Según ha asegurado un portavoz de la familia, la muerte se ha debido a "complicaciones derivadas de la edad" Vicente Parra la estará esperando. Dónde vas Alfonso XII donde vas triste de ti..... voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi..... Vimos esa película muchas niñas, solo vimos una historia de amor truncada. Triste de ti Alfonso XII, no vi los entresijos de los Borbons, solo que un rey lloraba la muerte de su amor para siempre jamás.... se volvería a casar y todo lo que nos enseñó la Historia pero nosotras solo vimos una película que nos hizo llorar.
La actriz y cantante Francisca Rico Martínez, Paquita Rico,
ha fallecido hoy en Sevilla, su ciudad natal, a los 87 años de edad, por
causas naturales, han confirmado fuentes cercanas a la familia. Paquita
Rico ha muerto poco antes de las 20:00 horas, y su cuerpo se encuentra
en un tanatorio de la capital sevillana, a donde han comenzado a llegar
amigos y conocidos para darle el último adiós. Nació el 13 de octubre de 1929 en Sevilla en el seno de una familia modesta,
en la que el padre se ganaba la vida como comerciante ambulante, y como
ella misma rememoró, vendió en muchas ocasiones los típicos cucuruchos
de marisco. Desde niña se interesó por la copla y siendo joven se matriculó en la escuela de cante y baile de Adelita Domingo. Participó en el ballet español de Montemar
junto a las actrices y cantantes Carmen Sevilla y Ana Esmeralda hasta
que un cazatalentos, José Brageli, la llevó a la compañía de Pepe Pinto,
con el que hizo una gira por media España. El año 1948 fue el año de su debut en el cine con la película del director Florián Rey Brindis a Manolete y dos años después protagonizó la película Debla, la virgen gitana, con el galán de la postguerra Alfredo Mayo. Con
éste largometraje obtuvo el premio a la mejor interpretación en el
Festival cinematográfico de Cannes, que la consagró popularmente, a la
vez que el productor Cesáreo González se hizo con sus servicios en
exclusiva.
La línea, protagonizada por la mítica flor seña de la casa,
estará a la venta a partir del próximo 11 de julio en la tienda de Paseo
de Gracia (Barcelona).
Kendall Jenner, Bella Hadid y las figuras más destacadas del
street style de la Alta Costura han coincidido con una tendencia que
viene pegando fuerte: las gafas pequeñas inspiradas en películas de
ciencia ficción.
Los Sayn-Wittgenstein han
prohibido a la amiga del rey Juan Carlos utilizar el rango principesco.
Ella ha puesto el caso en manos de sus abogados.
El anuncio de la casa principesca de Sayn-Wittgenstein-Sayn en el que se oficializa que Corinna Larsen Adkins no es ni princesa ni Alteza Serenísima
ha caído como una bomba en Apollonia, las oficinas que tiene la amiga
del rey Juan Carlos en Mónaco. Desde el martes, día en que su exsuegro,
el príncipe Alexander Sayn-Wittgenstein, informó que su nuera no tiene
derecho a utilizar el título desde su divorcio del príncipe Casimir (octubre de 2005), los teléfonos de la secretaria y los abogados de Corinna no han parado de sonar.
Corinna no ha querido hacer declaraciones a Vanity Fair, pero su entorno nos cuenta cómo se encuentra. “Ella no tenía ni idea de que su exsuegro tuviera algún problema
con que siguiera usando el título de princesa o el apellido
Sayn-Wittgenstein”, asegura un estrecho colaborador de la amiga del rey. “Tenían una buena relación. De hecho, ella intentó ayudar en todo lo
que pudo a su familia política, incluso después de su divorcio de
Casimir”, apunta esta fuente, que añade que la empresaria se sintió en shock y traicionada tras leer el comunicado. "Ha sido una puñalada por la espalda”, habría dicho a sus allegados.
Corinna no estaría preocupada por cómo este escándalo puede repercutir en sus negocios en el discreto mundo del lobby transnacional. Su firma, Apollonia Associates,
con base en el principado de Mónaco, ofrece servicios de consultoría
estratégica a empresas en materia de transacciones internacionales. “Son
los medios de comunicación los que se empecinan en llamarla princesa,
pero ella no utiliza el título en su trabajo. No figura ni en su
website, ni en la firma de sus correos, ni en sus tarjetas de
presentación ni en sus invitaciones. Para ella, eso no tiene ninguna
importancia a la hora de hacer negocios. Con suerte,le permite conseguir una mesa mejor en un restaurante, poco más…”, concluyen sus allegados. Pero, ¿por qué Corinna decía que era princesa si no lo era? Según su
entorno, cambió su nombre de soltera (Larsen) a Sayn-Wittgenstein cuando
se casó con el príncipe Casimir, en el año 2000. En la nobleza alemana es común que se incorpore el título nobiliario al apellido,
y las mujeres que se divorcian solo lo pierden cuando vuelven a
casarse. Además, Corinna y su exmarido tienen un hijo en común,
Alexander, y es usual que las madres conserven el apellido de casada
para facilitar ciertos trámites legales. Por eso nunca levantó sospechas
que la bella empresaria siguiera llamándose princesa Sayn-Wittgenstein.
