuseppe di Stefano en el papel de Cavaradossi.
"Norma", de Bellini (Warner Classics)
La recuperación y la reputación de esta ópera hubiera sido
inconcebible sin la mediación de Maria Callas, menos apolínea y
académica que las sopranos puramente belcantistas, pero mucho más
desgarradora y emotiva. Su “Casta diva” sublima una grabación en la que
Mario Filippeschi expone su valentía, su clase y su personalidad,
meciéndose en la batuta de Tullio Serafin en el foso magmático de la
Scala.
"Lucia de Lammermoor", de Donizzeti (EMI Classics)
No es cierto que Callas fuera camaleónica. Más bien sucedía que cada
personaje encontraba un punto de encuentro con su personalidad, su alma. Y ese extraño vínculo, parecido al de Marlon Brando en el cine o al de
Gould en el piano, contribuía a la sensación de que la Callas estaba
experimentando realmente lo que cantaba. No es una excepción el aria de
la locura con que finaliza esta grabación de “Lucia di Lammermoor”. Y sí
es una locura, una cosa de locos, el disco mismo, entro otros motivos
por el ménage à trois que se concede con el fabuloso Di Stefano y el
prodigioso Gobbi.
" La Traviata" (II), de Verdi (Warner Classics)
La razón de recomendar por segunda vez la ópera de Verdi consiste en
rescatar la versión en vivo que la diva interpretó en Lisboa en 1958. No
ya porque traslada 60 años después la tensión, la pasión acumuladas
durante la función, y la consecuente ceremonia de comunión con el
público, sino además porque el papel de Alfredo correspondía a un
homónimo y joven tenor canario de apellido germano y de prometedoras
expectativas. Se llamaba... Alfredo Kraus.
La Vestale", de Puccini (Warner Classics)
Maria Callas fue una cantante omnívora, omnímoda, omnipotente. Y se
convirtió en una Indiana Jones de la ópera gracias a los
descubrimientos, resurrecciones y e hitos musicológicos que sirvieron de
argumento para exhumar un repertorio no muerto pero sí cateléptico. Una
buena demostración de semejante compromiso consiste en su apabullante
“trabajo” como vestal de la “La Vestale”. Franco Corelli resiste, otra
vez, las embestidas de la “monstrua”.
"Medea", de Cherubini (Warner Classics)
Se diría que la Medea de Callas rebasa todos los límites del fenómeno
canoro. Cantar, canta. Y lo hace con todo su poder seductor, magnético y
telúrico, pero la soprano griega es aquí particularmente griega, como
si estuviera no cantando la opera de Cherubino, sino recitando la obra
teatral de Eurípides. Pesan las palabras. Y se percibe una impresionante
hondura dramatúrgica, más o menos como si la Callas fuera a hacérsenos
corpórea. Qué barbaridad.
"Carmen", de Bizet (Warner Classics)
Erotismo, sensualidad, fatalidad. Maria Callas destripa a la
protagonista de la ópera de Bizet y se descara en el repertorio francés,
aunque no lo cultivó demasiado (Massenet, Gounod y Berlioz). Fue la
divina diva una cantante bastante promiscua con los tenores en sentido
artístico, pese a la debilidad hacia Di Stefano. Aquí lo demuestra
rivalizando con el sueco Nicolai Gedda y ateniéndose a la tensión
teatral y al esmero cromático que proporciona la memorable versión de
Georges Prêtre.
"Macbeth", de Verdi (EMI Classics)
Puede que Giuseppe Verdi proporcionara a Maria Callas la columna
vertebral de su carrera. Y que la personalidad de la “metasoprano”
alcanzara a romper las distinciones al uso entre los papeles líricos y
los dramáticos. De estos últimos proviene Lady Macbeth, cima de la
ejecutoria de Maria Callas en cuanto el papel predispone otra vez un
viaje al abismo. Conmueve la cantante. Duele. Y lo hace inmejorablemente
arropada por Victor de Sabata.
