Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 jul 2017

Dos socialistas y un destino.......................... Juan Cruz

Si Alfonso Guerra y Eduardo Madina hubieran ido por otro lado en la rotación de los amores recientes, uno seguiría en la Fundación Pablo Iglesias y el otro estaría en el Congreso.

Rueda de prensa de Eduardo Madina en la sede del PSOE.
Rueda de prensa de Eduardo Madina en la sede del PSOE. EL PAÍS
Pablo Neruda lo dejó dicho: “El destino del hombre es amar y despedirse”. 
Habría variantes.
 El destino del hombre es ser desamado y despedido. Los hechos son como las palabras, útiles para descifrar las voluntades con las que se agita el azar. 
Parece que si Alfonso Guerra, la historia del PSOE, y Eduardo Madina, su actualidad pero también su historia, hubieran ido por otro lado en la rotación de los amores recientes, uno seguiría en la Fundación Pablo Iglesias, a la que dio sentido y brillo, y el otro estaría en el Congreso, donde fue un militante juvenil cuya voluntad fue olvidar las ofensas, hasta la más grave, la que le tiene, como le dijeron al poeta Darío Jaramillo, víctima de la misma barbarie en Colombia, caminando sobre el aire que ahora pisa.
Ramón Jáuregui, que raya en lo franciscano, tituló su carta del sábado en EL PAÍS, hablando de la despedida de Alfonso Guerra: ¿Era necesario?
  “Me pregunto”, dice el buen vasco, “por qué lo han hecho”.
 Los vericuetos de esta despedida se parecen a los senderos que se bifurcan en el alma de los partidos, incapaces de aguantar al que ha perdido. 
Por qué lo han hecho.
 Otros ejemplos ha habido, deplorables, como los hachazos rosas que derriban árboles hasta dejarlos en cenizas, piezas de carbón que fueron estatuas.
 Y a Guerra le dijeron adiós a la vez que le ofrecían un premio de honor para que se jubilara quieto como una estatua rota.
¿Y a Eduardo Madina? Carmen Calvo, directiva del rostro actual del PSOE, otras veces emotivamente explícita, lo despidió como el poder condena al olvido. 
Pasan estas cosas, vino a decir la profesora cordobesa: uno se va, otro viene.
 Claro que sí, pero hay maneras de expresar el amor y el desamor que no se aprenden ni en la poesía ni en los partidos. 
Se aprenden leyendo en las propias rayas de la mano cuáles son los desvíos indeseables de la venganza, esas revanchas chiquitas que hacen de la convivencia un ensayo cruel para la despedida. 
Como en el anuncio del coñac, en un partido como el PSOE un poco de amor es mucho.
 Este adiós desabrido enseña los dientes de la tristeza.Y También de la venganza, no se dan cuenta que los despedidos pueden hablar de muchas cosas mientras estuvieron en ese Partido, y si que pueden, verán que a parte de hablar mal de ellos, les llaman manzanas podridas, no sé de donde vienen estos recuerdos pero digan que se van y contarán lo que han visto, después de todo ya no les une esa rancia "Doctrina de Partido". ya ven, cosas que pasan con los que juegan sucio, que son el resto.

 

El valle de los secretos............................................ Silvia Ayuso


32 años después del asesinato del niño francés Grégory Villemin, la comunidad donde vivió y murió sigue guardando silencio.

Murielle Bolle y Marie-Ange Laroche llegan a los juzgados de Dijon en 1986 por el caso del asesinato de Gregory Villemin en 1984.

El tañido de la campana es lo único que rompe el silencio en Lepanges-sur-Vologne, en el valle de Vologne, en el noreste de Francia.
 La puerta de la iglesia está abierta, pero nadie atiende. 
El cura viene solo de vez en cuando. Nadie vio, porque aquí nadie parece ver ni oír nada, quién ni cuándo dejó el desconcertante mensaje hallado el pasado mayo por una profesora de catequesis mientras hojeaba el libro de registros del templo: “Fue Bernard L. el que mató a Grégory, yo estaba con él”.
 Estaba firmado por Murielle Bolle.
Ni en este valle surcado por riachuelos y de verdes prados protegidos por montañas y densos bosques, ni en ningún otro lugar de Francia, hacen falta más datos para entender el escrito.
 Grégory o el “pequeño Grégory”, como lo conoce todo el país que sigue con obsesión cada inesperado vuelco de un caso abierto desde hace más de tres décadas, es Grégory Villemin.
 El niño de cuatro años que el 16 de octubre de 1984 fue hallado muerto, atado de pies y manos, en la orilla del río Vologne, a pocos kilómetros de Lepanges, donde vivía con sus padres, Christine y Jean-Marie Villemin.



