Chica yeyé, mujer atormentada, musa de la canción francesa y fuente de
inspiración para generaciones (de Dylan a Blur), a sus 73 años ha
regresado literalmente de entre los muertos: pasó tres semanas
inconsciente debido a un linfoma, y llegó a decretarse su final.
Clarividente y punzante, la diva toca en este encuentro todos los palos:
eutanasia, religión, feminismo y política.
LA PRESENTACIÓN es glacial. Françoise Hardy preferiría no tener que
estrechar la mano de su interlocutor.
“Mi frágil estado de salud no me
lo permite. Todavía menos en periodos de epidemia gripal”, se excusa.
Pero las apariencias engañan. Cuando le proponemos un saludo a la
japonesa, Hardy estalla en carcajadas.
Su rictus solemne esconde una expresividad casi infantil y un humor tan
negro como su atuendo, con el que parece pasear su luto existencial por
el mundo.
Fina y alargada como un tallo, la cantante aparece en medio
del vestíbulo del hotel Raphael de París, donde solía encontrarse con su
amigo Serge Gainsbourg, quien le compuso esa oda a la aliteración que
es Comment te dire adieu.
Acaban de salir en castellano sus memorias, La desesperación de los simios… y otras bagatelas
(Expediciones Polares), donde Hardy resume una vida en la que no ha
habido solo música.
De su descubrimiento cuando era una adolescente que
entonaba placenteras canciones de desamor –hay que ser francés para dar
con la fórmula mágica– hasta su madurez, marcada por otras pasiones
menos conocidas, como la astrología, la grafología y la física cuántica.
Los médicos decretaron que era el final.
Pero ella decidió resucitar. Y ha contado su experiencia en otro libro, Un cadeau du ciel… (un regalo del cielo…), recién publicado en su país, donde habla de los meses que pasó entre la vida y la muerte.
Lo primero que sorprende es lo bien escrito que está su libro, comparado con los de otros músicos.
Claro, porque yo no tengo negro.
Intentaron que lo escribiera con una
periodista, pero cuando me mandó su primer borrador me pareció un
revoltijo.
Y a mí no me gusta nada el desorden. La verdad es que no
quería escribirlo, pero mi editor me convenció diciéndome esto: “Cuando
te mueras, saldrán otros contando disparates sobre ti. Mejor que cuentes
tu verdad”.
Cuando uno está muerto, supongo que tiene preocupaciones más
importantes que esta, pero decidí hacerlo de todas formas, aunque fuera
por mi hijo.
¿En qué le ha cambiado su enfermedad? Ha hecho que
me interese más por la espiritualidad. Antes ya me interesaba, pero no
tenía tiempo que dedicarle. Desde que me salvé de la muerte, creo mucho
en el poder del rezo. Dos amigos muy cercanos organizaron grupos de
plegaria para salvarme. Piense que llamaron a mi hijo y a su padre para
que se despidieran de mí. Había llegado el final. La única explicación
que he encontrado es esa, aunque mi hematólogo diga que la quimioterapia
también tuvo que ver…
LEA CRESPI
“Entre vivir una existencia insoportable y morir, prefiero mil
veces morir. Soy una gran partidaria de la eutanasia desde la
adolescencia”, escribe. ¿Ya entonces pensaba en la muerte?
Bueno, es que ya había muchos debates sobre este asunto en la
televisión. Mi madre y yo estábamos firmemente a favor de la eutanasia. Mi madre incluso terminó beneficiándose de ella. Tengo una gran
admiración por esos médicos que te ayudan a morir dignamente. Se lo pregunto porque parece que siempre haya sido consciente
sobre los aspectos más oscuros de la vida. A sus 17 años ya cantaba:
“Voy sola por las calles / con el alma en pena / porque nadie me quiere”.