“El Barbero de Sevilla”, de Rossini (Warner Classics)
Cerebral e instintiva a la vez, Maria Callas perseveró en los papeles
dramáticos y hasta tremendistas, pero también supo reír, especialmente
con el repertorio de Rossini. Un buen ejemplo es el “Barbero” que grabó a
las órdenes del maestro Galliera en 1957. Ágil, virtuosa, sensual,
entrañable, la Rosina de Maria Callas es su mejor imagen feliz y la que
rebasa los tópicos fatalistas.
A quien sufre ese mal le queda la duda de si no había algo por lo que mereciera tal castigo.
Noche en Nueva York.Johner ImagesGetty Images
Hay, con respecto a Nueva York, un malentendido que resulta ya casi
imposible de aclarar, pero esta cronista que es tozuda lo intenta, como
intenta, infructuosamente, cambiar la imagen que de ella se hicieron los
lectores en un primer vistazo. Ocurre que la idea que tenemos de esa
ciudad está prisionera en su mayor parte del territorio de los anhelos y
los sueños, hasta el punto de que no estamos dispuestos a que la
realidad desbarate lo que durante tanto tiempo hemos fraguado al calor
de la fantasía. Cuando yo escribía crónicas desde Nueva York había quien deseaba que
perpetuara la ensoñación para que la ciudad continuara siendo la tierra
prometida; había también quien, desde un punto de vista más resentido o
mezquino, veía en el simple hecho de que vivieras allí y escribieras
sobre aquello una voluntad de esnobismo. Lejos de mí la intención de
contrariar a quien me tiene por snob afirmando que no lo soy,
para qué; diría incluso que existe cierto placer en pensar que te
imaginaban más feliz de lo que eras y estabas menos sola de lo que
realmente estabas.
Nueva York es el hábitat perfecto para almas solitarias y así es como
uno se siente la mayor parte del tiempo. Es una experiencia que jamás
padecerá el turista, aunque en algún momento esté capacitado para
imaginarlo. Todo se confabula para que la relación con los otros sea
corta y fugaz: hay demasiada movilidad en la población, los negocios
aguantan poco en el mismo sitio, los dependientes o los camareros duran
poco tras los mostradores, la gente se concentra en su ir y venir,
camina rápido, bufa al que va lento y, para colmo, la soledad no está
mal vista. Lo irónico es que al otro lado del océano te imaginen
sociabilizando sin parar en ambientes culturales. Sospecho que Truman
Capote contribuyó con su versión alocada sobre el asunto y en eso nos
hemos quedado. Da igual que sepamos que al final fue víctima de la
soledad que queda tras una fiesta.
En La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, la
escritora inglesa Olivia Laing cuenta con valentía y desgarro cómo
experimentó el mordisco rabioso de la soledad cuando se vio, hace diez
años, viviendo en Nueva York tras una ruptura amorosa: “¿Qué se siente
al estar solo? Es una sensación parecida al hambre: como pasar hambre
mientras alrededor todo el mundo se prepara un banquete”. A pesar de que
mientras se padece esa privación de la compañía uno se siente
comprensiblemente desgraciado, Laing quiso reflexionar, acariciar el
trauma que había dejado en ella tal experiencia y se lanzó a la tarea de
escribir este ensayo que cuenta algo de lo que con frecuencia nos
avergonzamos: el momento de la vida en que nos parece que la soledad que
arrastramos fuera como una enfermedad que el prójimo advirtiera y que
rechazara nuestro contacto para huir del contagio. “Esto significa
–escribe Laing- que cuanto más solitaria se vuelve una persona, más
pierde su habilidad para navegar en la corriente social”. Lo que se
propuso esta brillante escritora fue sacar provecho de unos días que
cualquiera hubiera preferido dejar atrás, blindando el recuerdo en esa
parte del cerebro en que archivamos todo aquello que no queremos contar. Pero ahí está la clave de su narración, mucho se habla de la soledad en
abstracto y poco de cómo nos cambia incluso físicamente cuando la
sentimos como una enfermedad. La autora cuenta que perdió hasta su
capacidad verbal para comunicarse a diario. Por fortuna, conservó la
vocación literaria y tras empaparse de la vida de otros solitarios, de
otros raros que hicieron de su extrañamiento un motivo de inspiración,
construyó esta peculiar historia.
