"Se me ha
quedado un nudo en el estómago", dijo el humorista chileno al enterarse
del ictus sufrido por la presentadora durante su participación en
'Supervivientes'.
(Ahora con el dinero de las semanas que estuvo en Supervivientes , la cuidará o poco a poco se irá? No olvidemos que cobraba 24.000 E por semana de permanencia hiciera o no hiciera nada...Parece un Yogui pero es muy de materia y una filosofía aplicada a vivir muy bien a costa de otros.....o eso dicen... )
La periodista María Teresa Campos y el humorista Edmundo 'Bigote' Arrocet durante la pasada Semana Santa en Málaga.GTRESOLINELa gala de Supervivientes del pasado jueves superó su propia marca al alcanzar el 28,7% de audiencia.Pero quienes esperaban la reacción de Edmundo 'Bigote' Arrocet al conocer la noticia de que su pareja, la periodista y presentadora, María Teresa Campos,
había sufrido un ictus durante su participación en el concurso, se
quedaron con las ganas. Hoy, ha sido Terelu Campos –hija de María
Teresa– quien ha desvelado en el programa Sálvame, también de Telecinco, algunos detalles del reencuentro de la pareja. “Se me ha quedado un nudo en el estómago”. Es la frase que según Campos resume la reacción de Bigote
al conocer lo que había pasado en su ausencia. Según la colaboradora de
televisión Arrocet “no ha montado una bronca por no habérselo
comunicado pero le ha sorprendido que no se le haya dicho. Hubiera
preferido saberlo”. El único testigo presencial del momento en que Bigote y Mª
Teresa volvieron a verse en casa de ésta, fue Gustavo, el chófer y
colaborador de la presentadora a quien consideran otro miembro más de la
familia y que fue quien la trasladó al hospital ante los primeros
síntomas de lo que después se diagnosticó como isquemia cerebral. “Ha sido muy emotivo. Se han dado un abrazo inmenso. Yo me he emocionado”, ha contado Terelu Campos que le relató
Edmundo Arrocet en el aeropuerto de Madrid el pasado miércoles a su regreso de Honduras.
La gala del jueves de Supervivientes,
respetó la intimidad de María Teresa Campos, una figura de la cadena de
televisión, y no desveló ningún detalle a Edmundo Arrocet sobre la
enfermedad sufrida por la presentadora. Así las cosas la entrevista a
uno de los expulsados más esperados de esta edición, transcurrió con
normalidad. Arrocet afirmó no haber estado influido durante el concurso
por su relación con Teresa Campos: “Yo sé que a Teresa le interesa mi
felicidad. Pero yo ya viví una época en la que me tocó pasar hambre y
frío; es ahí donde se conoce realmente a la gente. A mí no me gusta
hacer cosas para que se vean, me apartaba por timidez en cuanto llegaban
las cámaras”. Fue en este momento cuando Jorge Javier Vázquez criticó esta
actitud y le recriminó que se había olvidado de que estaba en un
programa de televisión. Edmundo Arrocet reconoció que si tuviera que
hacer autocrítica sería que “debería haber hecho más televisión”. Pero
también dijo que a él la experiencia “le ha servido para fortalecer el
espíritu” y afirmó que volvería a ir a Supervivientes pero no se comportaría igual.
El pequeño municipio palmero rinde homenaje al que fue su más ilustre vecino.
Un
actor encarna a Günter Grass en la Fiesta de Arte de Puntallana. Ante
él, el niño representa a Óscar, el protagonista de 'El tambor de
hojalata'.César Borja
Puntallana tiene 2.400 habitantes, está a quince minutos de
la capital, Santa Cruz de la Palma, y tuvo como visitante silencioso
durante algunos años a Günter Grass
(16 de octubre de 1927-13 de abril de 2015), premio Nobel de Literatura
y premio Príncipe de Asturias de las Letras (ambos en 1999), autor de El tambor de hojalata,
el libro en el que un niño, Oscar Mazerath, desafía las leyes del
sonido y ensordece y rompe los cristales con su potente percusión. Puntallana guardó con discreción la historia de esas visitas. Y ahora le dedica un homenaje insólito en las fiestas de San Juan. Este hombre, Grass,
se pasó la vida buscando silencio; lo encontró, entre otros sitios, en
Puntallana, donde sólo se oyen los gallos y donde los palmeros susurran
sus discusiones. Fue allí con su mujer, Ute, en varias ocasiones, de
incógnito, rompiendo las leyes actuales de la prensa y de los selfies, y
de ese paso quedó el testimonio de los vecinos, que lo veían cavilar
desde la ventana, con la pipa que fue parte de su figura, con su gorra
marrón, con sus ropas pesadas de leñador nórdico.