Es un condicionamiento que tengo desde la infancia. Crecí entre una
madre que me valoraba en exceso, porque no tenía a nadie más que a mí, y
una abuela que era todo lo contrario: no dejaba de decirme que era muy
fea y que terminaría sola. Crecí con el ego aplastado, sin confianza
alguna en mí misma. Por una parte, sentía que nunca estaría a la altura
de lo que mi madre esperaba de mí. Por la otra, que era indigna de
gustar a quien fuera. La canción a la que se refiere, Tous les garçons et les filles, expresaba eso. En aquella época, estaba segura de que mi único futuro era hacerme monja. ¿Lo dice en serio? Tuvo a medio mundo enamorado de usted,
incluidos Mick Jagger, David Bowie, Bob Dylan y Nick Drake, de los que
habla en el libro. Ahora lo puedo entender, pero entonces, no. En aquella época ni siquiera me veía a mí misma en la tele. Nunca me ha
interesado mi imagen. Cuando me subía a un escenario hacía un esfuerzo
especial y me vestía de Courrèges o de Paco Rabanne. Pero hacerme fotos
nunca me ha gustado. Ahora, a mi edad, me molesta todavía más.
¿Por qué cree que triunfó? Supongo que tenía
carisma, o lo que entonces se llamaba “presencia”, que es una cualidad
independiente de la voluntad y del mérito que pueda tener uno. Puedes
ser espantoso en la vida real, pero cuando te subes a un escenario o te
colocas frente a la cámara, se produce la magia. Es una forma de
seducción, pero una totalmente inconsciente. En realidad, yo nunca he
sido partidaria de la seducción. Siempre he tenido un problema con ese
registro.
En sus memorias explica que siempre sintió “el malestar del
introvertido a quien no le interesa lo que interesa a los demás y que no
consigue integrarse”. Nací bajo el signo de Capricornio, lo
que predispone a un temperamento determinado, algo desconectado del
mundo exterior. Además, mi condicionamiento afectivo iba en esa misma
dirección. Se lo repito: crecí con una madre soltera y sola, que no
tenía un solo amigo. Por supuesto, no estamos condenados a ser como
nuestros padres, pero siempre acaba quedando algo. ¿Sufrió por ello o esa soledad ya le parecía bien? A
veces parece que sea más bien lo segundo. No, al principio no me
parecía nada bien. Los pocos hombres que han contado en mi vida han sido
hombres ausentes. Solo le hablaré de dos, aunque tampoco es que haya
habido muchos más… El primero fue Jean-Marie Périer, el fotógrafo, que
siempre estaba viajando. Durante cuatro años seguidos, lloré
desconsolada porque no lo veía nunca. Después vino mi marido, Jacques
Dutronc, que tiene un problema grave con el compromiso. Todo lo que se
le parezca le hace huir. Me volví a encontrar sola y sufrí mucho. Lo que
pasó es que, al final, me acostumbré a vivir así. Hasta el punto de
que, desde hace unos 20 años, no puedo vivir de otra manera. He
terminado descubriendo que es en esa soledad cuando uno es plenamente
libre.
Al mismo tiempo, el miedo al abandono es uno de sus temas predilectos.
No es exactamente el miedo a ser abandonada, sino el miedo a no poder
alcanzar al otro, o tener la sensación de que no ha habido reciprocidad. Es lo que canto en Message personnel, que tuvo mucho éxito en
Francia. Mucha gente lo relaciona con la figura de mi padre, tan ausente
también… No lo sé. Lo que sí sé es que siempre he ejercido un amor
angustiado y angustiante. Al principio de su carrera fue considerada una chica yeyé.
¿Supuso aquel movimiento una ruptura con las rígidas sociedades de los
primeros sesenta? Era la primera vez que existían cantantes adolescentes que hablaban de los sentimientos propios de su edad. Cada cantante de aquella época encarnaba un personaje. Sylvie Vartan era la chica sexy. Sheila, la alegre y extrovertida. Yo fui la tímida, sentimental y acomplejada… Visitó España en repetidas ocasiones durante el franquismo. ¿Qué recuerda de aquel tiempo?