Nos acerca a los padecimientos diarios de artistas solitarios o de
raro encaje social, como Edward Hopper, Andy Warhol, Basquiat y el
fotógrafo Wojnarowicz, entre otros. Al observar sus obras en relación a
la incapacidad para relacionarse comprendemos mejor lo que nos quisieron
contar. El caso de Hopper es paradigmático porque Laing esboza la
teoría de que el pintor no pretendía convertirse en el artista de la
soledad, como así ha quedado señalado en la historia de la pintura, sino
que sus imágenes eran la expresión exacta de un carácter huidizo,
huraño, poco comunicativo, uno de tantos hombres burbuja que pasean la
ciudad sin rozarse con los otros, de la misma forma que no interactúan
los personajes de sus cuadros.
Es difícil hablar de lo solo que se ha estado. A quien ha sufrido ese
mal le queda siempre la duda íntima de si no había algo por lo que
mereciera tal castigo; de si la soledad no es al fin una pena que nos
ganamos a pulso. Ni tan siquiera los psicólogos tienen, a juicio de
Laing, mucho conocimiento de estos episodios porque el propio interesado
los intenta borrar de la biografía para no desacreditarse. Olivia Laing
habla de algo que ocultamos, de un tabú. Solo con leerla se van a
sentir algunos de ustedes acompañados. Compartiendo soledades se reduce
el infierno.
1Fotos
de las fichas del colegio público La Gesta de Oviedo, en el que Letizia
Ortiz Rocasolano estudió de pequeña. A los 15 años, la familia se mudó a
la localidad madrileña de Rivas-Vaciamadrid y siguió sus estudios en el
Instituto Ramiro de Maeztu.
Letizia Ortiz Rocasolano, durante su etapa como periodista en la cadena CNN.
Letizia Ortiz estudió Periodismo en la
Universidad Complutense de Madrid. Sus primeras prácticas y trabajos
estuvieron vinculados con la prensa escrita en medios como ‘Abc’ o ‘La
Nueva España’ de Oviedo. Tras la carrera estudió un máster en
Información Audiovisual y viajó a Guadalajara (México) para su
doctorado. Una carrera que en el 2000 le valió el premio Mariano José de
Larra de la Asociación de la Prensa de Madrid por su labor como la
mejor periodista menor de 30 años. Ese mismo año se incorporó a
Televisión Española.
Su primer trabajo en TVE fue presentando
‘Informe Semanal’ en verano. Luego paso a la segunda edición del
telediario, donde cubrió el hundimiento del ‘Prestige’, los atentados
del 11-S o la invasión de Irak. Tras su labor como redactora, pasó a
copresentar, con Alfredo Urdaci, los informativos de más audiencia de la
televisión pública.
Tras anunciarse su compromiso con Felipe de
Borbón, se recuperó una imagen que se había producido unos meses antes,
cuando ambos coincidieron en los premios Príncipe de Asturias de 2003.
Un saludo que se produjo cuando la pareja ya mantenía una relación,
aunque por ese momento en secreto . El 1 de noviembre de 2003, la Casa
del Rey anunciaba el compromiso del príncipe de Asturias y Letizia
Ortiz, una sorpresa para la opinión pública que desconocía su relación.
Su traje blanco de Armani y su interrupción al
príncipe Felipe es lo que se recordará de la petición de mano que se
produjo el 6 de noviembre de 2003 en el Palacio Real de El Pardo.
Letizia Ortiz, el día de su pedida de mano en 2003. A la derecha, el pasado mes de julio.
Poco antes de su boda, la pareja visitó la
tierra natal de Letizia Ortiz. En la imagen, el Príncipe de Asturias y
su entonces prometida posan con los abuelos de doña Letizia, Jose Luis
Ortiz y Menchu Alvarez del Valle, con quienes almorzaron en su casa de
La Arquera en Sardeu, en Ribadesella.