Tomaba el sol en los bancos del pueblo y hacía la vida
disciplinada que lo distinguió en otros sitios en los que buscó lo
mismo.
Como en Faro, en la costa atlántica portuguesa, donde se recluyó
un tiempo a raíz de la enorme polémica surgida en 2007 cuando él mismo
descubrió que, siendo un adolescente, acuciado por la situación de su
madre, había militado (en la guerra mundial) junto a las SS de Hitler.
Grass hizo esa revelación (que tuvo antecedentes, en los años 50, en la radio de Berlín) en su libro Pelando la cebolla
(Alfaguara), sus polémicas memorias. Terminó de corregir y de preparar
ese libro que tanto disgusto le trajo en un apartamento de la Puerta del
Sol, en Madrid, adonde iba también en busca del anonimato; tomaba el
sol en la Plaza de Santa Ana e iba a tomar coñac en el bar favorito de
su amigo Jaime Salinas, en la Plaza del Ángel. Desde entonces ese libro
fue el núcleo de sus pesadillas. En Faro y en Puntallana halló el
sosiego que ya recuperó al final de su vida, arropado por la familia,
los hijos y los nietos y Ute, a los que dedicó uno de sus libros más
personales, La caja de los sueños (Alfaguara, 2009). Eran conocidas, al menos para este periodista, sus estancias
en las islas danesas, en Faro y en Lanzarote, adonde fue fugazmente, y
donde dibujó, igual que en cualquier parte, hasta la calidad del aire,
hasta las novedades imposibles de las piedras. Pero de su estancia en
Puntallana no se dijo mucho, o no se dijo nada. Como si fuera el
resultado de un acuerdo tácito de silencio, los puntallaneros respetaron
la discreción de esa presencia. Figura su firma, y un dibujo de un
rodaballo, emblema de su literatura y de su pintura, aparece firmado en
marzo de 2007, en el libro de honor del Ayuntamiento de Puntallana. Se
guarda y se exhibe como oro molido. Y ahora, años después de sus visitas y más de dos años
después de su muerte, el Ayuntamiento de Puntallana le ha dedicado a
Grass un homenaje insólito al menos en la historia de las fiestas
populares relacionadas con la noche de San Juan. Lo que en estos casos
suele ser ruido y algarabía, en Puntallana, reino del silencio que buscó
el Nobel, ha sido este último jueves un homenaje de música (de
resonancias alemanas o clásicas, con la Banda de Música local y con la
soprano Sislena Caparrosa), y otras evocaciones personales acerca de la
relevancia de su figura como testigo moral del siglo XX. Para que la presencia de este ilustre ausente fuera más
simbólica aún, un actor local, José María Ruiz González, se atavió (el
bigote es suyo) con aquellos ropajes de Grass, acentuó la curva de su
espalda para parecerse aún más al Nobel y se puso a leer con su pipa, en
el escenario, en la inquietante transfiguración que tienen las
evocaciones de personas ya existentes tan solo en los libros o en la
memoria. Un niño como aquel Oscar, Sergio Rodríguez Robayna, portó el
tambor y lo fue tocando como en aquella novela, la más famosa del autor
de Pelando la cebolla.
Sislena Caparrosa, de 19 años, oriunda de República Dominicana, cantó ópera y bachata, y terminó entonando Nessun dorma. Los agudos podrían parecer, en el silencio de Puntallana, adonde fue a
reposar Günter Grass, los latidos imperiosos y tristes de aquel Tambor de hojalata. El temporal de calor que sufren las islas hizo que al día
siguiente, hoy, se suspendieran los estruendos de los fuegos
tradicionales. Como si así se completara el silencio que quería Grass en
Puntallana.
Fe de errores
En una primera versión de esta información se señalaba erróneamente
en el pie de foto que el hombre que aparece en la imagen leyendo era el
mismo Günter Grass, cuando en realidad es un participante en el homenaje
al escritor alemán en Puntallana.
Una mujer no debe ser juzgada por su físico, por supuesto, pero tampoco es lógico censurar que se celebre lo bello.
Siri Hustvedt el abril pasado en Barcelona.NurPhotoGetty
Joven, guapa, actriz. ¿Cómo no desconfiar de sus palabras?