No recuerdo nada. Lo único que sé sobre la Guerra Civil y el franquismo
es por los libros de André Malraux, que leí mucho más tarde. En aquella
época no sabía nada sobre política. Fui a cantar a Sudáfrica… ¡sin
saber que existía el apartheid! Me sorprendió que todos fueran
blancos, claro, pero no caí en el motivo. No estábamos al corriente de
nada de lo que sucedía en el mundo. Como mucho, solo de la muerte de
Kennedy.
Es curioso, porque la mayoría de yeyés fueron totalmente apolíticos, cuando no de derechas…
Sí, es verdad. Johnny Hallyday nunca ha sido de izquierdas. Y Sylvie
Vartan, que huyó de la Bulgaria del comunismo, menos todavía. Éramos
hijos de familias humildes y algo derechistas, esas que votaban por el
general De Gaulle. Por ejemplo, durante el Mayo del 68, Jacques y yo nos
marchamos de París porque no me gustaban sus destrozos. Se dice que esa
rebelión transformó la sociedad. Yo creo que es al revés: sucedió
porque la sociedad ya se había transformado.
“me gustaría que las feministas demostraran más empatía. no me
gustan los colectivos que dividen a los individuos en dos grupos
enfrentados”
Ahora sí que está muy politizada. Por ejemplo, se ha opuesto varias veces a François Hollande.
Lo escribí en mi libro: los únicos políticos que me han interesado son
librepensadores o francotiradores.
Me gustaron Michel Rocard, Raymond
Barre, Hubert Védrine… Nicolas Sarkozy me interesó al principio, pero
luego giró demasiado hacia la derecha.
Gracias a él me di cuenta de que,
en realidad, soy de centro. En el panorama actual, solo me interesan
François Fillon y Emmanuel Macron.
Voté por Alain Juppé en las primarias
de la derecha francesa, pero tengo estima por Fillon desde hace tiempo.
Macron también me interesa, pero quiero que precise más su programa.
No
puedo votar a alguien que no explica cómo piensa proceder.
¿Le preocupa que Marine Le Pen saque un buen resultado en las próximas elecciones?
Los votantes del Frente Nacional son como niños de cuatro años que
siguen creyendo en Papá Noel. Habría que escuchar más a economistas como
Jean Tirole, todo un premio Nobel, que dice que salir del euro, como
propone Le Pen, sería un desastre.
Votan por ella electores poco
educados que se tragan todo lo que dice.
Y en el mismo saco pongo al
izquierdista Jean-Luc Mélenchon, que también es un extremista.
Nunca ha escondido sus opiniones. Ha defendido a los ricos, a
los empresarios y hasta a Angela Merkel. ¿Diría que eso ha perjudicado
su carrera? No lo sé, y me da igual. No me negará que necesitamos a los empresarios. Y Angela Merkel ha sido tratada injustamente. Cuando Hollande ganó,
le propuso mutualizar la deuda en Europa. Ella respondió que estaba de
acuerdo, pero solo si la solidaridad implicaba menos soberanía por parte
de cada Estado. Yo defiendo una Europa federal. Si no, no saldremos
adelante. Desde su juventud fue una gran admiradora de Simone de Beauvoir. Apoyó también el derecho a la contracepción y al aborto. ¡Recurrí a ellos incluso cuando eran ilegales!
En los últimos años, sin embargo, su mirada ha cambiado. En un
libro publicado en 2015, tildó a las feministas de “feas, hoscas y poco
femeninas” y se dijo incapaz de identificarse con ellas. ¿Qué ha
cambiado desde su juventud? Pues que hay feministas y
feministas…
No es la lucha feminista la que me disgusta, sino cierta
radicalidad y cierto extremismo que existen en todo movimiento social,
también en el feminismo.
No me gustan los colectivos que dividen a los
individuos en dos grupos enfrentados.
Yo no creo que las mujeres sean
mejores que los hombres, ni tampoco que estos últimos tengan el
monopolio de la crueldad.