La boda de Federico de Dinamarca y Mary
Donaldson, celebrada pocos días antes del enlace del entonces príncipe
Felipe y Letizia, fue el primer compromiso oficial ante las casas reales
europeas al que acudió Letizia. Su aparición con un vestido rojo de
Lorenzo Caprile del brazo de Felipe de Borbón en la catedral de
Copenhague acaparó los titulares
Para la cena de gala en el Palacio de El Pardo
previa al enlace, Letizia escogió un vestido plateado. Entonces ya era
consciente de que todas sus elecciones estilísticas empezaban a ser
analizadas con lupa. Hoy ya no solo se fijan en sus 'looks' los medios
nacionales, sino también la prensa internacional.
El príncipe Felipe y Letizia Ortiz, vestida de
Pertegaz, se casaron en la catedral de La Almudena el 22 de mayo de
2004. Un enlace que estuvo marcado por la lluvia y también por el
recuerdo a las víctimas del atentado del 11 de marzo.
Tal y como dijo el día de su pedida de mano
oficial, doña Letizia siempre se ha apoyado en los consejos de la reina
Sofía. Ella la escogió como su modelo a seguir en su papel de princesa,
aunque con el tiempo se ha demostrado que poco tienen que ver. En la
imagen, la reina Sofía y doña Letizia en los Premios Príncipe de
Asturias de 2004.
Foto 15 de 30
El
31 de octubre de 2005, los príncipes de Asturias daban la bienvenida a
su primera hija, Leonor, hoy la primera en la línea de sucesión en la Corona española. En la imagen,
su primera foto de familia oficial tras haber abandonado la clínica
Ruber Internacional de Madrid.
El 7 de febrero de 2007 doña Letizia vivió uno de sus peores momentos, la muerte de su hermana Érika cuando tenía 31 años. La Princesa de Asturias, por entonces
embarazada de su segunda hija, estuvo acompañada de su familia política. La reina Sofía incluso suspendió un viaje que tenía previsto a
Indonesia
Los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia,
presentan en sociedad a la infanta Sofía, en octubre de 2007. En la
imagen, abandonaban la clínica Ruber Internacional de Madrid cinco días
después del nacimiento de su segunda hija, la infanta Sofía, y
acompañados también de su primogénita, la infanta Leonor, ante la mirada
de decenas de curiosos y periodistas.
Posado de los príncipes de Asturias y de sus dos hijas, Leonor (en bicicleta) y Sofía, en noviembre de 2007.
Felipe de Borbón y Letizia Ortiz siempre han demostrado su apoyo a los deportistas españoles. En la imagen, el capitán de la selección española de fútbol, Iker Casillas,
junto a la reina Sofía, los príncipes de Asturias y Ana Patricia Botín
(d), en el vestuario, tras ganar la Copa del Mundo de Fútbol de
Sudáfrica 2010.
Con motivo de su 40 cumpleaños, los príncipes
de Asturias permitieron excepcionalmente que una cámara retratara parte
de su vida familiar. Un álbum de fotos realizado por Cristina García
Rodero en el que se veía la faceta más íntima de la que pronto sería la
Reina de España, y en el que también había sitio para retratos más
oficiales y de pareja.
Felipe ayuda a la reina Letizia a subir a un
Rolls Royce Phantom IV 4AF18 para recorrer las calles de Madrid hasta el
palacio Real en los actos de proclamación del rey Felipe VI. Para tan
importante día, los nuevos Reyes utilizaron el mismo coche en el que
recorrieron las calles de Madrid el día de su boda.
Desde que empezó a tener una agenda oficial
propia, doña Letizia ha mostrado su apoyo a la Federación Española de
Enfermedades Raras. En la imagen, a su llegada a una reunión de la
asociación en enero de 2015 en Madrid, seguida de José Manuel Zuleta,
secretario de la Reina.
La prensa internacional considera desde hace años a doña Letizia como una de las mujeres más elegantes del mundo.
Durante su primer viaje de Estado a Reino
Unido, el pasado mes de julio, la prensa británica ensalzó la elegancia
de la reina Letizia, especialmente por el vestido amarillo de Felipe
Varela que lució y en el que muchos vieron un guiño al estilo de Isabel
II y su pasión por los sombreros. Unas elecciones estilísticas que han
hecho que ‘Vanity Fair’ la haya incluido en su tradicional lista de los
personajes mejor vestidos.