Es un clásico del género maledicente. La chica lo tiene todo. Es
culpable de prestarse a contestar gilipolleces
(¿de quién es el vestido que llevas? ¿lo vuestro acabará en boda? ¿os
planteáis tener niños?) y de improvisar sobre la pregunta profundita que
ahora cuadra hasta en los saraos más frívolos: ¿cómo anda en estos días tu nivel de feminismo? Y, ojo, que la muchacha ha de saber acertar todas las preguntas. Esto es Saber y Ganar: a ver, quién firma tu traje y cómo expresas tu compromiso con la causa de género. Y así. Va al Hormiguero y la tratan como a una rubia tonta y va a una fiesta de sociedad y le piden que hable de su compromiso de boda y de su compromiso social. Y por un lado o por otro la van a pillar, porque en el
inconsciente de unos y otras está el considerar que de una cara tan
bonita no puede salir nada bueno. Estoy convencida de que ese prejuicio
flota como un nubarrón sobre nuestras cabezas, aunque si somos mujeres y
con conciencia de nuestros derechos nos resulte más difícil
reconocerlo, pero la realidad, lo intuyo, es que hay un prejuicio contra
la belleza. En su reciente viaje a España, Siri Hustvedt, la autora de La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres,
confesaba con una mezcla de alivio y pesadumbre, que se sintió ligera
al abandonar esa edad en la que fue tan deseable físicamente. En la
madurez sus palabras no se reciben condicionadas por la belleza ni por
el color trigueño de su pelo.
Triste, ¿no? Triste desear que los años borren lo que la
juventud no podía ocultar.
Esa desconfianza hacia la sensualidad nos
hace caer en la vieja trampa, pero desde otra perspectiva. Hasta hace
bien poco se suponía que la mujer que se dedicaba a labores
intelectuales debía desprenderse de su coquetería, de su deseo de
gustar, para ofrecerle a los demás sólo una concentración cerebral de sí
misma. Últimamente, he leído aquí y allá artículos que censuraban
cualquier referencia física que se hiciera de una entrevistada,
confundiendo el rijosismo, que lo ha habido y lo hay con frecuencia, con
una saludable transmisión de lo que los ojos ven. Como es lógico, rara
vez se hace referencia a la fealdad de un personaje, porque además es
cuestionable cuando brilla la inteligencia, pero es triste tener que
obviar la belleza cuando ésta salta a la vista. ¿Hay que ocultar lo que
todos vemos en una foto de Clarice Lispector; hay que censurar que Alice Munro, según sus propias palabras, ha sido una mujer que deseó furiosamente ser atractiva; cómo ignorar que Joan Didion
es un icono de elegancia incluso en su vejez?
El valor artístico de
todas ellas es incuestionable, por tanto, ¿qué problema hay en rendirse a
su belleza?
Joan Didion en su apartamento de Nueva York.Neville ElderGetty
Veo una foto en la que aparecen en animada tertulia Marilyn Monroe
con su melena rubia y Karen Blixen con su excéntrico turbante y ¿qué
debo hacer, callar aquello que tan claramente percibo: la belleza en
estado puro y el máximo grado de la sofisticación? Es más, ¿tengo que
pensar necesariamente que Arthur Miller era el listo y la chica rubia la tonta? Porque por más empeño que puso el autor de Después de la caída en destacar su superioridad intelectual nadie se tragó ese juicio póstumo y cruel a quien no se merecía sino piedad. Una mujer no debe ser juzgada por su físico, por supuesto,
pero tampoco es lógico censurar que se celebre lo bello, igual que
ocurre si se trata de un hombre. Una foto de Paul Newman no solo nos
hace pensar en que fue un gran actor; es sin duda una imagen excitante,
deseable, que provoca esa alegría que solo los sentidos conceden. En las
crónicas que he ido escribiendo sobre los personajes que este oficio me
ha permitido conocer no he podido dejar de reseñar los ojos felinos e
irónicos de Lauren Bacall, la elegancia burguesa de Josefina Aldecoa, la
furiosa mirada sexual de la anciana Idea Vilariño, la adolescencia
eterna de Dolly Onetti… El mundo está lleno de una belleza que
constituye un valor en sí misma, como un buen perfume, como una flor,
como una estampa de la naturaleza de la que disfrutamos sin apenas
proceso mental, como si hubiéramos nacido dotados para apreciarla. Siempre he detestado esa idea masculina de que las mujeres
no sabemos compartir mesa con otras comensales bonitas. Se confunden y
nos confunden: son ellos los que a menudo provocan tensión al babosear
ante una chica deseable. Pero no hay que seguir ese juego mezquino.
Disfrutar de una joven preciosa es un aprendizaje. Yo he estado sentada
una noche al lado de Blanca Suárez y, qué quieren que les diga, es
guapa, joven, es actriz. No es tonta. Y yo tengo tantos recursos como
para admirar esos dones sin un rastro de reserva. Ah, y es libre de
expresarse en sus propios términos.