“Bernard L.” es Bernard Laroche, primo de Jean-Marie (padre de la víctima) y primer sospechoso de la muerte del pequeño.
 Fue el testimonio hace 32 años de Murielle Bolle, cuñada de Laroche, el que hizo que el juez de instrucción del caso, Jean-Michel Lambert, lo mandara a la cárcel.
 Pero Bolle, entonces una adolescente de 15 años, se retractó y el juez puso en libertad a Laroche. 
Dos meses más tarde, en abril de 1985, el padre del pequeño, convencido de que Laroche era el asesino de su hijo, lo mató con un fusil de caza delante de su casa en Aumontzey, otro pueblo del valle.
 Mientras Jean-Marie era inculpado por la muerte de su primo, por la que acabaría cumpliendo cuatro años de cárcel, el juez Lambert señalaba a su esposa, Christine, como la nueva principal sospechosa de la muerte de su hijo Grégory, acusación de la que no fue totalmente exonerada hasta 1993, después de que la investigación pasara a manos de otro juez que, igual que otros expertos, acusó de múltiples errores de instrucción a Lambert.
Danielle Didier, una jubilada de Lepanges, conoce cada vuelta del caso
 Siempre tiene a mano la gruesa carpeta que contiene todos los recortes de la prensa local sobre el “pequeño Grégory” y su “despreciable asesinato”, como rezaba el primero de los cientos de titulares que ha copado este caso desde 1984.
 Fue su suegra, vecina de los Villemin, la que empezó con el dossier.
 Cuando, en 2011, Danielle se instaló definitivamente en la casa familiar situada también a poca distancia de la iglesia de Lepanges donde se encontró la misteriosa nota hace dos meses, continuó la tradición de recopilar las noticias del caso Grégory.
 Desde hace un mes, la carpeta vuelve a engordar.
Murielle Bolle fue detenida a finales de junio de este año, pero no por el mensaje de la iglesia, que parece ser una pista falsa.
 En la historia, ha aparecido un nuevo testigo: un primo que ahora asegura que Bolle cambió su testimonio sobre Laroche presionada por sus familiares. 
Es la misma hipótesis que mantiene desde hace más de 30 años Étienne Sesmat, el capitán de la gendarmería que dirigió las primeras investigaciones y que presenció los interrogatorios de la entonces adolescente.
 Bolle está imputada en la investigación por "secuestro seguido de muerte".
 Más tarde, Sesmat escribiría un libro —casi todos los protagonistas, periodistas, jueces, policías, hasta la viuda de Laroche, han escrito uno— sobre la malograda investigación, Los dos casos Grégory.
También en junio pasado, los abuelos de Grégory, Albert y Monique Villemin, fueron interrogados en su casa de Aumontzey. Al mismo tiempo, los tíos-abuelos, Jacqueline y Marcel Jacob, eran detenidos e imputados por “secuestro seguido de muerte”.
 Nuevos informes grafológicos apuntan a que los Jacob podrían ser los autores de las cartas amenazantes que recibieron los padres de Grégory antes de la muerte del pequeño.
 El motivo de las amenazas sería la envidia que provocaba el éxito profesional del padre del niño en la fábrica donde trabajaba.
 
