Asesinada una mujer y apuñalada otra en dos nuevos crímenes machistas.
La Guardia Civil ha detenido en Almería y A Coruña a las exparejas de las víctimas.
La Guardia Civil ha detenido este domingo a la expareja de una mujer
asesinada en Huércal de Almería.
La víctima, de 33 años, ha sido
encontrada degollada en su domicilio, en el Paseo del Generalife de la
localidad, según ha detallado el alcalde de la localidad.
Un supuesto crimen machista
que se ha producido apenas unas horas después de que, esta madrugada,
otro hombre asestara tres puñaladas a su expareja en Carballo (A
Coruña).
"Parece ser que el hombre ingresó anoche en el Complejo
Hospitalario de Torrecárdenas de Almería y esta mañana se ha escapado,
ha ido a casa de la fallecida y la ha degollado", ha afirmado el regidor
de Huércal sobre el primero de los crímenes. Según ha relatado el
alcalde, el presunto autor del homicidio, "que se encontraba cubierto de
sangre de arriba abajo" cuando ha sido detenido, no tenía orden de
alejamiento ni había sido denunciado por la víctima.
Por su parte, la Guardia Civil de Carballo ha detenido ya al
supuesto autor de las puñaladas en el hombro y el pecho a una mujer. Según fuentes cercanas a la investigación, la expareja de la víctima la
agredió después de que esta saliera de un bar de copas tras participar
en una cena de empresa con sus compañeros de trabajo. La mujer, que se encuentra fuera de peligro, no ha querido
presentar denuncia contra su agresor, quien ha sido detenido este
domingo por la mañana por un delito de violencia de género. Está
previsto que el hombre pase este lunes a disposición judicial.
A USTEDES no les dirá nada esta cara. Y es que no es una cara, es una jeta. Se llama Andrea Schaechter, trabaja para el FMI y un buen día, mientras juzgaban a Christine Lagarde,
su jefa, en Francia, por prácticas dudosas, dio una rueda de prensa en
España, junto a su portavoz, para decirnos, sin cortarse un pelo, cómo
debíamos administrarnos. De entrada, nos felicitó por las reformas
llevadas a cabo que han hecho más pobres a los que ya pasaban
necesidades y más ricos a quienes nadaban en la abundancia. Dijo que
todo eso estaba muy bien, pero que no bastaba, miren ustedes, no es
suficiente si quieren tenernos contentos. Aún queda dónde apretar: en el IVA reducido, por ejemplo, que viene
aplicándose a los productos de primera necesidad, relacionados, entre
otros, con el sector de la alimentación. Pero eso no alcanzaría para
aumentar la brecha entre los millonarios y los pobres, que es de lo que
se trata. ¿Dónde atacar entonces? Donde usted, avisado lector, está
pensando: en la sanidad y en la educación. Venga, dijo, más recortes en
esos servicios esenciales.
Chema Noya (EFE)Observen el gesto del portavoz, que no necesita hablar dada la
locuacidad de la señora, y repasen mentalmente los nombres de los
últimos directores del FMI: Rodrigo Rato, sí, nuestro Rodrigo Rato, el salvador de España; Dominique Strauss-Kahn,
de impecable currículo; y la ya citada Lagarde, que finalmente, dadas
las pruebas, fue condenada por negligencia, aunque se la indultó en el
mismo acto por puro corporativismo. Pero si ustedes desean conocer a
fondo el FMI, estudien sus actuaciones en Latinoamérica.
Los humanos somos lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no
es una obsesión de chalados, sino el eje vertebrador de la realidad de
todos.
E N MÁS de una ocasión, cuando me entrevistan por mis
novelas, ha llegado un periodista y me ha dicho: “¿Y por qué escribes
sobre la muerte?”. Es una pregunta que me deja turulata: ¿es que acaso
uno puede dejar de escribir sobre eso? Siempre siento la tentación de
responder: lo siento mucho, querido, pero tengo que darte una malísima
noticia: te vas a morir Porque creo que es una cuestión que sólo se puede plantear desde la
más completa negación de la muerte y, por lo tanto, desde el
desconocimiento de lo que es la vida.