Borís Pasternak y Olga Ivínskaia quedaron unidos para siempre en ‘Doctor
Zhivago’, donde el escritor ruso le rindió homenaje a través del
personaje de Lara.
A FINALES DE 1946, en la sede de una revista literaria de Moscú, surge un flechazo fulminante. Sus protagonistas son el poeta Borís Pasternak
—por aquel entonces blanco de ataques en la prensa debido a esa manía
antisoviética de “hurgar en su alma”— y Olga Ivínskaia, encargada de la
sección de nuevos autores y amante de la poesía, en especial de la del
hombre que acaba de cruzarse en su camino: desde adolescente se sabe sus
poemas de memoria. La afinidad entre ellos se revela en el primer
contacto visual: los ojos azules de Olga expresan su resuelta
admiración, y la mirada penetrante y claramente aprobadora del autor de Mi hermana, la vida
se clava en los suyos. La mujer rubia de amplia sonrisa que tiene ante
sí es 22 años más joven, pero el poeta, a su edad madura —56 años—,
conserva intacto su magnetismo y una belleza exótica.
La poetisa Marina Tsvietáieva,
con quien mantuvo en 1926 un insólito trío epistolar en el que
participó Rilke, describía así su aspecto: “Pasternak se parece al mismo
tiempo a un árabe y su caballo: atento, al acecho, como preparado para
salir al galope en cualquier instante”.
La relación amorosa avanza de forma incontrolable. Olga es viuda dos
veces y madre de dos niños. Borís está divorciado y casado en segundas
nupcias con Zinaída, hasta entonces esposa de su buen amigo el pianista
kievita Heinrich Neuhaus. Pasternak, que apenas publica poemas por no
sucumbir entonces a los dictados estéticos del realismo socialista,
sobrevive gracias a sus traducciones, originales y libres, de las obras
de Shakespeare.
Pasternak lee el telegrama de concesión del Nobel
de Literatura acompañado de su esposa, Zinaída. Ferran Mateo
Al principio la pareja se limita a dar paseos y a conversar por Moscú. A
menudo se citan al pie de la estatua de Pushkin, y Borís la acompaña
hasta su piso de la calle Potápov, donde Olga convive con su madre, su
padrastro y sus hijos. Poco antes, Pasternak ha empezado a escribir una
novela que lleva concibiendo más de una década: Doctor Zhivago. En ella leemos: “Yuri soñaba con una obra en prosa, un libro
autobiográfico en el que incluiría, como cargas explosivas ocultas, las
cosas más sorprendentes que había visto y pensado. Pero todavía era
demasiado joven para un libro semejante, así que se limitaba a escribir
versos, como un pintor que durante toda su vida pinta estudios para el
gran cuadro que tiene en mente”. El episodio de la precoz relación con
un hombre maduro protagonizado por su emblemática heroína, Lara, está
inspirado en una vivencia de su segunda esposa. En cuanto conoce a Olga,
sin embargo, el personaje femenino adopta de inmediato sus rasgos, se
convierte en su prototipo, y el escritor, preso de un arrebato creativo,
se zambulle en su novela.
Retrato de Borís Pasternak realizado por su padre.
Anna Pasternak, sobrina nieta del escritor, escribe ‘Lara’ para
corregir un error histórico y restituir a Ivínskaia el respeto que
merece
En Lara (HarperCollins/Ecco), Anna Pasternak, sobrina nieta del
escritor, reformula la intrahistoria de este monumento literario, cuyo
periplo hasta su publicación constituye de por sí un folletín plagado de
peripecias y desventuras, CIA y KGB de por medio. Un ambicioso reto,
pues todos los biógrafos de Pasternak han coincidido en afirmar lo
difícil que resulta adentrarse en una de las mentes más brillantes del
pasado siglo, así como en la compleja relación que mantuvo con su musa y
último amor, por quien sin embargo no se decidió a abandonar a su
esposa. Del mismo modo se negaría a emigrar, dos años antes de morir, de su
querida Rusia, pese al escarnio público al que fue sometido a raíz de la concesión del Premio Nobel,
que se vio obligado a rechazar. Desde la campiña inglesa, cerca de su
residencia de Oxford, Anna Pasternak comenta: “Al escribir Lara
me embarqué en un viaje durante el cual llegué a conocer muy bien a mi
tío abuelo. Dejé de verlo como un pariente lejano y descubrí a un hombre
a quien llegué a entender a las mil maravillas, aunque no siempre me
gustara o aprobase su conducta”. A Ivínskaia le costó muy caro ser
conocida como la amante del escritor y, cuando se cumplían tres años de
su idilio, cayó en las garras de la Lubianka —símbolo del terror
policial—, acusada de “vínculos con sospechosos de espionaje”. Allí
perdió al hijo que esperaba de Pasternak. El escritor, por el contrario,
gozaba de cierta inmunidad, por ser, entre otras cosas, el traductor de
poetas de Georgia, la tierra de Stalin. Es de sobra conocida la orden
del zar rojo: “A ese déjenlo, vive en las nubes”.