Pero la familia principesca tiene otra versión de los hechos. Reconocen
que durante los años de matrimonio con Casimir (2000-2005) sí se la
trató como princesa, pero como un gesto de cortesía. “En su caso nunca fue legal el rango. Tampoco hubo un acuerdo verbal o escrito que la autorizara a seguir utilizando el título o el apellido después del divorcio. Todo lo contrario...”, subrayan desde ese entorno a Vanity Fair.
Fuentes cercanas a la familia especulan con que Corinna, que tiene pasaporte danés, habría hecho los trámites para apellidarse Sayn-Wittgenstein en un consulado danés tres años después de su divorcio. También dicen que es imposible que haya podido incorporar el título principesco en sus documentos porque las leyes de Dinamarcalo prohíben (las autoridades danesas solo reconocen como príncipes a los miembros de la familia real).
¿Por qué la familia Sayn no "desenmascaró" antes a Corinna? Según
allegados a la casa principesca, se mantuvo el silencio por el bien de
Alexander, el hijo en común que tienen la amiga del rey y Casimir . “No querían hacer sufrir al niño. Por eso han callado durante tanto tiempo”. Ahora, el pequeño Alexander ya tiene 15 años y su padre planea casarse con la modelo Alana Bunte. Los Sayn-Wittgenstein no están dispuestos a que haya más de una princesa Casimir Sayn-Wittgenstein.
Para algunos, es mejor imaginar que el premio Nobel dice exabruptos que leer sus argumentos.
Mario Vargas Llosa, el pasado jueves, en San Lorenzo de El Escorial.ULY MARTÍN
Estos días han sido muy lluviosos en Madrid; llovía como en Macondo. Mientras Mario Vargas Llosa hablaba en El Escorial de Cien años de soledad
y de quien fue su amigo, Gabriel García Márquez, Jaime Abello, director
de la fundación de Gabo en Cartagena de Indias, desafiaba la lluvia
para llegar a un curso que codirigía con el periodista Antonio Rubio en
la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Diluviaba antes y diluviaba
después y siguió diluviando y diluviará aún más sobre lo que dijo Vargas
Llosa, y siempre diluviará sobre aquella novela maravillosa de la que
se hablaba esa tarde, bajo un diluvio de mil demonios, en El Escorial,
en Madrid y seguramente sobre Macondo. La constelación lluviosa era magnífica, en todo caso. En la
Universidad Rey Juan Carlos se contaban cosas bellas de la escritura de
Gabo. Jorge F. Hernández, mexicano ahora de Lavapiés, recordó, para
regocijo de Abello, que Gabo lo llamaba de madrugada para verificar con
él (y lo había hecho con otros, médicos o legos) cuánto tarda en morir
un hombre mordido por un perro rabioso; Abello, Antonio Rubio, los
periodistas presentes, los que habían hablado, se habían referido a la
capacidad que tienen todas las obras de Gabo
para transmitir el enorme poder de su prosa periodística, que se cuela
como una obligación de verificación en sus textos más novelescos e
incluso más noveleros.
En el otro lado del diluvio se producían algunas
coincidencias que conviene tener en cuenta para decir luego algo sobre
el diluvio políticamente correcto que ha caído sobre la cabeza del
hombre que escribió el mejor texto sobre Cien años de soledad y
sobre Gabriel García Márquez, con el que tuvo la diferencia personal
más publicitada de la historia de la literatura española después de
Góngora y Quevedo.
El curso en el que Mario Vargas Llosa se sentaba a
hablar, por fin, de su amigo perdido en 1976, después de una reyerta que
duró un minuto, para toda la vida, estaba organizado por la cátedra que
él preside y que lleva su nombre.
Su interlocutor fue Carlos Granés, un
intelectual de prestigio, ensayista, ganador del Premio Isabel de
Polanco, antólogo de Vargas y perfecto conocedor de su paisano, Gabriel
García Márquez.
Fue una conversación poliédrica, que no huyó de ningún
diluvio, como se comprueba en la transcripción que publicó el sábado Babelia.
