Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

15 ene 2017

No hay Duda, "Algo falla"

Asesinada una mujer y apuñalada otra en dos nuevos crímenes machistas.

La Guardia Civil ha detenido en Almería y A Coruña a las exparejas de las víctimas.

La Guardia Civil ha detenido este domingo a la expareja de una mujer asesinada en Huércal de Almería.

 La víctima, de 33 años, ha sido encontrada degollada en su domicilio, en el Paseo del Generalife de la localidad, según ha detallado el alcalde de la localidad.

 Un supuesto crimen machista que se ha producido apenas unas horas después de que, esta madrugada, otro hombre asestara tres puñaladas a su expareja en Carballo (A Coruña).

"Parece ser que el hombre ingresó anoche en el Complejo Hospitalario de Torrecárdenas de Almería y esta mañana se ha escapado, ha ido a casa de la fallecida y la ha degollado", ha afirmado el regidor de Huércal sobre el primero de los crímenes. Según ha relatado el alcalde, el presunto autor del homicidio, "que se encontraba cubierto de sangre de arriba abajo" cuando ha sido detenido, no tenía orden de alejamiento ni había sido denunciado por la víctima.

Por su parte, la Guardia Civil de Carballo ha detenido ya al supuesto autor de las puñaladas en el hombro y el pecho a una mujer.
 Según fuentes cercanas a la investigación, la expareja de la víctima la agredió después de que esta saliera de un bar de copas tras participar en una cena de empresa con sus compañeros de trabajo.
La mujer, que se encuentra fuera de peligro, no ha querido presentar denuncia contra su agresor, quien ha sido detenido este domingo por la mañana por un delito de violencia de género.
 Está previsto que el hombre pase este lunes a disposición judicial.

 

 

Conviene ensanchar la brecha......................Juan José Millás

A USTEDES no les dirá nada esta cara.
 Y es que no es una cara, es una jeta. 
Se llama Andrea Schaech­ter, trabaja para el FMI y un buen día, mientras juzgaban a Christine Lagarde, su jefa, en Francia, por prácticas dudosas, dio una rueda de prensa en España, junto a su portavoz, para decirnos, sin cortarse un pelo, cómo debíamos administrarnos.
 De entrada, nos felicitó por las reformas llevadas a cabo que han hecho más pobres a los que ya pasaban necesidades y más ricos a quienes nadaban en la abundancia. 
Dijo que todo eso estaba muy bien, pero que no bastaba, miren ustedes, no es suficiente si quieren tenernos contentos.
Aún queda dónde apretar: en el IVA reducido, por ejemplo, que viene aplicándose a los productos de primera necesidad, relacionados, entre otros, con el sector de la alimentación. 
Pero eso no alcanzaría para aumentar la brecha entre los millonarios y los pobres, que es de lo que se trata. 
¿Dónde atacar entonces? Donde usted, avisado lector, está pensando: en la sanidad y en la educación.
 Venga, dijo, más recortes en esos servicios esenciales. 

Chema Noya (EFE)
Observen el gesto del portavoz, que no necesita hablar dada la locuacidad de la señora, y repasen mentalmente los nombres de los últimos directores del FMI: Rodrigo Rato, sí, nuestro Rodrigo Rato, el salvador de España; Dominique Strauss-Kahn, de impecable currículo; y la ya citada Lagarde, que finalmente, dadas las pruebas, fue condenada por negligencia, aunque se la indultó en el mismo acto por puro corporativismo.
 Pero si ustedes desean conocer a fondo el FMI, estudien sus actuaciones en Latinoamérica. 

Arrojar palabras......................................Rosa Montero.......