Me gustaría que las feministas demostraran más
empatía.
Pero el feminismo no se opone a los hombres como individuos, sino a un orden social fundamentado en la desigualdad…
Yo estoy a favor de la igualdad, que no le quepa la menor duda. De la
igualdad de los salarios y también en el vestir. Por ejemplo, no me
gusta el velo islámico. Si Dios existe, le es completamente igual cómo
nos vistamos. Me parece una aberración que esas mujeres no se den cuenta
de que los textos sagrados fueron escritos por hombres que los
manipularon a su gusto, siguiendo leyes dictadas en siglos muy lejanos. ¿A qué dios le reza usted? Pues a un dios universal. A un dios que no es católico, musulmán o judío. Las religiones me
parecen sectarias y excluyentes. Cada una de ellas está convencida de
que las otras no sirven. Por eso, más que de religión, prefiero hablar
de espiritualidad, porque esta siempre logra sobrevolar esos
sectarismos. En realidad, todas las generaciones posteriores la han
reivindicado.
Michel Houellebecq se declaró fan desde que era un joven
escritor. Damon Albarn la invitó a grabar una canción con Blur. François
Ozon y Wes Anderson han usado sus canciones en el cine. ¿Qué ha
encarnado para ellos? Supongo que se reconocen en mis
canciones.
Houellebecq es una persona que sufre mucho, y también en mis
canciones uno lo pasa bastante mal.
A Damon lo descubrí hace años en la
televisión y me recordó mucho a mi hijo, hasta el punto de preguntarme
si Jacques no habría hecho algo con su madre… [risas]. La mañana
siguiente, por la mayor de las casualidades, me llamó para proponerme
una canción.
Resultó que el fan era el guitarrista de Blur, Graham
Coxon, que se quedó tan acongojado que no me quiso ni saludar.
Se quedó
encogido en un rincón sin decir nada. Ese pobre chico encogido se debió
de reconocer en la chica encogida que fui yo.
¿Por qué sus canciones han envejecido tan bien? No
lo sé. En realidad, siento cierta frustración. Yo estoy convencida de
que las mejores son las de los últimos tres álbumes, pero nadie me habla
nunca de ellas. ¿Sus primeros temas ya no le gustan? No, los de los sesenta me gustan menos, con algunas excepciones. L’amitié todavía me emociona, porque aún me reconozco en ella. Des ronds dans l’eau también me gusta. O Ma jeunesse fout l’camp,
una gran canción. Todavía me conmueve. Cómo no emocionarse cuando uno
escucha: “Al ritmo de tus pasos / mi juventud se esfuma…”. Es algo con
lo que me identifico todavía más ahora, claro. Hace unos meses dijo que dejaba la música para siempre. ¿Lo decía en serio? Cuando salí del hospital estaba exhausta y no tenía voz. La idea de retomar la música ni se me pasaba por la cabeza .
Pero ahora, si le digo la verdad, ya no cierro la puerta. No logro
cerrarla. Si un día se me presenta un compositor como Perry Blake y me
trae una canción formidable, sé que me costará mucho resistirme. El
problema es que necesito, por lo menos, unas 10.
Ana Mato, durante su declaración en el juicio del caso Gürtel. EFEEsta mañana había expectación por ver a Ana Mato, pero en
realidad lo más curioso fue ver al PP, así a secas, personificado en un
ser humano que finalmente daba la cara por el partido en el juicio
Gürtel. Con toda la gente que había en el congreso de la formación este
fin de semana, tantos rostros conocidos, tanta alegría de conocerse y no
tenían a nadie reconocible para mandar. Para un congreso vale
cualquiera, pero un juicio es cosa de profesionales, para el trabajo
sucio hay que enviar a alguien como el señor Lobo de Pulp fiction,
que resuelve problemas. Así que el PP resultó ser un señor con toga
negra, pelo blanco, entradas bronceadas y, como se preveía, y eso sí que
era previsible, de muy pocas palabras. Vino a decir que lo ignoraba
todo y no iba a decir nada. La fiscal, con la ley en la mano, interpretó
ante el tribunal que eso equivalía a una confesión. Por tanto y por fin, la única confesión de alguien del PP se
habría producido con un señor desconocido y sin que nos hayamos
enterado de nada. Se ha sobrentendido, como todo. Era la primera vez en la democracia que un partido como tal se sentaba en un banquillo por corrupción
pero también se ha disfrazado de no noticia, con un señor que pasaba
por allí. El PP ha sido esta mañana, durante solo diez minutos, Jesús
Santos, un abogado convertido en representante legal del partido
conservador. Antes era fiscal. Todos tenemos un pasado, y más en este
juicio.