Por su edad, los septuagenarios Jacob han sido puestos en libertad condicional, aunque viven separados en un lugar no revelado. 
Su casa en Aumontzey está cerrada a cal y canto, igual que la de los abuelos Villemin, en el mismo pueblo, y la de Bolle, muy cerca también. 
Ninguno de los detenidos ha hablado y, según Philippe, vecino de Aumontzey, no lo harán.
“Es demasiado tarde”, sostiene el vecino desde la puerta de su vivienda, equidistante de la de los abuelos Villemin y de la de los Jacob, casi escondida en el bosque.
“Los Jacob van a morir en silencio. Aquí nos llevamos los secretos a la tumba”.
Tampoco Murielle Bolle ha cambiado su versión pese a que el pasado viernes fue sometida a un careo de más de tres horas con su primo, el nuevo testigo.
 El pacto de silencio se extiende por todo el valle. 
Casi nadie quiere hablar. Están hartos de la prensa. Pero también hay miedo, cree Danielle, a abrir viejas heridas.
 “Todos sospechaban de todos”, recuerda el ambiente de hace tres décadas.
 “La gente no tenía ganas de hablar ni con sus vecinos, muchas relaciones se pudrieron, algunos se pelearon”.
 “Nos miramos, nos observamos, y no decimos nada”, corrobora Philippe. 
En eso, el valle no ha cambiado nada, lamenta el exgendarme Sesmat.

El juez de instrucción Lambert, al que siempre persiguieron los errores que cometió desde que inició la investigación, se suicidó a mediados de julio
Hace diez días, aparecieron sus cartas de despedida en las que aseguraba que no era capaz de vivir otro “infame” giro más del caso. 
“No se conocerá jamás la verdad”, vaticinó antes de quitarse la vida.
 Para Danielle, en eso el juez no iba descaminado. “Creo que mis hijos van a tener que seguir coleccionando recortes”, suspira mirando al grueso dossier. “Esto no va a acabar tan rápido”.

Por qué Francia se obsesiona con un crimen de hace 32 años

Francia vuelve a estar, aunque realmente nunca dejó de estarlo, obsesionada con un asesinato a cuya sombra han crecido varias generaciones de franceses.
La reapertura del caso del “pequeño Grégory” ha ocupado, en las últimas semanas, casi tantas portadas como las decisiones del nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, o graves acontecimientos internacionales.
 Las cámaras han seguido minuto a minuto a los abogados de los implicados —estos apenas se han dejado ver— y las declaraciones de la fiscalía. 
Los periodistas volvieron a descender en masa, otra vez, al tranquilo valle de Vologne, donde los habitantes, hastiados, cierran rápido sus puertas en cuanto ven una cara desconocida o se dan la vuelta para marchar en dirección contraria nada más atisbar un micrófono.
Que el caso nunca fuera resuelto, o la intrincada implicación de familiares —solo estos han estado siempre, desde el principio, en el centro de las sospechas— no explican de por sí solos la fascinación que Francia siente desde hace tanto tiempo con este caso.
 Pero es que no fue un asesinato más, subraya Étienne Sesmat, el antiguo gendarme al frente de las primeras pesquisas.
 “Es raro que un niño sea asesinado solo para hacer daño a sus padres”, recuerda.
 Pero “Grégory no fue asesinado para pedir un rescate, no fue un maltrato ni una agresión sexual, fue asesinado porque se sabía que era la mejor manera de hacer daño a su padre, y eso es algo fuera de lo común”, explica.
 Con un añadido más: “Encima fue un fiasco judicial enorme”.
“Desde el principio tuvimos problemas para recopilar testimonios. Hay gente que habló solo años después”, recuerda Sesmat en conversación telefónica desde Marsella, donde trabaja desde hace años.
 “Hasta hoy día, la gente mantiene el secreto”.

 

A esa persona que juguetea con su móvil........................Joël Dicker.

El autor propone robarle unos pocos minutos diarios al teléfono para dedicárselos a un libro. Vaticina que, en una semana, no podrá dejarlo.
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QUERIDO AMIGO:
No te conozco personalmente, pero permíteme que me dirija a ti de esta forma.
Te veo con frecuencia cuando subo al autobús, cerca de mi casa.

Te escribo a ti, pero podría escribir a todos esos con los que me cruzo en el tren, los aviones, los bancos de las estaciones y los aeropuertos, la sala de espera del dentista.
Te escribo a ti como representante de todos los que ya no leen nunca en los transportes públicos.
Te escribo a ti como representante de todos los que viajan en autobús o en metro cada mañana, los que hacen vuelos transatlánticos, los que protestan porque el dentista va retrasado y no llevan en el bolso, en el bolsillo ni bajo el brazo un libro que les haga compañía.