Los humanos somos lo que hacemos contra la muerte. Y pensar en ello no es una obsesión de chalados, sino el eje vertebrador de la realidad de todos.
COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO
E N MÁS de una ocasión, cuando me entrevistan por mis novelas, ha llegado un periodista y me ha dicho: “¿Y por qué escribes sobre la muerte?”.
 Es una pregunta que me deja turulata: ¿es que acaso uno puede dejar de escribir sobre eso? Siempre siento la tentación de responder: lo siento mucho, querido, pero tengo que darte una malísima noticia: te vas a morir
Porque creo que es una cuestión que sólo se puede plantear desde la más completa negación de la muerte y, por lo tanto, desde el desconocimiento de lo que es la vida.
Todos los seres humanos estamos marcados por nuestra finitud. Somos lo que hacemos contra la muerte.
 Y pensar en ello no es una pintoresca obsesión que sólo sufrimos unos cuantos chalados, sino que es el eje vertebrador de la realidad de todos.
 El budismo, por ejemplo, se originó hace 2.500 años cuando, según la leyenda, el príncipe Siddhartha Gautama, a quien su bondadoso padre mantenía encerrado en un palacio y rodeado de belleza para que fuera feliz, se escapó de su prisión dorada y se topó con un enfermo, con un anciano y con un cadáver. 
Ante esta horrible verdad, para neutralizarla, para defenderse, Gautama creó una de las religiones más poderosas del planeta. 
De hecho todas las religiones son un intento de colocar la muerte en un lugar mental que dé sentido a la vida, pero me gusta que el budismo lo reconozca con tanta claridad.
El manejo de la muerte, la propia y la de los seres queridos, siempre es conflictivo. 
Pero a medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo con la parca.
 Con la Ladrona de Dulzuras, como la llaman en Las mil y una noches 
. Nuestra sociedad no nos pone esto fácil, porque se dedica a escamotearnos la muerte.
 La gente fallece en los hospitales, sólo vemos cadáveres en la serie televisiva CSI, huimos de los ritos mortuorios y cada vez utilizamos más eufemismos: parece de mal gusto hablar de defunciones y de difuntos. 
No creo que eso nos ayude a paliar el miedo.
“A medida que envejezco voy teniendo más claro que, si aspiras a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo con la parca”

Hay un libro extraordinario del que ya he escrito en más ocasiones, Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath, que dice: “La muerte forma parte de la vida y es parte del relato de una vida
. Es la última oportunidad de hallar un significado y de dar un sentido coherente a lo que pasó antes”. 
Muy cierto. Me viene ahora a la memoria aquel magnífico programa de televisión, Epílogo, en el que Begoña Aranguren hablaba con personajes famosos en una charla que sólo se emitía tras la muerte del entrevistado.
 Es una idea formidable: palabras dichas en vida pero pensadas póstumas, un resumen de tu existencia hecho por ti mismo, un tenue rastro de emociones y de reflexiones depositado en el vacío de tu ausencia.

Curiosamente se acaba de crear una empresa que parte de un planteamiento similar.
 Se llama Hasta Siempre y ofrece sus servicios para “dejar un testamento emocional” por medio de un vídeo que ellos ayudan a preparar con el consejo de psicólogos, filman, editan con música y después guardan en lugar seguro y confidencial hasta el fallecimiento del cliente, momento en que lo entregan en mano a las personas designadas para verlo.
 “Los mensajes pueden ser de agradecimiento, de perdón, de arrepentimiento, de amor, de conflictos no resueltos, de cosas jamás dichas, etcétera. 
 También otros menos complicados tipo consejos de la abuela a sus nietos o la historia de la familia o, incluso, recetas familiares”, explican.
Es una propuesta ingeniosa, aunque no me gusta mucho su página web: tiene ese tono superficial y radiante, todo sonrisas y alegría, que poseen algunos cementerios modernos, que a veces parecen más centros deportivos que camposantos. 
En una pestaña llamada Tienda puedes comprar el paquete básico (299 euros) o el paquete premium (499), y también me chirría un poco que, puestos a trabajar en el territorio último de la veracidad, recurran a ese zafio truco comercial de rebajar un euro para que las cifras no parezcan tan abultadas, como si estuvieran vendiendo detergente en el supermercado.
 Pero la idea es atinada, es sustancial, es consoladora.
 Qué otra cosa podemos hacer contra el pozo negro de la muerte sino arrojar palabras.