Ana Mato, por ejemplo, es una mujer con una pasada de pasado, exministra dimitida
que aguantó los siete años que el PP la mantuvo en sus cargos y escaños
–hasta hace un año- tras estallar el escándalo Gürtel, capaz de tener
un Jaguar en el garaje sin tener constancia. Madrugó mucho, entró en la
sede poligonera de la Audiencia casi sin ser vista y se sentó en un
rincón parapetada tras dos mujeres en pie que la acompañaban. Miraban de
reojo a la puerta a ver quién entraba. Su exmarido y exalcalde de Pozuelo, Jesús Sepúlveda,
no apareció. Lo hicieron pocos: Correa, Crespo e Izquierdo. Era notable
la diferencia con el caso que se juzgaba en el piso de arriba. Era otro
delito fiscal, pero allí había gente corriente, ajena al protocolo, y
por lo tanto preocupada y cariacontecida. En el piso de abajo era como
la sala de espera del dentista, a ver si se pasaba rápido. La etiqueta
exige desenfado. La gente del piso de arriba lo vería como echarle morro
y seguramente no les saldría, o les saldría mal, requiere años de
entrenamiento. Más si te dicen que te has beneficiado sin enterarte de
28.467,53 euros, como Ana Mato; 245.492 euros, como el PP; y 45.066,
como Gema Matamoros, la mujer de Guillermo Ortega, exalcalde de Majadahonda. Ana Mato respondió hierática, sujetando un bolígrafo con
ambas manos y solo en algún momento se le escapó algún gallito, pero no
se sabía si era por emoción o un tonillo de la forma pija de cabrearse. El padre de sus hijos quedó reducido de forma muy marcada al “señor
Sepúlveda”. La cutrez de pringarse por unos globos y una fiesta de
cumpleaños hizo que se trataran con lenguaje político y presuntamente
serio asuntos que no lo son en absoluto: “En relación con las
celebraciones infantiles de las que estamos hablando aquí”, calco de la
expresión “ese señor del que usted me habla”. Lo afrontan igual. También
desmintió que la fiesta inspirada en el jardín de las maravillas de
Alicia fuera una “celebración temática”: “Habían puesto una flor,
punto”. No “intervino”, precisó, pero explicó a su marido lo que quería
en la decoración y él se encargó . Ana Mato también es una de esas
mujeres españolas de los juicios de corrupción que no sabe ni la mitad
de lo que hace su marido. No sabía lo que ganaba y no le extrañó que
tuviera un Jaguar (“no me llamó la atención”). Por supuesto que Correa le regaló un bolso de Loewe de 3.000 euros y lo
tenía allí mismo para enseñarlo, “pero es de tela sencilla, no de cuero,
rosa y blanco, no de locura, locura, dentro de la normalidad”. Eran
años en que eso era lo normal, insistió, porque “en aquella época en
España era boyante hasta el fontanero”. No le pareció “desproporcionado”
gastarse 16.000 euros en unas vacaciones porque con la extra de verano
entre ella y su marido cobraban “exactamente el doble, 24.000”, para que
se vea que sigue sin fijarse en las matemáticas. La señora Matamoros no
se fijaba en nada, la verdad. Tenía a su nombre el seguro de un Range
Rover que asegura no haber conducido en su vida, iba a hacer la compra
en un Jaguar de su suegro sin saber de dónde había salido y le
amueblaban la casa sin que se diera cuenta. En casa ella solo se ocupaba
del “avituallamiento”, otro de esos prodigios verbales que solo se oyen
en un juicio. No sabía que pagaba Correa, porque además le hubiera