Todos los seres humanos estamos marcados por nuestra finitud. Somos
lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no es una pintoresca
obsesión que sólo sufrimos unos cuantos chalados, sino que es el eje
vertebrador de la realidad de todos. El budismo, por ejemplo, se originó
hace 2.500 años cuando, según la leyenda, el príncipe Siddhartha Gautama,
a quien su bondadoso padre mantenía encerrado en un palacio y rodeado
de belleza para que fuera feliz, se escapó de su prisión dorada y se
topó con un enfermo, con un anciano y con un cadáver. Ante esta horrible
verdad, para neutralizarla, para defenderse, Gautama creó una de las
religiones más poderosas del planeta. De hecho todas las religiones son
un intento de colocar la muerte en un lugar mental que dé sentido a la
vida, pero me gusta que el budismo lo reconozca con tanta claridad. El manejo de la muerte, la propia y la de los seres queridos, siempre
es conflictivo. Pero a medida que envejezco voy teniendo más claro que,
si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a
un acuerdo con la parca. Con la Ladrona de Dulzuras, como la llaman en Las mil y una noches .
Nuestra sociedad no nos pone esto fácil, porque se dedica a
escamotearnos la muerte. La gente fallece en los hospitales, sólo vemos
cadáveres en la serie televisiva CSI, huimos de los ritos
mortuorios y cada vez utilizamos más eufemismos: parece de mal gusto
hablar de defunciones y de difuntos. No creo que eso nos ayude a paliar
el miedo.
“A medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a
vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo
con la parca”
Hay un libro extraordinario del que ya he escrito en más ocasiones, Ayudar a morir,
de la doctora Iona Heath, que dice: “La muerte forma parte de la vida y
es parte del relato de una vida . Es la última oportunidad de hallar un
significado y de dar un sentido coherente a lo que pasó antes”. Muy
cierto. Me viene ahora a la memoria aquel magnífico programa de
televisión, Epílogo, en el que Begoña Aranguren hablaba con
personajes famosos en una charla que sólo se emitía tras la muerte del
entrevistado. Es una idea formidable: palabras dichas en vida pero
pensadas póstumas, un resumen de tu existencia hecho por ti mismo, un
tenue rastro de emociones y de reflexiones depositado en el vacío de tu
ausencia.
Curiosamente se acaba de crear una empresa que parte de un planteamiento similar. Se llama Hasta Siempre
y ofrece sus servicios para “dejar un testamento emocional” por medio
de un vídeo que ellos ayudan a preparar con el consejo de psicólogos,
filman, editan con música y después guardan en lugar seguro y
confidencial hasta el fallecimiento del cliente, momento en que lo
entregan en mano a las personas designadas para verlo. “Los mensajes
pueden ser de agradecimiento, de perdón, de arrepentimiento, de amor, de
conflictos no resueltos, de cosas jamás dichas, etcétera. También
otros menos complicados tipo consejos de la abuela a sus nietos o la
historia de la familia o, incluso, recetas familiares”, explican.
Es una propuesta ingeniosa, aunque no me gusta mucho su página web:
tiene ese tono superficial y radiante, todo sonrisas y alegría, que
poseen algunos cementerios modernos, que a veces parecen más centros
deportivos que camposantos. En una pestaña llamada Tienda puedes comprar
el paquete básico (299 euros) o el paquete premium (499), y
también me chirría un poco que, puestos a trabajar en el territorio
último de la veracidad, recurran a ese zafio truco comercial de rebajar
un euro para que las cifras no parezcan tan abultadas, como si
estuvieran vendiendo detergente en el supermercado. Pero la idea es
atinada, es sustancial, es consoladora. Qué otra cosa podemos hacer contra el pozo negro de la muerte sino arrojar palabras.
Ada Colau y el Parlament catalán han vetado los ‘stands’ de militares y
guardias civiles en un acto infantil. Un gesto ruin y clasista hacia los
que nos protegen.