Por tanto, ahí se habló (habló Vargas Llosa) de aquella
novela maravillosa, de otras que le parecieron menos maravillosas, o que
no le gustaron en absoluto, y se rozó el famoso rifirrafe, que Vargas
despachó como por cierto lo despachaba su ilustrísimo colega: con el
silencio. Los que especulan son los otros. Granés, que es también un
excelente entrevistador, le preguntó por la política. Ahí se abrió entre
un Nobel, el peruano, y el otro Nobel, el colombiano, un abismo
acrecentado por la trayectoria que ambos siguieron ante la Revolución
cubana. Las declaraciones de Vargas Llosa han irritado, como si
constituyeran una novedad en su manera de referirse a aquella época;
como si el caso Padilla (que sigue sucediendo) no hubiera sucedido antes.
Y lo que en El Escorial pasó, bajo el diluvio, es lo que
siempre pasa cuando le piden a Vargas Llosa que hable de algo que tiene
sustancia: va al fondo de la sustancia, y como dice cosas que no todo el
mundo comparte, se le acusa de equivocarse de sustancia. Suele ser así.
Octavio Paz pidió que lo echaran de México porque Mario se refirió al
PRI como “la dictadura perfecta”. Cuando fue a Jerusalén (a defender a
los palestinos) lo políticamente correcto procuró borrar ese viaje para
que no pareciera que este maldito sionista projudío siguiera siendo el
sionista projudío hijo y padre putativo del capitalismo mundial. Sobre Vargas Llosa lleva años diluviando lo políticamente
correcto; es mejor leerle al bies que leerle. Es mejor imaginar que dice
exabruptos que leer sus argumentos (que lo son) para entender que las
posiciones que defiende, o las historias que desarrolla, están marcadas
por la intención de pensar y de expresar lo pensado. Y que esa es, en el
periodismo, en la política y en la vida, la sustancia de la democracia y
de la controversia a la que se debe someter la inteligencia de criticar
a otros. Amo a Gabo, amo ese libro; en algunas cosas que dijo Vargas
Llosa estoy en desacuerdo; ese desacuerdo es intuitivo, es difícil saber
tanto como él, que más quisiera; él sabe más de Cien años de soledad
que la mayor parte de la gente que diluvia sobre él. De hecho, fue el
primero que supo más, y sigue diciendo, por escrito y hablando como en
El Escorial, cómo ama sin reserva alguna (diez sobre diez) ese libro
maravilloso, o cómo ama el tan extraordinario El coronel no tiene quien le escriba, una suma artis
de Gabo. Pero el desacuerdo ahora, no solo en este caso, basta para que
a alguien se le lance todo el agua de lo políticamente correcto, para
inundarlo, para ahogarlo. Siento que esta oportunidad gozosa de escuchar a un escritor
extraordinario hablando de la obra de arte de otro escritor
extraordinario se tope con los artilugios ya famosos de la
intransigencia sobre la opinión o la descripción o la palabra que no nos
gusta. Ya no pueden expulsarlo de México, por ejemplo; pero de lo que
estoy seguro es de que si él no dijera estas cosas sobre la escritura de
otros la literatura de nuestro tiempo sería mas difícil de entender,
menos gloriosa. De estos cursos bajo el diluvio Gabo ha salido triunfante, también en El
Escorial, en muy gran medida gracias a Mario Vargas Llosa, el autor de Historia de un deicidio. Bueno Juan tu si que eres politicamente correcto, y yo sin meterme en que Vargas es de derechas a punto de gobernar en su Perú natal y creo que ya por esas épocas jugaba con La Preysler que se veía presidenta, Y que García Márquez era visitante de Cuba y le gustaba, puedo decir que estudiando mi carrera, en la Universidad que tu tb estudiastes, leí a los dos que luego fueron enemigos literarios e ideológicos. Leí todas las novelas de aquella época de Vargas Llosa y de García Márquez, pero cuando acabé cien años de soledad, que más bien lo estudié con esquemas, frases sueltas y saber todo lo que sucedía en Macondo y los dos hermanos Arcadio y Aureliano Buendia,. no pude cerrar el libro, no se podía acabar esa m´agia realista. No y me fui a una persona que leía mucho arriesgaba mucho tb y le dije ¿Que leo ahora? ¿Que puedo leer? ya había leido Tres Tristes Tigres, El Oscuro Pájaro de la noche y todo lo de Llosa...pero nadie iba a llenar ese hueco ese vacio de García Márquez, Cien Años de Soledad, y esa persona me dijo lee ahora Gabriela Clavel y Canela...Luego pasaron muchas más cosas pero muy pocas de decir con Vargas Llosa salvo La Fiesta del Chivo. Ahora no leo nada suyo. No me queda duda que Vargas además de encantador de mujeres y escritor le gusta la pleitesia, y salir en revistas con La Preysler que creo que no debe leer nada salvo el Hola.