Hoy, en el bolso y en el bolsillo, llevamos otro compañero al que abrazamos, tocamos y acariciamos más que a nuestra pareja: el teléfono móvil. Nos hace compañía, nos reconforta, va con nosotros a todas partes, desde la cama hasta el cuarto de baño. 
El invento es genial: un simple aparatito que nos conecta con el mundo entero.
 Podemos seguir las aventuras de un astronauta en la estación espacial internacional, asistir por Internet a una clase de la universidad e incluso ver un partido de fútbol.
 Pero, sobre todo, podemos entrar en Facebook e Instagram, espiar la vida de personas a las que ni siquiera conocemos y perder un tiempo valioso.
 A ti, amigo mío del autobús, te hago esta pregunta: ¿Cuántas veces al día haces el mismo gesto con tu teléfono para leer las informaciones que te han llegado? ¿5, 10, 15 veces? ¿Cuántas veces miras la previsión del tiempo, que ya conoces, y las fotos que ya has visto antes en Facebook o Instagram? ¿Cuántas veces abres tu aplicación de noticias (siempre la misma) para comprobar que no han cambiado desde hace cinco minutos?
A ti, amigo mío del autobús, te propongo un pequeño juego: mañana, durante la rutina obsesiva del teléfono móvil, cronometra el tiempo que dedicas a releer las mismas informaciones.
 Verás que Facebook, Instagram y la previsión del tiempo te roban decenas de minutos cada día.
Cuando tengas claro el número de minutos, acepta este trato: durante una semana, llévate un libro al autobús, al metro, al dentista, y dedica ese mismo tiempo a leerlo.

Te apuesto lo que quieras a que, al final de la semana, habrás descubierto el placer de la lectura diaria, la de los instantes robados, la que te da ganas de saltarte la parada de metro y de que el dentista se retrase
. Esa lectura que engrandece la vida, acaba con el aburrimiento y te lleva a otro mundo.
Amigo mío del autobús, te pido que difundas este mensaje: en el autobús y en el metro, en los aviones y los trenes, dejad el móvil en el bolsillo, ya tendréis tiempo de consultarlo después.
 Convertid esos trayectos en vuestro propio viaje a través del mundo de los libros.
 Díselo a quienes no están aún convencidos: cronometrad el tiempo que perdéis con el móvil y usadlo para leer un poco todos los días. Durante una semana, nada más.
Para esos lugares que mencionas el libro debe ser ligero de contenido, te lo digo porque siempre leo en cualquier espera menos en avión cuando hay turbulencias, pero no creo que con tus palabras, que son de agradecer, se fomente la lectura, no lo creo, pero Ojála tus deseos se vean cumplidos.
 Estoy seguro de que os aficionaréis.
Según a que sitios ya no llevo movil, si estoy en un concierto o una película y no lo cojo la persona que llama insiste todo el rato. Al llegar a casa me encuentro tropecientas llamadas, pienso ha sucedido algo.....pues no quería tomar un café....y le resultaba raro que no respondiese.
Para mi la conversación a tres la he finiquitado. Me cansa y agobia estar perseguida y controlada. Eso se te olvidó decir Querido amigo, nos controlan y saben si estás de camino a casa o en una joyería comprando un diamante.