MI GENERACIÓN, nacida durante el franquismo, sintió gran
aversión hacia el Ejército y la Policía. Ambos cuerpos eran esbirros de
la dictadura, y había que tenerles miedo. Todavía en 1981, el intento de golpe de Tejero, Armada y Milans del Bosch
lo protagonizaron ellos, Ejército y Guardia Civil. Costó, por tanto,
mucho tiempo que esos cuerpos se democratizaran plenamente y aceptaran
estar a las órdenes de los Gobiernos elegidos y de la sociedad civil. Desde que se consiguió, sin embargo, y con las inevitables excepciones
de abuso, brutalidad, desproporción y corrupción, las fuerzas de
seguridad han tenido una actitud irreprochable en términos generales. Si
en el franquismo se
las percibía como un peligro para la ciudadanía, como autoridades
arbitrarias y despóticas que podían detenerlo a uno sin ningún motivo,
hace ya decenios que se cuentan entre las instituciones mejor valoradas y
que inspiran mayor confianza. Uno no da un respingo, no se asusta, si se cruza con un policía o un
guardia o (más infrecuentemente) un militar. Si uno es un individuo
normal, y no un delincuente, no tendrá inconveniente en acercarse a uno
de ellos para preguntarle algo o requerir su ayuda y su protección. Claro que en todos los gremios hay sujetos indeseables, y uno puede
llevarse de vez en cuando una desagradable sorpresa, o sufrir un trato
despectivo, vejatorio o chulesco. Pero lo mismo puede ocurrirnos ante un
juez, un político o un conductor de autobús. Cobran poco los soldados y los policías, bastante menos de lo que
deberían considerando los riesgos que a menudo corren y los muchísimos
servicios que prestan. Son sin duda necesarios, más aún en una época en
la que los delitos se multiplican y están más diversificados que nunca. Combaten a los terroristas, vigilan para impedir sus atentados y
frustran no pocos de éstos; persiguen las redes de pederastia infantil y
la trata de mujeres; se enfrentan a los narcos y a los sicarios;
investigan los crímenes y amparan a las mujeres víctimas de sus parejas o
ex-parejas; reciben a los inmigrantes que llegan exhaustos por mar;
patrullan los aeropuertos y las estaciones, y las grandes aglomeraciones
como las recientes de Nochevieja.
La población cuenta con ellos, da por supuesto que puede recurrir a
ellos, y sabe, en su fuero interno, que nada funcionaría sin su
concurso. ¿Que algunos miembros incurren en excesos u olvidan su
neutralidad para complacer a un partido político determinado? Claro
está, como sucede en cualquier colectivo con influencia y poder. Pero no
cabe duda de que son parte de nosotros, de la sociedad, que merecen
tanto respeto como los demás y seguramente más gratitud que la mayoría.
“En las celebraciones y en las fiestas las fuerzas de seguridad
deben desaparecer. Las posibilitan con su trabajo, pero no les toca
disfrutar de ellas”
Ahora, las pasadas fechas navideñas, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el Parlament catalán y la Fira de Barcelona han decidido expulsarlos del Salón o Festival de la Infancia, habitual en esa época: han vetado los stands
de la Guardia Urbana, de los Mossos d’Esquadra, de la Policía Nacional,
de la Guardia Civil y del Ejército. Al parecer los críos se lo pasaban
en grande montándose en los coches patrulla y demás. Da lo mismo. La
señora Colau quiere una ciudad “desmilitarizada”, no quiere ver en las
ocasiones festivas y pedagógicas un solo uniforme (¿tampoco los de los
bomberos, que también son de gran utilidad?). Es un comportamiento
teñido de señoritismo, vicio que al parecer se contagia en seguida a
cuantos acceden a algún poder. La alcaldesa y la Generalitat han tratado
a los cuerpos de seguridad como los más rancios señoritos trataban
antaño al servicio, es decir, a los criados, a las tatas, más
antiguamente a los siervos. “Ustedes están a nuestro servicio. Sí, son los que hacen que la casa
funcione y esté limpia y en orden, los que lavan la ropa y cocinan,
quienes cuidan de nuestros niños cuando estamos ocupados. Pero en las
celebraciones y en las fiestas ustedes deben desaparecer. Las
posibilitan con su trabajo, pero no les toca disfrutar de ellas. Es más,
su presencia las afearía y desluciría. Que asistieran nos produciría
vergüenza, estaría mal visto por nuestros invitados. Ustedes las
preparan pero no pueden participar. Han de hacerse invisibles,
inexistentes. Precisamos sus tareas, pero nos abochornan”. No sé si hay algo más despreciativo, más clasista y más ruin. La
alcaldesa y los miembros del Parlament se benefician personalmente,
además, de la protección que por sus cargos les brindan policías, mossos
y guardias urbanos. Recurren a ellos cada vez que hay un problema, una
amenaza, un tumulto. Recurrirían al Ejército si se produjeran un ataque o
una invasión, pongamos por caso, del Daesh,
que no iba a diferenciar entre Colau y su antecesor Xavier Trias, ni
entre el bronco concejal Garganté, de la CUP, y Artur Mas. A todos los
decapitarían por igual. Sin embargo, el servicio no es digno de
confraternizar en público con nuestros hijos, a los que por lo demás
cuidan y protegen con especial celo, o rescatan cuando se han perdido. El mensaje es el del señorito: “Hagan su trabajo en la sombra. Y ni se les ocurra asomar”.