parecido “una ordinariez” que le regalaran un viaje. Es más educado si
te lo hacen sin decírtelo. “¿Nos vamos a Escocia? Pues a Escocia”, así
lo decidían. Ella y su marido eran amigos de Correa y señora, salían a
menudo juntos, pero “fuera del ámbito de trabajo”, así que aquellas
veladas eran así: “Íbamos a cenar y ja, ja, ja, je, je, je”. No hablaban
de nada, como ahora. Tampoco con su marido, que según contó salía a las
ocho de la mañana, volvía a las diez y solo tomaban algo o veían una
película. Estos matrimonios radiografiados en los juicios son desde
luego muy poco comunicativos. Ni las comuniones las pagaban en comunión,
Sepúlveda pasaba la factura de la de su hija a la trama Gürtel. Aunque
eran “muy católicos”, subrayó Matamoros, porque Ortega se iba muchas
veces de retiro espiritual con otro de los acusados, Luis de Miguel, que
ya está en la cárcel condenado a 20 años por otro caso. Lo inconfesable queda en casa, y el PP si esto de hoy llega a considerarse confesión, solo sería por omisión, sin decir ni pío.
Fue de agradecer luego el desparpajo de Gema Matamoros, que
fue mucho más descriptiva, aunque tampoco tenía ni idea de nada. Por
supuesto que Correa le regaló un bolso de Loewe de 3.000 euros y lo
tenía allí mismo para enseñarlo, “pero es de tela sencilla, no de cuero,
rosa y blanco, no de locura, locura, dentro de la normalidad”. Eran
años en que eso era lo normal, insistió, porque “en aquella época en
España era boyante hasta el fontanero”. No le pareció “desproporcionado”
gastarse 16.000 euros en unas vacaciones porque con la extra de verano
entre ella y su marido cobraban “exactamente el doble, 24.000”, para que
se vea que sigue sin fijarse en las matemáticas.
Menús de 30 platos,
carros de marisco, kilos de carne después del pescado... en Galicia la
gente se casa por amor y por comer. Éste es nuestro informe sobre los
enlaces más orgiásticos de España.
Yo tengo la teoría de que la gente en Galicia no
solo se casa por amor –que también–, la gente en Galicia se casa por
comer, porque allí Cupido lanza directamente centollos.
Bueno, no soy muy entusiasta del marisco como lo más "Coul" vaya que si no hay no lo echo de menos. Tampoco como mucho y ceno menos, ver un plato lleno de "Algo" me llena y solo comeré postre según lo que sea.
Las bodas gallegas son Reserva Natural de la Biosfera.
La
repoblación de las especies marinas empezó en las bodas gallegas.
Por
mucho menos que una boda gallega se retiraron las tropas napoleónicas.
Como dice el periodista Rafa Cabeleira:
“Los gallegos tenemos algo de sicilianos o viceversa y, como para
ellos, las bodas son auténticos asuntos de honor, algo más importante
que la vida o la muerte”.
O si no mirad. Miguel Angel López, conocido como El Hematocrítico, pidió a través de su cuenta de Twitter
ejemplos de menús de bodas gallegas, o lo que él vino a llamar
acertadamente #GaliciaCanibal y #bodagallegaextreme, que podría ser una
categoría propia de Ironman (no lo descartemos). Y este fue parte del
resultado:
Sobre las 15:00 horas, cuando la pulpeira todavía está
empezando a remangarse –acércate siempre a la pulpería–, sale el marisco
en procesión arropado por los costaleros. Este es el primer punto clave
de una boda gallega tradicional. Y veréis que hay varios.