El camino al futuro......................................Rosa Montero

Estamos en una frontera crítica con respecto a nuestra relación con los robots. El momento es fascinante, al mismo tiempo prometedor y peligroso. 
COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO
BOSTON Dynamics es una de las firmas de ingeniería robótica más importantes del mundo.
 Era propiedad de Google, pero hace unas semanas la vendieron al grupo japonés SoftBank. 
Si entráis en la página de la empresa podréis ver vídeos de sus cuatro robots estrella: Spot, Atlas, que es el único antropomórfico, SpotMini y sobre todo el alucinante y atlético Handle, un cacharro más grande que una persona, con brazos y ruedas en los pies. 
Las películas son breves e impactantes.
 Los ingenieros patean, arrojan al suelo y fastidian a Spot y Atlas, que vuelven a levantarse con trabajosa y estoica entereza, creando en el espectador una empatía curiosa, el deseo de protegerlos y de atizarle un sopapo al técnico abusón. 
Pero Handle, ah, Handle es otra cosa.
 Handle admira y sobrecoge.
 Es la más reciente creación de Boston Dynamics y, al ver su poderío, una no puede evitar cierto desasosiego, la inquietante sensación de que los robots se nos pueden merendar a los humanos en un santiamén. 
Y lo más turbador es que, en efecto, estamos en una frontera crítica con respecto a nuestra relación con los robots.
 En primer lugar, por la desaparición masiva de empleo que conllevan.
 Un estudio de la Universidad de Oxford calcula que se destruirán 1.600 millones de puestos de trabajo en los próximos 18 años.
 La OCDE asegura que un 12% de los empleados españoles pueden ser sustituidos por robots en un plazo breve, y Comisiones Obreras vaticina que en 2020, dentro de apenas una docena de años, el 26% de los puestos de trabajo mundiales (uno de cada cuatro) estarán desem­peñados por máquinas. 

Y no sólo peligra la mano de obra, sino también el trabajo de mesa: en mayo, una empresa de seguros japonesa montó una plataforma de inteligencia artificial que sustituyó a 34 de sus administrativos. Si googleáis Will robots take my job? (¿Me quitarán los robots mi empleo?) podréis acceder a una página que está teniendo un éxito tremendo y que calcu­la tu futuro laboral basándose en el estudio de Oxford. 
Basta con escribir a qué te dedicas (en inglés, eso sí) y enseguida aparece tu porcentaje de riesgo. Impresiona.

Algunos utilizan el ludismo como prueba de que no hay que tener miedo a la automatización, porque destruye empleos, pero crea otros
Ya ha sucedido antes, por supuesto.
 Es bien conocida la rebelión ludita, esos artesanos ingleses que se dedicaron a destruir las nuevas máquinas textiles a principios del siglo XIX.
 Entre ellos sin duda habría retrógrados que se oponían al progreso tecnológico, pero se diría que sobre todo fue un movimiento obrero que intentaba defender los puestos de trabajo. 
Causaron cuantiosos daños en un millar de fábricas y al final cometieron también graves violencias contra las personas. Treinta luditas fueron ahorcados, y todo ese tumulto doloroso no consiguió detener ni un ápice el rugir de las máquinas.
 Algunos utilizan el ludismo como prueba de que no hay que tener miedo a la automatización, porque destruye empleos, pero crea otros. 
Seguro, pero esos nuevos empleos, ¿serán suficientes? Porque además se diría que la robotización está sucediendo en un lapso de tiempo menor que la industrialización del XIX: ¿podremos reciclarnos?
Y no se trata sólo del trabajo; como previó Asimov, los robots son una frontera de nuestra humanidad.
 Pueden convertirse, por ejemplo, en máquinas de matar, una posibilidad espeluznante y tan real que en 2015 más de 1.000 científicos, entre ellos Hawking, firmaron una carta abierta contra el desarrollo de robots militares autónomos que no precisen del control humano (pero Rusia anunció en abril la creación de un Terminator capaz de disparar armas con precisión milimétrica).
 No menos inquietantes son las máquinas de amar; ya hay varias fábricas de robots sexuales, algunos de ellos muy perturbadores: los hay que imitan niños, y existe una robot adulta que incluye varias personalidades, una de ellas frígida, que mimetiza una violación.
Está claro que no se puede desinventar lo inventado.
 No podemos olvidar lo que sabemos. 
La tecnología es una herramienta maravillosa: la cuestión es usarla de manera adecuada.
 Estamos en un momento fascinante, al mismo tiempo prometedor y peligroso.
 Tendremos que encontrar nuestro camino al futuro, y para eso me parece que nos hace falta más debate, más imaginación, más información y más pensamiento. 
!Ay Rosa! hoy sacas ese aire de bobalicona que a veces se te escapa, sin esos robots, no hay trabajo para seres humanos, sin esos robots se mata en nombre de Alá de Dios o de Trump, en nombre de Corea , de EE.UU y de quien sea, sin esos robots mueren emigrantes ahogados, y mira que se podría hacer robots, no como los de la Guerra de las Galaxias, da igual. Sin esos Robots la población va camino del desastre.