El servicio y la señorita................................Javier Marías

Ada Colau y el Parlament catalán han vetado los ‘stands’ de militares y guardias civiles en un acto infantil. Un gesto ruin y clasista hacia los que nos protegen. 
COLUMNISTAREDONDA_JAVIERMARIAS
MI GENERACIÓN, nacida durante el franquismo, sintió gran aversión hacia el Ejército y la Policía. 
Ambos cuerpos eran esbirros de la dictadura, y había que tenerles miedo. 
Todavía en 1981, el intento de golpe de Tejero, Armada y Milans del Bosch lo protagonizaron ellos, Ejército y Guardia Civil.
 Costó, por tanto, mucho tiempo que esos cuerpos se democratizaran plenamente y aceptaran estar a las órdenes de los Gobiernos elegidos y de la sociedad civil.
 Desde que se consiguió, sin embargo, y con las inevitables excepciones de abuso, brutalidad, desproporción y corrupción, las fuerzas de seguridad han tenido una actitud irreprochable en términos generales.
 Si en el franquismo se las percibía como un peligro para la ciudadanía, como autoridades arbitrarias y despóticas que podían detenerlo a uno sin ningún motivo, hace ya decenios que se cuentan entre las instituciones mejor valoradas y que inspiran mayor confianza.
Uno no da un respingo, no se asusta, si se cruza con un policía o un guardia o (más infrecuentemente) un militar. 
Si uno es un individuo normal, y no un delincuente, no tendrá inconveniente en acercarse a uno de ellos para preguntarle algo o requerir su ayuda y su protección. 
 Claro que en todos los gremios hay sujetos indeseables, y uno puede llevarse de vez en cuando una desagradable sorpresa, o sufrir un trato despectivo, vejatorio o chulesco.
 Pero lo mismo puede ocurrirnos ante un juez, un político o un conductor de autobús. 
Cobran poco los soldados y los policías, bastante menos de lo que deberían considerando los riesgos que a menudo corren y los muchísimos servicios que prestan. 
Son sin duda necesarios, más aún en una época en la que los delitos se multiplican y están más diversificados que nunca.
 Combaten a los terroristas, vigilan para impedir sus atentados y frustran no pocos de éstos; persiguen las redes de pederastia infantil y la trata de mujeres; se enfrentan a los narcos y a los sicarios; investigan los crímenes y amparan a las mujeres víctimas de sus parejas o ex-parejas; reciben a los inmigrantes que llegan exhaustos por mar; patrullan los aeropuertos y las estaciones, y las grandes aglomeraciones como las recientes de Nochevieja. 

La población cuenta con ellos, da por supuesto que puede recurrir a ellos, y sabe, en su fuero interno, que nada funcionaría sin su concurso.
 ¿Que algunos miembros incurren en excesos u olvidan su neutralidad para complacer a un partido político determinado? Claro está, como sucede en cualquier colectivo con influencia y poder. 
Pero no cabe duda de que son parte de nosotros, de la sociedad, que merecen tanto respeto como los demás y seguramente más gratitud que la mayoría.

“En las celebraciones y en las fiestas las fuerzas de seguridad deben desaparecer.
 Las posibilitan con su trabajo, pero no les toca disfrutar de ellas”
Ahora, las pasadas fechas navideñas, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el Parlament catalán y la Fira de Barcelona han decidido expulsarlos del Salón o Festival de la Infancia, habitual en esa época: han vetado los stands de la Guardia Urbana, de los Mossos d’Esquadra, de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y del Ejército.
 Al parecer los críos se lo pasaban en grande montándose en los coches patrulla y demás.
 Da lo mismo. La señora Colau quiere una ciudad “desmilitarizada”, no quiere ver en las ocasiones festivas y pedagógicas un solo uniforme (¿tampoco los de los bomberos, que también son de gran utilidad?). 
Es un comportamiento teñido de señoritismo, vicio que al parecer se contagia en seguida a cuantos acceden a algún poder. 
La alcaldesa y la Generalitat han tratado a los cuerpos de seguridad como los más rancios señoritos trataban antaño al servicio, es decir, a los criados, a las tatas, más antiguamente a los siervos. 
“Ustedes están a nuestro servicio.
 Sí, son los que hacen que la casa funcione y esté limpia y en orden, los que lavan la ropa y cocinan, quienes cuidan de nuestros niños cuando estamos ocupados.
 Pero en las celebraciones y en las fiestas ustedes deben desaparecer.
 Las posibilitan con su trabajo, pero no les toca disfrutar de ellas. Es más, su presencia las afearía y desluciría.
 Que asistieran nos produciría vergüenza, estaría mal visto por nuestros invitados.
 Ustedes las preparan pero no pueden participar. Han de hacerse invisibles, inexistentes. Precisamos sus tareas, pero nos abochornan”.
 No sé si hay algo más despreciativo, más clasista y más ruin. La alcaldesa y los miembros del Parlament se benefician personalmente, además, de la protección que por sus cargos les brindan policías, mossos y guardias urbanos.
 Recurren a ellos cada vez que hay un problema, una amenaza, un tumulto.
 Recurrirían al Ejército si se produjeran un ataque o una invasión, pongamos por caso, del Daesh, que no iba a diferenciar entre Colau y su antecesor Xavier Trias, ni entre el bronco concejal Garganté, de la CUP, y Artur Mas.
 A todos los decapitarían por igual. Sin embargo, el servicio no es digno de confraternizar en público con nuestros hijos, a los que por lo demás cuidan y protegen con especial celo, o rescatan cuando se han perdido. 
El mensaje es el del señorito: 
“Hagan su trabajo en la sombra. Y ni se les ocurra asomar”.