La dacha de Pasternak.
Como mayor aportación de su libro, Anna Pasternak destaca: “Soy el
primer miembro de su familia en corregir un error histórico. He
restituido a Ivínskaia el respeto que merece. Biógrafos anteriores
aceptaron la opinión estereotipada de que Olga desempeñó un papel más
bien irrisorio en su vida y cometieron errores al retratar cómo era
realmente la relación entre los dos y en apreciar hasta qué punto fue
crucial el apoyo y la inspiración que le brindó esa mujer para crear su
legendaria novela”. Ivínskaia pasó cuatro años picando suelo árido en un
campo de Mordovia, mientras Pasternak traducía la segunda parte de Fausto
y sacaba tiempo para escribir la novela que sería su mayor legado
artístico: para Nabokov, una obra torpe y convencional; para Calvino, la
gran novela rusa del siglo XX. Tras la muerte de Stalin, cuando
Ivínskaia recupera la libertad, la pareja retoma su apasionado romance. Más tarde Olga alquilará una pequeña casa próxima a la hermosa dacha de
Pasternak en Peredélkino, la colonia de creadores construida a las
afueras de Moscú: un “laboratorio de escritores” financiado por el
Politburó en mitad de un terreno boscoso. Allí se ven a diario y Olga se
convierte en su más estrecha colaboradora: edita sus textos y pasa a
máquina dos veces el manuscrito de Doctor Zhivago. Es su secretaria y su correctora, como otras esposas de escritores rusos
—las de Tolstói, Dostoievski o Nabokov— que, en la sombra, prestaron su
talento y sagacidad para la causa literaria de sus maridos. Muerto
Pasternak, Olga fue detenida y enviada por segunda vez al Gulag, entre
1960 y 1964.
Cortejo fúnebre del escritor Borís Pasternak en Peredélkino, en 1960. Pasternak era hijo de un pintor y de una pianista cuyos artes supo
fusionar en sus poemas al plasmar imágenes excepcionalmente musicales. Dmitri Bíkov es uno de los críticos que mejor ha dialogado con él.
¿Quién fue Pasternak? Uno de los mejores poetas que dio Rusia, pero
conocido en Occidente por una sola novela; un modernista que perpetuó la
tradición clásica; un aclamado poeta soviético que se sintió casi
siempre ajeno a esta ideología; un intelectual sin grandes medios
económicos con porte de aristócrata; elitista y democrático; rechazado
por los organismos oficiales, pero nunca prohibido del todo; un autor
cristiano que aborrecía hablar de su ascendencia judía; un filósofo y un
campesino que disfrutaba tanto traduciendo a Goethe como cultivando su
huerto.
Olga Ivínskaia, a la edad de 30 años. Moscú, 1942. Con solo 23 años, Pasternak escribió: “Aunque el artista es
mortal como el resto de sus congéneres, la alegría de vivir que ha
conocido es imperecedera. Un siglo después otros, a través de su obra,
podrán experimentarla”. Anna Pasternak, en su libro, que dista de ser una hagiografía, no oculta
el narcisismo de su pariente, que antepuso su ambición a sus
sentimientos. Irina, la hija de Ivínskaia, enviada al Gulag junto con su
madre tras la muerte del poeta y que, emigrada en París, ha escrito
varios libros sobre el tema, accedió a hablar con la autora de Lara al darse cuenta de que esta quería rendir un homenaje a su madre. “Creo que Borís y Olga están eternamente unidos en Doctor Zhivago,
es su sentida y sincera carta de amor a ella”, afirma Anna Pasternak. Como se lee en la novela: “Se habían amado no porque fuera inevitable o
hubiesen sucumbido a la ‘llama de la pasión’. Se amaron porque así lo
quiso todo cuanto los rodeaba: la tierra a sus pies, el cielo sobre sus
cabezas, las nubes y los árboles”. Concluye Anna Pasternak: “Sabía que
la había defraudado, pero la inmortalizó en una heroína literaria
icónica. Era débil en su vida personal, pero enormemente decidido como
artista”.