Primero: Marisco
Dícese del animal marino invertebrado, especialmente los
crustáceos y moluscos comestibles, que en una boda gallega sale en
fuentes de acero redondo pulido. Las fuentes también pueden ser arcones,
cofres o directamente bateas. Para el periodista de EL PAÍS, Nacho Carretero,
el marisco es el gran requisito del enlace galaico: “Lo resumiré en una
detalle real que experimenté hace cuatro o cinco años. Me invitaron a
una boda en Madrid
. El primer plato era bogavante: una exquisita aunque
minúscula porción de bogavante en un gran plato con una salsa a un lado.
Se degustaba de un par de bocados. La semana siguiente tuve otra boda,
esta vez de un amigo en Galicia. El primer plato era bogavante: uno por
cabeza”.!!! Horror!!!!
Si sobrevives al marisco, y tras limpiarte las manos con
toallas de playa en lugar de toallitas, llega el segundo punto clave de
una boda tradicional gallega:
Segundo: El sorbete de limón (o sucedáneo)
Dícese del refresco de zumo de frutas con azúcar, o de
agua, leche o yemas de huevo azucaradas y aromatizadas con esencias u
otras sustancias agradables, que en una boda gallega es una maniobra de
distracción. El sorbete es un caballo de Troya en forma de jugo de
fruta. Te confías, crees que los postres están cerca y boom. Este digestivo no es más que una brevísima parada en boxes.
Tercero: El pescado y la carne
Tienen que entrar los dos. Un rape y un chuletón. Un
rodaballo y un cabrito. Y si te despistas te meten otra vieira gratinada
entre plato y plato. No importa que mires alrededor tratando de
inspirar conmiseración porque los camareros lo mismo te responden con
un: “¿Te quedaste con hambre? Te freímos un huevo”. Así que para cuando
llega la hora de la repostería a discreción tu camisa ya es una sopa y
tu estómago recita pasajes de Rosalía de Castro.
Cuarto punto (y clave): El licor café.
El santo refrigerio. Aquí no hay debate.
Hasta aquí las características de la “boda gallega
gallega”, que tiene su propio distintivo de homologación. “En la boda
gallega gallega aparecía el padre de la novia, se sentaba frente a mi
abuelo, o mi padre, y decía; "Otilio, que no falte de nada". Ni siquiera
se presupuestaba. Y, claro, no faltaba de nada: aperitivos para casar a
medio Madrid, seis o siete mariscos fríos, uno caliente, dos pescados,
dos carnes, tarta, helado, pasteles... Todo a repetir sin límite de
ningún tipo. Y al día siguiente, reboda”, relata Rafa Cabeleira, que
sirvió como camarero en el restaurante de su familia. Antonio Gómez,
encargado del Restaurante Novaiño,
nos confirma que en sus salones de casi cincuenta años sigue triunfando
esta tendencia. Un menú típico todavía “incluye entrantes abundantes.
Tres o cuatro clases de marisco distintos: un par de ellos cocidos como
bogavante y cigalas, y otros a la plancha como vieiras o langostinos.
Pescado y carne. Y postres típicos”. Pero no solo se basa en la
cantidad, “sí, la boda está asociada a comer en abundancia. Pero también
se busca calidad”. Vamos, que en una boda gallega-gallega se cumple una
verdad irrefutable: “si no sobra, falta”.
Sin embargo, algo se mueve en las bodas gallegas en los
últimos años. “Por alguna razón, las bodas actuales de la gente bien
tienden a celebraciones normales, de menos de dos días”, opina
Carretero. Preguntamos a los expertos. Fátima González, wedding planner desde hace una década,
nos confirma esta inclinación más limitada: “Lo cierto es que el
banquete exagerado poco a poco va quedando atrás y aunque aún existe, la
mentalidad de las parejas de hoy en día va cambiando. La tendencia es
que el marisco esté pero de una forma más cómoda, como en ensaladas, o
en cantidades más razonables. Hoy en día podemos hacer una boda gallega
con marisco, pero dando un toque al servicio y presentación del mismo
que le da una vuelta de tuerca a la boda gallega tradicional”, nos
cuenta.
También han notado un cambio desde hace tres o cuatro años en el Pazo Casa Grande,
que en el 2016 acogió unas 25 bodas. Paula Vázquez, su encargada, nos
cuenta que “nos siguen pidiendo producto gallego pero en menor cantidad.
La tendencia real ahora es a tres platos, cuando antes era cinco o
seis. Nuestra propuesta ahora va encaminada a la calidad en los platos y
una presentación diferente”. Así que bueno, aún en ensaladas o en food
trucks, el marisco está a salvo.
Nos alegramos de que se sentaran. LUCÍA TABOADA
Minimalistas o maximalistas, a granel o exiguas, de tres o
siete horas, con bogavante por cabeza o no, a las bodas gallegas les
hubiese recitado José Martí, cuando dijo eso de que hay que hacer tres
cosas en esta vida: “plantar un árbol, escribir un libro, tener un
hijo”. Ya sabéis cuál es la cuarta.
La diseñadora lleva semanas luciendo este híbrido entre el salón y el botín y no parece dispuesta a dejar de hacerlo.
Victoria Beckham es conocida por su estilo cambiante. En su etapa de Spice Girl no se quitaba los minivestidos negros; después, inaugurando su faceta de diseñadora, llegaron los vestidos y faldas de tubo. Más tarde, los stilettosdejaron paso a zapatos planos de inspiración masculina (algo impensable años atrás) y las prendas ajustadas se cambiaron por diseños oversize. Su paleta cromática habitual también se abrió para incluir tonalidades vibrantes como el coral, el amarillo o el azul
-incluso algunos estampados-, solos o combinados, donde antes sólo
había negro (o azul medianoche); giros que mantienen su armario vivo y a
nosotros alerta. Pero, entre cambio y cambio, lo que sí es habitual es que mantenga el
romance durante algún tiempo, antes de encontrar un nuevo flechazo fashion. Y en esa fase se encuentra, en la de absoluto enamoramiento de sus hooties. Este calzado, un híbrido entre los salones y los botines, se ha convertido en un imprescindible de sus looks desde hace un par de meses.
Fue a principios de diciembre cuando llevó el primer modelo, un diseño blanco que estos días alterna con otras tonalidades. La última, un marrón chocolate que ha combinado con un conjunto de top y falda rojos sobre una camisa azul. Y, en un segundo look que llevó el mismo día, apostaba precisamente por este color (el azul) junto a un vestido de color mostaza. Una tendencia, la del colorblock, que últimamente predomina en su dress code. Pero volvamos a sus adorados hooties; ahora, para hablar del beis, otro color de la gama de los tonos neutros que también se ha colado en su zapatero. En este caso, tiñendo un tejido de efecto jaspeado, frente al resto de modelos, en piel.
¿Cómo los lleva?
Aunque a priori puede parecer un calzado dificil de llevar
(sobre todo por su diseño a medio camino entre un zapato y un botín),
Victoria nos demuestra su versatilidad combinándolo con faldas y pantalones, al tobillo e incluso de corte palazzo. Su forma de pico sobre el empeine alarga la pierna, por lo que quedan muy bien con prendas midi y cropped. Además, su corte cerrado hace que sean muy cómodos, perfectos para los looks de diario. Eso sí, elige un modelo con tacón ancho (los de Victoria son de aguja, ¡casi literalmente!).
Nos encanta el look en el que combina un jersey con mangas oversize, pantalón culotte a cuadros y hooties beis. Este complemento añade la dosis perfecta de feminidad a un outfit de aire masculino. Y nuestra protagonista los lleva tan a gusto que no le importa que queden escondidos bajo prendas que llegan hasta el suelo, como en el caso de los pantalones de pata de elefante.